SIETE #3
El guardia que me estaba sujetando me deja caer al suelo y acabo a cuatro patas, pero me obliga a agacharme más aún y, al acercarse a mi oído, susurra:
—No digas nada.
Cuando estoy en el suelo, me quedo completamente inmóvil.
Una voz tan dura como un bloque de hielo flota a través del humo perfumado que envuelve la sala.
—No me importa lo más mínimo esta tradición —exclama la Reina Suprema mientras tamborilea con las uñas en los brazos del trono.
Y la palabra «tradición» parece provocarle un sabor desagradable—.
Explícame otra vez por qué nos molestamos en traer a una rata campesina para que participe en esta competición, si lo que buscamos es una reina.
A pesar de llevar dos décadas viviendo en nuestra isla, tiene un marcado acento cantarín. Llegó aquí como hija de la embajada de Cymrea poco después de que el Rey Supremo se casara con su primera esposa, una noble eireiciana que pertenecía a una familia tan antigua como la suya propia.
El guardia que me ha traído aquí se tapa la boca antes de toser y levanta la cabeza para encontrarse con la mirada de la reina.
—Para recordarle al pueblo que ningún campesino o campesina es digno de poder, majestad. La esperanza es como una planta infectada, así que la quemamos antes de que pueda echar raíces y propagarse.
Un destello glacial como la nieve atraviesa los ojos cristalinos de la Reina Suprema.
—Ajá…
Aprieto tanto la mandíbula que siento que me voy a partir las muelas y apoyo la frente contra el gélido mármol. Ojalá pudiera hundirme en él y escapar por la montaña que se extiende bajo nuestros pies.
—No aguantará mucho. No hay más que verla… Débil como una rata ahogada —espeta la reina en tono cortante.
—Cuando los nobles que son tan necios como para simpatizar con los rebeldes la vean fracasar, recordarán que no merece la pena arriesgar sus vidas por ningún campesino —asegura el guardia.
Por un momento, cuando veo el brillo malicioso en la mirada que le lanza la reina al guardia, creo que se me detiene el corazón.
No.
No pueden estar hablando en serio.
Aprieto los dedos contra los azulejos del suelo.
El miedo vuelve a apropiarse de mi cuerpo cuando escucho que la Reina Suprema vuelve a hablar.
—En tres días empieza el Ensayo —exclama con desprecio—. Y, cuando termine, la mujer que seguirá con vida será la única digna de la mano del príncipe. —Noto que su mirada insensible me atraviesa—. Pero esa no serás tú.
No me atrevo a alzar la vista para mirarla. Con solo decir una palabra, podría pedirles a los guardias que me abran en canal con sus espadas aquí mismo.
—Disfruta de la deliciosa comida que vamos a desperdiciar contigo. Recorre estos pasillos, pero recuerda que nada de esto será tuyo jamás. No importa cuánta esperanza —escupe la palabra— sientas o tengas, ni tú ni los tuyos ganaréis jamás. No tenéis ninguna posibilidad contra nosotros.
Por todas la Primigenias… Esto no puede estar pasando.
Ninguna campesina ha sobrevivido jamás al Ensayo.
Tengo que escapar. Tengo que volver con Finn.
Podemos huir, aunque no sé a dónde, pero deberíamos intentarlo.
Ya le habrá robado dinero suficiente a nuestro padre como para poder comprarnos los permisos que necesitamos para salir de la ciudad.
Solo tengo que conseguir sobrevivir hasta que encuentre la forma de salir de aquí.
Me he visto en situaciones peores y que duraron más. La rebelión duró tres meses; tres meses sin comida que cruzara las puertas cerradas de la ciudad y con humo inundando todas y cada una de las calles por los templos en llamas. Estuvimos semanas sin poder abrir las ventanas de nuestras casas.
De hecho, hace años que no vemos el sol en todo su esplendor por culpa de la maldita niebla.
Ahora mi objetivo es seguir con vida hasta que logre huir.
Levanto la cabeza y le dedico a la reina una sonrisa tan falsa como inocente.
—Desde luego, majestad.
El guardia me levanta y nos alejamos de la Reina Suprema hasta que cierran los portones de bronce de golpe en cuanto nos marchamos.
El hombre me agarra la muñeca con fuerza y empezamos a caminar deprisa; yo voy trastabillando unos pasos por detrás por los pasillos que se funden entre sí y brillan con gemas carmesí y obsidianas.
Las costillas me oprimen los pulmones. Intento dejar una marca en cada esquina y giro que hacemos como pistas para recordar el camino para cuando encuentre la forma de salir de la celda.
Una corriente de aire frío se desliza por los pasillos empedrados, que se van volviendo más desolados cuanto más avanzamos.
Subimos un tramo de escaleras, y otro más, y me percato de una gota de sudor en la sien del guardia, justo donde veo que le nace el pelo cobrizo, aunque lo lleve rapado.
Entonces, aprovecho mi oportunidad y me zafo de su mano.
Los pasillos son como un laberinto, así que podría esconderme en cualquier sitio y, después, salir corriendo.
Tengo la muñeca resentida por el dolor y me cuesta mantener el equilibrio, seguramente por las semanas que me he pasado encerrada en esa maldita celda. Siento como si las escaleras se movieran a mi alrededor conforme mi propio cuerpo se tambalea hacia atrás y me caigo al suelo.
De pronto, el guardia me atrapa y me agarra con fuerza por el cuello de la túnica llena de mugre para obligarme a ponerme de pie.
Se detiene a mirarme y, de buenas a primeras, me tira de la muñeca con la otra mano para apartarme de la escalera y empujarme por un pasillo tan vacío que me pone los vellos de punta.
Intento patalear y forcejear, pero no sirve de nada. Entonces, me levanta contra la pared que hay junto a una puerta de madera y murmura entre dientes.
—Como se te ocurra volver a hacer algo así, los dos acabaremos empalados en el Muelle Negro —me advierte antes de abrir la puerta de una patada—. Entra ahí y no te atrevas ni a abrir la boca.