SIETE #2
A pesar del pánico que inunda mi cuerpo, me acerco un poco más a la puerta y apoyo la oreja contra la sólida madera. Trato de aguzar el oído para escuchar cualquier otro murmullo que atraviese la oscuridad.
El linaje real del primer Rey Supremo no se ha roto en todos estos siglos.
¿Quién iba a intentar usurpar su trono?
Las sombras frías se ciernen sobre mi cuerpo cuando vuelvo a sentarme sobre el duro suelo.
En ese momento, me viene a la mente la melodía de la nana que me cantaba mi madre de pequeña, aunque no recuerdo la letra.
Por todas las Primigenias… Daría lo que fuera por acordarme, por volver a escuchar su voz, aunque fuera una última vez antes de morirme.
Pasa un minuto. O una hora. O varios días.
No tengo forma de saberlo.
Las voces que provienen de fuera de la celda se alejan y las pisadas se desvanecen en la penumbra. Sin embargo, al rato, vuelvo a escuchar unas botas retumbando contra el suelo.
Entonces, oigo el traqueteo de unas llaves moviéndose en una cerradura seguido de un leve chasquido que hace que un hilo de sudor frío me caiga por la nuca.
Me tapo la boca con las manos para contener el grito que amenaza con salir de mis labios.
Aún no estoy preparada para morir. Hay un sonido amortiguado que no logro ubicar; lo noto cerca, pero no justo en la puerta. ¿Quizás en la celda de al lado? De pronto, una vocecilla se propaga por el aire y exclama:
—¿Ya es la hora?
Escucho el crujido de unas bisagras previo al rechinar de una puerta abriéndose. Las botas se arrastran por el suelo y la vocecilla ahoga un grito.
—¡Esperad!
El crujido de un hueso resuena por la celda y algo pesado se da contra el suelo. Apenas alcanzo a distinguir una respiración entrecortada y ronca, seguido por el ruido de algo que se arrastra por la tierra y los irregulares pasos de unas botas que parecen tirar de algo pesado.
Y cada vez más cerca.
El cerrojo de mi puerta se abre y la luz de una vela se cuela entre las estrechas rendijas.
Me tapo los ojos para protegerme de la luz y retrocedo hasta que mi espalda queda contra la sólida pared de piedra. Una sensación de pánico me invade hasta dejarme la boca seca y me tenso al echar un vistazo entre los dedos de mi mano.
La imagen de un uniforme carmesí y negro se cuela por la rendija que da a mi celda. El leve resplandor de la vela me permite ver a una figura de pelo cobrizo y hombros anchos que está en mitad del pasillo cargando con un brazo el cuerpo de una chica.
Su melena larga y oscura barre el suelo y su cuello cuelga en un ángulo de lo más antinatural.
Sin decir ni una palabra, el guardia suelta el cuerpo de la chica con cuidado sobre la tierra gélida que cubre la celda y entreveo un mechón rubio que contrasta con el tono castaño de su mata de pelo.
Al verla ahí tendida me recuerda a un pájaro herido; su cuerpo muestra indicios claros de desnutrición por cómo la piel pálida se le adhiere a los huesos. Decido no moverme.
El guardia se gira poco a poco hacia mí. Tengo el vago recuerdo de un pelo como el suyo en el umbral de la puerta de mi casa cuando me apresaron los guardias de la Garda; sí, este es el mismo guardia que se dirigió a mi hermana y la obligó a detenerse.
Sé que en realidad no, pero, por un momento, me da la impresión de que me está evaluando con la mirada.
Sin embargo, los guardias de la Garda no les temen a los campesinos del Paseo del Muelle; ni siquiera tienen motivos para hacerlo.
De hecho, si decidieran liquidarnos y dejar nuestros cuerpos esparcidos en el fango, lo que haría el Rey Supremo sería darles las gracias.
—Levántate —me ordena.
Alzo la barbilla y el miedo inunda mis venas.
—No.
Si el guardia quiere matarme, no pienso ponérselo fácil.
Tras soltar un improperio, se acerca hacia mí y me agarra de la muñeca con fuerza. Trato de zafarme de su mano, pero me resulta imposible. Me obliga a ponerme de pie y me saca a empujones de la celda justo antes de cerrar la puerta de un portazo.
Me siento tan avergonzada que me arden las mejillas. Trato de luchar, pero siempre se me han dado de pena los combates cuerpo a cuerpo. Encima, el guardia me duplica en tamaño y es fuerte, musculoso y duro como una piedra, así que renuncio a la opción de intentar que me suelte.
Sé que debería mostrarme serena y ser valiente. Y, a decir verdad, era consciente de que recurrir a los Susurradores era un plan bastante arriesgado.
Aun así, no siento ni rastro de valentía.
Es el miedo el que se apodera de mí.
Reconozco que hay una parte enterrada en mí que soñaba con tener un final distinto al del resto de las personas que han intentado comprar magia, que podría ser yo la que consiguiera sobrevivir.
Por todas la Primigenias… He sido una maldita estúpida .
Me caigo dos veces de rodillas sobre la tierra dura, pero el guardia me obliga a levantarme de inmediato.
