Una tentación de susurros y lobos DOCE #3
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DOCE #3

Los rasgos marcados de su rostro se suavizan y me transmiten una calma forzada a la par que irritante.

—Estás… —Su mirada cauta sube poco a poco por mi cuello hasta detenerse en mi cara. Por un segundo, entierra los dientes en su labio inferior, como si estuviera pensativo y algo le hubiera pillado desprevenido—. Sonrojada.

Levanto la barbilla y respondo:

—Es lo que tiene el calor y el vapor.

—¿Has estado en los baños? —Da un pequeño paso al frente y se queda quieto—. No deberías ir sola a esos sitios, Maeve.

La forma que tiene de pronunciar mi nombre me transmite peligro.

Pero no porque lo odie, sino porque sé que debería odiarlo, pero algo me lo impide.

Me obligo a sostenerle la inquebrantable mirada y exclamo:

—No estaba sola.

Tampoco es que le deba ninguna explicación.

La mandíbula de Lobo se tensa antes de decir:

—Hay media docena de mujeres deambulando por estos pasillos que bailarían sobre tu tumba si tuvieran la oportunidad de matarte.

Y no solo pueden acabar contigo en las tres Pruebas del Ensayo: Astucia, Sabiduría y Fuerza.

—Hace énfasis en el nombre de cada prueba—.

Podrían matarte en cualquier esquina o salón que pises —exclama en tono firme—.

Eso sin contar los cientos de nobles de mayor o menor clase que están apostando más dinero del que poseen la mitad de ellos por cómo acabará el Ensayo.

¿Y tú te dedicas a ir por ahí con extraños?

—¿Y qué? ¿Se supone que contigo estoy a salvo?

—espeto con una risa amarga. Él ha sido el primero en poner mi vida en peligro—.

Y, de hecho, son siete las mujeres que quieren matarme.

—Si se va a poner insistente con los peligros que corro, al menos que diga la cifra bien.

Hay siete mujeres que me quieren muerta, todas pertenecientes a familias de los Siete Pozos.

¿O tal vez fueran ocho? De pronto, me viene a la mente el vago recuerdo de los estandartes que ondeaban sobre las casas del distrito mercantil, además de lo que dijo Aoife sobre las familias a las que desheredaron durante la rebelión. ¿Acaso las eliminaron? Tengo tanto calor que no puedo pensar.

Entonces, Lobo me atraviesa con la mirada.

—Son seis —repite en voz baja, pero con seguridad. Sin embargo, me da la impresión de que está librando una batalla en su interior—. En los Ensayos anteriores sí que hubo siete. Pero, tras la rebelión, en este Ensayo serán seis. Pronto lo descubrirás por ti misma.

Debería aprovechar esta oportunidad para buscar respuestas a las preguntas que se cuecen en mi cabeza.

¿Qué va a pasar esta noche? ¿Cuál será la noble que intente matarme primero?

Vale, ofrecí mi vida a cambio de un poco de magia para salvar a Finn, pero ¿por qué los Susurradores quieren que salde esa deuda justo ahora ?

Sin embargo, al final no me decanto por ninguna de ellas.

—¿Finn está…? —Su nombre está impregnado de desesperación y esta vez no me importa que Lobo escuche el miedo que tiñe mi voz.

Es él quien se ha plantado aquí, quien me ha metido en esta alcoba y quien ha sacado el tema.

Siento la necesidad imperiosa de saber si mi hermana está bien, hasta el punto de que la incertidumbre se transforma en un dolor que me cala hasta los huesos.

Un silencio ensordecedor se extiende por toda la alcoba.

Finn está bien. Tiene que estarlo.

No me imagino un mundo en el que mi hermana no…

Entonces, veo algo en la dureza de su rostro que se suaviza. Lobo suspira lentamente y sus ojos escudriñan mi rostro, como si estuviera analizando mi reacción otra vez.

—Tu hermana está viva —responde en voz baja. Me percato del breve brillo de sus ojos, como si estuviera acordándose de algo divertido—. Y te envía… saludos.

Conociendo a mi hermana, al menos la mitad de esos «saludos» son insultos que tuvo que soltar entre gritos mientras intentaba darle una paliza a Lobo.

—¿La has visto? —Respiro hondo y noto una punzada de alivio que se instala en mi pecho—. Está ayudándote, ¿verdad? Está luchando con vosotros para lo que sea que os traigáis entre manos.

Lobo ladea la cabeza y me observa con atención. Veo el reflejo de algo oscuro y secreto en su mirada calculadora, pero no me contesta.

Doy un paso adelante y recorro los escasos pasos que nos separan en la pequeña alcoba antes de apoyar la frente contra la fría pared de piedra que hay junto a él.

—¿Nunca has pensado en hacerte poeta? —mascullo, mirándolo de reojo—. En serio. Tienes un talento innato para las palabras, ¿eh?

