OCHO #2
La distancia que nos separa es de apenas un centímetro, así que reúno todas mis fuerzas y valor para lo que estoy a punto de hacer.
Aprovecho su agarre y doy un cabezazo hacia atrás que impacta de lleno en su mandíbula, justo donde sé que tiene esa cicatriz tan peculiar.
En ese mismo instante, rozo con la mano el borde de su muslo derecho, alcanzo el puñal que hay más cerca de la funda y disfruto del ligero peso del metal en la palma de la mano.
—Tendrás que jugártela —mascullo.
El Susurrador hace una mueca de dolor y siento una descarga de energía.
Una de sus manos me suelta y la otra ya no me sujeta con tanta fuerza.
Por fin, consigo liberarme de él y levanto el puñal que le he robado justo cuando sus ojos verdes se clavan en los míos.
Entonces, escucho un grave gruñido que sale de su garganta.
Le dedico una sonrisa inocente conforme levanto una ceja en señal de burla.
Si se cree que va a conseguir manipularme con tanta facilidad, lo lleva claro.
—¿Quieres cancelar el trato que teníamos? Pues muy bien —exclamo—. Dime lo que necesito saber y así no tendré que volver a verte la cara nunca más.
El orgullo me invade al ver cómo se esfuerza por contener otra mueca de dolor, aunque sí que aprieta la mandíbula.
—Déjate ya de jueguecitos —le ordena la maga de la capa azul marino—. Aunque esto resulta de lo más entretenido, estás perdiendo el tiempo. Tenemos cosas que hacer.
El hombre la observa de tal forma que, por un segundo, creo que va a negarse.
Sin embargo, la maga lo fulmina con la mirada y cierra las manos en puños.
Unos hilos oscuros y brillantes se deslizan entre sus dedos cuando el hombre hace un mohín, pero, al instante, se transforma en una sonrisa de satisfacción mientras se le tensa la columna y sus mejillas palidecen bajo la barba incipiente.
La maga relaja los puños y la presión que reflejan los ojos del hombre desaparece.
Entonces, se gira hacia mí y asiente a regañadientes hacia el puñal que tengo en la mano para, al segundo, tocarse la fina costra que tiene en la sien, que fue justo donde le di con la daga hace unos días.
—Eres rápida —reconoce—. Y, a decir verdad, no te defiendes mal con las armas.
Siento una ligera punzada de orgullo en el pecho.
—No hace falta que me digas lo que ya sé.
—Sin embargo, tienes que aprender a ocultar lo que estás pensando —responde, señalándome la cabeza—.
Deberías haber sabido cómo librarte de mi agarre en cuanto te he enganchado.
Y por lo menos necesitas los conocimientos básicos de los combates cuerpo a cuerpo para poder seguir el ritmo.
Nosotros haremos lo que podamos para ayudarte; de hecho, tu guardia es de lo más hábil, así que hazle caso en todo lo que te diga.
Las hijas de nobles se han pasado todas sus vidas entrenando para el Ensayo y no se andan con rodeos.
—Niega con la cabeza—. Y nosotros tampoco.
Es más, no me importa una mierda si acabas viva o muerta cuando todo esto acabe.
Lo que sí que me importa es que consigas sobrevivir hasta que lleves a cabo nuestro plan, que es el motivo por el que estás aquí.
Menudo gilipollas.
—¿Y en qué consiste, si se puede saber?
Sus ojos verdes centellean al dar un paso hacia mí. Lo tengo tan cerca que el puñal que envuelvo con la mano choca contra los palpitantes latidos que recorren su mandíbula afilada.
El Susurrador se inclina sobre el filo del puñal, somo si estuviera poniéndome a prueba, pero no me retiro.
La hoja de metal se clava con delicadeza en el vello corto que le cubre la zona.
Sus ojos buscan los míos, como si viera algo en el gris de mis iris, y atisbo un brillo de determinación en el verde de los suyos.
—Vas a matar al Rey Supremo por nosotros —dice yendo al grano—. Y necesitamos que lo hagas antes de que termine el Ensayo.
Noto que se me acelera el pulso y murmuro:
—Me habéis traído aquí para ser vuestra asesina.
La idea suena tan ridícula como peligrosa. ¿Cómo se supone que voy a poder acercarme tanto al rey como para matarlo? Y, aún más importante, ¿cómo voy a matar al rey y, después de hacerlo, salir con vida de este sitio?
El hombre me analiza con la mirada y en sus ojos veo una expresión que no logro descifrar; es como si estuviera esperando a que le suplicara o, por el contrario, saliera corriendo. Como no hago ni una cosa ni la otra, asiente con decisión.
—Exacto. Y, si matas al rey, habrás cumplido con tu parte del trato.
Nos mantenemos la mirada como un lobo que observa con desconfianza una trampa.
Podría ir a los guardias de la Garda y pedirles que me lleven hasta la Dama de las Sombras para delatar a los Susurradores y contarle sus planes.
Y, entonces, aprovecharía el inevitable caos que se desencadenaría para escaparme del castillo.
