SEIS #3
Keeva le pone una mano a nuestro padre en el hombro y murmura:
—Maeve se encargará de vigilarla mientras nosotros vamos a por un poco de agua para Finn.
Él la aparta de un manotazo como si fuera un oso zafándose de un enjambre de abejas. Sin embargo, acaba cediendo y acepta con manos temblorosas el cubo que le tiende Keeva antes de salir de casa con él. Me mira por encima del hombro y, después, cierra la puerta a sus espaldas.
Finn y yo estamos solas.
Me tiemblan las manos. El pozo está al final del camino, apenas a unas seis chabolas de distancia, así que solo tengo unos minutos para comprobar si lo que hay en el frasco funciona.
Los labios de Finn están grises como una mortaja y su piel parece fuego .
El líquido negro brillante que alberga el frasco que me saco del bolsillo se me antoja como una tinta hecha de estrellas.
Quito el tapón y acerco el botecito a los labios de mi hermana.
La magia que hay dentro es densa y viscosa, y se desliza despacio hasta cruzar la línea de sus labios como si fuera miel de la medianoche.
Un leve cosquilleo me sube por los brazos y hace que se me erice la piel.
El Susurrador no le ha hecho nada al frasco ni ha dicho nada al respecto antes de guardármelo en el bolsillo de la capa después de que cerráramos nuestro trato.
¿Hacía falta? ¿O quizás un mago pueda manipular de antemano una gota de magia para que cure y surta efecto sobre cualquier clase de herida?
No creo que yo haya sido la primera en lanzarle un puñal a la cara.
Aprieto los ojos con tanta fuerza que un centenar de estrellas inundan la oscuridad de mi mente, y recito una oración para mis adentros. Una oración para las Primigenias, para la Mártir incluso, o para cualquiera que me esté escuchando y pueda ayudarme.
Curadla, por favor.
Aun así, la magia no garantiza nada, y lo sé por las historias que me contaba mi madre.
Los magos se esforzaron todo lo posible por darle forma a la magia que sacaban de los Siete Pozos antes de que el Rey Supremo los drenara, pero el poder es tan volátil como cualquier otro elemento de la naturaleza.
Una llama puede quemar o provocar un incendio.
El mar puede mojarte los pies, pero también arrastrarte a sus profundidades.
Pero, por todas las Primigenias…, esta peligrosa esperanza es un tipo de tentación que no había experimentado en mi vida.
Pasa un rato, pero mi hermana ni siquiera se mueve y se me escapa un sollozo.
Va a funcionar. Tiene que funcionar.
Entonces, Finn abre los ojos de forma repentina.
Jadea y coge aire como si se hubiera ahogado en el mar y acabara de salir a la superficie. Aun así, sus jadeos son nítidos. Las venas de sus ojos se iluminan hasta dos veces con un brillo negro y deslumbrante, y su mirada salvaje se encuentra con la mía.
— No… —Finn se atraganta.
—¡Keeva! —grito desgañitándome la garganta.
Unas pisadas retumban en el suelo y la puerta se abre de par en par. La luz de la luna se cuela en la habitación y Keeva abre los ojos como platos. Un grito ahogado se escapa de sus labios cuando su mirada se encuentra con la de Finn y, en ese momento, se desmaya.
Nuestro padre entra tambaleándose y se deja caer de rodillas junto a mí.
—¿Cómo es posible? —exclama mientras las lágrimas le caen por las mejillas teñidas de rojo.
Finn no deja de mirarme y las lágrimas acumuladas en sus ojos acaban rebosando, pero, aun así, sigue observándome.
—No —murmura con voz ronca.
No tengo la valentía suficiente para contárselo, a pesar de que el secreto me quema tanto como si un veneno se extendiera por mis venas.
El precio que he pagado por su vida ha sido la mía .
En algún momento de la noche, antes de que amanezca y después de que las manchas negras de putrefacción de las yemas de Finn empiece a desvanecerse y de que se le enfríe la piel, me cambio de ropa y me dejo caer en mi viejo y basto colchón, que está al otro lado de la habitación.
El sueño se abre paso tras mis párpados como un humo blanquecino, pero no llega a apoderarse de mí.
Aunque esté en la otra punta, escucho la respiración pausada de Finn que, ahora mismo, me parece el sonido más apacible del mundo.
Sin embargo, soy incapaz de zafarme del malestar que me oprime el pecho ni del escalofrío de miedo que me atraviesa de pies a cabeza.
La misma sensación asfixiante que sentí en la calle me acompaña hasta que la oscuridad de la noche se transforma en el tenue color violeta de los primeros minutos del amanecer. Es entonces cuando decido tratar de ignorar cada crujido, chasquido y susurro del viento que azota nuestra casucha.
Ahí es cuando lo escucho.
Al principio es un ruido lejano, pero se va intensificando conforme el pánico me cala hasta los huesos.
El tintineo sordo de las espadas envainadas y el crujido de las piedras bajo más de una docena de botas.
Ya vienen.
Mi mente grita con desesperación mientras trato de liberarme de las mantas que tengo encima.
De pronto, unos susurros agitados se cuelan por las rendijas de la puerta y el miedo me deja completamente petrificada al darme cuenta de que…
Ya están aquí.