El sarcasmo baña cada una de las mías.

La boca de Lobo se curva hacia arriba y se le escapa una sonrisilla, pero la disimula al instante.

Vuelve a apoyar la cabeza en la pared y ese pequeño movimiento basta para que sienta su cara mucho más cerca de la mía ahora que estoy justo a su lado.

Entonces, pasea contra la piedra una daga que ni siquiera le había visto desenvainar y el rasguño de la punta de la hoja hace que se me ponga la piel de gallina.

—Si no se hubiera desatado la rebelión, podría haber sido muchas cosas.

Mi mirada se encuentra con la suya y respondo:

—Pero aquí estamos.

—Sí, aquí estamos.

De buenas a primeras, escucho a lo lejos el tañido de una campana que se repite seis veces. La tocan para indicar la hora y para que todos los que van a asistir a la ceremonia de esta noche sepan que solo quedan dos horas para que dé comienzo el Ensayo.

Lobo me escudriña de nuevo con la mirada y dice:

—¿Estás preparada?

El estómago me da un vuelco.

—¿Crees que el Rey Supremo pedirá que me maten si aparezco con las mallas de cuero y la túnica?

Así, cuando las nobles vengan a por mí, al menos llevaré puesta la ropa con la que estoy acostumbrada a luchar.

—Ah, no te preocupes por eso. Darás la talla —responde con una ligera sonrisa—. Y no estoy aquí porque tenga «tendencias suicidas» como acabas de decir. Y tú tampoco.

—Ya me he dado cuenta. Me lo dejaste bastante claro cuando dijiste que no podíais sacrificar a uno de los vuestros.

—Eso también. —Sus ojos me observan tal y como lo hizo el príncipe Cashel en el jardín, con una mezcla de reconocimiento y astucia.

Una mirada que me hace levantar la barbilla—.

Podría haberte infiltrado en el castillo como una de las sirvientas o podría haber obligado a participar en el Ensayo a cualquier otra persona que tuviera una deuda pendiente con nosotros.

Créeme, no eras la única opción —añade con una sonrisa maliciosa—.

Pero eres tú la que está aquí porque… —Se inclina más hacia mí—. Eres exactamente su tipo.

La boca se me queda seca, pero aun así me las arreglo para preguntar:

—¿El tipo de quién?

De pronto, vislumbro algo parecido a la pena flotando en los ojos verdes de Lobo. En ese momento, dobla la mano antes de apretarla con fuerza sobre su costado y susurra:

—De Cash. Tus ojos… —Se muerde el labio—. Son casi del mismo color que los ojos de la única persona a la que ha amado de verdad.

Noto que el aire que nos envuelve está cada vez más cargado y mis músculos, cada vez más tensos.

—¿Cómo coño ibas a saber tú eso?

Su mirada refleja la duda que le invade, como si estuviera debatiéndose entre darme otra pequeña pista o callarse.

—Puede que lo conociera de antes —murmura, pasándose un dedo por la cicatriz que tiene en la sien. La cicatriz que le hice con mi puñal—. O, tal vez, resulte que el mentiroso soy yo.

La rabia hace que se me enciendan más aún las mejillas.

—¿Me estáis usando como cebo para un príncipe tan despiadado como el rey al que queréis que mate?

Lobo se cubre la cabeza con la capucha de su capa negra y agarra el borde del tapiz sin dudar ni un segundo. Me dedica una mirada inquieta por encima del hombro, una mirada teñida de algo que, si no lo conociera, podría confundir con arrepentimiento.

—Yo prefiero la palabra… distracción —dice entre dientes—. Mientras esté pendiente de ti, no me buscará a mí.

—¿Por qué iba a buscarte a…?

Deja caer el tapiz a sus espaldas.

Entonces, tiro de la tela hacia mí, porque no considero que haya terminado de hablar con él. Y no sé cómo, pero ha desaparecido.

Se ha volatilizado.

Al otro lado del tapiz, solo quedan los acechantes ojos de los retratos colgados en el pasillo y un eco lejano que juraría que viene de lo más profundo de las paredes.

La noche proyecta las primeras sombras en el suelo de mi habitación.

Noto los latidos retumbándome en el oído mientras la joven sirvienta a la que envió Aoife hace una hora, después de que volviera de los baños, me recoge el pelo en unas complejas y pequeñas trenzas.

Docenas de trenzas se extienden por mi melena; algunas enmarcan mi cara y otras le dan un toque despeinado al asomar por debajo de la mata de pelo.

Llevo la mitad del cabello recogido hacia atrás y me lo ha dejado suelto por un lado. La parte de mi cara que queda a la vista la llevo maquillada con unos polvos dorados que acentúan mis pómulos.

Después, la chica me pasa un espejo y observo la generosa capa de kohl que me ha aplicado por la línea de las pestañas que hace que mi mirada gris parezca hecha de acero, severa y mortal.