SEIS
L as sombras se ciernen sobre su cuerpo como si fueran una segunda piel.
A pesar de estar en el extremo opuesto de la habitación, sus ojos verdes son como unas llamas brillando en la oscuridad que hacen que me arda la piel.
Avanza hacia nosotras con una elegancia mortal y el fulgor de las velas acaricia los filos de su marcada mandíbula y reflejan el fulgor de, aproximadamente, una docena de dagas envainadas que le cubren el torso por completo.
Ninguna mide más que mi mano, pero el aire amenazante que desprende me deja claro que cualquiera de ellas serviría para rajarme el cuello.
Mi mente aúlla en señal de advertencia justo antes de percatarme de algo que reconozco al instante.
El aroma a sangre que inundaba los caminos de todo el mercado me quema las fosas nasales ahora. Dentro de mi cabeza resuena el silbido de la espada del guardia que pasó volando junto a mi cabeza y, de pronto, las palabras que un hombre encapuchado me dijo entre dientes tras matarlo.
«La próxima vez, apúntale a la garganta».
Noto el peligro flotando en el aire que nos separa en cuanto el hombre sale sigilosamente de entre las sombras.
Los tablones del suelo no crujen bajo el peso de sus pies, a pesar de que sus botas de cuero marrón son casi idénticas a las que llevan los guardias de la Garda; es como si les hubiera robado un par y, aun así, hubiera logrado escapar de ellos y darles esquinazo.
—Tu amiga tiene razón —murmura en un tono delicado a la par que áspero—. Si tuvieras un poco de sentido común, no habrías atravesado esa puerta.
Su voz remueve algo en mi interior y aviva un ápice de rebeldía. Levanto la barbilla y me armo de valor antes de enfrentarme a su impetuosa mirada. Me niego a que alguien me intimide y persuada para no luchar por salvar a mi hermana.
—Si tú tuvieras un poco de sentido común, dejarías de hacernos perder el tiempo y me darías lo que he venido a buscar.
Una repentina y juguetona sonrisa se dibuja en sus labios carnosos conforme levanta una ceja.
—¿Y por qué debería dártelo?
Los hombros de Keeva se tensan, pero los pone rectos para plantarle cara al hombre, que no debe de ser mucho mayor que yo.
—Es tan rápida como tú con el puñal, así que creo que lo mejor que puedes hacer es darle lo que te está pidiendo.
Keeva ignora a posta el hecho de que me saca una cabeza y que, casi con total probabilidad, podría tumbarme sobre mi espalda en una pelea cuerpo a cuerpo en menos de cinco segundos. Al menos Finn tenía razón en eso: se me dan mejor las dagas que los puños.
Aunque tampoco tengo intención de permitir que un Susurrador se acerque tanto a mí como para ponerme las manos encima.
Lo que me llama la atención es la forma en la que se hablan Keeva y él, como si se conocieran de mucho antes, y no desde hace unos segundos como yo.
El hombre ladea la cabeza y sus ojos me recorren de arriba abajo.
Mientras tanto, acaricia con un dedo el filo de la empuñadura más baja de todas las que lleva pegadas al torso, sobre la chaqueta de cuero descolorido que cubre su túnica negra.
Me fijo entonces en una vaina con forma de espada que cuelga de su costado, pero está vacía.
—Ah, ¿sí?
En un abrir y cerrar de ojos, se convierte en un borrón de sombras y destellos metálicos, y siento que va directo a mis costillas antes de que el silbido de un puñal llegue a mis oídos y consiga saltar hacia atrás para que no me alcance.
Logro evitar que su daga me alcance la piel, pero, aun así, sí que me hace un corte en el dobladillo deshilachado de la capa, por lo que la túnica verde que llevo debajo queda a la vista.
Se le contrae la mandíbula al clavar la mirada en la túnica antes de que sus ojos vuelvan a encontrarse con los míos.
—Bonito color para una túnica.
Se me encienden las mejillas y, por un momento, doy gracias a la negrura que invade la habitación.
—No tengo tiempo para gilipolleces.
Los peligrosos ojos verdes del hombre me fulminan, pero aprieto la mandíbula al tragarme el miedo.
Ahora mismo, solo hay una cosa que me aterra de verdad y ni por asomo tiene algo que ver con él.
Lo que me da miedo es perder a Finn, y ese miedo eclipsa todo lo demás, pero también me provoca tal desesperación que tengo que luchar por que mi cara no dé pistas de lo que estoy sintiendo.
—Así que, si no te importa —continúo—, me gustaría que nos pusiéramos manos a la obra.
—¿Y qué es eso que tanto necesitas? —El hombre se acerca más a mí y la luz de las velas ilumina el contorno de una cicatriz fina y ramificada que se extiende bajo la barba incipiente que le cubre la mandíbula; me recuerda a un relámpago en mitad de la noche.
La mano de Keeva me roza la muñeca, como si quisiera comprobar que estoy segura de mi decisión sin decir ni una palabra.
Me zafo de su mano y me enderezo más aún.
—He venido a comprar magia.
El mero hecho de pedir magia se considera traición. Si alguien se enterara, los guardias de la Garda me sacarían a rastras de la cama y me ejecutarían sin dudarlo, que fue justo lo que le hicieron a mi madre.
