OCHO #3
Pienso en Lobo y mis labios dibujan una mueca de disgusto por la arrogancia que desprende su nombre, ya que, para mí, ni se acerca a la figura de protección o guardián que representan los lobos para nosotros.
Y, si no fuera porque el rebelde me ha dejado bien claro que hay un buen motivo para mantenerme con vida, incluso pensaría que le guardia está aquí para matarme.
Pero, joder, hasta me parece divertide. Y casi… adorable.
Aun así, no soy tan estúpida como para dejarme engañar tan fácilmente.
Todavía oigo el crujido de los huesos que atravesó la tenue luz de las mazmorras, las sonoras pisadas de las botas de le guardia arrastrando el cadáver de la campesina con un brazo.
Me obligo a no pensar en dónde estará ahora su cuerpo.
En cualquier caso, es más que evidente que las sirvientas son presas del encanto de le guardia, ya que le colman de coqueteos y devoran con la mirada los bíceps que asoman por la manga corta de su uniforme negro y rojo.
Y le guardia le guiña un ojo y le dedica una ligera sonrisa a cada una de ellas, así que no me cabe ni la menor duda de que cualquiera de las sirvientas haría la vista gorda si este se lo pidiera tras ver mi sangre desparramada en el suelo.
A las dos horas, me doy cuenta de que he engullido el pan de soda y el queso con tanta rapidez que puede que haya cometido una estupidez.
Me duelen todos los músculos del cuerpo; no sabía que había tantos tipos de planchas, abdominales con rotación y zancadas.
Le guardia insiste en que, aunque empiece ahora, todo lo que practique me vendrá bien para aumentar mis probabilidades de sobrevivir en el Ensayo el tiempo suficiente como para matar al Rey Supremo.
Eso si los entrenamientos no acaban conmigo antes.
—Aún no tienes demasiada flexibilidad en las caderas y el abdomen —insiste tras otra hora de subir y bajar corriendo las escaleras que hay al final de mi pasillo en la que no ha dejado de mirarme con el ceño fruncido.
Ha estado tomando notas de cada ejercicio que hago y no me cabe duda de que está clasificando todos mis puntos débiles para pasarle un informe detallado a Lobo—.
Por eso sigues perdiendo el equilibrio cuando se te cansan las piernas.
Tienes que construir esa estabilidad, porque es la que te va a ayudar a agacharte y girar rápido cuando estés en un combate cuerpo a cuerpo.
—¿Sabes? En el Paseo del Muelle no tenemos escaleras así precisamente —me quejo—. No hay nada que mida más de…
—Dos plantas —bufa—. Me acuerdo.
—¿Eres de los nuestros? —Le sigo por el pasillo vacío hasta llegar a mi habitación, donde me espera el dulce calor de la madera que arde en la chimenea.
El motivo por el que quemamos turba en lugar de madera en el Paseo del Muelle es que la madera es demasiado cara, y mejor no hablemos de la cantidad de vigas que harían falta para construir una tercera planta o más en cualquier edificio.
Le guardia se encoge de hombros y dice:
—Antes sí.
—Qué turbio —murmuro.
Inclina la cabeza hacia mí y veo un atisbo de pregunta flotando en sus ojos marrón claro.
Aprovecho la oportunidad para distraerme.
—Entonces, ¿ahora qué eres? ¿Cómo acaba alguien del Paseo del Muelle convirtiéndose en guardia de la Garda? O… lo que quiera que seas.
La calidez de su mirada desaparece de inmediato y levanta las manos con las palmas abiertas hacia mí.
—Treinta puñetazos. Ya.
Me quedo atónita al ver las marcas de quemaduras que se extienden por sus palmas y las cicatrices de un rosa violento que, en algún momento, tuvo que ser piel derretida, como si hubiera metido las manos en una hoguera o hubiera excavado entre montones de leña o brasas carbonizadas.
Los ojos me escuecen a causa del sudor. Me lo limpio antes de mirarle a la cara.
Estoy tan cerca que puedo ver las pecas salpicadas que se esparcen por sus mejillas y el pelo cobrizo, que tiene rapado al ras del cuero cabelludo y que es del mismo color que los primeros rayos de la mañana.
El sol se filtra por la puerta abierta que hay en la pared del fondo de la habitación, la cual da a un pequeño patio, una de las pocas cosas buenas de estar aquí.
La puerta de cristal deja entrar el dulce aroma de las rosas de té trepadoras de color carmesí y del romero de pantano.
—Lo siento —murmuro, cerrando las manos en puños. El primer puñetazo que doy sobre su palma llena de cicatrices es ligero, pero, al ver que no parece dolerle, golpeo con más fuerza.
Le guardia suelta toda la tensión con un suspiro.
—Bien —exclama con voz ronca antes de asentir con la cabeza—. Sigue.
Mis golpes resuenan como granizos en mitad de la quietud que nos rodea.
—¿A ti también te ha obligado a meterte en esto? —pregunto tras haber perdido la cuenta de los puñetazos que he dado. Me escuecen los nudillos, pero me los froto y sigo pegando—. Me refiero a vuestro líder. Lobo.
