Una tentación de susurros y lobos TRES
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F inn gira a toda velocidad y su espada emite un destello.

Puede que mi hermana sea el doble de fuerte que yo porque se ha pasado años entrenando con armas y en combates, además de lo que se dedique a hacer en las calles, algo que solo sabrán las Primigenias. Y yo no tendré su fuerza, pero soy mucho más rápida.

La mano que me tenía agarrada del cuello me suelta y escucho el choque metálico de las espadas.

Una figura emerge de las sombras y estampa su arma contra la de mi hermana.

Sin embargo, antes siquiera de que la figura haga ruido, me escabullo hasta quedar a sus espaldas y poso la hoja de mi puñal sobre su cuello.

Los latidos que rebotan contra el puñal fluctúan. Tengo a la figura tan cerca que me llega el inconfundible olor a sal marina y unos restos amargos propios de alguien que se ha pasado demasiadas horas trabajando con cicuta.

Una sensación de alivio me invade hasta el punto de que casi se me cae el puñal de la mano.

Es Keeva.

—¡Por todas las Primigenias! —maldigo en voz alta conforme la envuelvo con los brazos. Noto sus suaves curvas contra mi cuerpo y el habitual calor que desprende mitiga el frío que paraliza mis huesos—. ¿Te has vuelto loca ?

—Habría preferido un «muchas gracias por ayudarnos a salir del lío en el que nos hemos metido».

—Sus ojos me sonríen, pero se vuelven sombríos al segundo.

Keeva se golpea con cuidado el muñón de ébano pulido de su mano izquierda contra el costado, un tic nervioso que tiene desde que la conozco—.

¿Es que no os habéis enterado? La Garda ha salido de caza.

—Menuda imbécil… —Finn tira de Keeva para que la suelte y la acerca hacia ella—. ¡Casi te mato!

—En realidad, la que ha estado a punto de matarme ha sido Maeve. —Keeva me guiña un ojo y siento un pellizquito de orgullo en el pecho—. Parece que las horas de entrenamiento van dando sus frutos.

—Ya sabes lo que dice la sabiduría málmar —exclama Finn, dándome un apretón en el hombro.

Cuando me toca, noto el débil temblor de su mano, pero supongo que se deberá al cansancio—.

Una mujer con un arma es como un relámpago en la mañana, tan peligrosa como una tormenta en la noche. E incluso letal si uno no se la espera.

Keeva se ríe, pero algo oscuro inunda sus ojos marrones, y no es un gesto muy propio en una persona que siempre parece tener una sonrisa pícara en la cara.

Entonces, señala con la cabeza mi capa manchada de barro, que se divide en dos por la mitad, justo por donde la he abrazado, y la túnica verde oscuro queda a la vista, aunque sigue impoluta.

—Con armas o no, tenemos que llevar a Maeve adentro, sobre todo llevando esa túnica.

Finn frunce el ceño y veo unas gotas de sudor que le empapan la sien.

—¿A qué te refieres? —pregunta, intercambiándose una mirada con Keeva que no logro descifrar.

Me tapo con la capa para protegerme de la brisa gélida de la bruma.

—¿Tampoco os habéis enterado de eso? —exclama Keeva, mirándome de reojo antes de responder—.

Al Rey Supremo se le ha ido la cabeza. Ha tenido un sueño en el que unos rebeldes vestidos de verde intentaban usurpar su trono y ha ordenado que todos los guardias de la Garda busquen y detengan a cualquier persona que vean con ropa de ese color.

Se me escapa una risa amarga.

—Lo dices como si fuera la primera vez que demuestra estar como una maldita cabra.

Finn niega con la cabeza.

—Pues cuando decidió desterrar a la Mártir o reducir los templos a cenizas estaba bastante lúcido.

Es un tirano de lo más despiadado, que es muy distinto.

—Se da un golpecito en la sien y añade—: D e hecho, estaba bien de aquí hasta hace un mes, incluso cuando se mostró furioso con la Mártir por no haber salvado a su primera reina, o cuando entró en pánico por lo poco que faltó para que la rebelión…

Keeva le lanza una mirada de advertencia y mi hermana se calla al instante. Después, deja escapar un suspiro.

—A la gente le gusta creer que la magia puede cambiar las leyes de la naturaleza —murmura Finn en tono tranquilo, encogiéndose de hombros—.

Pero no es más que la energía propia de la isla, y los magos solo son personas que se dedicaron a estudiarla para poder darle forma y manipular los elementos a su antojo: el aire, el agua, la sangre, la tierra y el fuego.

La magia influye en todos ellos y puede transformar las aguas mansas del mar en amenazantes olas o chamuscar una enfermedad que se propaga por la sangre.

De pronto, veo que a mi hermana vuelven a temblarle los dedos de las manos.

—Aun así, por muy poderoso que sea un mago, las leyes de la naturaleza no se pueden cambiar.

La muerte no se puede revertir. Al igual que es imposible detener la salida y la puesta de sol, a pesar de que un mago pueda plagar el cielo de tormentas o convertir el aire en una niebla tan densa que ciegue a todo un ejército.

—Finn suspira, pero acaba tosiendo—. Supongo que, para un rey, darse cuenta de que no puede controlar la magia debe ser… aterrador.

