Una tentación de susurros y lobos DOCE
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DOCE

E l vapor me golpea en la cara como si me diera de bruces contra una pared.

El olor me resulta de lo más familiar y me recuerda tanto a la bruma que asola el Paseo del Muelle que se me encoge el corazón y, por un segundo, me quedo sin aire.

Hogar.

El mero recuerdo me provoca un dolor físico que se instala entre mis costillas y me las oprime. Mientras tanto, Aoife me guía a través de varias puertas hasta llegar a un lugar con un suelo de baldosas que se divide en dos direcciones.

—El baño de los hombres está por allí —dice señalando a la izquierda—. Y, el de las mujeres, por aquí. Cada persona puede elegir con el que se sienta más cómoda.

Me encuentro a una cortesana al final del pasillo de las mujeres que me sonríe con tanto entusiasmo que me pone nerviosa, a pesar de que lo único que está haciendo es ofrecerme una toalla.

Noto todos los músculos del cuerpo agarrotados conforme escudriño las esquinas, buscando algún peligro.

Aunque la primera prueba del Ensayo no ha empezado aún, no sé si existe la posibilidad de que alguien intente matarme antes de tiempo.

En cuanto me quito la ropa, me envuelvo en la toalla y trato de ignorar lo vulnerable que me siento al no sentir el frío de los puñales contra mi piel.

Varios pares de ojos siguen nuestros pasos entre susurros cuando nos dirigimos al baño de mujeres.

Decido mantener la cabeza agachada. Al principio, tengo la inquietante certeza de que me están observando porque noto sus ojos clavados en mí, casi sin pestañear. Sin embargo, cuando me atrevo a echar un ligero vistazo, me doy cuenta de que tampoco le quitan el ojo de encima a Aoife.

Los baños son como una especie de gruta excavada en la roca gris que se extiende bajo el castillo.

Las espirales de vapor se arremolinan lentamente por todo el lugar.

Bajo la superficie verde glacial, no hay chimeneas que calienten el agua ni nada parecido a una tubería; es como si cada baño, que parece una piscina natural, obtuviera el calor desde las profundidades de la propia montaña.

Como si el corazón de la montaña estuviera fundido.

Aoife me conduce hasta una piscina en la que no hay nadie. Los murmullos y las miradas cargadas de desconfianza que nos llegan de las otras piscinas parecen desaparecer en cuanto me meto en el agua con ella; el leve silbido del vapor que flota a nuestro alrededor ahoga los demás sonidos.

Me fijo en el tenue resplandor que sale de unas gruesas velas que hay incrustadas en las paredes y en las cestas repletas de toallas blancas mullidas y jabones de colores llamativos como joyas que descansan en el borde de la piscina natural.

Me hundo más en el agua y dejo que mi cuerpo se acostumbre poco a poco al calor.

Y, joder , mis músculos no tardan ni un segundo en empezar a relajarse, a pesar de la amenaza que me supone no tener mis armas a mano.

El calor que me envuelve es tan agradable que decido agarrar uno de los jabones de colores y hago espuma con las manos.

Las burbujas flotan sobre la superficie y el suave aroma que impregna el aire me recuerda a la miel.

Aoife lo huele y me mira de reojo.

—¿Sabes que esas flores crecían en una de las fincas que hay al oeste? El clima de los acantilados costeros era perfecto para las perdigueras. De hecho, la casa Doran ganó una fortuna con ellas durante generaciones, y sus pétalos se pueden destilar para hacer un elixir relajante.

—¿La casa Doran?

Arruga la nariz, un gesto que podría resultar de lo más adorable si no fuera porque me hace sentir como una niña chica.

—Seguro que has escuchado hablar de ellos.

—Si te digo la verdad, en el Paseo del Muelle no es que se estilen mucho las clases de Historia —exclamo antes de levantar la cabeza del borde de la piscina y ponerme a juguetear con el jabón. Entonces, se me resbala de las manos y maldigo en voz baja.

—La casa Doran fue la familia noble que estuvo detrás de la rebelión. Así que los… —Aoife frunce el ceño—. Los aniquilaron. A otra familia la desheredaron, pero les permitieron demostrar su lealtad.

Su voz se quiebra un segundo, pero sigue hablando en un susurro.

—¿No lo sabías de verdad? Así fue como Cashel se convirtió en heredero.

Descubrió todo el plan y se lo contó a su padre.

Es más, hasta que no se produjo la rebelión, Cash no era más que el hijo mayor del rey.

La sucesión no estaba asegurada en absoluto, sobre todo si alguno de los hijos de la nueva Reina Suprema vivía.

—El Príncipe Sanguinario —murmuro con las mejillas rojas por el calor—. No me extraña que le pusieran ese nombre.

Entonces, veo en los ojos de Aoife un destello de algo que no logro descifrar.

—Cash no es ningún monstruo. Cuando los dos hijos de la Reina Suprema enfermaron durante la rebelión, el príncipe no se separó de ellos.

Incluso cuando se marchaban los curanderos, él se quedaba y los vigilaba toda la noche.

Ambos murieron, pero estoy segura de que Cash hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudarlos.

