NUEVE #2
El hombre me observa bajo la cambiante luz de la luna. Y no está tratando de rodearme, pero tampoco se queda quieto. Con cada movimiento que hago, desde el espasmo de mi mano hasta las pisadas de mis pies sobre la hierba, parece imitarlo de forma muy sutil. Entonces inclina la cabeza hacia un lado.
Noto algo en mi interior que me grita.
Es el Príncipe Sanguinario.
El pánico corre desbocado por mis venas.
Por todas las Primigenias… ¿Así es como voy a morir?
—No esperaba que hubiera nadie merodeando por aquí a estas horas. —Cada una de sus palabras parece sopesada con sumo cuidado, como si se hubiera detenido a pensarlas antes de dejarlas salir de su boca. Todo en él es demasiado apacible. Demasiado… tranquilo.
Retrocedo un paso para seguir guardando las distancias con él mientras escudriña mi rostro con una mirada fría y penetrante hasta detenerse en mis ojos.
—Yo… tampoco esperaba tener compañía.
Trato de ser sutil al cambiar de posición para sentir el reconfortante peso de los puñales que llevo en la cadera, pero, en ese momento, recuerdo que me los he dejado en la mesa que hay junto a mi cama.
Un rizo sedoso y dorado cae sobre la frente del príncipe y se lo aparta.
—Mi padre me dijo una vez que a estas horas de la noche solo están despiertos los adúlteros y los asesinos.
Los latidos de mi corazón me retumban en los oídos.
Salir corriendo no es una opción.
Si corro, llamará a la Garda.
Y, si llama a la Garda, me matarán.
No puedo hacerle perder la calma. Necesito que crea que no soy ninguna amenaza para él.
Me esfuerzo todo lo posible por que no me tiemble la voz al decir:
—¿Cuál de los dos eres tú?
Entonces, entreveo una sonrisa vacilante en la comisura de su boca. Sin embargo, la disimula de inmediato, como si fuera un dulce que yo pudiera querer arrebatarle.
—Si fuera un adúltero o un asesino, ¿crees que te lo diría?
Las gemas cubren sus dedos, a pesar de que no hay nadie por aquí para vérselas; unos grandes zafiros de color azul oscuro, como sus ojos, y unos anillos de oro blanco y plata entrelazados en sus pulgares e índices.
Qué raro que lleve eso alguien que empuña una espada tan pesada, porque necesitaría tener esos dedos libres para poder agarrar bien la empuñadura, a menos que la lleve solo por alardear.
La brisa fría agita el cabello rubio del Príncipe Sanguinario y el dulce olor de las rosas en flor se junta con algo más seco y frío, como cuando cae nieve en mitad de la noche.
El príncipe estudia mi rostro y clava sus ojos azul marino en los míos; pareciera creer que me conoce de antes.
—Sabes quién soy —afirma, no pregunta, conforme avanza lentamente hacia mí y me obliga a retroceder hasta que los rosales, y sus punzantes espinas, se me clavan en la espalda—. Pero yo no sé quién eres tú. Es bastante injusto, ¿no crees?
Doy otro paso hacia atrás. Ni que él tuviera la más remota idea de lo que es justo y lo que no…
Sus ojos siguen el movimiento de mi cuerpo. Lo tengo tan cerca que podría tanto besarlo como matarlo.
Me obligo a encontrarme con su mirada lúgubre como la noche y me encojo de hombros.
—La vida es injusta.
Suelta una carcajada amarga y responde:
—¿Verdad? —La sonrisa no se extiende hasta sus ojos y me percato de cómo se le tensan los hombros—. Aun así, ¿debería?
—Que si deberías… ¿qué?
Se acerca un poco más a mí y susurra:
—Conocerte.
Por todas la Primigenias… Con solo mover el brazo podría atravesarme con el sable que lleva en la cadera y nadie se preocuparía lo más mínimo si me escuchara gritar. De hecho, creo que ni siquiera encontrarían mi cuerpo si él decidiera ocultarlo. Podría enterrarme aquí mismo si quisiera.
No me atrevo ni a contestarle.
El azul marino de sus ojos se oscurece. Me mira de una forma de lo más extraña, como si fuera una mezcla de interés, recelo y tormento. Como si estuviera sopesando si soy la rosa o la espina.
