CINCO #2
—Pues pide lo que necesites —dice al fin mientras abre la puerta lo bastante como para que podamos adentrarnos en el sombrío salón de la casa—. Pero, si nos negamos, no hay marcha atrás. —Deja la puerta abierta y nos mira.
He llegado demasiado lejos como para echarme atrás ahora.
Estrecho el filo de la ennegrecida puerta entre mis dedos justo antes de dar un paso al frente y tirar de Keeva para que me siga. Y, de buenas a primeras, la negrura nos engulle.
La respiración entrecortada de Keeva es lo único que rompe el silencio.
Lucho por frenar los acelerados latidos de mi corazón tras dejar que las sombras me abracen.
De pronto, una llama verde se enciende a mi izquierda, a pesar de que no escucho el chasquido de ninguna cerilla, e ilumina las mejillas huesudas de la anciana, que levanta una pequeña lámpara con cristales de colores que encierra la llama.
Por eso se verá de ese color verde. De hecho, hasta sus inquietantes colmillos adquieren ese matiz.
Nos hace una señal para que la sigamos y la lámpara verde es lo único que alumbra el interminable pasillo que recorremos.
Conforme avanzamos, apenas alcanzo a vislumbrar lo que hay a nuestro alrededor: un reluciente jarrón de bronce con algún tipo de flor silvestre amarilla, unos retratos de tonos intensos y apagados rodeados por unos marcos que se han ido ensuciando con el paso del tiempo y unos tapices tejidos con hilos brillantes que titilan al reflejar la extraña llama.
Noto algo suave y cálido que me roza la pierna, pero la oscuridad me impide ver lo que es, y me llevo la mano al puñal que tengo en la cadera sin pensarlo.
Al segundo, escucho un tenue siseo.
—Como la toques —gruñe la anciana en tono de advertencia—, te mato.
Dejo escapar el aire contenido en los pulmones y suelto la empuñadura.
Los pasos de la anciana, que son cortantes y agudos, parecen agujas que enhebran las sombras conforme me voy abriendo paso entre ellas.
Keeva me sigue tan de cerca que siento su respiración en la nuca, y noto que se le acelera cuando subimos por unos escalones estrechos hasta la segunda planta y, después, hasta la tercera.
Una puerta de madera oscura tan pulida que refleja la llama se abre y las sombras que alberga en su interior se escapan.
Hay una docena de velas encendidas encima de una mesa que proyectan un delicado resplandor naranja en el centro de la habitación, aunque las esquinas siguen sumidas en la penumbra, y el aire está impregnado de un inconfundible aroma a cerillas encendidas.
Recorro la habitación con la mirada y me doy cuenta de que no hay ventanas ni más puertas.
No hay ninguna salida.
La anciana mueve la mano con brusquedad y señala un banco bajo con cojines.
—Sentaos.
No es un ofrecimiento, sino una orden, y lo noto por el severo tono de su voz, así que Keeva y yo nos sentamos.
Los labios de la anciana se curvan en una sonrisa unos segundos antes de darse la vuelta, a lo que le sigue el silbido de su capa, y sale por la misma puerta por la que hemos entrado.
Me sobresalto en el sitio y me quedo atónita cuando escuchamos un leve chasquido.
Keeva resopla y murmura:
—No deberías haberlo hecho, Maeve.
—¿En serio? —Me giro para mirarla—. Estaba a punto de cerrarnos la puerta en toda la cara.
Duda un segundo.
—Quizás eso habría sido lo mejor.
El hilo de un dolor desgarrador me atraviesa el alma. Saboreo su promesa envenenada y me esfuerzo todo lo que puedo por enterrarlo en lo más profundo de mi ser, y cierro la puerta a los recuerdos que me hacen revivir ese angustioso sentimiento.
No puedo dejar que vuelva.
Para mí, transformar el miedo en rabia es tan fácil como respirar.
—Como vuelvas a decir eso —espeto con brusquedad, fulminándola con la mirada—, vamos a tener un problema.
Keeva niega con la cabeza y se pasa la mano por las impecables trenzas.
—Estos son los Susurradores. Y te puedo garantizar que el precio que te pidan por ofrecerte su ayuda va a ser demasiado alto como para que merezca la pena pagarlo. No aceptes nada de lo que te ofrezcan. Ella no querría… —Su voz se quiebra—. Ella no quiere esto para ti.
El corazón me da un vuelco.
—He visto la herida que tiene Finn en el costado, Keeva, y no era reciente.
Sé que no se la han hecho hoy los guardias de la Garda en el mercado.
Y, de hecho, no vi que te sorprendiera en absoluto —exclamo, mirándola con los ojos entrecerrados—.
Sé que tú también estás involucrada en esto.
Todavía no sé de qué forma, pero no soy tan estúpida, así que no intentes decirme qué debo o no debo hacer para salvarla.
—Me da igual lo que pienses de mí —dice en tono cauto, levantando una mano—. Pero piensa , Maeve. No se puede huir de este tipo de situaciones. Finn no querría que te pusieras en peligro, y menos con esta gente.
Las velas parpadean y las sombras cambian en la esquina opuesta de la habitación.
Por el rabillo del ojo, veo algo que se mueve y, de buenas a primeras, unas extremidades largas se deslizan a través de la aterciopelada oscuridad que se acumula en el rincón más alejado.
Mierda.
No hemos comprobado si había alguien más aquí.
Una voz ronca y funesta resuena en mitad de la penumbra.
—Deberías haberle hecho caso.