Una tentación de susurros y lobos CUATRO
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CUATRO

U n olor a sangre, cobre y sal me inunda los pulmones al seguir a Keeva en dirección al distrito mercantil mientras atravesamos el abrazo matutino de la noche que envuelve a las calles.

No queda ni rastro de la brisa purificadora del mar ni del reconfortante eco de las olas cuando nos adentramos en los barrios marginales, donde la cuesta del Camino del Rey se abre paso por el Paseo del Muelle y conduce hacia el Castillo del Monte.

Solo escucho los martilleantes latidos de mi corazón y el chapoteo de mis botas sobre el fango, a los que acompañan el miedo mordaz por no saber qué pasará si nos pillan.

El empalamiento es una muerte lenta y agonizante, ya que lo más habitual es que se tarde días en morir. Y nadie en Paseo del Muelle se atrevería a ahorrarle ese sufrimiento a los condenados por miedo a que uno de los guardias de la Garda le acuse de traición.

Los dejamos morir para protegernos a nosotros mismos.

Pero con Finn… siento una certeza que hace que me ardan los huesos.

No pienso permitir que sufra.

—¿Por qué no ha funcionado la tintura? —pregunto en un susurro mientras nos sumimos en las profundidades de la noche. A juzgar por la posición de la luna en el cielo, no creo que hayan pasado más de un par de horas desde la medianoche.

Keeva respira hondo y responde:

—La tintura que probé sirve para combatir infecciones. Pero, cuando se trata de un veneno, no todos se revierten con un simple antídoto, Maeve. O si, por ejemplo, ese veneno llevaba huesos de mago molidos… —Niega con la cabeza.

—Las dos sabemos que no es más que una leyenda —exclamo, negando con la cabeza también.

No queda nada de magia, y mucho menos huesos de magos antiguos.

Los ojos oscuros de Keeva contemplan el empinado Camino del Rey. Se muerde el interior del labio inferior, como si estuviera debatiendo algo para sus adentros, pero despeja la duda que la asalta en un segundo.

—Vamos —murmura.

Aunque ya han pasado horas desde la masacre de la Garda, nadie ha venido a limpiar la sangre ni a llevarse los cadáveres; cuerpos que yacen esparcidos por el suelo y por todas las calles laterales que salen desde el Camino del Rey, flotando sobre charcos de barro teñidos de carmesí.

Me ajusto la capa y me cubro con ella.

Nada de esto es normal ni está bien. Y el hecho de que nadie sea capaz de mover ni un maldito dedo para revertir la situación no significa que no sea grave.

Al igual que tampoco tenga sentido nada de lo que está pasando.

El Rey Supremo siempre ha sido afamado por su crueldad, pero creo que todo esto va mucho más allá. Se trata de un acto demente, azaroso y aleatorio. Y, si a eso le sumamos la escasez de grano y la subida de los precios, pronto tendrá que hacer frente a otra rebelión, no me cabe duda.

Cuando las personas pasan hambre, las invade la desesperación. Y las personas desesperadas están dispuestas a arriesgarlo todo cuando creen que existe un mínimo de posibilidades de que la situación cambie; cuando hay esperanza.

Tomamos una curva del Camino del Rey que conduce desde el Paseo del Muelle hasta el distrito mercantil y, de repente, me quedo petrificada.

A pesar de las altas horas de la noche, está todo repleto de guardias de la Garda que se mezclan entre la muchedumbre y, si alguno de ellos se percata de la túnica verde que llevo bajo la raída capa, estoy muerta. El pánico ha sido el causante de que se me olvidara quitármela antes de salir.

Por todas las Primigenias… Creo que nunca había visto a tantos guardias en un mismo lugar.

No hay docenas de ellos, sino cientos.

Los bodhráin resuenan con un ritmo profundo y constante, y los golpes en los antiguos tambores de guerra hacen que hasta la bruma de la noche que nos envuelve se agite con violencia, y juraría que el viento arrastra el fragor hasta lo más alto del Castillo del Monte.

Entonces, se une la melodía de una gaita mientras el viento húmedo agita estandartes de todos los colores.

Un solitario grito de júbilo surge desde el otro extremo del Camino del Rey justo por las puertas por las que se accede a Dyfflin.

Nadie puede entrar ni salir sin tener un permiso y, de hecho, cuestan dinero.

Siempre he dado por hecho que ese es precisamente el motivo por el que Finn ha estado robando monedas del puesto de las armas de nuestro padre, para que podamos costearnos el permiso para salir.

Para escaparnos a algún lugar tranquilo. A algún lugar seguro.

A pesar del silencio, hay tantas personas apiñadas que no podemos ver nada más allá del espacio que se abre justo delante de nosotras, y los guardias de la Garda parecen más que preparados para darle una paliza a cualquiera que se atreva a intentar salir de ahí.