Keeva intercambia una mirada con Finn y frunce los labios.

Avanzamos y atravesamos unos charcos de color carmesí, pero me esfuerzo por engañar a mi cerebro diciéndole que es solo agua manchada, que no son más que charcos formados por la lluvia como otros tantos que he tenido que atravesar en más de una ocasión.

Gracias a las Primigenias, cada vez que torcemos una calle o tomamos un camino, está desierto.

—No lo entiendo. —Mi voz resuena con fuerza en mitad del silencio mortífero que nos rodea—. ¿Cómo te has enterado del sueño del Rey Supremo?

Los hombros de Keeva se tensan y responde:

—Se lo escuché por casualidad a unos guardias de la Garda que estaban en el distrito mercantil.

—Un momento —exclamo, obligando a Keeva a detenerse. Finn también estaba en el distrito mercantil justo antes de que pasara todo esto—. ¿Estabais juntas?

— Maeve… —La voz de Finn adquiere un matiz de advertencia que no había escuchado antes, al menos en ella.

Retrocedo unos pasos cuando una punzada se extiende por mis costillas al darme cuenta de lo que eso significa: mi hermana no confía en mí, y no sé qué he hecho para ganarme su desconfianza.

Me ajusto aún más la capa y me tapo la cabeza con la capucha para esconder mis ojos vidriosos.

Keeva cambia el peso de una pierna a otra, como si estuviera nerviosa, y le da un codazo a Finn.

El rostro de mi hermana se ensombrece al mirarme de reojo, pero se limita a guiarnos por las laberínticas calles que serpentean tras los puestos del mercado para alejarnos de los caminos empapados de sangre y de los cadáveres esparcidos sobre el fango.

—¿Crees que van a cancelar el Ensayo? —pregunta Keeva para aliviar la tensión del ambiente.

Finn niega con la cabeza y responde:

—Ni por asomo. El Príncipe Sanguinario ya ha cumplido veintiuno, y la constitución de Eireann dice que, si el heredero no se casa a esa edad, perderá su derecho legítimo al trono.

Y, además de eso, estoy segura de que la Reina Suprema considerará que esta es la oportunidad perfecta para encontrar a una futura reina que esté en la línea de sucesión y que simpatice con la idea de que Cymrea se anexe a nosotros.

En ese momento, mi hermana se tambalea tras tropezarse con su propio pie y aterriza de rodillas en el suelo.

—¡Finn! —grito cuando intento sujetarla, pero me quita de un manotazo.

—Estoy bien —espeta mi hermana justo cuando una punzada de dolor me atraviesa el pecho.

—No, no estás bien —respondo, girándome hacia Keeva—. Está herida. Tiene algo en el costado, pero está empeñada en ocultármelo. Juraría que no la han apuñalado cuando estábamos huyendo de la Garda, pero tampoco estoy segura de que…

Keeva fulmina a Finn con la mirada. Se agacha junto a ella y la ayuda a levantarse.

—No me puedo creer que a estas alturas intentes esconder una herida. Enséñamela.

Durante todos los años que han estado juntas, jamás he visto a mi hermana negarle algo a Keeva, ni cuando esta última quería el último trozo de pan crujiente ni cuando nos pedía que nos mantuviéramos todo lo lejos posible del mercado porque la Dama de las Sombras podía hacerle una visita.

Ni tampoco cuando le pidió ayuda para echar las cuentas de los impuestos de su puesto de pociones.

Ahora, en cambio, Finn se encuentra con la mirada obstinada de Keeva, aunque la de mi hermana tiene un brillo desafiante y duro, pero también entreveo algo más, como si le suplicara.

Entonces, Keeva asiente con rapidez.

Decido morderme la lengua y callarme justo cuando Keeva y yo sostenemos a Finn por la cintura. Una hora más tarde, cuando llegamos al pequeño sendero en el que se encuentra nuestra casa, la niebla plateada se ha vuelto tan densa y punzante que nos ha calado hasta los huesos.

«Los secretos son el mejor escudo».

Y no solo para uno mismo, sino también para las personas que nos importan. Al menos eso es lo que decía mi madre siempre.

Solo puede haber un motivo por el que mi hermana me ocultaría un secreto, y es que considere que, lo que sea que se esté callando, podría hacerme daño a mí también.

Noto cómo se me resquebraja el corazón con solo mirarla.

Cuando Finn atraviesa la puerta de nuestra casucha tambaleándose, me doy cuenta de que está tan pálida como la luna y que tiene la melena cobriza pegada a las mejillas.

Keeva le ofrece una mano para ayudarla a tumbarse en la cama raída que hay en la esquina más alejada de la estancia, pero mi hermana niega con la cabeza y se deja caer en la primera silla que encuentra, soltando un leve gruñido.

Mi padre sale con pasos lentos de la habitación trasera, pero retrocede al verme y su mirada se oscurece.

—¿Has traído el pescado? Para una cosa que te pido, vas y…

Finn lo interrumpe al toser y dice:

—Ha sido culpa mía. Los guardias de la Garda estaban de redada en el mercado y tuve que sacar a Maeve de allí.

La mentira le sale sola. No era una simple redada, y ambas lo sabemos.