TRES #3
De pronto, nuestro padre le da a Finn un golpe entre los omóplatos y, por fin, parece que el aire se abre paso por su garganta, aunque suena como si hubieran roto un cristal.
Después, vuelve a tomar aire y nuestro padre le da otra palmada que siento como un puñetazo en el estómago, y Finn se deja caer en las sábanas con la sangre goteándole entre los dientes.
Solo he visto llorar a mi hermana una vez en toda mi vida, que fue justo después de que ejecutaran a nuestra madre.
A partir de ese momento, me obligó a entrenar con armas y empezó a robarle monedas a nuestro padre.
Sin embargo, ahora que está tendida sobre su propio vómito y sangre y respirando con dificultad, como si cada jadeo le supusiera el mayor esfuerzo del mundo, rompe a llorar.
Y, aunque el miedo me deja paralizada, saboreo la sal de mis propias lágrimas.
Finn se levanta la túnica y, sin dejar de resoplar, se mira la herida del costado. Por todas las Primigenias… Ahora, las ramificaciones negras que salen del corte le cubren la zona de las costillas. Los dedos de Finn suben con rabia y angustia por su caja torácica en dirección a…
Las palabras mueren en mi boca.
En dirección a su corazón.
Mi hermana tiembla y se estremece con tanta violencia que le castañean los dientes y la montaña de mantas que tapan su cuerpo se sacuden sin parar.
Cada una de sus respiraciones agitadas hace que me estremezca.
Al ver la herida de Finn, Keeva se tapa la boca con la mano y me mira horrorizada. Solo las Primigenias sabrán qué clase de veneno se extiende con tantísima rapidez.
Una sensación de desesperación me invade hasta la médula, pero no pienso darme por vencida.
Finn es lo único que me importa en este mundo y no estoy dispuesta a perderla.
Al minuto, el ataque de tos disminuye, pero su aspecto no ha hecho más que empeorar.
Keeva le acaricia las mejillas y susurra:
—No te voy a engañar. Tienes tan mala cara que parece que los magos te han desterrado y luego te han intentado revivir. —Keeva intenta sonreír, pero la línea fina de sus labios es tan poco convincente como el débil tono de su voz.
—Pero. Me. Quieres —exclama Finn entre jadeos conforme agarra la mano de Keeva.
Y no es una pregunta, sino que mi hermana lo dice como si no tuviera la menor duda.
Keeva se arma de valor y responde:
—Siempre. —Sus palabras suenan a promesa. Se traga las lágrimas y añade—: Tú y yo, siempre.
Se me escapa un sollozo.
La mirada vidriosa de Finn busca por la habitación el origen del ruido e intenta girar la cabeza que descansa sobre la fina almohada, pero lo único que consigue es volver a toser.
—¿Maeve? —murmura.
—Estoy aquí. —Mis lágrimas emborronan la oscuridad de la noche que se cuela por las ventanas—. Te vas a poner bien, te lo prometo.
—No… —susurra, intentando negar ligeramente con la cabeza—. No. —Finn forcejea contra las mantas y su mirada afligida se encuentra con la mía. Unas perlas de sudor le empapan la frente.
—Sí, lo harás. —Le sujeto la cara con ambas manos sin molestarme en limpiarme las lágrimas que empapan mis mejillas—. Voy a buscar ayuda.
Los ojos atemorizados de Finn se posan en Keeva y le lanzan una mirada de advertencia.
—Nada… —Finn vuelve a toser—. Peligroso. —Su garganta se mueve arriba y abajo al intentar tragar mientras una de sus manos me agarra con fuerza la muñeca—. Promételo.
—Te lo prometo —exclamo enfatizando cada una de las palabras para que sepa que no pienso fallarle, que puede confiar en mí. Y que no debe tener miedo por mí—. Te prometo que voy a salvarte.
Las lágrimas brotan de sus ojos hinchados cuando me inclino y le doy un beso en la frente. Entonces, susurro para mis adentros una oración a las Primigenias, incluso a la Mártir en la que ya apenas creo. Por favor, mantenedla a salvo .
—Cuida de ella —le digo a nuestro padre, que sigue merodeando por el rincón más alejado de la estancia.
Observo cómo su endeble pecho se estremece, débil tras tantos años de un amargo dolor, alcohol y violencia.
Sus ojos cansados reflejan un brillo severo al escucharme y, por un segundo, me viene el vago recuerdo del hombre que era cuando yo no era más que una niña, el hombre del que se enamoró mi madre.
Finn jadea al intentar tomar aire justo cuando nuestro padre se acerca a nosotras, se agacha y le limpia a mi hermana la sangre de los labios.
Retrocedo con las manos temblando y arrastro a Keeva conmigo.
—No podemos dejarla morir —susurro mientras parpadeo para aliviar el escozor de las lágrimas.
Los ojos como el carbón de Keeva se oscurecen más aún, pero distingo un brillo de algo extraño, como si estuviera resignándose.
—Conozco a alguien que podría ayudarnos.
Ahogo un grito y respondo:
—¿En serio?
Se acerca más a mí y me susurra en un tono de voz casi imperceptible:
—Sé dónde encontrar a una maga.
Siento que la poca saliva que me queda en la boca se convierte en cenizas.
Es imposible. Los magos se fueron. Y los Siete Pozos están vacíos; los drenaron hasta que no quedó ni una gota de magia.
Aun así, estoy tan desesperada que sus palabras encienden algo en mi interior. Trago con dificultad y lucho contra el peligroso hilo de esperanza al que me aferro sin dudarlo.
—¿Quién?
Keeva frunce el ceño y, aunque le tiembla la voz, consigue decir:
—Alguien de los Susurradores.