Sin embargo, una persona como yo jamás podría hacerle daño a alguien como él.
Siento que los músculos de la nuca y los hombros se me tensan mientras que los latidos de mi corazón se niegan a ralentizarse y retumban contra la fina piel de mi cuello.
Entonces sus ojos se posan justo ahí.
Seguro que se está imaginando cómo quedaría mi sangre rociada sobre las rosas de los arbustos.
—Debería irme —murmuro procurando que mi voz suene sosegada.
Si tengo intención de marcharme, no puedo darle un motivo para que se enfade.
Todos conocemos las leyendas que hablan del Príncipe Sanguinario.
De cómo hizo que mataran a su mejor amigo y a su familia por un simple insulto.
De cómo ayudó a su padre a arrasar con los templos de los magos durante la rebelión.
De cómo la chica a la que amó murió envenenada.
Uno no se gana esa clase de fama así porque sí.
Señalo con la cabeza el castillo que tenemos detrás, pero me obligo a detenerme en su mirada un segundo para que parezca que, en realidad, no quiero irme. Herir el ego de un hombre puede ser tan peligroso como tratar de atacarlo con un arma.
Justo cuando paso a su lado, extiende la mano, pero se queda a menos de un centímetro de rozar mi piel. El frío tacto de sus dedos se cierne sobre los dedos y la piel que ha estado a punto de tocar se me pone de gallina.
—Espera —exclama antes de arrancar una rosa de los arbustos que crecen a nuestro alrededor—. Para ti.
Mis ojos se posan en los delicados pétalos color crema que acaban de empezar a abrirse y observo las espinas que se enroscan a lo largo del tallo, tan afiladas como para hacer sangrar a quien las toque.
A pesar de las sombras, veo un destello en sus ojos azul marino justo cuando las nubes ocultan el reflejo de la luna.
La oscuridad proyecta unas sombras violentas en la línea de sus pómulos y transforma su mirada en dos piscinas negras y heladas que hacen que me quede petrificada.
—Para que te dé suerte —susurra.
No sé si sus palabras son una amenaza o una promesa.
No quiero absolutamente nada de él, pero no puedo arriesgarme a mostrarle mi rechazo.
Sobre todo ahora que no llevo ningún arma encima.
Alargo la mano y siento el delicado tacto de su piel cuando agarro la rosa. Aunque no era mi intención, al tocarle la piel fría, mis dedos envuelven el tallo por puro instinto. Las espinas se me clavan en la palma y noto un dolor punzante que se me extiende por toda la mano.
Suelto la rosa y unas perlas rojo carmesí brotan de mi piel.
En ese momento, me fijo en las dos gotas de sangre que caen y ensucian los pétalos color crema de la rosa que se interpone entre nosotros.
Maldigo por lo bajo y me limpio la sangre en el camisón que tiñe la lencería del mismo tono rojo que el rubí que adorna la empuñadura de su espada.
De pronto, el fulgor del dolor agudo me afloja la lengua.
—Yo forjo mi propia suerte.
Me lanza una mirada penetrante y severa.
Se me forma un nudo en la garganta que hace que me falte el aire. ¿Podría matarme con toda la tranquilidad del mundo por haberle hablado así o con tanta rapidez que ni siquiera me daría cuenta?
No nos molestamos en recoger la rosa. La dejamos ahí mismo porque ninguno está dispuesto a ser el primero en agacharse.
Veo otra gota de sangre que choca contra el suelo.
Aprieto los puños con tanta fuerza que siento un chorro cálido que me empapa los dedos.
Tras un momento que se me hace interminable, el Príncipe Sanguinario aparta sus ojos de los míos y señala el castillo con una mano.
—Deberías irte.
No quiero dejar escapar la oportunidad que me ofrece, así que me doy la vuelta y lo dejo solo en el jardín.
Sus palabras se repiten en mi mente una y otra vez mientras el rocío me salpica los pies descalzos y, en cuanto puedo, echo a correr.
No soy una adúltera, pero tampoco estaba del todo equivocado. Los asesinos no pueden permitirse que los vean. Los asesinos no pueden permitirse que los recuerden. Sin embargo, eso es lo que soy ahora: una asesina.
Tanto si he matado ya como si no.