DIEZ #2
—Pensaba que las nobles teníais más educación —exclamo antes de levantar el puñal más largo de los dos que me dio Lobo y posarlo sobre su garganta—. Intentar matar a una persona cuando está durmiendo es un gesto bastante grosero.
Creo que tendrá un par de años menos que yo.
Dieciséis, quizás. Lleva la melena rubia recogida en unas complejas trenzas que le caen por la espalda y sus mejillas se sonrojan al mirarme.
Los bordes desgastados de su capa son gruesos y está hecha de una densa lana morada, además de llevar bordadas unas laboriosas espirales por todo el dobladillo.
Noto un escalofrío que me baja por la nuca.
Los caracolillos marinos cuyas conchas se trituran para obtener ese color solo se encuentran en las Islas Málmar, el archipiélago repleto de magia que se encuentra al norte del gélido y salvaje Mar de las Serpientes.
De ahí también viene el acero más puro que existe.
Solo hay una forma segura de que un barco entre y salga de la exclusiva cala en la que se encuentran, y ni siquiera los cymreanos son tan belicosos como para jugarse sus preciosos navíos por una única ruta a través del traicionero mar del norte.
Mi madre me contó que los magos dependían de sus caoranachs para atravesar el mar antes de que se iniciara la rebelión, antes de que acabaran con la magia y antes de que exiliaran a los magos.
Nadie que sea tan noble como para llevar una capa así, aunque esté un poco descolorida, puede tener buenas intenciones al acercarse tanto a mí.
La chica inclina la cabeza, pero no veo miedo en sus ojos.
—¿A qué estás esperando?
Aprieto con fuerza el mango del puñal y digo entre dientes:
—Si me dices qué quieres, puede que deje que te marches.
Levanta la barbilla y exclama:
—Por si no te habías dado cuenta, compartimos este patio. Esa de ahí es mi puerta. —Señala con la cabeza la otra habitación que da al jardín—. Y tengo el mismo derecho que tú a disfrutar de este sitio durante el único rato de tranquilidad que tenemos en el día.
Sus palabras suenan tan cortantes que hacen que me pique la curiosidad.
La observo de arriba abajo y me doy cuenta de que no lleva ningún arma a la vista ni tampoco tiene ningún frasco de veneno en la mano.
Tampoco me noto ninguna trampa de caza alrededor del cuello ni un collar de espinas, un aterrador garrote con cuchillas que inventaron los cymreanos.
Solo lleva un vestido largo de lana azul que combina con sus ojos, un par de botas arañadas de tacón bajo y la capa con los bordes morados.
—Pues si no has venido a hacerme daño, tampoco tengo motivos para hacerte daño yo a ti. —Me aparto y bajo el puñal, pero sigo vigilándola con la mirada.
Ella, en cambio, me observa con una calma inquietante.
—Mi madre tuvo una perra —comienza, sacudiéndose un trozo deshilachado de tela de la capa—. Si te acercabas demasiado a ella, se enfadaba y te miraba por el rabillo del ojo antes incluso de gruñirte. Me recuerdas a ella.
No tengo ni idea de qué responder a algo así.
—¿Gracias?
—No era un cumplido —responde, analizando mi rostro justo antes de sentarse en una rama ancha, y el sauce que se alza sobre nosotras cruje—. Solo una observación.
—Vale —murmuro, frotándome la cara. Estoy tan cansada que tengo los hombros hundidos y el cuello tirante.
—Eres una de las del Ensayo, ¿no? La chica a la que trajeron del Paseo de la Costa.
—Paseo del Muelle.
—Da lo mismo —exclama, agitando una mano. Los delicados anillos de plata que lleva en cada dedo reflejan los finos rayos de sol que se cuelan entre la bruma—. A eso me refería.
El Paseo de la Costa es una base comercial que hay más allá de las murallas de la ciudad, muy al noreste, que se encuentra entre nosotros y la antigua fortaleza de magos de Tara.
—Pues no se parecen en nada.
—No se parecen a esto . —Percibo un destello en su mirada cuando observa el castillo—. Eso es lo único que les importa a las personas que estarán en este lugar durante el próximo mes. Eres una intrusa, no uno de los nuestros. —Se calla un segundo y, después, añade—: Deberías tener miedo.
Se me eriza la piel.
—¿Y eso por qué?
Las comisuras de su boca se tensan ligeramente, aunque ni siquiera me habría dado cuenta si Finn no me hubiera enseñado a detectar las señales de una mentira.
—A las sirvientas no se les escapa ni un cotilleo. ¿Por qué saliste corriendo en mitad de la noche?
Joder. Debería haber tenido más cuidado. Está claro que alguien me vio, y esa persona podría haberme atacado en cualquier momento.
La chica me sonríe con los ojos y dice:
—Todo el mundo está hablando de ti, sobre todo ahora que ya han llegado las familias nobles de toda Eireann.
Se dedican a analizar a la competencia y a trazar planes sobre a por quién ir primero cuando dé comienzo el Ensayo.
