Una tentación de susurros y lobos ONCE #2
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ONCE #2

—Venga ya. Puede que mueras esta noche —murmura, dedicándome una mirada cómplice—, así que más te vale aprovechar las pocas ventajas de estar en el castillo mientras tengas la oportunidad de hacerlo.

Aoife recorre los serpenteantes pasillos de piedra sin dudar ni un segundo.

Me guía a través de los laberínticos túneles del castillo y bajamos por varios tramos de escalera que dan la impresión de estar descendiendo por la mismísima montaña.

Cada vez que respiro, saboreo la piedra y la humedad, y los latidos de mi corazón se aceleran al recordar el aroma que se aferraba a las paredes de las mazmorras.

Siento un repentino escalofrío y me digo a mí misma que, pase lo que pase, no puedo volver allí.

Unos rostros, todos ellos severos, fríos e insensibles, nos observan desde los retratos con pesados marcos de oro que visten las paredes, aunque algunos de ellos están ennegrecidos por las esquinas debido al paso del tiempo.

Por mucho que avancemos, sus ojos parecen seguir todos y cada uno de nuestros pasos.

Y más de una vez me fijo en que muchos de ellos comparten el mismo tono rubio ceniza del cabello de Aoife, que también coincide con el del príncipe.

Sigo sin tener ni idea de por qué me dejó marcharme del jardín después de haberme mirado como si… Por todas las Primigenias, ni siquiera sé cómo llamarlo. Fue como si el príncipe hubiera visto un fantasma.

Las antorchas parpadean en los candelabros de hierro que cuelgan de las paredes. Los pasillos se estrechan y el castillo empieza a parecer más una catacumba que se adentra en las rocas de la montaña, con gruesas velas encajadas en cada rincón y grieta.

Escucho una voz aguda que sale de una de ellas y la mano de Aoife tira de mi muñeca.

Sus ojos se abren de par en par conforme me arrastra a las sombras de una alcoba vacía y noto que mis músculos se estremecen al oír el leve susurro que acompaña a la luz intermitente de las velas, a tan solo unos metros de distancia.

—Solo tienes que aceptar el trato que te ofrezco de no matarme hasta que lleguemos a la última prueba —exclama una voz ronca. Creo que es de una chica y estimo que tendrá más o menos mi edad—. Si cumples con tu parte del trato, las mercancías empezarán a llegar la semana que viene.

—¿Y podéis reponer el grano con tanta rapidez? —pregunta una segunda chica en tono de incredulidad, pero su voz es más aguda.

La primera responde con desdén:

—A diferencia de otros, nosotros no dejamos que los traidores se acerquen tanto a nuestras cosechas como para quemarlas. Los ahuyentamos como las ratas que son antes de que consigan acercarse…

—No se lo permitiremos —espeta la segunda voz en tono cortante—.

Todo el norte se encuentra en la misma situación.

Ni siquiera estuvimos cerca de capturar a todos los rebeldes ni a su ejército.

Me apuesto lo que sea a que están preparándose en algún lugar del norte o fuera de las islas hasta que decidan presentarse en mi puerta en cuanto se agoten las cosechas.

No crece nada por culpa de este maldito frío.

Veo cómo palidecen las mejillas rosadas de Aoife y siento cómo se me acelera el pulso.

¿Por qué creen estas chicas que los rebeldes están quemando los campos de grano? Estoy segura de que ningún Susurrador le haría daño a Eireann. Ya están escaseando los suministros, así que, si quemaran los campos, nos dejarían devastados.

¿Y eso de que vengan del norte? Ni hablar.

El Rey Supremo abusó de su falta de piedad tras la rebelión.

Dudo que exista alguna alianza rebelde o ejército que haya podido sobrevivir, y mucho menos permanecer escondido durante cinco putos años.

Eso por no mencionar la teoría de que estén preparándose fuera de las Islas Málmar, que sí que me parece disparatada e imposible.

Ya no quedan caoranachs con los que poder atravesar el Mar de las Serpientes.

No obstante, esas dagas que lleva Lobo… El acero es tan fino que tiene que ser algún tipo de imitación de las armas málmar.

Sin embargo, en todos los años que mi padre ha tenido su puesto de armas, nunca hemos oído hablar de ningún herrero de Eireann que fuera capaz de replicar esas espirales tan características del acero málmar.

No, nada de eso puede ser real.

Es imposible que lo que aseguran estas chicas sea verdad.

