NUEVE
M e dejo caer en la cama horas más tarde cuando el agotamiento me vence, como si de cada músculo colgara un ancla.
Pero, aun así, el sueño no viene a visitarme.
A pesar del dolor, mis extremidades no se relajan, sino que tiemblan, y una familiar punzada de pánico se instala en mi pecho ante la extraña sensación de que hay alguien vigilándome entre las sombras.
Es la misma sensación que tuve en el Paseo del Muelle y decidí ignorar cuando llevaba el frasco de magia en el bolsillo.
Empiezo a sudar al instante, pero, cuando trato de zafarme de las mantas con desesperación, se enredan con mi cuerpo. Siento la necesidad imperiosa de levantarme de la cama y…
Correr.
La puerta de mi habitación emite un leve crujido cuando la abro y noto que el corazón me late a toda velocidad.
Las piedras de las paredes se mezclan unas con otras y la gélida brisa acaricia mis pies desnudos.
Ni siquiera las sirvientas están despiertas a estas horas de la noche.
Garra debe confiar tanto en mí que ha decidido dejarme dormir sin montar guardia fuera.
O tal vez sepa que es imposible escapar de las murallas de este castillo.
Ahora, sin embargo, no quiero escapar.
Los destellos oscuros de la noche irrumpen por la ventana e iluminan el pasillo que hay al pie de las escaleras, así que corro sobre los azulejos hasta que piso la tierra con los pies.
Siento como si mis músculos gritaran, ansiosos por moverse, y tengo la necesidad de enterrar cada pensamiento que se cuece en mi cabeza hasta que, por fin, el miedo se desvanece y me deja respirar .
No paro hasta que me cubre el velo de la noche.
Las nubes dibujan trazos delicados en mitad de la oscuridad. Bajo la luz de las estrellas y la niebla, el castillo se alza imponente a mi espalda. Los enormes muros de piedra rodean el terreno y los vastos jardines se despliegan delante de mí.
El Castillo del Monte se encuentra en un lugar tan elevado que, desde donde estoy, puedo ver todo lo que hay más allá de las murallas.
Al estar en la cumbre de la prominente colina, puedo distinguir las luces del distrito mercantil que hay a los pies de la montaña y, más lejos incluso, bordeando la costa, entreveo el resplandor naranja del Paseo del Muelle.
Mis ojos se clavan en el horizonte, en los ondulantes montes que se extienden más allá de las murallas de la ciudad hasta que se pierden en la infinita oscuridad.
Y, al sur, los escarpados acantilados forman una barrera defensiva natural que protege los terrenos de la realeza.
Dejo que el aire me inunde los pulmones, una y otra vez, como si la brisa fría de la noche pudiera llevarse consigo cada pensamiento que se arremolina en mi mente.
Todas las preguntas sin respuesta, todas las dudas desgarradoras sobre si soy lo bastante fuerte como para resistir y la amarga punzada de dolor que las acompaña.
Intento tragarme el dolor. Trato de racionalizarlo. Y no es porque entienda o acepte lo que ha hecho mi hermana, lo de involucrarse con los Susurradores, sino porque apartar el dolor es mucho más fácil que reconocer que, tal vez, no conozca a mi hermana tanto como creía.
Las palabras de Keeva me atraviesan como un rayo: «Tú no te acuerdas de cómo era».
Y no se equivoca. Yo no estuve allí el día que la Garda se llevó a mi madre al Muelle Negro, hace ya cinco años. Por el motivo que fuera, mi padre decidió dejarme en casa de un vecino que vivía calle abajo para que lo ayudara a cuidar de su hijo enfermo, pero, aun así, oí los gritos.
Finn, por el contrario, sí que estuvo allí.
Finn lo vio todo.
Quizás presenciar la muerte de nuestra madre la dejó rota por dentro, tanto como para verse obligada a tomar un camino que yo jamás pensé que tomaría. Un camino que, ahora, recorro yo misma, arrastrada por los Susurradores.
Cierro los ojos al notar la quemazón de las lágrimas que amenazan con salir.
Quiero correr y no detenerme hasta que logre escapar de este lugar, hasta que encuentre a mi hermana. La necesito, ahora más que nunca. Necesito averiguar cómo hemos acabado las dos metidas en esto y cómo podemos salir .
Sin embargo, si huyo antes de hacer lo que me han pedido los Susurradores, irán a por ella.
Noto las pulsaciones de mi corazón a mil, pero el frío me ayuda a relajarme. Cada vez que respiro hondo, los latidos se ralentizan poco a poco.
Aquí no hay nadie.
Y tampoco me están persiguiendo. No hay ni rastro de la Dama de las Sombras, de que venga a por mí para llevarme al Muelle Negro. Y, de cara a la Reina Suprema, de cara a todos ellos , estoy aquí para morir. Y para enviar un mensaje.
Que el poder no está hecho para los que son como nosotros.
Que la esperanza no es para gente como nosotros.
Pero, tal vez…
Entonces, vuelvo a sentir una insistente punzada de esperanza que me atraviesa la médula.
Puede que no podamos recuperar la magia ahora que los Siete Pozos están completamente secos.