—Bueno, técnicamente Lobo no es nuestro líder —responde, frunciendo el ceño.
Interesante…
—Eso no responde a mi pregunta.
—Pues es todo cuanto voy a responder. —Su boca se curva hacia arriba.
—Tú sabes mucho de mí —exclamo, arqueando las cejas y cruzándome de brazos.
Le guardia cierra las manos en puños y, después, las afloja conforme sus ojos se arrugan, como si estuviera pensando.
—No, Lobo no me obligó a meterme en esto —espeta con cara de determinación—. Digamos que quería respuestas. Y ahora mi trabajo es encontrarlas.
Miro a le guardia con recelo y digo:
—¿Eres como una especie de espía de los Susurradores?
Suelta una carcajada y responde:
—Diciéndolo así, suena muy formal.
—¿Y no lo es?
Niega con la cabeza y me dedica una sonrisa burlona, como si no tuviera intención alguna de seguir respondiendo a mis preguntas.
Entonces, pruebo a cambiar de táctica. Mis puños chocan contra las palmas de sus manos una y otra vez con más fuerza de la que pensaba que tenía.
Me siento más ligera al instante y noto un chute de energía que me corre por las venas.
—¿Siempre. Ha. Sido. Así. De. Gilipollas? —Cada vez que digo una palabra, pego un puñetazo.
Sus ojos marrones vuelven a mirarme con curiosidad.
—A veces. Aunque tengo que reconocer que tú le sacas esa faceta con más facilidad que el resto.
—¿El resto?
Le guardia se ríe.
—Por lo general, es más… cauteloso.
—¿A qué te refieres?
Niega con la cabeza y se detiene a pensar de nuevo.
—Ya lo verás. Tal vez.
—Qué suerte… —Sigo golpeando hasta que los nudillos de mis puños se tiñen de un rojo brillante y el escozor que siento con cada puñetazo me atraviesa la piel—. Creo que lo odio.
—Casi todo el mundo lo odia —reconoce, encogiéndose de hombros—. Al menos al principio.
Sé que espera que le haga otra pregunta. Es como si la viera flotando en el aire, aunque no lo diga.
Sin embargo, la dejo ahí.
Por mí, cuanto menos sepa de Lobo y de cualquiera de ellos, mejor.
Seguimos con el entrenamiento, dando golpes y patadas entre ejercicio y ejercicio hasta que mis músculos gritan de dolor.
Después de esto, sé que hasta acercarme un tenedor a la boca me va a costar la propia vida.
No obstante, el cansancio me despeja la mente y me ayuda a centrarme y a aguzar mis sentidos.
Hasta que no estoy sudando por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo, no me pide que pare.
—Bebe agua y come algo. Tienes que…
—Alimentar el músculo —murmuro antes de cerrar los ojos para ahogar la punzada que atraviesa mi corazón.
Imagino que, después de tantos días, mi hermana ya se habrá puesto mejor, ¿no?
Aun así, el simple hecho de no verla, además de no saber con seguridad si está bien, es como si me clavaran una daga en las costillas—.
No eres la primera persona que me lo dice.
Las sombras revolotean en los ojos oscuros de le guardia. Veo un indicio de duda, pero desaparece antes incluso de que pueda sacarle provecho.
Sin embargo, no puedo evitar la necesidad de hacerle una pregunta más.
—Si te vas a quedar, al menos debería saber cómo te llamas.
Me dedica una triste y escueta sonrisa que no transmiten sus ojos.
Le guardia se frota las cicatrices de las manos y recoge la bolsa que ha dejado en la pequeña cómoda de madera que descansa a los pies de mi cama; una cama enorme y más blandita que cualquier otro lugar en el que he dormido en mi vida.
Mete con cuidado sus anotaciones de todos mis puntos débiles en la bolsa sin quitarme la vista de encima.
—Garra —responde tras un interminable silencio—. Puedes llamarme Garra.
—Lobo, Garra… —enumero, ladeando la cabeza—. No son vuestros nombres reales, ¿no?
Garra suelta una risita mientras, con un dedo, acaricia la empuñadura que sobresale de la vaina que tiene en el guante que le cubre la mano.
—No, no son nuestros nombres reales. Los lobos y los caoranachs eran sagrados para las Primigenias y para los magos, y algunos de nosotros sacamos nuestros nombres en clave de distintas partes de sus cuerpos.
Es como una especie de recordatorio del motivo por el que estamos luchando y de lo que puede volver a ser Eireann.
Hay algo que me conmueve de su respuesta: la idea de que haya personas con unos sueños tan indómitos y desafiantes que no solo forman parte de sí mismas, sino que acaban transformándose en sus propios sueños .
Aunque sé que no debo tener esperanza, tampoco puedo renegar de esa cautelosa sensación que me atraviesa las entrañas, como si fuera una criatura que estuviera despertándose tras un largo y duro invierno.
Garra se gira hacia la puerta.
—Espera —le llamo antes de que la abra. El corazón martillea contra mi pecho.
Estoy casi segura de que es una petición de lo más estúpida y que solo haría un principiante, pero…
—Si queréis que mate al rey, voy a necesitar un mapa.