OCHO
L a puerta se cierra a mi espalda. Estoy sola.
—¡Gilipollas de mierda! —grito en mitad de la silenciosa y polvorienta habitación mientras golpeo la puerta con los puños. Un calambre me atraviesa la muñeca y me obligo a contener el llanto—. ¡Joder!
Noto la presión del frío repentino, una corriente de aire que se cuela por mi túnica desgastada.
Veo el parpadeo de una luz naranja por el rabillo del ojo y, al girarme, me encuentro con un tronco que cruje y crepita en una enorme chimenea de piedra arenisca; es tan grande que cabría de pie.
No puedo evitar la tentación de acercarme a la fuente de calor.
Estos troncos no son como los modestos ladrillos de turba que usamos en el Paseo del Muelle, sino madera de verdad, troncos enteros con una corteza que va rizándose poco a poco.
Acerco las manos al fuego y mis latidos se ralentizan hasta volverse pausados.
Puedo hacerlo. Puedo encontrar la manera de escapar de este castillo antes de que empiece el Ensayo y volver con Finn antes de que las hijas de nobles tengan la oportunidad de jugar conmigo delante de toda la corte.
Me acerco a las llamas hasta que la sangre se me acumula en las mejillas y dejo que el calor inunde cada poro de mi piel.
—Si te acercas más, acabarás quemándote —me advierte una voz ronca.
Me doy la vuelta a tiempo para ver que las cortinas que hay al otro lado de la habitación se están moviendo.
Entonces, dos figuras emergen de las enormes telas de terciopelo que cuelgan como si fueran tapices de la pared en la que hay incrustada una ventana de cristales estrechos y una puerta.
Ambas son altas y llevan unas pesadas capas con las capuchas puestas para ocultar sus rostros.
Una es azul marino y la otra, negra, con una cadena dorada en torno al cuello.
Cuando le doy la espalda a la chimenea, noto el calor del fuego acariciando mi espalda conforme adopto la posición defensiva que he estado perfeccionando con Finn durante los últimos años.
Siento un cosquilleo en la nariz cuando las figuras se acercan, algo que flota en el aire, un aroma puro y salvaje. Me recuerda al olor de la niebla cuando se vuelve espesa, como si fuera una sábana grisácea que cubre todo Eireann, como si fuera un velo mojado.
La figura más alta suelta una carcajada.
Su voz me eriza la piel y el odio que me invade hace que me ardan las venas.
— Tú… —La palabra sale sin pensarlo.
La figura se quita la capucha y deja a la vista los rasgos del Susurrador, tan afilados como la hoja del puñal con el que me atacó la última vez que nos vimos.
¿Cuánto ha pasado? ¿Días? He perdido la noción del tiempo en esa maldita celda.
Entonces, la cicatriz ramificada de su mandíbula se tensa cuando me dedica una sonrisa maliciosa.
—¿Me has echado de menos?
Lo fulmino con la mirada y respondo:
—En absoluto.
Me doy cuenta de que tengo las palmas empapadas de sudor cuando busco a tientas el puñal que siempre llevo en la cadera, pero me encuentro con la vaina vacía. Los guardias de la Garda me han quitado todo lo que llevaba encima.
Mierda.
«Levanta las manos». La voz penetrante de Finn retumba en mi cabeza. «Cierra los puños». Puede que no tenga ningún arma, pero no pienso rendirme sin luchar antes. «No pierdas de vista a tu enemigo».
Si ha venido para romper el trato y asegurarse de que no puedo delatarlo ante nadie del castillo, al menos tengo que dejarle más cicatrices de las que ya tiene, así le servirán de advertencia a cualquier otra persona que se plantee confiar en él en un futuro.
Puede que prometiera no matarme, pero ¿qué garantía tengo de que va a cumplir con su palabra?
Solo las Primigenias saben que, si por mí fuera, yo estaría dispuesta a romper cualquier promesa con tal de asegurarme de que Finn y yo estuviéramos a salvo.
La supervivencia es más importante que las promesas.
Aun así, eso no significa que no pueda odiarlo por hacerme quedar como una imbécil.
—Hicimos un trato y no has cumplido con tu parte. —Las palabras salen de mi boca como dardos.
Lleva una docena de dagas sujetas con correas a las fundas ajustadas que se extienden por sus costillas y ahora todas quedan a la vista, al igual que la chaqueta de cuero que hay bajo su capa abierta.
También lleva una espada corta en el costado izquierdo en una funda que estaba vacía antes, además de un pequeño puñal envidiablemente afilado atado a la cadera derecha.
Los ojos verdes del Susurrador brillan cuando me dice:
—Ah, no, no. —Su voz ronca se vuelve más apagada cuando se acerca a mí. Me obligo a no retroceder ni un paso porque me niego a darle esa satisfacción—. Tú y yo no hicimos un trato sin más. Me hiciste una promesa : su vida por la tuya.
—Sí, y después me delataste —le acuso. Su sonrisa burlona es lo único que necesito para confirmar mis sospechas—. Los guardias de la Garda me sacaron a rastras de mi casa por tu culpa. Podrían haberme matado.
