Una tentación de susurros y lobos TRES #2
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TRES #2

Mi padre me atraviesa con la mirada, pero no dice nada. No se molesta ni en asentir ni en preocuparse por los montones de mugre y sangre que empapan mi capa. Así es como me mira siempre, con un destello lúgubre de dolor.

Pero ya estoy tan acostumbrada que ni me inmuto. Me he pasado cinco años tratando de aceptar que no soporta mirarme a la cara. La gente decía que mi madre y yo éramos como dos gotas de agua, tanto por la melena castaña como por el hoyuelo solitario de la mejilla derecha y los ojos grises.

Mi padre regresa a la habitación trasera a trompicones justo cuando una ráfaga de aire gélido se cuela entre las grietas de la puerta.

Qué irónico es que la pena, a pesar de todo lo que pesa, pueda quedarse flotando en el aire durante tantísimo tiempo.

De hecho, la noto en los ojos de Keeva cuanto más me miran, así que le doy la espalda.

Me percato entonces de que el humo de la turba que arde en el fogón inunda la casa de un familiar y suave aroma terroso.

Me acerco al cubo que tenemos junto a la puerta y me froto las manos con una pastilla de jabón, que tiene unas florecitas amarillas prensadas, para desprenderme del olor a humo y de la suciedad.

Me giro hacia la chimenea y veo que hay una olla caliente de sopa de champiñones, así que agarro el cucharón y le sirvo una taza a Finn con cuidado de que le caigan bastantes lentejas y cebada para que recupere fuerzas.

Al dársela, mi hermana asiente en señal de agradecimiento, se lleva la sopa salada a los labios y empieza a bebérsela poco a poco hasta que, de pronto, se levanta con pasos vacilantes y se va corriendo a la letrina.

Keeva acerca un taburete bajo y se sienta junto a la chimenea, pero no aparta los ojos de la puerta del retrete hasta que Finn sale.

Al segundo, la ayuda a tumbarse en la cama e ignora las quejas de mi hermana.

Cuando Finn por fin se queda tumbada, Keeva le lanza una mirada severa y señala hacia su costado con la cabeza.

—Enséñamelo.

Por un momento, creo que Finn va a volver a negarse y que voy a tener que rasgarle la túnica a la fuerza para verle las costillas.

Puede que esté dolida e incluso enfadada porque mi hermana no confíe en mí, pero en el fondo no creo que sea algo tan importante.

Lo que de verdad importa es que mi hermana esté bien.

Y que esté viva .

Al final, cede y se levanta el dobladillo de la túnica con dedos temblorosos y yo siento que me quedo sin aire en los pulmones.

— Finn… —murmuro con la voz rota.

El corte que tiene en el costado es pequeño pero profundo, una línea fina y roja del mismo largo que mi dedo. Sin embargo, lo que me deja sin aliento son las ramificaciones negras que se extienden bajo su piel y los filos viscosos y amarillos que se ciñen sobre la herida.

Aun así, no está sangrando. Ni siquiera está supurando. Y eso es señal de que el corte es nuevo pero no reciente, así que puede que se lo haya hecho hace varias horas, o incluso casi un día.

Keeva se inclina, estrecha la mano de mi hermana y se la besa con delicadeza.

—Mira que eres estúpida, Finn Fallon. ¿Cuántas veces tengo que decirte que te limites a hacer tu trabajo y que no te metas en sus líos?

No, he debido escucharla mal. Habrá dicho «en esos líos».

Finn hace un gesto de dolor y dice:

—Creo que una más para que surta efecto.

Luego se estremece cuando Keeva acaricia con un dedo la piel que rodea la herida y murmura algo en un tono tan bajo que no puedo oírlo, pero Finn asiente con decisión.

—Tengo una tintura para las infecciones, pero no sé de qué estaba hecha la hoja con la que te hicieron este corte, así que no puedo arriesgarme a darte el antídoto, porque podría ser incluso peor.

Digamos que algunos venenos… reaccionan mal a los antídotos que no les corresponden.

—Keeva agarra el saquito que lleva colgado en la cadera y saca un frasco de cristal con un líquido ambarino.