Nadie se mueve y en el ambiente flota tal tensión que el crepitar de las mechas de las velas se convierte en un estruendo.
—Magia —exclama el hombre riéndose por lo bajo, aunque su risa es amarga—. Si has venido a por una poción de amor, lamento decirte que no puedo ayudarte.
—No quiero una poción de amor —gruño entre dientes. Jamás sería tan estúpida como para jugarme la vida por algo así. Ni soy hija de un noble ni tampoco estamos en el Ensayo.
El hombre se limita a parpadear, pero sus largos dedos rozan el mango de la daga más grande, la que lleva en el costado derecho. Cada centímetro de su cuerpo está colmado de músculos que solo pueden deberse a años y años de entrenamiento. Entonces, ladea la cabeza y alza una ceja.
Me reta con la mirada, como si supiera lo que voy a decir.
Trago saliva y suspiro.
—Necesito magia para salvarle la vida a alguien.
Su rostro no refleja emoción alguna. No hay nada que me ayude a averiguar lo que se esconde tras esos ojos verde oscuro, excepto una breve mirada que le lanza a Keeva, que está de pie a mi lado, tensa.
Keeva se mueve inquieta cuando el hombre se acerca más a nosotras. Al detenerse para observarme, su máscara sombría se resquebraja por un instante. Y, aunque ha sido demasiado breve, me ha parecido vislumbrar un atisbo de dolor tras esa mirada severa, pero desaparece en cuanto respiro hondo.
—No puedo venderte magia —murmura.
Escucho los trozos de mi corazón haciéndose añicos.
—Si aquí nos dedicáramos a venderle magia a todo el que pierde a alguien que le importa, nos habríamos quedado sin reservas hace ya mucho tiempo —continúa, negando con la cabeza mientras agarra con fuerza la empuñadura de la daga—. Lo siento, tanto si me crees como si no.
—Espera. —Esto no está yendo como había previsto, sobre todo teniendo en cuenta que lo estoy arriesgando todo . Entierro las manos en los bolsillos de mi túnica y rebusco con dedos temblorosos las pocas monedas que llevo encima—. Puedo pagarte. Y puedo conseguir más…
—No queremos dinero —exclama con rabia—. Y, antes de entrar, te han avisado de que te arriesgabas a que nos negáramos.
Me quedo paralizada cuando me atraviesa con la mirada. Doy un paso atrás por puro instinto y luego otro. Aun así, su cuerpo se alza sobre el mío y me fijo en los amenazantes y marcados músculos que se mueven bajo el cuello pronunciado de su túnica negra.
De pronto, me vienen a la mente los años aprendiendo a combatir y a usar las dagas que compartí con Finn.
«Si dudas, estás muerta».
No pienso permitir que esas manos letales me toquen.
Con una mano, alcanzo el puñal de hoja fina que llevo en el costado; se parece a un cuchillo, pero es más largo, aunque igual de ligero. Y no dudo ni un segundo en arrojarle el puñal, que atraviesa el aire con un silbido.
Keeva maldice en voz alta, pero, aun así, no aparto los ojos de mi objetivo.
El hombre contiene la respiración cuando un mechón oscuro le cae en el hombro y un hilo rojo le baja por la sien hasta donde le nace el pelo. Se lleva una mano a la línea carmesí y, en cuanto la toca, su mirada se oscurece y nuestros ojos vuelven a encontrarse.
—Has fallado.
Entonces, recorre la distancia que nos separa en un abrir y cerrar de ojos, y yo retrocedo hasta que mi espalda choca contra la dura pared de rocas que engloba la habitación.
Cada uno de sus movimientos es grácil, intencionado y resuelto.
Escudriña mi rostro con esos ojos verde oscuro y se acerca tanto a mí que casi puedo saborear su olor.
Un olor a humo y a cuero, pero también a algo más, algo cálido y especiado a la par que dulzón… ¿Salvia, tal vez?
—¿Tan desesperada estás por conseguir magia? —Su mirada taimada esconde algo que no logro descifrar. Una mirada peligrosa pero cautivadora. Como unas gotas de venenos vertidas en una copa de vino—. Entonces, ofréceme un trato que no pueda rechazar.
—Esta semana nos llega otro cargamento —interviene Keeva, poniéndome una mano en el hombro—. Un cargamento de armas de todo tipo. Y también he conseguido un nuevo proveedor que tiene acceso a las catacumbas que…
El hombre levanta la daga y la posa sobre la garganta de Keeva.
—No quiero hacer tratos contigo —espeta—. Gracias a ti, tenemos bienes de sobra para abastecernos durante todo el mandato de cualquier Rey Supremo. —Me señala con la cabeza y añade—: Quiero hacer un trato con ella .
—Una vida a cambio de otra —exclamo sin dudar un segundo.
Keeva ahoga un grito mientras que el hombre, tras apartar la daga de su cuello, ladea la cabeza y se detiene a observarme. Entonces, acerca la daga a mi cuello poco a poco y con aire burlón, y lo acaricia con la hoja hasta detenerse en la cadena de plata que desaparece bajo el escote de la túnica.
Una repentina chispa de curiosidad se cuela en su mirada severa.
—Sigue —responde a regañadientes.
Reprimo un escalofrío al sentir su daga sobre mi piel y le digo: