Una tentación de susurros y lobos TRECE
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TRECE

A oife me espera en el pasillo con Garra.

Ambos forman un dúo de lo más peculiar; Aoife con su resplandeciente dulzura y Garra con aire desconfiado y tratando de mantener las distancias con ella. Los ojos marrones de le guardia se abren como platos cuando me mira de arriba abajo.

—Te has dado un buen fregado —murmura Garra.

—Tampoco te pases con los halagos —digo levantando una ceja.

Aoife contempla con orgullo las trenzas de mi melena oscura y los mechones sueltos que me caen por la espalda.

—Te dije que los baños te sentarían mucho mejor que un cubo y un jabón de lejía. —Entonces, sus ojos bajan por mi cuerpo y se detienen en el vestido—. ¿Nada de carmesí?

—No me favorecía el color —miento.

Frunce el ceño y, después, asiente.

—El negro sigue siendo buena opción. Haces bien en mostrar tu lealtad desde el principio.

Mis ojos se encuentran con los de Garra, que tapa con una mano la sonrisa que se le dibuja en la cara.

No me cabe la menor duda de que a Lobo le importa una mierda la lealtad.

Aun así, le regalo una escueta y falsa sonrisa a Aoife.

—Agradezco mucho tu ayuda.

No contemplo la opción de confiar plenamente en ella, porque eso supondría dejar tanto mi vida como la de Finn en manos de otra persona, y no estoy dispuesta a asumir un riesgo así. Sin embargo, las hijas de nobles están aliándose entre ellas, así que yo también puedo forjar mis propias alianzas.

Antes de que Aoife pueda responder, escucho el tono severo de Garra al decir:

—Vamos.

Cada vez que giramos una esquina, nos adentramos más y más en el castillo y noto que los vellos de la nuca se me erizan con cada paso que doy.

Por todas las Primigenias… ¿Qué aspecto tendrá el Rey Supremo en persona?

¿ Cómo será? No puedo evitar preguntarme si la crueldad y la brutalidad que bullen en su interior también se reflejaran en el hombre al que me encontraré en cuestión de minutos.

No conozco a nadie del Paseo del Muelle que haya visto al hombre que atormenta nuestras vidas y que nos aterroriza; un tirano en todos los sentidos.

Los zapatos me aprietan los dedos de los pies. Los dejaron junto al vestido, así que imagino que Lobo se equivocaría al adivinar la talla y, por lo tanto, él es el único culpable de la ampolla que me ha salido en el talón.

El vestido, en cambio, parece flotar sobre mi piel, tan suave como una caricia. Entonces, un destello de asombro ilumina algo dentro de mí.

Siempre me han encantado los vestidos, pero, desde que tuvo lugar la rebelión, llevarlos es una completa imprudencia para quienes vivimos en el Paseo del Muelle.

Cuesta mucho correr con ellos y, si hay que saltar al agua, pesan tanto que podrían arrastrarte a las profundidades. Por no hablar de que los bajos de los vestidos acabarían llenos del fango y la porquería que inunda las calles en menos de una hora.

Aquí, sin embargo, la falda se desliza sobre la piedra pulida del suelo y se mueve con suma elegancia bajo la luz de las antorchas.

Me siento fuerte.

Y también valiente.

Invencible.

Garra avanza a mi lado, tan cerca que parece mi sombra.

Cada paso nos acerca más al centro del lugar que ostenta el poder de Eireann, donde dará comienzo del Ensayo.

Lo sé. Los cortesanos que deambulan por los pasillos y las alcobas brillan por las joyas que decoran sus atuendos, más de las que cualquiera podría imaginar; pulseras de plata que tintinean en sus muñecas nobles y montones de cadenas pesadas de oro colgando de sus cuellos.

Me obligo a mantener la barbilla bien levantada cuando nos aproximamos a las altas puertas de madera pulida con rubíes y ónices.

La forma en la que el resto de los nobles nos miran tanto a mí como a Aoife, que me saca unos pasos de ventaja, hace que me ponga de los nervios.

Sé que no puedo confiar en ella, pero tal vez deba ponerme en su lugar; la soledad es un dolor abrumador que puede atravesarnos el alma hasta en la sala más concurrida de un castillo.

—¿Estás bien? —Yo misma me sorprendo por preguntarle.

Veo un inconfundible rubor que asoma en las mejillas de Aoife y, al segundo, me arrepiento de mis palabras. Su cabezonería la obliga a no apartar los ojos de la puerta que tenemos delante y levanta una mano para golpear la madera tallada.

—Sí, estoy bien —murmura.

Garra me da un ligero codazo y me lanza una mirada de advertencia que le crispa el rostro.

La puerta se abre y, aunque siento que estoy preparada para lo que está por venir, noto que se me revuelve el estómago.

La luz de las velas ilumina la sala y me fijo en los distintos espejos de todas las formas y tamaños posibles que cubren las paredes; estimo que habrá más de cien.

Y, gracias a esos espejos, veo que todos los ojos se clavan en mí.

Por suerte, nunca me he topado con un nido de víboras, pero imagino que la sensación debe de ser muy parecida: murmullos siseantes y miradas que me atraviesan la piel.

Hay una ponzoñosa tensión en el ambiente que hace que todo vibre a mi alrededor.

