Una tentación de susurros y lobos DOCE #2
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DOCE #2

La toalla con la que me tapo la piel desnuda es tan suave como una manta.

Aun así, el asfixiante calor me sube por el cuello hasta las mejillas.

Lo que me gustaría en realidad sería quitarme la toalla y tumbarme desnuda sobre las baldosas frías, pero no pienso jugarme la vida quedándome sola en esa sala para enfriarse, porque no sé cuáles son las salidas y las entradas que hay en este lugar.

Y mucho menos sin llevar un arma encima.

Me cuesta la propia vida ponerme la túnica y las mallas de cuero al tener la piel tan mojada. De hecho, cuando por fin termino de vestirme, estoy más sudada que antes.

Al mirarme en los espejos empañados del vestuario, me detengo a contemplar la melena castaña que se me pega a la frente y la mirada borrosa formada por los ojos gris pizarra y unas pestañas largas y oscuras. Entonces, percibo el rosa que enciende mis mejillas.

Vuelvo a guardarme los puñales en las vainas que llevo en el costado con facilidad y me obligo a salir del vestuario para regresar a trompicones por el laberinto de pasillos excavados en la montaña por los que vinimos antes.

De pronto, me atraviesa una brisa gélida.

Lo único que escucho es el sonido amortiguado de mis botas desgastadas sobre las piedras mientras observo la luz naranja que parpadea desde los candelabros de hierro.

Sigo mareada y el calor nubla todos mis sentidos.

A lo largo de los pasillos rocosos, hay tapices que cuelgan de las paredes.

Sin embargo, estos no son tan elegantes como los que hay en los pasillos superiores del castillo; no, estos tienen los bordes amarillentos y deshilachados, y me da la impresión de que podrían tener siglos.

Quizás sean tan antiguos como la mismísima Realeza Suprema.

Entonces, veo un tapiz especialmente largo colgado en mitad del pasillo. Me detengo y, tras echar un vistazo por encima del hombro y ver que no hay nadie detrás de mí, paseo los dedos por las delicadas joyas y los hilos plateados con los que está tejida la tela del tapiz.

¿Cómo es que nadie los ha robado a lo largo de todos estos años?

En cuanto lo pienso, me viene el recuerdo del Muelle Negro y siento un repentino peso sobre los hombros.

Ya. Por eso no los han robado.

Sin embargo, tocar no es sinónimo de robar.

Así que me permito acariciarlo, primero con un dedo y, luego, con otro; recorro con cuidado las figuras bordadas que escenifican batallas pasadas, así como los diminutos trozos de rubíes que brillan a la luz de las antorchas y que hacen que la sangre derramada durante siglos parezca fresca.

Las palabras que hay encima del tapiz dejan claro por qué casi un tercio de la obra está hecho con hilo rojo y fragmentos de rubíes.

La batalla de la sangre derramada.

La batalla que se libró después de que el primer Rey Supremo, Berach el Astuto, expulsara a las Primigenias y acabara con los intentos del reino de Cymrea de invadir sus tierras en mitad del caos que se desató.

En el Paseo del Muelle, no hay ninguna escuela oficial.

Y tampoco hay profesores, libros ni clases.

No obstante, tenemos historias y, si las cuenta la persona adecuada, esas historias acaban siendo más poderosas que cualquier lección o escrito.

Y, viva el tiempo que viva, nada borrará de mi mente la suave caricia de las palabras de mi madre cuando me las enseñó.

Me detengo a contemplar el tapiz con el ceño fruncido.

Aunque no sé por qué, pero hay algo que no me cuadra.

Reconozco algunas partes, fragmentos que coinciden con la idea general de las historias que me susurraba mi madre mientras me arropaba por las noches.

Los Siete Pozos tienen colores vivos y están bordados con hilos negros resplandecientes y plateados, así que el efecto se asemeja a la magia de una noche estrellada contenida en sus profundidades.

No obstante, también hay franjas de niebla que flotan en los bordes del campo de batalla y que se arremolinan entre campos teñidos de amarillo.

Me fijo en los ejércitos enfrentándose en el mapa del tapiz y el bordado es tan delicado que el estómago me da un vuelco al ver el dolor que reflejan las caras de los combatientes.

Y, en la esquina del extremo izquierdo, donde la batalla se extiende por el centro desde una torre gris en la ladera de un acantilado al oeste, me percato de un rostro apenas visible que se oculta tras las sombras de una piedra.

Es una mujer solitaria con una diadema dorada que le cae sobre la frente y con sombras arremolinándose en sus manos.

Si no me hubiera acercado tanto al tapiz, no la habría visto.

Por la forma en la que está bordada la torre, casi parece uno de los Siete Pozos, los cuales puedo distinguir en el resto del tapiz con facilidad.

Y, en la esquina del extremo derecho, aparece Cymrea, al este, con las fauces afiladas que tiene por frontera abiertas de par en par.

Noto cómo la bilis me va subiendo por la garganta al fijarme en las lindes del mapa.

Nuestra isla jamás les pertenecerá.

El tapiz se mueve y, de repente, sale una mano de detrás de la pesada tela.

