DOS #2
No obstante, dado que la rebelión estuvo respaldada por los magos y algunas familias nobles, la Garda se volvió de lo más despiadada.
Supongo que no ayudó mucho que dos de los hijos que el Rey Supremo tuvo con la nueva Reina Suprema murieran en esos meses caóticos, por lo que los aliados cymreanos de la reina culparon a los magos y a los rebeldes.
Fue entonces cuando el Rey Supremo prohibió la magia y acabó ejecutando a todos los magos que encontró y aniquilando a los nobles que apoyaban la causa de la rebelión. Y, después de eso, nombró heredero de la corona al único hijo con vida que le quedaba.
Un heredero al que todos los habitantes de Dyfflin conocen como el Príncipe Sanguinario.
Solo con recordar su nombre un escalofrío me recorre la espalda, como si existiera la posibilidad de que diera con nuestro paradero.
Un cálido y suave aroma a pan de soda se escapa por una ventana entreabierta y se funde con la gélida bruma mientras sigo a Finn por las distintas calles. De pronto, me ruje el estómago y mi hermana me da un codazo.
—No me digas que has vuelto a saltarte el desayuno.
—No me lo he saltado —respondo a la defensiva—. Se me ha olvidado, que es muy distinto. De hecho, estaba un poquitín ocupada preocupándome porque pudieras ser tú el desayuno de los cuervos que anidan en el Muelle Negro.
—Si no comes más, no vas a ganar músculo en tu vida, y necesitas estar fuerte para los combates cuerpo a cuerpo y para sujetar una espada en condiciones.
—Finn toca con el dedo la densa hilera de músculos que se extienden por su brazo y, después, me despeina con la mano, así que los mechones que se me han escapado de la larga trenza se me quedan pegados a la cara—.
Te quiero, pero las peleas a puñetazos se te dan de pena.
Bueno, a no ser que sea con puñales, pero no siempre que te enfrentes a un enemigo vas a tener la posibilidad de sacar tu arma a tiempo.
Tienes que ser capaz de resistir los golpes de tu enemigo y defenderte dándole el doble de fuerte.
—Su mirada se oscurece y se pone seria—.
Puede que, algún día, tu vida dependa de que estés dispuesta a llenarte las manos de sangre.
Arqueo una ceja y digo:
—Pero ¿tú qué clase de enemigos crees que voy a hacer?
Ni que fuera a participar en el Ensayo.
Los ojos oscuros de Finn me miran de una forma un poco extraña, como si quisiera decirme algo. Sin embargo, al final, decide callárselo.
—Créeme, Maeve. No hace falta que te ganes enemigos. Casi siempre, son ellos los que dan contigo .
Entonces, ambas nos sumimos en un eterno silencio.
¿Qué se supone que debo responder a eso? No soy violenta ni fuerte como Finn, ni cruel como nuestro padre, y tampoco valiente ni atrevida como lo era nuestra madre. Yo me limito a sobrevivir ; eso es lo que mejor se me da.
Finn tose y vuelve a llevarse la mano al costado. Justo cuando iba a acercarme a ella, me lanza una mirada que me deja clavada en el sitio.
—No te saltes las comidas, porque lo único que vas a conseguir es volverte más débil.
Pero, si desayunas todos los días de aquí a tu cumpleaños, que es en cuatro semanas, puede que encuentre en mi marchito corazón la motivación que necesito para malgastar mi dinero en una espada que no le hayamos robado a nuestro padre.
El brillo de la espada corta que lleva mi hermana en la cintura es demasiado tentador como para ignorarlo.
—Vale, mamá —respondo, poniendo los ojos en blanco.
Aunque lo digo sin pensar, no puedo evitar que una asfixiante sensación de arrepentimiento me invada al segundo y me oprima el pecho, un dolor con el que creía que había aprendido a vivir hace años.
Finn cierra los ojos despacio.
Entonces, extiendo una mano que me tiembla sin parar e intento tragarme el nudo que se me ha formado en la garganta.
—No quería decir…
Sus ojos como tormentas se abren de golpe y escudriña la niebla gris plateada que se vuelve más espesa al final del camino.
—¿Qué pasa? —exclamo conforme un escalofrío me sube por la espalda.
Un ruido metálico se cuela a través de la brisa brumosa y lo sigue el estruendo de unas pisadas que vienen en dirección a nosotras.
Finn se queda pálida justo cuando nuestras miradas se encuentran.
—¡Escóndete!
Me doy la vuelta y me pongo a buscar por el camino y en los callejones colindantes algún lugar en el que escondernos, pero todas las puertas y ventanas están cerradas a cal y canto.
Las motas de polvo se mezclan con la suciedad en la penumbra, y la niebla se traga todos los rayos de sol.
El ruido de las botas se va volviendo más intenso y más rápido; demasiado rápido.
Las mejillas de Finn se tiñen de un tono gris enfermizo y su respiración se vuelve entrecortada conforme pasa las manos por cada una de las puertas que atravesamos con todo el sigilo del mundo.
Sé los pensamientos que se tienen que estar arremolinando en su mente ahora mismo.