Sin embargo, si aquí hay guardias trabajando para los Susurradores, no hay forma de saber cuáles de ellos están ya al tanto de que deben vigilarme y tienen indicaciones de rajarme el cuello si me voy de la lengua.
Además, si me pillan, irán a por Finn.
Me obligo a soltar un suspiro lento y pausado.
Ahora mismo, mi hermana está viva . Si este es el precio que tengo que pagar por salvarla, entonces haré lo que haga falta para saldar mi deuda.
Encontraré la manera de sobrevivir durante el Ensayo para cumplir mi cometido y, después , buscaré la forma de escapar.
Lo que tengan pensado hacer los Susurradores una vez que mate al rey no es de mi incumbencia.
Pero sí que hay algo que tengo que saber antes de llevar a cabo mi misión.
—¿Por qué yo?
La mirada oscura del Susurrador se suaviza un segundo cuando me mira, pero se vuelve a endurecer al instante y el borde blanco de su colmillo se le engancha en el labio inferior mientras acaricia con la mano la ristra de puñales que cubren sus costados.
—No podemos permitirnos sacrificar a uno de los nuestros —murmura con una mirada severa, pero extrañamente distante, como si estuviera callándose algo.
Decide ofrecerme dos de sus puñales; los mangos son de un acero tan puro que casi parece azul.
Deben de valer tanto como para pagar el rescate de un rey, pero es imposible que un rebelde tenga acceso a lo que parece acero málmar.
No obstante, la imitación es impecable y noto un ronroneo en mi pecho al ver la curva del acero pulido.
Uno de los puñales es lo bastante fino como para guardarlo e n la parte interna de mi antebrazo, si es que encuentro alguna funda o guante por aquí.
El otro mide lo mismo que la distancia que va de mi muñeca a la punta de mis dedos; la hoja es tan afilada como mortal y refleja la luz de la habitación.
—En fin, supongo que ya veremos de qué estás hecha, faolán .
Menuda pronunciación.
—Así no se dice mi apellido —exclamo conforme le devuelvo el puñal que le he arrebatado antes. Tampoco me importa, porque no cabe en mi vaina—. ¿Qué se supone que tengo que decirle a la Dama de las Sombras si me pilla?
El Susurrador se coloca la capucha y se gira hacia la puerta, donde ya lo está esperando la maga con dientes de depredador.
Sus labios se separan cuando me mira por encima del hombro; parece que el nombre de la jefa espía ha despertado un odio puro e incontrolable que vislumbro en sus ojos verdes cuando los clava en los míos.
—Dile que Lobo le envía saludos.
No sé con certeza que pasará a partir de ahora, pero sí tengo algo muy claro.
Los Susurradores no confían en mí y ese guardia de pelo cobrizo que se pega todo el día pisándome los talones lo que quiere es asegurarse de que no se la juego a los rebeldes.
Durante las siguientes horas, vaya a donde vaya, le guardia viene detrás de mí.
A veces se queda lo bastante atrás como para darme la sensación de que le he dado esquinazo, pero la mayor parte del tiempo está tan cerca que puedo ver su sonrisa exasperante cada vez que pierdo la noción de a dónde voy o cuando me tropiezo con las baldosas sueltas mientras busco las cocinas después de que las palabras de Finn me vinieran a la mente.
«No te saltes las comidas».
A raíz de los días que pasé encerrada en la celda, se me han acumulado las tareas pendientes.
Las cocineras me estudian con la mirada y profieren un suspiro de compasión cuando les digo que soy la campesina a la que han reclutado para el Ensayo, y decido aprovechar su pena para usarla a mi favor.
Vuelvo a la habitación con una cesta llena de panecillos de soda con pasas recién horneados, a pesar de que se supone que hay escasez de grano en toda la isla, y los acompaño de unos trozos de queso duro y fuerte y tantas manzanas jugosas como para que sospechen que estoy al mando de un pequeño ejército.
—¿En serio? —le pregunto a le guardia cuando se pone a rebuscar en la cesta justo cuando voy a meterla en la habitación.
Agarra una de las manzanas y la lanza al aire. Cuando cae, la piel rosada de la fruta cruje al clavarse en la pequeña daga que se ha sacado en un abrir y cerrar de ojos.
—En serio —responde con una sonrisa antes de darle un mordisco a la manzana—. Están racionando las comidas de las sirvientas y los guardias para que haya alimento de sobra para los nobles hasta que acabe el Ensayo.
Una punzada de culpabilidad me atraviesa las costillas.
No debería importarme lo más mínimo, pero… el hambre es una forma de tormento en sí misma. Un tormento que sufrí durante años en mis propias carnes, antes de que empezara la rebelión, cuando el puesto de mi padre no iba tan bien como ahora.
Agarro uno de los panecillos, que siguen calientes, y se lo ofrezco a le guardia cuando abre la puerta empujando con los hombros y me acompaña adentro.
Entonces, me mira con las cejas levantadas.
—Toma —insisto, agitando la mano con la que sujeto el panecillo—. No hagas que esto se vuelva más incómodo de lo que ya es.
Le guardia se quita la bolsa que lleva en la espalda y guarda el panecillo dentro.
—Para después.
—Como quieras —digo encogiéndome de hombros.