Cuando estoy a punto de gritar, la mano me agarra de la muñeca y tira de mí hacia ella. Cada músculo de mi cuerpo se prepara para chocar contra la pared que hay tras el tapiz, pero, para mi sorpresa, no hay nada.

Me deslizo por el borde donde la tela se une con la pared y acabo en una alcoba oculta, pegada a un pecho duro y cálido. Un olor a cuero y a humo enturbia mis sentidos, pero es el dulce aroma a salvia lo que evita que entre en pánico justo antes de que una voz ronca maldiga en voz baja.

—Por la Mártir… Mira que te lo he dicho, que no vas a encontrar una salida.

Es Lobo.

De no ser por la luz de las antorchas que se cuela por el borde del tapiz, estaríamos completamente a oscuras, pero basta para distinguir el nacimiento de su pelo oscuro peinado hacia atrás, resultado de un arrebato de frustración, y el brillo dorado del broche de su capa negra.

Las armas que lleva envainadas en las costillas reflejan la tenue luz y sus ojos oscuros parecen trozos de carbón.

—¿Quién te ha dicho que estoy buscando una salida? —exclamo en voz baja, aunque la rabia que siento se cuela en mis palabras.

—Tú misma —responde en un tono firme a la par que cauteloso.

Tiene razón. Cuando me vio los pies manchados de tierra, fui yo la que permitió que pensara que había intentado escapar en lugar de decirle la verdad: que me dejé arrastrar por el miedo.

—A lo mejor te mentí.

Los ojos de Lobo brillan en la oscuridad y da un paso hacia atrás justo después de soltarme la muñeca.

—Y yo que creía que querrías saber si tu hermana seguía con vida… Lo malo es que no ayudo a mentirosas , así que dime: ¿lo eres o no?

Un escalofrío me atraviesa la espalda de arriba abajo. Toco el filo del puñal que llevo en el costado, el que él me dio. Joder, tengo que preguntárselo. Necesito preguntárselo. Pero esa estúpida sonrisa de satisfacción que tiene en la cara…

Los latidos de mi corazón se desbocan cuando exclamo entre dientes:

—Te juro por todas las Primigenias que como se te ocurra hacerle daño…

Lobo apoya la espalda contra la pared y cruza los brazos por encima de la chaqueta de cuero que lleva debajo de la pesada capa. Esta vez sí que va acompañado de su espada, y no solo de las dagas que lleva en los lados.

—Sigue.

Entonces, escuchamos unos pasos a lo lejos y ambos nos quedamos de piedra.

Las risas suaves se van volviendo más fuertes y agudas con cada taconeo que retumba sobre las piedras.

Aunque prácticamente no puedo verla, siento la mirada tan astuta como violenta que me lanza Lobo en la penumbra.

De pronto, distingo un ferviente atisbo de determinación en su mirada severa que hace que no me quepa la menor duda de que se enfrentaría a quien quiera que esté al otro lado del tapiz antes que permitir que lo encuentren y arriesgarse a que lo apresen.

¿Qué le haría la Dama de las Sombras a alguien como él?

O a alguien como yo, si se enterara de por qué estoy aquí en realidad.

Los ojos de Lobo me obligan a quedarme quieta, y ninguno de los dos nos movemos ni un centímetro.

Poco a poco, el eco de las risas y el taconeo desaparecen. Lo único que escuchamos ahora es el murmullo silencioso de nuestra respiración.

Lobo chasquea la lengua y, con una mano, se frota la barba incipiente que le cubre la cicatriz de la mandíbula. Entonces, me lanza una mirada que hace que se me erice la piel de todo el cuerpo.

Se aparta de la pared y da un paso hacia mí.

—No has salido corriendo.

El orgullo me oprime las costillas.

—Te he dicho que no lo haría, ni lo voy a hacer. En eso he salido a mi madre.

Y ella tampoco era una cobarde.

Ladea la cabeza y una chispa de curiosidad se cuela en su mirada penetrante.

—Ya veo… —responde.

La oscuridad es tan densa que podría atravesarla con la hoja de mi puñal.

—¿Qué estás haciendo aquí, Lobo? Además de hacerme perder el tiempo si no tienes intención de decirme cómo está Finn.

Me observa con detenimiento. Baja la voz hasta que no es más que un susurro socarrón, pero no deja de fulminarme con la mirada en ningún momento.

—Ya te lo he dicho: asegurarme de que no eres una mentirosa.

Me obligo a sostenerle la mirada y digo:

—¿Acaso tienes tendencias suicidas?

El castillo está repleto de guardias de la Garda, sobre todo esta noche, que se celebra la Revelación.

Lo peor es que sigo sin tener ni idea de cuándo pretenden matarme las hijas de nobles, de qué clase de ropa debería ponerme ni de cuántas armas soy capaz de llevar encima, si es que puedo llevar alguna.

Lobo, que sigue junto a la pared, se mueve lo suficiente como para que el rayo de luz que se filtra por el borde del tapiz le ilumine la cara.

Un breve destello me permite ver las ojeras marcadas que envuelven sus ojos, aunque son tan oscuras que podrían confundirse con moratones, y el rastro de una vieja herida que reflejan sus ojos verdes hace que se me encoja el estómago.

Aun así, me obligo a enterrar esa sensación.