El ritmo de los bodhráin se acelera y, al segundo, se le suman el ruido de unos ligeros cascos que retumban contra el camino empedrado, hasta que aparecen seis enormes caballos negros tirando de un carruaje aún más oscuro con unos revestimientos lustrosos, el primero de una procesión que empieza a cruzar las murallas de la ciudad.

Nadie se atreve a mover ni un dedo ni a abrir la boca.

Lo único que se escucha, además del crujido de las ruedas de los carruajes y los cencerros de los caballos galopando, es el constante compás de los tambores de guerra.

Sin embargo, nada de eso eclipsa el olor a sangre que se aferra obstinadamente a la niebla.

—El Ensayo —le susurro a Keeva.

Ella asiente y observo la arruga de preocupación que se le dibuja en la frente oscura.

—Ya están aquí.

Supongo que es bastante apropiado que Berach el Astuto, el primer Rey Supremo que hubo hace siglos, nombrara el concurso para casar a su heredero en honor al proceso de los herreros para analizar la dureza de los metales con las que fabrican las espadas, las hachas y las hojas.

Al fin y al cabo, sus armas no traen más que muerte, al igual que la guerra que les arrebató el poder a las Primigenias para otorgárselo a Berach.

Quizás no sepa demasiado al respecto, pero hasta los niños de la ciudad conocen esas historias. Aprendemos a caminar con una mano apoyada en las jaulas oxidadas que construyen para nosotros y oímos los lamentos por la sangre derramada antes incluso de salir de la cuna.

El repiqueteo de los carruajes me provoca una sensación entre amargura y asco. Solo una de las hijas de nobles de las que llegan hoy sobrevivirán. En esta lucha por el poder, no hay cabida para la compasión, solo para las armas, la sangre y una ambición tan letal como el fuego de las fraguas.

Mi madre nos contó que, durante el Ensayo que se celebró cuando nuestro Rey Supremo actual eligió a su primera reina, las hijas de nobles abordaron a la única campesina a la que habían elegido para participar en representación del pueblo con la única intención de acabar con cualquier atisbo de esperanza.

Nadie las detuvo cuando colgaron a la campesina en el salón del banquete justo antes del segundo reto y la dejaron desangrarse por completo delante de toda la corte.

El ritmo de los tambores se vuelve frenético y los guardias empujan a la multitud con más fuerza mientras los obligan a gritar con entusiasmo y aplaudir hasta que los vítores se extienden por la brisa nocturna.

Al rato, la ventana de uno de los carruajes que están pasando por delante de nosotras se abre lo bastante como para entrever a una de las chicas que va dentro.

La tenue luz de la luna hace que las gemas entretejidas en su cabello emitan un destello y revela unas hermosas rosas rojas con tallos pintados de negro que se enroscan alrededor de la ventana.

Un repentino escalofrío me sube por la espalda cuando veo el carruaje blanco que le sigue y del que tiran unos caballos enormes cuyos cabestros están decorados con rubíes y con unas trenzas adornadas con rosas blancas y piedras preciosas del color del océano.

Mientras pasa el majestuoso carruaje, un silencio tan sepulcral como peligroso se apodera de la multitud cuando vislumbramos a la noble que nos observa a través de la ventana, que lleva la nariz tapada con un pañuelo.

Un hilo de tensión se propaga entre la multitud y noto que la sangre de mis venas se congela. El rojo y el negro son los colores del Rey Supremo y de su linaje real, mientras que el blanco y el azul son los colores de la Reina Suprema y de Cymrea.

Busco el brazo de Keeva con la mano y ella me sujeta por el codo, y ambas nos apretamos contra la otra cuando la muchedumbre empieza a irritarse y los guardias echan mano a las espadas que llevan en sus costados.

Vemos otro carruaje que se acerca a nosotras y el revestimiento es… ¿dorado?

No.

Es de color ámbar y negro, pero ese brillo dorado…

Al instante, me doy cuenta de que es el resplandor de unas monedas que salen del interior del carruaje.

Me fijo en la muñeca cubierta con seda marrón y bordados de oro que arroja preciosas monedas de oro a puñados por la ventana del carruaje ámbar y negro.

La gente se abalanza en masa para atraparlas en el aire o se agacha para rescatarlas del suelo.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, la tensión que había en el ambiente se disipa.

Contemplo cómo el carruaje blanco, que había desatado tanta ira entre los presentes, avanza hacia el distrito mercantil y oigo los vítores que van en aumento.

Pero, en cuanto se disipa entre la bruma, el carruaje ambarino avanza a paso lento junto a nosotras y la noble que va dentro tira lo que me parece una cantidad ingente de monedas.

La rabia hace que se me erice la piel.

No me extraña que la rebelión fracasara teniendo en cuenta lo veleidoso que es el pueblo.

—Se nos acaba el tiempo —murmuro en un tono de voz tan bajo que, por un momento, dudo que Keeva me haya oído.

Y, a decir verdad, mis palabras no solo hablan por Finn.

La mirada oscura de Keeva barre la multitud y responde:

—Sí. Se nos acaba el tiempo.