DIEZ
Y a estás intentando escaparte? —masculla una voz grave que me resulta peligrosamente familiar.
Su tono grosero me saca del cálido capullo que hice con las mantas de lana con las que me tapé anoche; o tal vez fue esta mañana muy temprano. Cada una de ellas es de una tela recia y lujosa con un estampado de colores llamativos como joyas.
Sin embargo, los ojos verdes que me observan desde los pies de la cama son más brillantes que los hilos de cualquiera de las mantas.
Lobo tiene el pelo alborotado y unos surcos oscuros bajo los ojos que contrastan aún más con el verde intenso de su mirada. Su capa negra descansa junto a él, a escasos centímetros de donde cuelgan mis pies bajo las mantas.
Nunca me los tapo cuando duermo para que no me entre calor.
Ahora los tengo llenos de fango tras haber corrido descalza por el jardín de los rosales.
Mierda.
La chaqueta de cuero de Lobo se tensa sobre sus hombros cuando se inclina hacia la cama, apoyando las manos a ambos lados, y me percato de una astucia letal que inunda las arrugas de cansancio que surcan su rostro.
Aprieto las mantas contra mi pecho y levanto la cabeza para mirarlo.
—¿Cómo has entrado? Cerré con llave la…
—No necesito llave para entrar —exclama en tono socarrón.
Mis ojos se detienen en sus manos, que son enormes, y busco con cautela algunos hilos mágicos.
¿ Podrá usar la magia? Nunca se me ha ocurrido preguntarle si es un mago, como el resto de los Susurradores, o algo distinto por completo.
Sin embargo, no veo nada salvo los tendones que se extienden bajo la piel de sus manos y los nudillos llenos de arañazos y callos.
También tiene cicatrices. Algunas parecen de heridas que, en su momento, tuvieron que ser bastante profundas, pero otras son tan finas, limpias y precisas que me imagino que se las haría alguien a posta, como si hubiera sido con la intención de provocarle.
Lobo retrocede y se cruza de brazos. Aparta la mirada de mí y, cuando descubro qué está mirando, veo una taza humeante de café que me espera encima de la mesa.
¿Lo han dejado entrar las sirvientas o ha sido él quien me lo ha traído?
Me parece una idea tan ridícula que niego con la cabeza para intentar desecharla de mi mente.
—¿Dónde está Garra? —Mi voz suena ronca a causa del cansancio, pero sigo con la vista clavada en él cuando me acerco poco a poco al borde de la cama hasta quedarme cerca de los puñales que descansan en mi mesita de noche, por si los necesitara.
Los ojos de Lobo siguen mi movimiento y veo cómo se le tensa la mandíbula.
—Tiene otros asuntos que atender. El Rey Supremo ha mandado otra redada al Paseo del Muelle. Puedes considerar mi visita como una especie de advertencia para que no se te ocurra escapar ni nada parecido, porque no te va a servir de nada.
Una repentina oleada de pánico hace que se me revuelva el estómago.
—¿Otra redada?
Por todas las Primigenias… Pero si aún tengo metido en la nariz el olor de la enorme cantidad de sangre que se derramó durante la última que hubo… ¿A cuántas personas piensa matar la Garda esta vez por culpa de la paranoia de un viejo?
Entonces, Lobo me fulmina con la mirada.
—¿Qué estuviste haciendo anoche? ¿Por qué saliste?
Retuerzo con los dedos los bordes de una de las mantas.
No puedo permitirme mostrar mi vulnerabilidad ante él, mucho menos después de que ha utilizado en mi contra mi desesperación por mantener a salvo a Finn.
Si le digo la verdad, si reconozco que el pánico me invade mucho más a menudo de lo que me gustaría, encontrará la forma de usarlo contra mí.
—Ya lo has dicho tú. Estaba buscando una salida —exclamo con el ceño fruncido—. Estaba intentando alejarme de ti .
Nuestras miradas chocan como si una piedra golpeara contra un pedernal.
—Siento decepcionarte.
Me zafo de las mantas y, por fin, salgo de la cama y le doy la espalda a las ventanas, porque no pienso ponerme de espaldas a él en ningún momento.
—¿Has venido por algo en concreto o es que disfrutas incordiando a los demás?
Por un momento, algo se cuela en su rostro serio, pero logra mantener la compostura.
—¿No pueden ser las dos?
Las nubes se apartan del cielo y dejan que los rayos de sol se cuelen por la ventana.
De pronto, a Lobo se le corta la respiración.
Escucho un ruido ronco que proviene de su garganta. De buenas a primeras, un calor abrasador me sube hasta el cuello y, al segundo, las mejillas se me tiñen de rojo.
Anoche, en mitad de la penumbra, no había suficiente luz como para tener que preocuparme de que mi camisón se transparentara demasiado.
Pero ahora, que está entrando por la ventana la luz brumosa de la mañana, me doy cuenta de que el puto camisón es casi transparente.
Tiro de una de las mantas que hay en la cama y me tapo con ella. No me avergüenza que se marque el contorno de mis caderas o la curva de mi cintura, pero Lobo es la última persona que querría que me viera prácticamente desnuda.
—Hazme un favor y date la vuelta —espeto.
