Una tentación de susurros y lobos DOS
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C uentan las malas lenguas que toda la ciudad se construyó sobre ruinas de la época de las Primigenias.

Sé encontrar el camino por mí misma, pero no con tanta facilidad como Finn, que se mueve como si las calles angostas de la ciudad formaran parte de ella. Y, aun así, no puedo evitar mirar por encima del hombro cada pocos pasos para comprobar si estamos en peligro.

—No nos sigue nadie —exclama, levantando una ceja, como si se hubiera sentido insultada por mi gesto desconfiado.

—Eso no lo sabes —le respondo a la defensiva con las pulsaciones aceleradas.

—Maeve Fallon… —dice mi hermana con una sonrisita—. ¿Acaso estás dudando de mí?

Me limito a apretar los dientes. Vale, puede que sintiera un gran alivio al verla, pero, aun así, sigo bastante intranquila.

—Si me dijeras dónde has estado, no me pondría así.

—No quieres saberlo. —Se ríe y niega con la cabeza, pero me percato de una mueca de dolor que trata de reprimir mientras se lleva una mano al costado izquierdo.

El estómago me da un vuelco y exclamo:

—¡Estás herida!

—No, no lo estoy —contesta, rodeándome con el brazo derecho por los hombros—. Es un cortecito de nada.

Un dolor punzante me atraviesa el cráneo y noto los latidos retumbando contra la piel cubierta por mi larga melena oscura. Me presiono la zona con la mano conforme le digo a mi hermana:

—Hablo en serio, Finn. ¿Qué está pasando? ¿Dónde estabas?

Se detiene al instante, me agarra por los hombros con ambas manos y me fulmina con una mirada turbulenta.

—Solo voy a responder a la primera pregunta y, después, necesito que confíes en mí. ¿Te parece bien?

Respiro hondo como respuesta. La tensión que inunda su mirada y el destello de la conmoción que la acompaña hacen que se me quiten las ganas de pelearme con ella. Finn está… asustada.

Y a mi hermana no le da miedo nada.

Así que asiento.

Finn mira por encima de mi hombro y murmura:

—Los guardias de la Garda estaban marchando tranquilamente por el distrito mercantil y no le tocaron ni un pelo a nadie. Pero, cuando llegaron al Paseo del Muelle, la cosa cambió. —Pone mala cara y añade—: Están buscando a alguien.

—¿Cómo sabes por dónde empezaron, Finn? —digo con la boca seca—. ¿Y qué estabas haciendo en el distrito mercantil? Hoy ni siquiera abren los bancos.

—Ya te lo he dicho, Maeve —exclama, apretándome los hombros con fuerza—. Cuanto menos sepas, mejor, así que no me preguntes más. Tienes que confiar en mí.

Siento que se me revuelve el estómago al ser consciente de lo que me está pidiendo.

Yo nunca me he visto en la necesidad de ocultarle nada a Finn ni he tenido que callarme nada con ella.

Tengo el pecho resentido, pero no es solo por el dolor, sino por el apremiante impulso de saber más y de ayudarla.

Haría lo que fuera para ayudarla.

En cuanto ve que estoy entrando en conflicto conmigo misma, susurra dos palabras:

—Por favor.

Suspiro, me obligo a relajarme y respondo:

— Está bien.

Finn me suelta y se le escapa una mueca de dolor al dar un paso atrás, así que no dejo escapar la oportunidad.

—Pero tenemos que buscar a Keeva para que te aplique algún bálsamo o te dé un tónico, lo que sea.

—¿Por qué crees que te estoy llevando por aquí? —dice guiñándome un ojo—. Es un atajo. Créeme, llevo años recorriendo estas calles y ya me conozco unos cuantos.

Eso sí que no lo pongo en duda.

No hay ningún edificio en el Paseo del Muelle que tenga más de dos plantas, pero, cuanto más nos adentramos en el laberinto de caminos y callejones, más parece desvanecerse la imponente silueta del Castillo del Monte que se alza sobre nosotras.

De hecho, incluso el hedor del Muelle Negro y la sal del gélido mar parecen atenuarse.

Me fijo en las puertas de las casas y observo unas campanillas adornadas con figuritas de lobos talladas en maderas protectoras como cedro, olmo y serbal, y tejidas con vidrios opacos del mar y huesos viejos y descoloridos.

No sé quiénes las venderán, pero estoy segura de que mienten más que hablan y dirán que los huesos son de algún mago muerto, lo que las convierte en amuletos que contienen restos de magia después de todo este tiempo.

Menuda panda de cretinos.

Para todas esas personas que viven con la esperanza de que la Mártir y el resto de los magos vuelvan, el lobo es un animal protector.

De hecho, desde la rebelión que tuvo lugar hace cinco años, se considera un discreto símbolo de esperanza, de las Primigenias, del sueño de que nuestra isla vuelva a ser como antes.

A mí, por el contrario, me parece una pérdida de tiempo que alguien se dedique a tallar esas estupideces.

Por mucho que queramos y deseemos que la Mártir vuelva, la realidad es que se ha ido.

Es más, nos abandonó mucho antes de que el Rey Supremo prohibiera la magia de manera oficial hace cinco años, cuando los magos sanadores, los guerreros y los comunes lucharon en la rebelión y acabaron siendo ejecutados.

