ONCE
E l impreciso boceto del plan para matar al Rey Supremo empieza a tomar forma en mitad de la noche.
Antes de escuchar el murmullo de las conversaciones de las sirvientas en el pasillo y antes de que los primeros rayos del amanecer se cuelen entre la niebla y por las grietas de la puerta que da a al jardín, voy encajando las piezas del plan que pretendo llevar a cabo sobre los pergaminos de los mapas antiguos esparcidos por la mesa e iluminados por la tenue luz de la chimenea.
Tengo todos los músculos agarrotados por la tensión.
Las dependencias del Rey Supremo están marcadas en la sección más antigua del mapa, ajado tras el paso del tiempo y con marcas negras, imagino que por haberlo doblado cientos de veces.
Lo que todavía no he logrado averiguar es cómo voy a entrar. Estoy segura de que habrá guardias de la Garda, y no solo un par. Y, aun así, ¿ cómo lo mato una vez que entre? Exhalo un suspiro de desesperación y me detengo a pensar.
Conocer a Keeva debería tener sus ventajas, ¿no?
Si me las arreglo para entrar en las dependencias del rey, podría adulterar con una dosis letal de veneno la copa de agua o de vino que seguro que descansa sobre la mesa que haya junto a su cama.
Tal vez belladona, que le pararía el corazón.
O raíz de serpiente blanca, para que se ahogue con su propia lengua hasta morir.
Unas horas más tarde, amontono los mapas antes de que las sirvientas me traigan el desayuno para ocultar las pruebas del plan que estoy trazando.
De hecho, aunque exista la posibilidad de que algunas trabajen para los Susurradores, otras sí que podrían acusarme de traición para salvar sus propios culos antes de que las acusen de ser cómplices.
Y, durante todo el tiempo, me acompaña un miedo del que soy incapaz de desprenderme.
¿Seguirá viva mi hermana después de que el Rey Supremo volviera a enviar a la Garda al Paseo del Muelle?
Las sirvientas fueron las que difundieron los primeros rumores sobre la última masacre, sobre la sangre cayendo como lágrimas por las paredes de los callejones y el olor férreo que impregnaba la niebla. Y, aunque pensaba que ya conocía el sabor amargo del miedo, esto no se le parece en nada.
Llevo dos días sin tener noticias de Garra, por lo que no hay nada que ayude a aliviar la insoportable incertidumbre de no saber si los cadáveres de Finn o Keeva serán dos de los muchos que se están pudriendo entre las calles del Paseo del Muelle.
Lobo tampoco ha aparecido, pero eso solo hace que el pánico vaya a más.
Si todo fuera bien, ¿no se habría pasado por aquí, aunque fuera a atormentarme un rato?
Sobre todo teniendo en cuenta que solo faltan horas para que dé comienzo la primera ceremonia del Ensayo.
Anoche me llegó una invitación garabateada para algo llamado la Revelación. Viene en un papel impecable con la fecha y la hora escritas con letra cursiva en tinta negra y firmada por el secretario de la Reina Suprema.
Noto una asfixiante presión en el pecho cada vez que miro la invitación, la cual he dejado sobre la misma mesa en la que estuve examinando detenidamente los mapas antes de esconderlos.
En cambio, el libro de historia que me dio Lobo sí que sigue ahí abierto; no creo que un libro así suponga peligro alguno.
Y es esa misma presión la que me empuja a salir de mi habitación, arrastrada por la necesidad de empezar a familiarizarme con estos pasillos.
Cada músculo de mi cuerpo se tensa, como si estuviera esperando a que algo saliera de entre las sombras para atacarme.
Los mapas que me trajo Lobo ahora forman hilos en los confines de mi mente de los que tirar con cada paso que dé.
Los dibujos grabados parecían tener… capas, como si se hubieran ido dibujando unos encima de otros.
Sin embargo, no tardo en darme cuenta de que lo que hay al salir por la puerta de mi habitación no encaja con el mapa.
Joder.
Estaba segura de que esa sección correspondía a esta parte del casillo y que señalaba una bifurcación de otro pasillo desde el extremo más alejado de este, pero no hay nada salvo unas paredes rectas…
y viejos retratos colgados de ellas. Y la otra parte del pasillo es igual, salvo porque está llena de sirvientas.
Son un pequeño grupo que no para de cuchichear mientras agarran con fuerza las pesadas cestas de mimbre que sujetan entre los brazos. Entonces, reconozco a una de ellas.
—¿Se sabe algo de los muertos? —le pregunto en voz baja a la que casi siempre me ha traído la comida hasta ahora.
Echa un vistazo por encima de mi hombro y, después, me mira. Sus ojos son verdes como la hierba fresca.
—Doscientos —responde mientras asiente lentamente—. Puede que más.
—Sí, han sido más —dice una voz fatigada y familiar que escucho a mi espalda.
Me doy la vuelta poco a poco y veo la alta figura de Garra en mitad del polvoriento pasillo. Las pecas que le cubren la nariz y las mejillas contrastan con la palidez de su rostro cansado. Tiene un corte profundo en uno de los pómulos y se nota que es reciente.
Noto un pellizco en el estómago por la intensa mezcla de terror y pena.
Las sirvientas, tras ver a Garra y asentir con la cabeza, se marchan escaleras abajo.