Sin embargo, mi madre estuvo dispuesta a morir por no renunciar a su sueño de que merece la pena luchar por la magia.
Que, quizás, un futuro en el que no esté prohibida la magia se traduzca en que los magos podrían traerla a Eireann desde otras tierras.
Como de las Islas Málmar, por ejemplo, si es que encontramos la manera de atravesar el amenazador mar que nos separa, o de las tierras que rompieron lazos con el imperio de Cymrea para fundar sus propias repúblicas, aunque no fueran muy grandes.
Finn debe de sentir lo mismo al trabajar con los Susurradores.
Estoy segura de que eso es lo que se traía entre manos, sobre todo teniendo en cuenta que Keeva sabía dónde encontrar a los Susurradores y que Lobo me conocía tanto como para amenazarme con Finn la primera vez que me lo encontré en mi habitación.
Puede que, por el trato que tenemos, ahora mismo mi vida dependa de Lobo. Y, tal vez, considere que no soy más que una cobarde. Pero lo cierto es que no sabe nada de mí ni tiene la más remota idea de todo lo que estoy dispuesta a sacrificar con tal de sobrevivir.
Con tal de mantener a salvo a las personas que me importan.
Si tenemos la posibilidad de acabar con el hombre que se interpone entre la magia y nosotros, entonces haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlo.
Una chispa de determinación se enciende en mi pecho y siento que me da fuerzas para afrontar la realidad del camino que se abre ante mí.
Aunque esté deseando escapar de este castillo, todo apunta a que eso solo serviría para ponernos a Finn y a mí en peligro, más aún.
En cambio, si me quedo, tengo que estar dispuesta a hacer todo lo necesario por sobrevivir, no solo en este lugar, sino durante todo el tiempo que dure la misión; lo que dure el Ensayo.
Y solo una de nosotras sobrevivirá al Ensayo. Así es y así ha sido siempre.
Tengo que volverme tan despiadada, agresiva y cruel como las hijas de nobles que se han pasado toda la vida entrenando para cuando llegara este momento, porque ellas también van a hacer todo lo posible por sobrevivir.
Sé que tiene que haber una forma de poder ganar el Ensayo para poder seguir con vida, pero sin que eso implique tener que casarme con el Príncipe Sanguinario.
En toda ley siempre hay algún vacío legal, así que solo debo encontrarlo.
Los nobles eireicianos anhelan tanto una reina campesina como yo sentarme en un trono, es decir, nada de nada.
Noto las caricias de la brisa de la noche que me refresca la sangre.
Aquí afuera no hay nadie. Puede que no esté a salvo, pero al menos sí estoy sola.
De modo que, en lugar de darme la vuelta para volver a mi habitación, camino titubeante sobre la tierra hasta una extraña maraña de rosales con espinas que se agrupa a lo largo de los muros defensivos que hay al fondo del jardín.
De pronto, reprimo un escalofrío al contemplar el brillo de los pétalos de un blanco puro, no del rojo carmesí propio de la familia real.
Recorro con una mano la fría piedra de los muros y, con la otra, acaricio la hilera de arbustos que se transforman en un laberinto de un dulzor embriagador. La tierra bajo mis pies se convierte en una suave hierba empapada por las perlas del rocío y la bruma de la noche.
Me adentro más y más mientras el apacible silencio ayuda a frenar el nerviosismo previo al pánico, hasta que las rosas trepadoras se alzan a mi alrededor.
Dejo escapar un suspiro y me sumerjo en el silencio.
Hasta que, de repente, me sobresalto al escuchar el crujido de una rama y me preparo para el peligro.
No estoy sola.
Ni siquiera la penumbra de la noche logra apagar el frío reflejo de su piel iluminada por las estrellas.
El chico, hombre más bien, que tengo delante es apenas unos años mayor que yo.
Su cuerpo parece esculpido en piedra lunar; todo ángulos marcados y líneas esbeltas y alargadas.
Una corta melena rubia como la arena le cae hacia atrás, enmarcando su rostro, y, a pesar de que las estrellas iluminen sus ojos, ese azul oscuro hace que no me mueva ni un centímetro.
Un repentino escalofrío me recorre la piel, pero me da igual que se dé cuenta.
—Hola —murmura en un tono liviano.
Sigo con la mirada el recorrido de sus dedos, que envuelven despacio la empuñadura del sable que lleva en la cadera.
Finn siempre dice que ese tipo de armas no son prácticas para los combates cuerpo a cuerpo, pero sí que resultan efectivas en un campo de batalla.
Una espada corta sería mucho más fácil de desenvainar, sobre todo para alguien que no tiene mucha masa muscular como yo, pero también es mucho menos imponente.
Aun así, ese sable podría atravesar la distancia que nos separa con un solo golpe.
Ha debido de costar una fortuna; solo la piedra preciosa que está incrustada en el mango del arma tiene el tamaño de mi mano.
Y es de color carmesí. El color de la sangre fresca, el color de…
El pecho se me encoge y otro escalofrío me atraviesa el cuerpo.
El color de los rubíes.