Sin embargo, la Mártir se marchó de Eireann el mismo día que el Rey Supremo la desterró hace casi veinte años, pocas horas después de que esta fuera incapaz de salvar a la primera Reina Suprema de la breve y repentina enfermedad que le arrebató la vida.

Por eso, a día de hoy, la única magia que queda son los escasos restos que se pasan en secreto de generación en generación, como el amuleto de tres nudos que me dio mi madre y todo con lo que los Susurradores negocian en las sombras, aunque solo las Primigenias sabrán de dónde sacan esos vestigios. Es oficial: la magia está acabada.

Al igual que nuestros sueños.

Finn, sin embargo, pasa la mano por el alféizar de una ventana cuando atravesamos una calle estrecha.

La madera está llena de un montón de cera endurecida, como si se hubieran encendido unas velas y se hubieran derretido justo encima durante meses.

Además, alguien ha dejado ahí mismo unas varas pequeñas del mismo tamaño que mis dedos y con unas marcas talladas a lo largo.

En cuanto me paro a observarlas, un escalofrío me cala hasta los huesos.

El ogham era el idioma que hablaban las Primigenias.

Pero, a día de hoy, es sinónimo de traición.

Mi hermana recorre las marcas rúnicas con los dedos, unas muescas con líneas cortas y tajantes que parten de un mismo eje y se ramifican a lo largo de cada vara.

Aunque desearía no hacerlo, todavía recuerdo cómo interpretarlas.

Y Finn también. Nuestra madre se aseguró de que ambas aprendiéramos ogham antes de que la ejecutaran.

—No deberías tocar eso.

Lo digo en un tono serio y frío, pero Finn se limita a encogerse de hombros.

—Tampoco es que sea la primera vez que hago algo que no debería. Y te puedo garantizar que no será la última. Aquí no hay nadie, Maeve. No van a vernos.

De pronto, noto como si un ejército de arañas caminara sobre mi piel, una sensación muy parecida al hormigueo que siento en los brazos cuando me envuelve la niebla. Algo que a Finn nunca parece molestarle.

Me doy la vuelta y escudriño con la mirada las hileras de ventanas mugrientas e inmundas con las cortinas echadas por completo.

—Pero nunca sabes con seguridad si puede haber alguien observándote —murmuro.

La Dama de las Sombras tiene espías por todas partes.

De hecho, fue uno de esos espías el que traicionó a nuestra madre.

Mi hermana aparta la mano de la ventana suspirando y reprime un escalofrío.

—Está bien. Vámonos, entonces.

Keeva, la pareja de Finn, se dedica a vender hierbas. O esa es la versión oficial.

Sin embargo, ocultas tras las cestas a rebosar de pétalos de perdigueras de los acantilados del oeste y otras plantas como tomillo silvestre y nogal americano de los valles del sur, hay unas bebidas bastante peculiares que nadie se tomaría por voluntad propia.

Son unos brebajes letales a la par que discretos por los que hasta los miembros del círculo más cercano del Rey Supremo acuden a Keeva con la intención de que los ayude a deshacerse de esos rivales que les quitan el protagonismo.

De hecho, se sabe que hasta la mismísima Dama de las Sombras se ha pasado a ver a Keeva en persona cuando esta última ha traído algún veneno más excepcional de lo normal, como fragmentos del escurridizo cinabrio, un mineral capaz de volver loca a la persona que lo ingiere.

Y más raro incluso es el creatlach, que provoca una muerte tan atroz que hasta los envenenadores profesionales temen encontrárselo en dosis demasiado altas.

Cada vez que va a ver a Keeva, la jefa real de los espías le paga con una moneda de oro y le garantiza que la mantendrá a salvo de las redadas de la Garda. Y, cada vez que se pasa a verla, su presencia inflige más miedo.

Keeva nunca nos deja pasarnos a hacerle una visita si sabe que existe la posibilidad de que la Dama de las Sombras se pase por allí. Según ella, si mantiene nuestra identidad en secreto, no nos pasará nada. Lo cierto es que apenas conoció a mi madre, pero se habrían llevado genial.

«Los secretos son nuestra mejor arma», eso es lo que solía decirnos nuestra madre entre susurros cuando nos cantaba una nana, pero han pasado tantos años que casi no recuerdo la letra.

Lo curioso es que esas palabras siempre me asaltan la mente cuando trato de recordarlas en las madrugadas de las noches más solitarias.

La melodía provocadora y desgarradora de la nana, en cambio, me sigue atormentando a día de hoy. Al igual que los gritos de mi madre cuando los guardias de la Garda la atraparon.

Se dedicaron a arrasar los antiguos templos de la Mártir cuando la rebelión fracasó hace cinco años, de modo que sacaron a la fuerza a los magos y a sus aprendices de sus puestos.

Esa no fue la primera vez que el Rey Supremo mandó hacer redadas en todos y cada uno de los templos construidos en honor a la Mártir.

Desde que el rey la desterró, los guardias se dedicaron a apresar a toda persona que clamara el regreso de la Mártir o el ascenso de un nuevo rey que devolviera la magia a Eireann.

Como si eso fuera posible…