Y, en cuanto Aoife retrocede y se queda en uno de los laterales de la sala, lejos de la muchedumbre, me doy cuenta de hacia quien dirigen su odio los nobles.

Todas y cada una de las personas que hay en este lugar me quieren muerta.

La pregunta es: ¿intentará matarme alguna de ellas esta noche?

Siento la impetuosa necesidad de acariciar el puñal que llevo escondido bajo la manga del vestido.

—¿Te lo has pensado mejor? —El apagado sonido metálico de la espada que lleva Garra en el costado me ayuda a relajarme un poco. Y, por lo poco que le conozco, juraría que lleva otra docena de dagas escondidas por todo el cuerpo.

—Qué gracia que creas que me he parado a pensar algo de esto.

Garra resopla, pero no se me escapa la seriedad con la que observa a todas las personas que nos fulminan con la mirada, que es prácticamente todo el mundo.

—Bueno, no puedo asegurarte nada, pero haré todo lo posible por mantenerte a salvo. —El calor constante que mana de su cuerpo me reconforta, aunque sé que no debería, porque, por mucho que su misión sea protegerme, no deja de ser une espía de Lobo.

Levanto una ceja y digo:

—No me digas que te vas a poner triste si alguien decide rajarme la garganta.

—¿Triste? —Garra niega con la cabeza y su pelo cobrizo brilla bajo la luz de las velas—. No especialmente. —Suelta una carcajada y añade en un murmullo—: Pero sí que me metería en problemas con cierta persona, muchos más de los que me gustaría afrontar esta noche.

Respiro hondo y escudriño la enorme sala con la mirada para decidir hacia dónde me dirijo primero.

La luz se refleja en unos cristales preciosos que hacen que todo brille y resplandezca con el parpadeo de las velas que bailan en la oscuridad.

Escucho un murmullo continuo que proviene de pequeños grupos de chicas y mujeres que hay dispuestas a lo largo de la sala de espejos.

Todas me observan como si quisieran devorarme con la mirada.

Aunque de primeras me aterra, tampoco me sorprende que la mayoría de las que parecen tener mi edad lleven dagas a la vista, o bien colgadas de la cintura o en fundas que cubren sus antebrazos.

Ellas son mi competencia en esta lucha por ser la única superviviente.

Me acerco a una mesa baja en la que hay dispuestas unas jarras blancas de cerámica junto a unas tacitas de gres. Agarro una de ellas y veo los destellos de un líquido rojo oscuro que me llevo a los labios.

Vino . Noto su sabor denso y seco, además de un ligero toque a bayas ácidas, y su delicioso calor me baja por la garganta tras el primer sorbo.

Me giro para mirar a Garra, que viene justo detrás de mí.

—¿De verdad crees que me voy a tragar que te meterías en problemas si me pasara algo?

—murmuro. Le doy otro sorbo al vino y apoyo la espalda en la pared para que nadie pueda atacarnos por detrás.

Desde aquí lo veo todo, al menos por ahora.

Vuelvo a mirar a Garra y digo—: Porque a mí me da la impresión de que Lobo más bien lo celebraría, siempre y cuando cumpla antes con mi parte del trato.

No sé cómo, pero siento que, cada vez que Lobo hace algo, corro más peligro.

Por no hablar de todo eso de ser una distracción para el príncipe. Que no me matara en el jardín de los rosales no quiere decir que pretenda arriesgarme a darle la oportunidad de volver a acercarse a mí tanto como para poder atravesarme con ese pesado sable que lleva encima.

Garra echa un vistazo por encima del hombro y contempla con detenimiento cada esquina de la habitación. Entonces, me fijo en una enorme cortina roja que cuelga del techo al fondo de la sala, como si estuviera esperando a que la abrieran para adentrarnos en lo que nos espere al otro lado.

Nadie se acerca a nosotros, ni siquiera Aoife, que sigue en el lateral opuesto de la sala. Sin embargo, todos los presentes comparten la misma cara de repulsión.

—No lo conoces tanto como crees —susurra.

—No lo conozco nada —contesto por lo bajo.

Me trago otro sorbo de vino y noto que la quemazón del alcohol me viene bien—.

Me pregunto qué estará haciendo mientras me juego el cuello por él…

—Clavo el dedo en el pecho de Garra cuando el vino hace que se me suelte la lengua—.

¿Emborracharse en un prostíbulo? ¿Disfrutar de la noche sin que nadie intente arrebatarle la vida?

—Te puedo asegurar de que han tratado de asesinarlo en más de una ocasión. Créeme. —Recorre la habitación con la mirada y duda un momento antes de añadir—: Y algunas de las personas que lo han intentado están en esta misma sala.

Sus palabras me dejan perpleja.

—¿En serio? —exclamo, acercándome aún más. Es hora de poner a prueba mi teoría—. No tendrán esos intentos de asesinato algo que ver con los ataques que han tenido lugar en los campos de cereales, ¿no?

Juro que, si los rebeles están quemando los campos y arrastrándonos hacia la hambruna, seré yo misma la que le clave un puñal a Lobo antes de que pueda seguir haciéndole daño al pueblo.

Garra suspira lentamente.

—¿Cómo sabes tú…?