CINCO
E l roce de la espesa niebla me provoca un cosquilleo en la piel desnuda conforme Keeva me conduce por los lugares más recónditos del distrito mercantil.
—¿Alguna vez te has preguntado por qué se marchó la Mártir? —Observo las tenues estrellas que titilan sobre nuestras cabezas—. Nos abandonó . A todos los habitantes de la isla.
Keeva me mira por encima del hombro y me lanza una mirada cómplice.
—Cuidado con lo que dices, Maeve —me advierte—, sobre todo cuando hables con la persona a la que vamos a pedirle ayuda. Si no juegas bien tus cartas, te darán con la puerta en las narices. Eso si tienes suerte de que no te atraviesen con un puñal antes.
—A ver si se atreven… —respondo en tono burlón. Aunque mis palabras suenan más valientes de lo que soy en realidad, la mirada de Keeva me deja claro que me tiene más que calada.
—Créeme, no te interesa enemistarte con esta gente.
Le doy una patada a un adoquín suelto y digo:
—Me estoy empezando a cansar de tanto tener que creer a los demás.
—Te puedo asegurar que a mí también me cansan muchas de las cosas que pasan en esta ciudad —espeta Keeva con una mirada sombría.
Sus palabras me dejan perpleja.
—¿A qué te refieres?
—A nada. —Se pasa una mano por la cara y añade—: Olvida lo que te acabo de decir.
No me queda más remedio que morderme la lengua. Otra vez.
Sobrevivir ; eso es lo que tenemos que hacer. Es lo que necesito que haga Finn, sin importar los secretos que me esté ocultando. Lo único que me importa es que ambas sigamos vivas y juntas.
Las calles del distrito mercantil son más anchas.
Esta parte de Dyfflin es la que está más alejada de los muelles y se va elevando por la ladera de la montaña donde el castillo del Rey Supremo se alza imponente.
Hay indicios del Ensayo por todas partes, como los retazos de tela teñida con los colores de las familias nobles más antiguas de la isla.
Ya he perdido la cuenta de cuántos estandartes distintos hay colgados de las esquinas de alféizares cubiertos con cristales claros en lugar de manchados de mugre.
Siete, ocho… No, tienen que ser siete estandartes distintos.
Las sombras hacen que los tonos parezcan distintos. Uno parece de un color verde oscuro de una tinta refinada, o de un azul oscuro como el océano. Sin embargo, no hay ninguna familia noble que utilice ese color para sus estandartes; al menos no que yo sepa.
¿Fueron una o dos las familias nobles a las que liquidaron por completo tras la última rebelión?
El recuerdo que guardo tanto de la rebelión como de sus secuelas es muy difuso, y está mancillado por el miedo y el dolor.
De pronto, escucho unas voces cuando la puerta de una bodega que hay al final de un camino a nuestra izquierda se abre y salen varias parejas tambaleándose; huelen a vino fino, a tabaco de pipa y a las melosas hojas de nabiza que crecen en las colinas del interior.
Están discutiendo entre ellos y debatiendo sobre las habilidades y los méritos de las hijas de nobles, o tal vez de sus casas. No consigo enterarme bien.
Tengo las pantorrillas resentidas por la inclinación del camino y la sal hace que me pique la piel, pero no la de la brisa marina, sino la de mi propio sudor.
La mayoría de las personas que viven en estas mansiones de piedra gris tienen algún tipo de conexión con el Rey Supremo y su corte, o se les ha concedido acceso a los mercados extranjeros por ser mercaderes.
No obstante, si hay sangre azul corriendo por las venas de algunos mercaderes, no es que abunde; o son nobles a quienes se les han otorgado sus títulos recientemente, o bien son mercaderes con una orden real.
Lo que está claro es que ninguno de e llos tiene la más remota idea de los problemas que debemos afrontar el resto de la ciudad ni de lo que es luchar.
Nos cobijamos en las sombras que se extienden por la calle para tratar de no llamar más aún la atención, aunque no es fácil. Keeva va unos pasos por delante de mí y echa un vistazo por encima de las ventanas cerradas de una mansión.
—Por aquí —murmura antes de meterse por un pequeño callejón que gira a la izquierda desde una calle oscura invadida por la niebla.
En el callejón privado que va estrechándose conforme avanzamos por él, no hay ventanas, solo paredes de piedra gris y un ligero aroma al musgo que se abre paso entre las grietas de los adoquines.
El callejón serpentea entre la parte trasera de dos mansiones altas, una a mi izquierda y otra a mi derecha, y nos va alejando cada vez más de la calle ancha que dejamos atrás.
Las piedras frías que rodean el camino me provocan un escalofrío.
Keeva se gira para mirarme y señala con la cabeza hacia delante.
Al final del estrecho callejón hay una mansión de tres plantas, también de piedra gris, que se alza entre las sombras.
Solo hay dos angostas ventanas que apuntan hacia nosotras, una en la segunda planta y otra, en la tercera.
La puerta principal es lisa y modesta, con una pesada aldaba de latón incrustada en la desgastada madera negra.
Conforme nos acercamos, distingo un leve destello y me percato del impreciso grabado con forma de serpiente con un par de alas curvadas.