—¿Otro favor? —Su boca se curva hacia arriba, pero decide hacerme caso.
Me apresuro a quitarme el camisón y busco las mallas de cuero y la túnica limpias que me trajeron las sirvientas antes de acostarme, además del camisón.
Con esto me basta para una semana, pero después supongo que tendré que preguntarle a Garra por la lavandería.
La ropa está en la mesita de noche, junto con los puñales que dejé ahí anoche.
Me visto a toda prisa y, después, me guardo los puñales en las fundas que llevo en los costados.
—Puede que no sepas la diferencia, pero, a veces, un favor no es más que tener un poco de dignidad.
No hay por qué ponerle un precio a todo.
—Me paso una mano por la melena revuelta y noto que tengo algunos mechones enredados en la nuca, así que los entrelazo en una larga y oscura trenza—. Vale, ya puedes girarte.
Y lo hace, muy poco a poco. Cuando sus ojos se encuentran con los míos, soy incapaz de descifrar su mirada.
—Puede que tengas razón. Pero, según mi experiencia, casi todo tiene un precio.
Agarra con fuerza una bolsa de cuero que lleva en la mano; hasta ahora, no me había fijado en ella. Entonces, me la tiende y, cuando la sujeto, me sorprende lo mucho que pesa.
—¿Un libro? —pregunto tras echar un vistazo a su interior.
—Y mapas —responde, cambiando el peso de su cuerpo y pasando las manos por las vainas de las dagas que se extienden por su torso, como si ese gesto fuera tan natural para él como respirar—. Garra me dijo lo de los mapas y yo he pensado que el libro podría resultarte… útil.
Saco el libro de la bolsa y acaricio la gruesa y densa cubierta de cuero raído y las letras doradas en relieve de la tapa.
Por todas las Primigenias… En el Paseo del Muelle, no nos podríamos permitir un libro así en la vida.
Los bordes de las páginas tienen diseños decorativos con contornos en espirales de tinta y trazos difuminados de lápiz.
Es entonces cuando me fijo en el título.
Sangre y acero: Una historia de las reinas de Eireann.
Antes de que pueda hacerle alguna pregunta, me dice:
—No tengo ningún libro que hable del Ensayo como tal, pero en este sí que se hace mención de cómo fueron algunos de los que se celebraron en el pasado.
—Agarra la capa oscura que hay a los pies de la cama y se la echa sobre los hombros—.
Creo que te conviene leerlo, porque no vas a poder encontrar la forma de escapar del castillo tú sola.
Cierro el libro de golpe.
Sigue pensando que soy una cobarde, que lo arriesgaría todo con tal de escaparme, aun sabiendo lo que le haría a mi hermana si decidiera huir.
Inclina la cabeza un segundo y me mira.
—Sabes leer, ¿verdad?
—¡Pues claro que sé leer, imbécil! —grito antes de señalar la puerta justo cuando levanta las manos en señal de disculpa—. Vete de aquí. —Al ver que no me hace caso, apoyo las manos en su pecho y lo empujo—. Ya.
Lobo frunce el ceño y sus facciones se vuelen más virulentas. Se da la vuelta y avanza a paso ligero sobre el suelo empedrado, aunque sus botas apenas hacen ruido.
—¿En serio vas a salir de la habitación campando a tus anchas? —exclamo, levantando una ceja. Hay guardias de la Garda por todo el castillo y estoy segura de que saben de sobra qué aspecto tienen los Susurradores.
Suelta una carcajada y murmura:
—¿Te preocupa mi seguridad?
—Más bien tu sentido común —respondo en un susurro, más para mí que para él.
—Conozco bien el camino. —Entreveo una sombra en sus ojos justo cuando agarra el pomo de la puerta, que cruje bajo su mano, y se detiene un segundo antes de salir, pero no llega a girarse por completo hacia mí—.
Empieza por el capítulo trece —dice en tono cortante antes de cerrar la puerta a sus espaldas.
Un par de horas después, me doy cuenta de que la taza de café lleva fría un buen rato, pero me he enfrascado en el libro. No he querido irme directa al capítulo trece, tal y como Lobo me dijo, en parte porque quiero leerlo desde el principio, pero, sobre todo, por pura cabezonería.
La bruma que cubre el jardín flota sobre las raíces de un viejo sauce retorcido y sus largas hojas tapan las ventanas de las habitaciones que hay frente a la mía, aunque tienen las cortinas echadas. Solo hay dos habitaciones que dan al pequeño jardín, pero no he visto a ninguna persona en la otra.
Escucho el crujido y el silbido de las hojas mecidas por la brisa cuando apoyo la cabeza contra la corteza áspera del sauce. Solo las Primigenias saben cuánto dormí anoche, que no fue mucho. Cierro los ojos y me digo a mí misma que solo serán unos minutos.
Poco después, o mucho, no lo sé, escucho una pisada cautelosa que hace que crujan las hojas caídas.
Abro los ojos y el libro que tengo en el regazo se cae al suelo cuando me incorporo de golpe y echo mano del puñal que llevo en la cadera.
Entonces, me encuentro con un par de ojos azul oscuro a escasos centímetros de mí y todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
De pronto, la chica abre los ojos como platos y se tambalea tras ahogar un grito.
—¡Ah!