Si rompiéramos una ventana, haríamos demasiado ruido, y con eso solo conseguiríamos que nos encontraran antes incluso.
Sin embargo, si no logramos dar con un sitio en el que escondernos…
Un repentino y tenue crujido suena bajo sus dedos.
Sin decir ni una palabra, nos mete a las dos por una puerta estrecha que está medio descolgada.
Entramos a toda prisa y nos apretujamos en un hueco estrecho que hay justo detrás de la puerta, a poca distancia de la bruma que se espesa hasta convertirse en la amenazante niebla que asola el exterior.
Mi hermana se lleva un dedo a los labios. No dice nada, pero tampoco hace falta. Adivino lo que está pensando con la misma facilidad con la que la Dama de las Sombras rastrea a los traidores.
Si los guardias de la Garda nos pillan en la calle justo después de lo que sea que haya pasado en el mercado, nos matarán.
La compasión no es un don innato con el que nazcan estos guardias.
Vemos unas siluetas entre las rendijas de la puerta que se mueven sin parar y escuchamos unas respiraciones agitadas. El ruido metálico de las armas se convierte en un estrépito y los guardias pasan por delante de nuestras narices en busca de algo. O, mejor dicho: a la caza de alguien .
Finn abre los ojos como platos y su mirada se encuentra con la mía. Los tenemos tan cerca que, si estirara el brazo, podría tocar las túnicas de color carmesí y los uniformes de cuero negro que llevan las tropas de la Garda.
Siento que hasta respirando hago demasiado ruido.
Seis. Ocho. Diez. Doce. Catorce. Los guardias pasan por la calle marchando de dos en dos; hay tantas filas que se me hacen interminables. Noto que me arde el pecho y trato de que el aire me llene los pulmones, pero me duele, así que solo me atrevo a respirar de forma superficial.
Los murmullos de los guardias se cuelan por el resquicio de la puerta. Están repitiendo las mismas palabras una y otra vez, como si fuera un canto que les hubieran obligado a memorizar. «La amenaza va de verde».
Finn arruga la frente.
¿Qué amenaza? ¿Y por qué verde ?
Por fin, el ruido de las pisadas de los guardias se desvanece tras la desvencijada puerta.
Esperamos unos segundos y no nos arriesgamos a salir hasta que los vecinos vuelven a abrir las ventanas de sus casas y escuchamos el murmullo de las familias que se exponen a la densa niebla que asola las calles.
—Vamos —susurra Finn, dedicándome una mirada intensa y sombría.
Avanzamos en silencio y dejamos atrás otro pequeño templo dedicado a la Mártir que está encajado entre las vigas podridas de una taberna.
No es más que un mortero suelto, cera derretida de una vela y el polvo de lo que, en algún momento, serían huesos; o cenizas.
Esta vez, sin embargo, Finn no se detiene a tocarlo, sino que mantiene la mano sobre la empuñadura de la espada que lleva en el costado.
Y yo poso la mía sobre mi puñal de confianza, el que llevo en la cadera.
Puede que el metal con el que está forjado no sea de mucho valor, ni siquiera si se fundiera.
No obstante, ser las hijas de un mercader de armas se traduce en que siempre llevamos alguna espada o daga encima, y doy gracias a las Primigenias porque así sea.
Quizás no sea tan buena con la espada como Finn, al menos por ahora; de hecho, empezó a enseñarme a luchar cuando ejecutaron a nuestra madre, pero lo cierto es que todavía me cuesta sostener una espada corta en alto.
Por suerte, tengo bastante soltura con los puñales y puedo defenderme sola si alguien decide arrinconarme en algún callejón.
Un poco más adelante, el camino da paso a un espacio abierto.
Gracias al atajo de Finn, hemos conseguido volver al mercado en la mitad de tiempo de lo que tardamos en irnos.
Los habituales puestos que se sostienen con maderas viejas deformadas por la sal se alzan como si fueran espectros en mitad de la niebla.
El fragor de las olas del mar rompiendo contra el muelle del mercado que se extiende bajo nuestros pies hace que se me encoja el corazón.
Y, a lo lejos, más allá del peñasco rocoso del Castillo del Monte, los acantilados cubren toda la costa, hasta donde me alcanza la vista.
Una repentina llovizna me empapa el rostro y dejo que el aire frío me llene los pulmones, hasta que el intenso olor de la sal hace que mi pique la nariz.
Sin embargo, no sé si es por el cosquilleo de la bruma o por toda la sangre que empapa el muelle.
Hay sangre por todas partes .
Han asesinado a la mitad de las personas que había en el mercado y han dejado sus cuerpos en el suelo.
Y, aun así, no tengo ni idea de por qué, o de cuándo podría volver a pasar algo así.
Finn y yo nos abrimos paso entre la masacre y las suelas finas de nuestras botas chapotean sobre los charcos de sangre. De pronto, el mundo se tambalea y extiendo un brazo para apoyarme en alguna pared que me ayude a mantener el equilibrio.
Hasta que noto una mano áspera que me agarra con fuerza por la nuca y me obliga a sumirme en las sombras.