Cuando nos quedamos a solas, me cruzo de brazos y le miro.
—¿Cuántas de esas muertes ha provocado tu espada?
Se frota la cara con una mano y responde:
—Ninguna, a menos que me atacaran ellos antes con la suya.
Suelto una risa amarga.
—¿La chica a la que mataste en las mazmorras también te atacó con su espada?
¿Por qué los Susurradores no le encomendaron a ella esta misión? ¿Por qué me eligieron a mí?
Los labios de Garra se tensan hasta formar una fina línea y veo la culpa reflejada en sus ojos marrones. Se queda en silencio unos segundos y, después, los hombros se le hunden conforme suelta un lento suspiro.
—Esa chica… Teníamos que hacer ese sacrificio.
Su respuesta me cabrea. Es la típica frase que sueltan las personas con poder para tener la conciencia tranquila tras decidir qué vidas se pueden sacrificar.
—Era una chica como yo —murmuro con un nudo en la garganta—. Y pertenece al mismo lugar del que vienes tú.
Eso suponiendo que no me ha mentido cuando aseguró haber vivido en el Paseo del Muelle tiempo atrás.
Garra se mueve y me lleva sutilmente de vuelta hasta la puerta de mi habitación. No viene nadie por las escaleras que hay a mi espalda, pero, aun así, le guardia no deja de vigilarlas. De pronto, exclama en voz baja:
—El Rey Supremo cree que los que están quemando los campos de grano se encuentran aquí, en el castillo.
Levanto una ceja y dejo que habrá la puerta por mí.
—¿Y es cierto?
La única respuesta que obtengo es una mirada . Entonces, sus ojos marrones se pasean por la habitación y pregunta:
—¿Lobo te ha traído lo que necesitabas?
Lo dice de una forma que hace que me irrite.
—La verdad es que no parecía muy contento.
—Para él… no es fácil estar aquí. —Clava los ojos en la ventana para evitar mirarme.
—Desde luego. —Sin embargo, lo cierto es que lo dudo. Seguro que disfruta de esta mierda y le encanta colarse en la fortaleza de su enemigo y escabullirse por los pasillos y salones más grandes que ha visto en su vida.
Los troncos crepitan en la chimenea y las ondulantes llamas desprenden una oleada de calor. Garra se fija entonces en la mesa que hay junto al fuego y sus ojos se abren como platos.
—¿Has dejado eso a la vista?
Al final del capítulo trece del libro que Lobo me dio, hay unas líneas garabateadas a mano en los márgenes.
Reconozco las marcas: es ogham. No obstante, el sonido que hacen en mi cabeza…
No me suena, pero, al mismo tiempo, me resulta tan familiar que me inquieta, como si fuera una versión del eireiciano que conozco, pero de hace siglos.
De pronto, el crujido de las bisagras acompaña a una ráfaga de aire frío que hace que las llamas de la chimenea siseen.
La puerta que hay al otro lado del jardín se abre y Aoife sale de ella.
Los ojos de Garra se clavan en los míos y, al segundo, en el libro.
—Esconde eso. Ya.
Cierro el libro de golpe y lo escondo debajo del colchón. ¿Qué puede contener entre sus páginas un libro de historia como para tener que esconderlo? Sin embargo, hace un mes habría dicho lo mismo de las túnicas verdes.
El puño de Garra envuelve el pomo de la puerta justo antes de girarse hacia mí.
—Cuidado con ella —me advierte en voz baja, señalando con la cabeza a Aoife, que se acerca por el jardín—. Averigua qué quiere, pero no te fíes en ella.
—Ni siquiera me fio de ti .
El destello de dolor que veo en los ojos de Garra es tan breve que incluso podría llegar a convencerme a mí misma de que no era real.
Pero sí que lo era.
Y lo peor no es eso, sino que ni siquiera estoy segura de que lo que he dicho sea verdad.
Creo entrever algo más en su mirada, como si contuviera una carga pesada.
—Eso es decisión tuya. En cualquier caso, ten cuidado.
Aoife llama a la puerta que da al jardín justo cuando Garra cierra a sus espaldas la que da al pasillo.
—Pasa —digo en voz alta.
Hoy Aoife se ha dejado sueltos los rizos brillantes de su melena rubia. Me escudriña con la mirada y se detiene en la sencilla trenza que me cae sobre el hombro y en la túnica arrugada que me he puesto esta mañana. Entonces, levanta las cejas y exclama:
—Por favor, dime que no pretendes ir así a la cena de esta noche.
Sigo sin tener ni idea de cómo empezar a prepararme para la ceremonia que da comienzo al Ensayo, pero no pienso reconocerlo delante de ella.
—Lo creas o no, la gente de campo sabemos bañarnos solitos.
—¿Cómo? ¿Con un cubo y un jabón de lejía?
Mi orgullo se siente atacado por sus palabras y percibo en la lengua la quemazón de la respuesta mordaz que estoy a punto de darle. Sin embargo, antes de que pueda salpicarla con mi veneno, me percato de un destello burlón que ilumina sus ojos azules.
Ladeo la cabeza y le digo:
—¿Me estás tomando el pelo?
Me agarra de la muñeca y veo una ligera sonrisa que asoma entre sus labios.