SIETE
L os guardias de la Garda entran en avalancha por la puerta.
El miedo me ciega por completo. Unas manos tiran de mí con violencia y un dolor punzante me invade cuando uno de los guardias me tira del pelo y me arrastra por el mugriento suelo en dirección a la puerta.
Me levanta de un tirón soltando un fuerte gruñido y me zarandea con tanta fuerza que me castañetean los dientes. Entonces, me da un puñetazo en la boca y empieza a salirme sangre a borbotones de la lengua.
¿Cómo me han encontrado?
—¡Soltadla! —grita mi hermana con rabia desde la otra punta de la habitación, pero enseguida se pone a toser. Aparta las mantas de un manotazo y se levanta a trompicones; me doy cuenta de que está muy débil por la forma en que le tiemblan las piernas.
Nuestro padre sale armando un estruendo de la habitación trasera, me mira y retrocede sobre sus propios pasos antes de volver a meterse en la habitación y cerrar la puerta. Busco a Keeva por puro instinto, pero recuerdo entonces que se marchó temprano para abrir su puesto en el mercado.
No obstante, Finn se abalanza como puede sobre la mesa que hay en mitad de la habitación y agarra uno de sus puñales.
—Que. La. Soltéis —brama en un tono tan suave como letal.
Escudriña la habitación con la mirada y contempla a los guardias.
El estómago me da un vuelco.
Ocho contra dos es una sentencia de muerte.
Para ambas.
Otro par de manos ásperas me agarran del cuello y me impiden respirar al levantarme del suelo hasta que me cuelgan los pies. Me zarandeo con desesperación mientras intento tocar el suelo, pero no lo consigo.
—Piénsate bien el siguiente movimiento —me advierte el guardia que me tiene sujeta por la garganta. El repentino y frío beso del metal se me clava en la piel del cuello.
Un guardia de pelo cobrizo rapado que está en el umbral de la puerta da medio paso hacia nosotras antes de sacar un papel enrollado y lanzarle una mirada sombría a Finn.
—En esta orden de arresto solo aparece el nombre de una persona, pero, como se te ocurra susurrar siquiera, haremos que sean dos.
El rostro de Finn se crispa de tensión.
Mi hermana se aferra con fuerza a la mesa de la cocina, con la espada a escasos centímetros. Sin embargo, si la alcanza y ataca a alguno de los guardias, todo lo que he arriesgado por ella habrá sido en vano.
—Finn —exclamo en tono suplicante mirándola desde la esquina opuesta de la habitación. No sé qué decirle en un momento así, pero no hay tiempo para explicaciones ni disculpas, así que suelto la única palabra que soy capaz de articular—. No.
—Maeve —murmura con la vergüenza quebrándole la voz. Sus ojos se clavan en los guardias y se pasean por todos y cada uno de ellos, como si estuviera memorizando sus caras.
Ahogo un sollozo y digo:
—Te quiero.
Oigo el crujido de la tierra y algo que se estrella contra las paredes cuando los guardias me sacan a rastras de mi casa.
El guardia que me tiene agarrada del pelo suelta una carcajada al cerrar la puerta de una patada. Me arrastra por la tierra endurecida que cubre las calles y por las piedras afiladas que me arañan los tobillos desnudos y las palmas de las manos.
El mundo se nubla a mi alrededor. Me arden los ojos y cada vez me cuesta más respirar, como si el aire estuviera huyendo de mis pulmones.
El guardia escupe en el suelo y me tira ahí mismo. Entonces, a través de las lágrimas que empañan mis ojos, distingo una masa borrosa de color marrón y gris metálico que va tomando forma poco a poco.
—Móntate —ordena el guardia antes de darme una patada en las costillas.
Se me tensan los costados y me hago un ovillo tras apoyar la espalda en el filo de una rueda. Sobre mí, se alzan unas barras de metal que apenas son lo bastante grandes como para poder meter una mano entre ellas y el frío metal es tan opaco que ni siquiera refleja los primeros rayos del amanecer.
Noto una punzada en el corazón cuando reconozco lo que se eleva imponente junto a mí: un carro de prisioneros.
El guardia alto gruñe y extiende la pierna hacia atrás para darme otra patada en el costado.
Y otra. Y una más. El dolor recorre cada nervio de mi cuerpo y se me nubla la vista.
Unos puños me agarran por los brazos con brusquedad y me obligan a ponerme de pie; el movimiento es tan repentino que siento que se me cae la cabeza hacia un lado antes de desplomarme sobre un montón mugriento de paja aplastada.
Aquí huele a muerto.
Tras escuchar el chasquido de un cerrojo y el silbido de un látigo, el carro se pone en marcha y avanza a paso lento por las sombrías y vacías calles del Paseo del Muelle.
Intento respirar hondo, pero solo puedo jadear.
Las costillas me oprimen el pecho cuando intento reunir fuerzas para ponerme de pie, así que me dejo caer contra los barrotes de hierro.
Cada roca en el camino me hace agonizar y, cuando el carro deja atrás el camino de tierra y circula sobre el suelo empedrado, siento que el dolor es tan insoportable que me voy a morir.
