DOCE #4
Ignoro el desgastado vestido color carmesí con encajes negros que me trajo la sirvienta a la que envió Aoife y lo dejo en la cama.
En la nota que venía con el vestido, me advertía de que pocas campesinas lograron sobrevivir a la primera ceremonia, así que los de la realeza nunca se han molestado en vestir a las campesinas que traían al castillo para morir.
«Mejor este vestido carmesí que el de una sirvienta», decía Aoife en la nota, como si supiera que el color me revolvería las tripas.
Lo que llevo puesto ahora es cien veces mejor.
Parezco una de las diosas a las que vi bordadas en los viejos tapices, rodeadas de lobos, sus guardianes, y con los violentos remolinos negros y verdes como un fuego mágico que brotaban de sus manos.
Siento como si yo misma pudiera canalizar la magia de los Siete Pozos, si es que dejaron algo en sus profundidades, y fantaseo con la idea de reducir este lugar a cenizas con solo chasquear los dedos.
Como si fuera la clase de mujer que podría matar a un rey tirano.
Mi vestido es de una seda negra como la noche, entretejida con hilos de plata que emiten un ligero destello con cada movimiento.
La joven sirvienta comprueba por última vez los cordones entrecruzados por mi espalda antes de marcharse y dejarme sola.
Los hilos plateados no deslumbran ni emiten un brillo intenso.
El efecto es más sutil y se parece al tenue resplandor de la magia que he visto con mis propios ojos.
Entonces, cuando me giro hacia el espejo de pie, se me corta la respiración al ver mi reflejo.
El negro sigue siendo uno de los colores que representa al Rey Supremo y a su familia, así que el color de mi vestido podría interpretarse como un homenaje que les rindo.
Pero yo sé que no es así.
«No te preocupes por eso. Darás la talla».
Todavía puedo saborear el humo y el cuero del aroma que desprendía Lobo y que impregnaba el ambiente cargado de tensión de la alcoba.
Se me acelera el pulso al recordar cómo se resquebrajó la coraza que ocultaba sus emociones cuando estábamos en la alcoba, aunque fuera un instante, y cómo sus palabras se deslizaron entre las sombras, como la hoja afilada de un puñal.
No obstante, hay algo que no me cuadra. Está claro que los miembros de la realeza estarán pendientes de que no se produzca ninguna traición durante las apuestas importantes de una competición como el Ensayo.
Sin embargo, eso no explica por qué Lobo cree que el príncipe Cash podría querer buscarlo a él .
De pronto, alguien llama a la puerta. Me aliso la falda de seda del vestido con las manos y respiro hondo para tratar de tragarme el nudo que tengo en la garganta.
Puede que muera esta noche.
Ninguna campesina de las que ha participado anteriormente en el Ensayo ha sobrevivido, y solo puede ganar una.
La Corona me lo ha arrebatado todo: a mi madre, así como el alma de mi padre tras la rebelión y la ejecución de mi madre. La misma Corona que prohibió y eliminó la magia que me habría ayudado a salvar la vida de mi hermana sin tener que traficar con la mía.
Ya he sobrevivido a lo peor que podía hacernos el Rey Supremo, y el Ensayo no va a ser distinto a todo lo que ya he vivido.
Antes de escapar, haré todo lo posible por sobrevivir el tiempo suficiente para matar al rey y trataré de liquidar a todas las hijas de nobles que estén dispuestas a traicionar a Eireann antes de escapar, bien sea encontrando una forma de salir antes de que termine el Ensayo o ganando y buscando algún vacío legal que me permita no tener que casarme con el príncipe.
Cuando lo haga, Finn y yo seremos libres para huir.
Tal vez, podríamos irnos a una aldea en la que nadie nos conozca y, allí, tendríamos una pequeña granja con cabras para hacer queso y con espacio suficiente para plantar patatas y especias.
Y quizás también tendríamos un par de gatos. Y un manzano.
No sé por qué, pero siempre he querido tener un manzano.
Agarro el puñal más largo de los dos que me dio Lobo cuando llegué al castillo y me lo guardo en una banda ajustada de cuero que me cubre la parte posterior del muslo, de modo que la fina hoja queda oculta justo detrás de mi rodilla, bajo la seda vaporosa del vestido.
El otro puñal me lo guardo en el guantelete que llevo en el antebrazo y que queda tapado por las mangas fluidas de la tela oscura que brilla como las estrellas de un cielo nocturno.
Las palabras de Lobo se repiten en mi mente.
«Eres exactamente su tipo».
Pero se equivoca.
No sé qué clase de juego se traerán entre manos los Susurradores, pero soy mucho más que una pieza que mover en un tablero. Soy mucho más que un cebo para un príncipe.
Soy yo misma.
Tengo mi propia identidad.
Y haré lo que haga falta para sobrevivir.
Por primera vez en años, dejo que las brasas mordaces y crepitantes que arden en lo más profundo de mi ser desde el día en que ejecutaron a mi madre se reaviven e incendien todas las venas de mi cuerpo.
Me entrego al fuego que hay en mi interior y salgo por la puerta.