Él siempre ha hecho lo que hiciera falta para proteger la Corona.

Pero reconozco el sonido de una mentira cuando lo escucho.

Le lanzo una mirada de sospecha y pregunto:

—¿Por qué me cuentas todo esto?

No hay motivos para que se moleste en contármelo o para que le preocupe lo que me pase en el Ensayo.

Aoife acaricia la superficie del agua y su mandíbula se tensa cuando dice en voz baja:

—Sé lo que ocurre en los Ensayos. Matar se convierte tanto en un deporte como en una necesidad.

Y sí, solo sobrevive una porque solo puede haber una reina y nadie quiere que siga con vida una rival que pueda reunir un ejército para desafiar a la ganadora.

—Mira a ambos lados antes de añadir—: De hecho, ya ha pasado antes.

Pero esta tradición de obligar a una campesina a participar, de torturarla por pura diversión…

—Frunce los labios—. Creo que no está bien aprovecharse de personas inocentes para que las demás escarmienten.

Suelto una risa amarga que me deja un sabor ácido en la boca.

—¿Y no es eso lo que mejor se les da a los tuyos?

Se mueve, inquieta, y echa un vistazo hacia las otras piscinas naturales antes de hundirse aún más en el agua. Entonces, aunque su voz ya era un susurro, me dice en un tono casi imperceptible:

—Quizás algunas personas consideremos que hay otras formas de hacer las cosas.

Es justo lo contrario a lo que me han enseñado siempre, a lo que he pensado durante toda mi vida que era lo correcto. Ningún noble se jugaría el cuello para ayudar a alguien como yo.

Pero… ¿Y si Aoife está diciendo la verdad?

Quiero creer que las cosas podrían ser distintas, que existe la posibilidad de construir un mundo mejor una vez que haya muerto el Rey Supremo.

¿Y si el príncipe fuera diferente? ¿Y si hubiera una reina que defendiera al pueblo y que pudiera convencer al príncipe para que permitiera que los magos recuperaran la magia, aunque sea trayéndola de otros lugares?

La mirada de Aoife se pasea por mi cuello y se detiene en la magulladura que tiñe mis clavículas y en los moratones que se extienden por mis costillas, un regalito de los guardias de la Garda que me trajeron al castillo. Aunque parezca mentira, solo ha pasado una semana.

—Los guardias podrían ayudar, ¿lo sabes?

Me cuesta la propia vida no poner los ojos en blanco al escuchar sus palabras. Los últimos a los que se me ocurriría recurrir son los guardias de la Garda, porque sé que ninguno de ellos estaría dispuesto a echarle una mano a alguien del Paseo del Muelle.

—Ellos fueron los que me hicieron esto. Y puedo defenderme yo sola.

Me analiza con la mirada y sus ojos saltan de un moratón a otro para luego recorrer la ligera curva de los músculos que están empezando a dibujarse en mis brazos después de tantos años entrenando con Finn.

Noto un pellizco en el pecho al pensar en mi hermana, pero también me siento agradecida.

Si no me hubiera presionado para que entrenara tanto, sin todo el sudor que derramé y las agallas y los músculos que saqué gracias a ella, no habría tenido ni la más mínima posibilidad de sobrevivir en este sitio.

Sin Finn, a estas alturas, me habría hundido en un pozo de desesperación.

Aoife frunce el ceño, como si estuviera intentando entender algo.

—¿Quién te enseñó a luchar?

Me quedo atónita.

Esto es peligroso.

Si hago o digo cualquier cosa que les suscite la más mínima duda a los Susurradores de que he puesto en peligro su plan, Lobo no se lo pensaría dos veces: me mataría.

Y sé que, después, mataría a Finn si creyera que estoy contando algo que pueda dar lugar a que manden a los guardias de la Garda tras él.

Noto las gotas de sudor perlándome la sien. El aire húmedo que flota a mi alrededor se vuelve denso por el intenso calor y el empalagoso aroma de demasiados jabones florales.

—Mi hermana.

Al menos no es un dato con el que pueda hacerme daño.

Alza las cejas y exclama:

—¿Tienes una hermana?

Me siento un poco más recta y me apoyo contra el borde de la piscina. Cada vez hace más calor y siento que estoy a punto de ahogarme.

—Está en el Paseo del Muelle —respondo. Por todas las Primigenias, ¿por qué sigo teniendo tanto calor aun habiendo sacado parte del cuerpo del agua?

Saboreo la sal de las gotas de sudor que me empapan el labio y la cabeza empieza a darme vueltas—.

¿Hay algún lugar en el que pueda —me limpio el sudor— enfriarme un poco?

Necesito librarme cuanto antes de este calor, pero no quiero que Aoife venga detrás de mí.

Al menos no mientras la cabeza me dé vueltas sin parar.

—Como es la primera vez que vienes, es normal que estés un poco abrumada —dice con una sonrisa y señala con la cabeza la sala con azulejos que hay al fondo de la gruta, pasando las piscinas naturales—.

Si vas por ahí, verás una sala para enfriarse.

O, si no, puedes volver al vestuario a por tu ropa.