—Parece que a tu gente les vendría bien una Reina Suprema que destine más ayudas y fondos para los condados que están en primera línea de batalla. —La voz de la primera chica destila demasiada seguridad en sí misma, incluso arrogancia, como si estuviera acostumbrada a conseguir todo lo que quiere.

Tras unos segundos de silencio, la otra chica responde:

—¿Crees que podrías lograr que financiara esas ayudas?

—Nos conocemos desde que éramos niños —exclama la primera chica con superioridad—. Puedo conseguir lo que quiera de él. Lo que queramos .

Los cuerpos que hay en la alcoba se mueven y Aoife me empuja para ocultarme más entre las sombras.

Se me corta la respiración cuando veo pasar a toda velocidad la silueta borrosa de una joven de cabello negro azabache.

Al rato, sale de la alcoba una segunda: alta, con el cabello pelirrojo con destellos dorados y con los hombros hundidos, como si ya estuviera agotada por una batalla que apenas acaba de empezar.

Ni Aoife ni yo nos movemos, al menos hasta que sus pisadas se desvanecen y volvemos a escuchar el crepitar de las antorchas colgadas en la pared.

Aoife respira hondo y, por fin, salimos de nuestro escondite.

— Esa —aún le tiembla la voz— era Oona de la casa Dunluce. Su padre es el primo tercero del Rey Supremo y las apuestas que se han hecho hasta ahora la sitúan como la favorita. Digamos que es… letal.

Noto un escalofrío que me recorre la espalda de arriba abajo.

—¿Y está a favor de Cymrea?

—La finca de su familia está en pleno corazón del territorio de los nobles que se sublevaron durante la rebelión.

Los mercenarios de Cymrea impidieron que las discrepancias afectaran a su familia y, al parecer, la Reina Suprema ayudó a que llegaran a un acuerdo para que Dunluce no se arruinara.

Si no, la familia de Oona jamás se habría podido permitir pagarles a esos mercenarios.

—Me mira y añade—: Así que la respuesta corta es sí.

Hay una parte de mí que tiene miedo de saber cuál es la respuesta larga.

Siento una presión en el pecho ante la magnitud de lo que me espera. Cada ápice de información confidencial que consigo recabar parece complicar aún más el entramado que estoy tratando de tejer en mi mente. Cuanto más descubro, más entresijos tengo que encajar.

Y, por si eso fuera poco, las hijas de nobles no son como imaginaba, unas niñas necias que se matan entre ellas por conseguir una corona y el corazón del príncipe.

Son despiadadas . Y astutas. Y están desesperadas por asegurar la posición de sus familias, y eso demuestra una clara disposición a hacer lo que haga falta por ser la que sobreviva al Ensayo.

Si esto acabara convirtiéndose en una batalla mayor entre los que apoyan la anexión de Cymrea y los que consideran que los cymreanos son una amenaza para Eireann y tienen la esperanza de conseguir un futuro mejor…

De pronto, noto un peso aplastante sobre los hombros.

El mundo que hay bajo mis pies está cambiando.

Puedo sentirlo, a pesar de que sea incapaz de nombrar todas y cada una de las cosas que serán diferentes dentro de treinta días, seis meses o un año.

Sin embargo, la desconsoladora certeza de que se avecinan cambios me cala hasta los huesos como una descarga rápida y certera.

Mi respiración se vuelve entrecortada hasta que una idea tan peligrosa como disparatada se abre paso en mi mente.

¿Y si, durante mi estancia en el castillo, elimino al Rey Supremo y a las hijas de nobles que apoyan los planes de anexión de Cymrea?

Además, estoy decidida a encontrar la manera de sobrevivir al Ensayo sin tener que casarme con el príncipe Cashel cuando todo esto termine.

Tiene que haber una manera. Tal vez, si consigo liquidar a los que quieren hacerle daño a Eireann, todo acabe mereciendo la pena.

Tal vez, si los mato a todos, los Susurradores tengan más tiempo para organizar otra rebelión.

Estoy segura de que ese es el motivo por el que quieren que mate al Rey Supremo, para reemplazarlo por un líder que permita que los magos le devuelvan la magia a Eireann.

Por primera vez desde que he llegado a este lugar, siento el suelo bajo mis pies un poco más firme.

Miro a Aoife con el ceño fruncido, que me observa con recelo bajo la luz parpadeante de las antorchas que baila sobre las paredes.

—Tú primero.