Cada vez que torcemos una esquina, avanzamos más por un largo pasillo que parece exactamente igual al que acabamos de dejar atrás.
Y las celdas… Hay muchísimas. Algunas tienen puertas de madera como la mía, pero otras cuentan con barrotes de hierro que les permiten a los condenados sacar las manos entre ellos cuando pasamos por delante.
En una vislumbro a una mujer mayor con una melena rubia enmarañada y una mirada aguda tan pálida como el mismo cielo.
Otras dan la impresión de estar vacías porque no hay ruido alguno que provenga de ellas; los prisioneros que encierran no son más que un puñado de huesos encadenados a las derruidas paredes.
En una de las celdas vacías, veo un trozo de terciopelo raído que cuelga de unos huesecillos descascarillados y un par de cuencas de ojos vacías mirando hacia nosotros.
No puede tener o, más bien, no pudo haber tenido más de ocho o nueve años y el corazón me da un vuelco.
¿Qué pudo haber hecho un niño para merecer algo así?
Me trago la bilis que me sube por la garganta.
El guardia sigue avanzando y, por fin, llegamos a una verja de hierro que da a un pasillo más estrecho. Saca un manojo de llaves y el metal apenas cruje cuando las mete por la cerradura. Entonces, siento una punzada en el pecho al pensar que, si no encajan, tendría tiempo para escapar y…
De pronto, escucho el chasquido de la cerradura y la verja se abre.
Ahora caminamos más rápido. El guardia va con la mandíbula tensa mientras sus ojos escudriñan cada esquina por la que pasamos.
En esta zona, los suelos no son de tierra, sino de piedra, y tengo la sensación de que estamos emergiendo de una oscuridad fría y húmeda conforme vamos avanzando por los pasillos del Castillo del Monte.
Una brisa fresca y limpia me inunda las fosas nasales, hasta que queda eclipsado por un aroma empalagosamente dulce y floral.
El guardia me arrastra por una angosta escalera y, después, a través de un amplio vestíbulo revestido de losas pulidas de mármol blanco y negro.
Los estandartes de color negro y carmesí, acompañados de finas y alargadas banderas con escudos, ondean colgados de unas vigas de madera que se extienden por los techos abovedados.
Las reconozco gracias a las que vi hace semanas, cuando los colores de las familias nobles desfilaron a su llegada para el Ensayo: son las banderas de las hijas de nobles que están a punto de enfrentarse en una lucha a muerte por ser la siguiente reina.
Nos encontramos con hombres y mujeres con elegantes capas bordadas de terciopelo y lana que deambulan por el vestíbulo, cuyos ojos saltan de una bandera a otra mientras intercambian unos murmullos.
Deben quedar pocos días para que dé comienzo el Ensayo.
Y, al pasar bajo los estandartes, bajo el carmesí y el negro que parecen un sudario a la espera de ser terminado, lo único en lo que puedo pensar es en la pobre campesina a la que los guardias de la Garda secuestraron para la competición, aunque ni siquiera sé dónde estará.
Espero que no sufra en este sitio.
Espero que muera rápido.
Espero que, sea quien sea, encuentre fuerzas para aguantar, por muy pocas que sean. Espero que pueda cerrar los ojos cuando todo acabe y soñar con un mundo lleno de magia.
Eso es lo que haré yo cuando me llegue la hora.
Un par de relucientes portones de bronce se alza delante de nosotros y el guardia asiente con la cabeza hacia dos de sus compañeros de la Garda, cada uno de los cuales custodia la puerta desde un flanco.
Entonces, los portones se abren y noto que mis latidos se aceleran.
Me preparo para hacer frente a un verdugo o para la paliza que van a darme antes de llevarme al Muelle Negro.
Sin embargo, me llega un aroma dulce. El ambiente de la sala es cálido y agradable, y está iluminada por una chimenea que crepita y desprende virutas incandescentes de cedro de un incalculable valor y pétalos de rosa.
Me fijo en las ventanas con vidrieras alineadas en la pared empedrada que hay al otro lado de la sala; están abiertas y ofrecen una imagen del cielo gris y del agitado y sombrío mar que hay más allá, como si el humo dulce y el calor fueran algo tan normal que diera igual desperdiciarlos.
Recorro la enorme sala con la mirada y me detengo a contar los guardias, así como las largas y amenazantes espadas que llevan en la cintura. Y es entonces cuando la veo. Justo en el centro de la sala está la mismísima Reina Suprema.
Tiene que ser ella, la reina cymreana del Rey Supremo, cubierta de suaves pieles y pesadas cadenas doradas que forman elaborados nudos a su alrededor.
Su melena es del mismo color que el trigo y la lleva recogida en pequeñas trenzas que se extienden a lo largo de unas ondas rizadas con sumo cuidado.
Y el kohl pintado en torno a sus ojos le otorga la mirada más fría y cruel que he visto en mi vida.
Esos mismos ojos me atraviesan y siento un escalofrío que me recorre toda la espalda.
Su trono es un poco más pequeño que el que tiene al lado, pero eso no lo hace menos imponente.
¿Dónde está el Rey Supremo?