Tras quitarle el tapón, deja caer unas gotas sobre la herida de Finn.

Mi hermana gruñe entre dientes y se queja, pero no logro entender lo que dice.

Keeva y yo nos quedamos a su lado, vigilándola, hasta que su respiración se vuelve más pausada y se le empiezan a cerrar los párpados cuando el cansancio le gana la batalla.

Los ojos de Keeva se encuentran por fin con los míos y un sentimiento de miedo se instala entre nosotras.

—Solo necesita descansar —digo tratando de sonar convincente—. El día de hoy ha sido… duro.

Keeva suelta una carcajada.

—Ya sabes que aprovecha cualquier excusa para hacer su papel de hermana mayor. Contigo no siempre tiene la oportunidad de actuar así.

Trato de tragarme el nudo que se me forma en la garganta, pero no lo consigo.

—Ya no soy una niña.

—No —reconoce—, pero, tengas la edad que tengas, siempre vas a ser su hermana pequeña. Finn haría cualquier cosa por ti.

—Sí, salvo confesar lo que me está ocultando.

Los ojos oscuros de Keeva me miran con ternura y complicidad.

—Tu hermana te quiere, Maeve, pero algunos secretos no son nada fáciles de contar.

Y eso solo hace que me sienta incluso peor.

Keeva se pone de pie, estira los hombros y vuelve a mirar a Finn, que sigue tumbada en la cama.

—Qué momento tan oportuno para que el rey se vuelva loco.

—¿Acaso crees que el próximo rey va a ser mejor?

Ambas conocemos las historias que se cuentan del Príncipe Sanguinario.

Aunque solo tiene dos años más que yo, ya se rumorea que es tan cruel como su padre.

Al parecer, se dedicó a supervisar la destrucción de los templos de Dyfflin en honor a la Mártir y ordenó que mataran a su mejor amigo y a toda su familia por un supuesto insulto.

Y también se dice que la primera persona de la que se enamoró de verdad acabó envenenada; fue hace cuatro años y era la hija de un diplomático, procedente de una de las pequeñas repúblicas al sur de Cymrea que todavía tiene magia.

Y yo no puedo evitar preguntarme si quien puso el veneno fue el mismo príncipe o la Reina Suprema.

Si los rumores son ciertos, el Príncipe Sanguinario es tan letal como el venenosísimo creatlach.

Respiro hondo y me encuentro con la mirada de preocupación de Keeva, que vuelve a mirar a Finn.

—¿Te importa que me quede? —murmura con la voz ronca—. Al menos hasta que sepamos si…

—Para nada, quédate. —Le estrecho los dedos con las manos y le doy un cariñoso apretón—. Seguro que se pone mejor.

Me repito esas mismas palabras a mí misma, una y otra y otra vez, mientras lidio con el dolor que se extiende por mis huesos, y no paro hasta que el morado del crepúsculo empieza a teñir el cielo.

Los párpados me pesan y la sensación de agotamiento que me invade hace que cada vez tenga la mente más dispersa y adormecida.

Apenas una hora más tarde, me levanto de la mesa en la que tenía apoyada la mejilla al escuchar el ruido de alguien que se está atragantando con sus propias entrañas. Y tosiendo. Una tos húmeda, áspera y tan angustiosa que nuestro padre sale trastabillando de su habitación.

Finn se incorpora con brusquedad. La retorcida colcha de la cama envuelve sus extremidades; solo tiene las manos libres, que arañan el aire como si así pudiera arrancarse lo que la está ahogando por dentro. Y, cada vez que jadea, se escucha un sonido agudo de succión.

Por todas las Primigenias… No, por favor.

Finn empieza a convulsionar y es imposible no fijarse en el tono azulado que tiñe los mortecinos labios de mi hermana o los escalofríos que sacuden su cuerpo cada vez que intenta que el aire le llegue a los pulmones.

Unas sombras oscuras le empañan la mirada salvaje que revolotea por todos los rincones de la habitación. Me dejo caer de rodillas en el suelo y Keeva se agacha junto a ella.