Es entonces cuando me paro a pensar en lo ingenua que he sido al creer que iba a salirme con la mía. Que podría llegar a un acuerdo con los Susurradores y que nadie me vería cuando fui a pedirles ayuda. Que cumplirían con su palabra.
Me da igual si ha sido ese capullo el que me ha delatado o si ha sido otra persona la que lo ha hecho por él; eso no cambia nada de lo que me espera ahora.
El carro sigue avanzando sobre las piedras que se extienden colina arriba. De pronto, un miedo profundo arraiga en lo más profundo de mi ser.
Cuento cada segundo y cada latido que retumba en mi cabeza. Alzo la vista y veo un tenue resplandor que delinea los tejados que vamos dejando atrás conforme el sol sale por el horizonte. El último amanecer que veré en mi vida.
Cuanto más nos alejamos, más difuso es el olor a brisa marina.
Noto que la pendiente se va volviendo más pronunciada y observo los muros de piedra que se elevan justo delante de mí, empapados por las gotas de la niebla húmeda.
Una ráfaga de aire gélido se cuela entre los barrotes y ahora más que nunca desearía dejar de sentirlo todo, pero mi caprichoso cuerpo no está por la labor.
Entonces, clavo la vista en el castillo que corona la cumbre de la colina.
Atravesamos un arco de murallas defensivas y escucho el chasquido de los estandartes de color negro y carmesí que ondean con violencia, agitados por el fuerte viento. Aquí, el olor que impregna el aire es distinto.
Huele a rocas, a acero y a hierro.
Huele a sangre .
Nadie que provenga del Paseo del Muelle ha atravesado estas murallas, salvo los condenados.
Nadie ha visto los rubíes y los ónices que, según los rumores, están incrustados en la piedra gris labrada de los muros internos del castillo, que son lo bastante gruesos como para que ningún ariete los atraviese y que ninguna tormenta podría derrumbar.
Los guardias de la Garda ni siquiera se molestan en taparme los ojos.
Tanto ellos como yo sabemos que no voy a salir de aquí.
He vivido rodeada de ratas desde que tengo uso de razón. Por lo general, y si te mantienes alejado de ellas, no suelen molestarte. Pero las ratas que hay en la mazmorra del castillo no se comportan así.
Estas ratas vienen directas hacia mí y gruñen cada vez que me atrevo a moverme un centímetro de la derruida esquina contra la que me tienen acorralada. Tengo trozos de piedra en los hombros y la fría roca se me clava en la nuca.
Deslizo los dedos por los nombres grabados en las paredes con letras bastas.
Nombres que se han acumulado durante años. Décadas. O quizás siglos. Y cada inicial, cada nombre o cada marca rúnica en ogham escarbada en la piedra es el recuerdo de alguien como yo.
No hay ventanas, solo una robusta puerta de madera del mismo grosor que mi mano con una ranura de metal por la que los guardias meten la comida y me vigilan.
No hay ninguna salida, ni siquiera una grieta por la que se cuelen los rayos de sol que me ayuden a adivinar cuánto tiempo llevo aquí.
Al menos las ratas han encontrado algo que llevarse a la boca que no sea mi cuerpo.
Están apiñadas en la esquina opuesta royendo un hueso grisáceo.
Me obligo a cerrar los ojos y lucho contra la impetuosa necesidad de saber de quién sería mientras me duermo y me despierto de manera intermitente.
Por un momento, juraría escuchar el chasquido metálico de la ranura que se abre un centímetro y vislumbro un destello cobrizo y verde en mitad de las sombras iluminadas por una antorcha, pero creo que todo es producto de mi imaginación.
Un poco más tarde, escucho unas voces gritando y gruñendo al otro lado de la puerta. Oigo un ruido metálico que me recuerda al de unos dados cuando se lanzan a la vez. Me esfuerzo por identificar las voces de los guardias que me trajeron aquí, pero no logro distinguirlas.
—No entiendo por qué no podemos matarla —se queja una voz ronca.
La sangre de las venas se me congela. Ni siquiera me atrevo a moverme.
—Han pasado cinco putos años. Apuesto lo que quieras a que solo sigue viva porque es de sangre noble —exclama otra voz más grave y cortante.
—Me da igual quien sea —dice un tercero—. Es una traidora. Una asquerosa y mentirosa traidora. Deberían clavarla en la estaca al igual que han hecho con todos los demás que han intentado reemplazar al rey.
—Si la quieren con vida es por algo, no me cabe duda. ¿Para que tenga ventaja sobre los demás? Nunca descubrieron por qué… —La voz cortante se calla de forma repentina.
Escucho un sonido parecido a una sacudida y, después, el ruido sordo de algo que cae al suelo.
Es más que evidente que no estaban hablando de mí. Entonces, ¿de quién? Puede que a los nobles no los manden al Muelle Negro por traición, pero, aun así, sí que pueden acabar ejecutados, tal y como hacen con nosotros. La única diferencia es que lo harán en alguna otra parte, aunque no sé dónde.
Aun así, ¿por qué iban a necesitar los de la realeza esa clase de ventaja ? Ellos acabaron con la rebelión y nadie logró escapar a su ira, ni siquiera los nobles que se vieron involucrados.