La figura con la capa azul marino deja escapar una risa amarga y me percato del reflejo de unos colmillos afilados. Es la maga a la que vi en el que debe de ser el refugio de los rebeldes en la ciudad, la otra Susurradora.
¿Por qué se la han jugado viniendo hasta aquí?
—En realidad, nunca has estado en peligro —asegura, encogiéndose de hombros—.
En la orden de arresto se te acusaba de ladrona, no de traidora.
¿De veras crees que no tenemos amigos infiltrados en la Garda?
—Señala la puerta con la cabeza; estoy segura de que al otro lado está el guardia que me llevó ante la Reina Suprema—.
Si le guardia que te trajo lleva ese uniforme, es por algo.
¿Estaría ese guardia vigilándome durante mi vuelta a casa cuando llevaba el frasco de magia en el bolsillo?
Recuerdo la intranquilidad que me acompañó y el miedo que casi me impedía respirar.
En aquel momento, me resultó sumamente fácil restarle importancia y atribuírselo a la paranoia por lo que acababa de hacer.
No obstante, eso quiere decir que ignoré mi propio instinto.
—Me has puesto en peligro trayéndome aquí. —Como si mi vida no valiera nada .
—Sí. Y volvería a hacerlo, porque esto no tiene nada que ver contigo —responde sin un ápice de duda.
Sus despiadados ojos verde oscuro me abrasan la piel—.
Y también volvería a sacrificar la vida de una inocente para cambiarla por ti con tal de asegurarme de tenerte aquí.
Yo cumplo con mis promesas —espeta en un tono suave a la par que letal—.
Y tú tienes una deuda pendiente conmigo.
—Yo ya no te debo nada —exclamo, levantando la barbilla—. Porque tu intención es que me maten ellos, no tú. Todo el mundo sabe que el Ensayo es una trampa mortal.
Si logro salir de esta habitación, si consigo escapar de estas cuatro paredes… Por todas las Primigenias, ni siquiera sé por dónde empezar, pero tiene que haber una salida.
¿Cómo ha podido entrar él si no?
El Susurrador ladea la cabeza y sus ojos se vuelven sombríos al mirarme. Aprieto los dientes para tratar de contener el escalofrío que me recorre la columna de arriba abajo.
—Y ahora, voy a dejarte una cosa bien clara.
—Su voz se vuelve áspera y me habla en un tono tan cortante que sus palabras parecen las hojas de una daga afilada—.
Como te he dicho, tienes una deuda pendiente.
Y, hasta que te libere, tu vida me pertenece.
Ese es el trato que hicimos, así que, si no saldas tú la deuda, tendrá que hacerlo Finn.
Siento cómo el miedo me va estrangulando poco a poco. Adiós a mi plan de huir de este lugar.
—¿Cómo sabes…?
—¿Su nombre? —me interrumpe conforme recorta la distancia que nos separa—. ¿Te crees que no sabía quién eras cuando decidí darte aquel frasco?
Percibo un atisbo de algo que cambia en su mirada, como si estuviera intentando reconstruir mi vida y mis orígenes. Al segundo, el destello de humanidad se transforma en una máscara fría que hace que me tense.
El Susurrador da otro paso hacia mí.
—¿En serio nunca les has pedido que te cuenten la verdad?
Sus palabras crispan cada nervio de mi cuerpo.
Debería haber insistido más. Debería haber obligado a Finn a que me contara qué estaba pasando.
¿Qué clase de información me ha estado ocultando?
Los ojos del Susurrador recorren mi rostro, que ahora está encendido por el calor del fuego, y veo que su cuello se tensa.
—O… —continúa suavizando el tono de voz—. Tal vez no seas más que una cobarde.
De pronto, se mueve a la velocidad del rayo. Es más rápido que Finn, y que Keeva incluso.
La rigidez de los músculos de su cuello y hombros lo delatan, así que logro esquivarlo un segundo antes de que me alcance. Me aparto, pero no soy lo bastante rápida como para sortearlo, así que me tropiezo con la zancadilla que me pone.
Entonces, pierdo el equilibrio y caigo de lleno en el brazo que tiene libre, como si estuviera esperando mi caída.
Él sube el antebrazo hasta mis clavículas y aprieta, por lo que mi espalda queda pegada a su pecho duro y plano, y me clavo los mangos de sus puñales en la parte de atrás de las costillas.
Siento una oleada repentina de rabia que hace que me ardan las mejillas.
—Suéltame ahora mismo .
Me obligo a relajarme mientras trato de recordar todos los consejos que me dio Finn para escapar de una llave así.
Sin embargo, el Susurrador me tiene muy bien agarrada y parece que todo lo que mi hermana me enseñó se me ha olvidado por completo.
La rabia me inunda cuando noto la vibración de su pecho al soltar una risita.
En un abrir y cerrar de ojos, su boca queda tan cerca de mi oreja que siento su aliento cálido cuando me dice:
—¿Cómo sé que no vas a intentar matarme?
Que. Le. Follen.