Keeva se detiene y me doy cuenta de que está demacrada.
—Déjame hablar a mí. Si Finn se entera de que te he traído aquí…
Me trago el nudo de la garganta y respondo:
—Bueno, si al final esto no sale bien, tampoco se va a enterar.
Un atisbo de tristeza empaña su mirada tierna.
—¿Crees que no lo he pensado, Maeve? ¿Que no sé exactamente lo que va a pasar si esto no funciona?
Al segundo, me arrepiento de haber abierto la boca y la desazón de mis impertinentes palabras se queda flotando en el aire.
—Lo siento.
—Olvídalo —murmura Keeva tras soltar un intenso suspiro. Se ajusta la túnica, que le queda algo suelta, como si se hubiera puesto nerviosa de repente, y alisa la tela con las manos antes de levantar la cabeza y enderezar los hombros—. El plan es entrar y salir cuanto antes.
Agarra la pesada aldaba de latón y golpea con ella una, dos y tres veces, y luego da un golpe más.
En el callejón solo se escuchan nuestras respiraciones entrecortadas, pero la mente me juega una mala pasada y se imagina el creciente alboroto de los pies de los guardias de la Garda marchando sobre el empedrado.
Los latidos se me disparan al escuchar el crujido de unas viejas bisagras.
La puerta se abre y una mujer mayor sale y se funde con la niebla que se enrosca sobre los muros de piedra. Lleva una capa de un azul marino tan oscuro que casi parece negro y sus ojos negros brillan al observar a Keeva de arriba abajo; creo que la conoce.
— Tú… —murmura antes de girar la cabeza hacia mí y fulminarme con la mirada—. ¿Y esta quién es?
—Eso no importa. —Las palabras de Keeva me duelen, pero me consuela saber que lo que está haciendo en realidad es que la anciana no centre toda su atención en mí—. Necesito un favor.
La anciana suelta una sonora carcajada que me permite distinguir unos dientes afilados como cuchillas que podrían arrancarme la garganta de un mordisco.
—¿Un favor? Y yo que pensaba que vendrías a suplicar perdón. Hiciste un juramento, muchacha, y…
—Estaba en la calle —la interrumpe Keeva—. Vi lo que pasó. Y sé… Sé que es culpa mía.
¿Cómo es posible que Keeva tenga la culpa de la masacre que han perpetrado los de la Garda? Es absurdo.
—Pues claro que es culpa tuya —masculla la anciana, que tiene una mano metida en el bolsillo.
De pronto, un extraño olor metálico nos envuelve y hace que me duelan los dientes—.
Te advertimos de que esto podía pasar y, aun así, decidiste seguir vendiendo esos frascos tuyos uno tras otro.
Si de verdad pensabas que íbamos a ayudarte, lamento decirte que has perdido el tiempo viniendo hasta aquí.
—Se lo vendí para ayudaros . —Jamás había escuchado a Keeva hablar en un tono tan bajo—. Hemos arriesgado nuestras vidas para ayudaros a todos. Así que espero que las Primigenias estén de mi lado, porque como se te ocurra cerrar esta puerta, te juro que…
El aroma metálico se intensifica y siento un cosquilleo que me eriza los vellos de la nuca.
Keeva se tensa y arruga la nariz por el fuerte olor justo cuando la anciana saca la mano que tenía metida en el bolsillo y me percato de que tiene un…
¿Qué demonios es eso? Un hilo de un líquido flotante negro y viscoso que se arremolina sobre su muñeca como un brazalete y que desaparece bajo la capa que le tapa el brazo.
Entonces, le muestra los afilados dientes a Keeva y exclama:
—Si cierro la puerta, ¿qué?
A pesar de las sombras, juraría que el blanco de los ojos de la anciana se tiñe de negro por completo.
Keeva ahoga un suspiro y la mujer nos dedica una sonrisa maliciosa antes de decir:
—Será mejor que os vayáis a casa, las dos.
Sus palabras suenan más como una amenaza que como un amable consejo.
La mujer retrocede un paso y vuelve a fusionarse con la oscuridad que se extiende tras la puerta. No obstante, cuando escucho el crujido de las bisagras, una sensación de pánico me invade. Es la única que puede ayudarnos y, si dejamos que cierre la puerta…
—¡Un momento! —Las palabras se escapan entre mis labios antes de que pueda frenarlas, pero consigo que la puerta se detenga.
—Maeve, déjalo… —murmura Keeva, agarrándome del brazo.
Me zafo de su mano y me enderezo para encarar a la anciana de dientes puntiagudos.
Esta me escudriña con la mirada como si fuera un gato a punto de cazar a un ratón. Es como si hubiera relámpagos crepitando tras sus ojos, y el aire parece cargarse conforme la niebla se cierne sobre nosotras.
—Estoy dispuesta a ofrecerte lo que me pidas. Y, sea cual sea el precio, lo pagaré. —Una vez más, mis palabras demuestran más valentía de la que siento. Y Keeva tira de mí para que nos vayamos, pero me niego—. Solo necesito un favor.
Los ojos de la anciana vagan sobre mi piel como si fuera un veneno y el miedo me paraliza durante todo el tiempo que me observa sin pestañear.