SEIS #2
—Te entrego mi vida si me das la magia que necesito para salvarle la vida a una persona.
Haré lo que me pidas. Pero… —Bajo el tono de voz y el hombre se acerca aún más a mí.
Me obligo a respirar y a ignorar el roce punzante de la afilada hoja—.
Es una vida , así que haré lo que quieras, pero no podrás hacerme daño.
Los ojos aterrorizados de Keeva se clavan en mí y grita:
—¡Maeve, no! Ella no querría que lo hicieras.
—Mi hermana no es nadie para tomar decisiones por mí. Y tú tampoco.
El hombre se gira hacia Keeva y le dice:
—¿La magia es para ella?
—¿Acaso cambia algo? —espeto con resentimiento. No debería importar para quién sea la magia, porque todos merecemos tener la oportunidad de que nos la den cuando más la necesitamos.
Él no responde, sino que desliza la daga por mi mandíbula y sigue el camino que traza la cadena plateada sobre mi cuello hasta que se oculta bajo la tela de la túnica, y yo me estremezco cuando siento que el cosquilleo de su poder disminuye. Entonces, baja la daga.
—Una vida a cambio de otra —insisto—. Promételo.
Lo único que llena mis pulmones es el aroma a cuero, humo y salvia dulce, a pesar de que cada nervio de mi cuerpo me inste a salir corriendo.
Sus ojos verdes se tiñen de astucia mientras se debate entre aceptar el trato o no y me analiza como si estuviera tratando de encontrar la manera de eludir la condición de no hacerme daño.
Percibo un destello de algo indescifrable entre las sombras que inundan su mirada pícara y se inclina hacia mí; lo tengo tan cerca que su aliento me eriza la piel.
—Lo prometo —murmura, colando la mano por el interior de su chaqueta de cuero y posándola justo encima de donde estaría su corazón, si es que tuviera—. Parece que tenemos un trato.
El silencio que nos acompaña de vuelta a casa es ensordecedor.
Nos abrimos paso entre la vaporosa noche que nos rodea y que cae como un velo sobre las piedras. Ahora, la niebla que se enrosca a nuestro alrededor es tan densa que siento como si estuviera estrangulándome con sus tentáculos.
No sé qué es lo que hay en el pequeño frasco que llevo guardado en el bolsillo y que alberga una especie de magia que brilla, al igual que no sé el peso que tendrá la promesa que acabo de hacer.
Aunque el Susurrador decida cumplir con su palabra de no matarme, sigue habiendo muchas y muy distintas formas en las que podría morir de aquí a mañana.
Quizás alguien nos haya visto entrar en esa casa.
Los espías de la Dama de las Sombras podrían haber perseguido a Keeva para comprobar quién le trae los cargamentos de veneno.
O, tal vez, en la próxima esquina nos encontremos con un grupo de guardias de la Garda.
Siento como si llevara una antorcha en la mano que, en cualquier momento, pudiera llamar la atención de los guardias por culpa del trozo de túnica verde que asoma por el corte de mi capa, justo donde la daga del Susurrador estuvo a punto de atravesarme las costillas.
Desandamos nuestros propios pasos a un ritmo lento y bajamos por la colina que va en dirección al Paseo del Muelle. Lo único que rompe el silencio es el crujido de las botas de Keeva.
Me agarra del brazo y murmura:
—No deberías haberlo hecho, Maeve.
Giramos hacia la calle en la que está mi casa, donde Finn espera nuestra llegada.
—Claro que no. —El agotamiento emocional hace que me sea más fácil decir lo que pienso sin contenerme lo más mínimo—. Deberías haberlo hecho tú.
Por un segundo, algo cálido y virtuoso inunda mi pecho, pero me invade el remordimiento en cuanto veo el rostro de Keeva, que refleja el daño que le han hecho mis palabras.
No quería decir eso exactamente, y es algo que me pasa a menudo.
Pero ya no hay vuelta atrás; lo he dicho y punto. La amargura y el dolor que arden en mi interior se apagan tan rápido como se encienden, y solo me quedan las cenizas del arrepentimiento.
Después , me prometo a mí misma. Le pediré perdón después de ayudar a Finn.
Los ojos oscuros y brillantes de Keeva me estudian.
—Si supieras lo que han hecho…
—Pues cuéntamelo.
Retrocede y dice:
—¿Qué?
La fulmino con la mirada.
—Cuéntame por qué esa mujer, por qué esa —bajo la voz— Susurradora no era capaz ni de mirarte a la cara.
O dime cómo sabías que soy igual de rápida con la daga que ese capullo.
—Me acerco a ella y, por un momento, me parece ver un atisbo de culpa en su mirada—.
¿De qué clase de cargamento estabais hablando, Keeva?
¿Qué has estado vendiendo para que estuvieran tan enfadados?
Frunce los labios y aparta la mirada de mí para clavarla en la parte del camino que se funde con las sombras. Miro por encima del hombro por miedo a que alguien se acerque sin darme cuenta.
Pero ahí no hay nadie.
Keeva se arma de valor y dice:
—No es tan fácil. Tú no te acuerdas de cómo era recorrer estas calles unas semanas después de que tu madre… —Aparta la mirada con brusquedad y cierra los ojos con fuerza, como si las palabras fueran a dolerle más a ella de lo que a mí me dolió lo que pasó.
—Ahí fue cuando os conocisteis, ¿no? —pregunto con un nudo en la garganta—. Finn y tú. Después de la ejecución.
—Éramos un par de jóvenes empujadas por la ira —reconoce con una escueta y triste sonrisa—. Y por el dolor. Por aquel entonces, era imposible tener esperanza.
Cuando drenaron la magia de la ciudad, se llevaron consigo todo rastro de esperanza.
—Algunas cosas nunca cambian —digo en un suspiro.
Justo al detenernos en la puerta de mi casa, Keeva me mira de reojo.
—Pero pueden cambiar —murmura cuando abro la puerta—. Y están cambiando.
Lo creeré cuando lo vea con mis propios ojos.
La desvencijada puerta se abre y el olor a podrido que floja en el ambiente hace que se me revuelva el estómago. El hedor impregna toda la habitación y se vuelve más intenso conforme avanzo hacia la esquina en dirección al montón de mantas empapadas que cubren a Finn.
No, por favor.
Su cuerpo da una violenta sacudida. Mi padre, que está arrodillado a su lado, le aparta con un cepillo los enmarañados mechones cobrizos de la frente sudorosa mientras tararea en voz baja.
Un sentimiento de envidia hace que se me encoja el corazón. Él jamás habría hecho algo así por mí.
Pero por Finn sí.