—Inclina la cabeza y continúa—: El Alcaide del Oeste le ha contado a toda la corte que te vio cuando te trajeron los guardias de la Garda hace dos semanas y aseguró que tenías un mechón rubio justo aquí —murmura, señalándose uno de los lados de la cabeza.
El mismo sitio en el que lo tenía la chica a la que vi en las mazmorras.
Esa chica a la que Garra mató para que yo ocupara su lugar.
De pronto, mis latidos se aceleran. Si alguien sospecha que, en realidad, no debería estar aquí, los guardias de la Garda tendrán la excusa perfecta para matarme.
—¿El Alcaide del Oeste? —Ignoro la pregunta implícita en su tono y trato de desviar la atención.
En un lugar así, mi falta de conocimientos sobre las políticas de la corte y de cualquier cosa que se salga de lo que atañe a Dyfflin, o al Paseo del Muelle, juega en mi contra.
Tengo que averiguar quiénes son mis enemigos.
La chica se encoge de hombros.
—Verás, lleva aquí todo el mes esperando a que empiece el Ensayo.
Supongo que los disturbios que había en las propiedades de las que se adueñó por fin están bajo control, así que puede permitirse hacerle una visita a la corte por un tiempo.
Normalmente solo viene para reunirse con…
—Sus ojos se clavan en las raíces retorcidas del suelo y dice—: No importa.
Como si a mí me importara lo más mínimo lo que hace o deja de hacer en su tiempo libre un noble que vive en la otra punta de la isla.
Entonces, alisa con la mano la parte delantera de su capa, como si necesitara serenarse un poco.
—Soy Aoife, por cierto —murmura la chica, que pronuncia su nombre como «ee-fa».
—Maeve —respondo tras volver a mirarla de arriba abajo—. Dime, Aoife. ¿Por qué alguien iba a preocuparse por una simple campesina hasta el punto de convertirme en la comidilla de las sirvientas solo por darme un paseo?
—Tal vez no sea eso lo que les preocupe —dice Aoife—, sino con quién estabas.
Me quedo atónita.
El príncipe.
—Por lo general, incluso sin haber empezado el Ensayo, el heredero ya suele haber dado a entender quién es su favorita.
La mayoría de las hijas de nobles que compiten son herederas por derecho pleno y, como solo una de ellas sobrevive al Ensayo, todas las familias se pasan meses poniendo sus asuntos en orden, por si acaso.
De hecho, muchos de ellos hacen apuestas sobre quién ganará, además de algunos intercambios, y el dinero de todas esas apuestas ayuda a…
mitigar la peor de las iras tras perder a uno de los suyos, por decirlo de alguna manera.
Pero, por ahora, Cash… El príncipe Cashel no ha dado ni una pista de cuál es su favorita, así que los nobles han empezado a apostar a ciegas.
Y ya sabes lo nerviosa que se puede poner la gente cuando pierde dinero.
Alzo una ceja y exclamo:
—¿Te crees que alguna vez he tenido dinero que perder?
—Cierto —contesta, sonrojándose—. Bueno… Aun así, entenderás por qué el mero hecho de que estuvieras con el príncipe en mitad de la noche genere tensión entre los nobles que ya han empezado a apostar.
Lo que menos le gusta a una persona con poder es alguien impredecible.
Un sentimiento de desconfianza hace que se me agucen los sentidos.
—Debes conocer muy bien al príncipe para llamarlo Cash .
Aoife palidece al instante. Frunce los labios y, después, aparta la mirada de mí.
—Somos familia. Lejana. —Casi de inmediato, añade—: Primos segundos por parte de padre.
Ahora entiendo por qué su ropa es de ese color morado. Sin embargo, sus botas están desgastadas y llenas de rasguños por todas partes. Aun así, debería cumplir los requisitos para competir en el Ensayo.
¿Por qué está aquí sentada hablando conmigo?
Entonces, le dedico una mirada severa.
—Habrás tenido un día agotador preparándote para el Ensayo. Eres una de las participantes, ¿no?
Podría haberle preguntado si tiene pensado caminar hasta el Muelle Negro.
Aoife se pasa una mano por el dobladillo de la capa. Me fijo en cómo le tiemblan los dedos y se niega a mirarme, pero veo que sus latidos se intensifican en la vena que le sube por el cuello.
—No —murmura en un tono apagado, frunciendo el ceño—, yo no compito en el Ensayo.
Al segundo, se pone de pie, me da la espalda y se funde con las sombras que hay tras la puerta de su habitación antes de echar las cortinas para tapar bien las ventanas.
El encuentro que acabamos de tener me deja bastante intranquila. Siento que todo lo relacionado con Aoife es una trampa esperando a que caiga en ella. Sin embargo, juraría que lo que he visto en sus ojos cuando he mencionado el Ensayo era miedo .
Vuelvo a agarrar el libro y hojeo las páginas amarillentas del capítulo once…, capítulo doce.
Necesito averiguar más del Ensayo de lo que me están contando los Susurradores. Y, sabiendo que la primera prueba podría empezar en cualquier momento, siento que ya voy contrarreloj.