UNO #3
Bajo los tenues rayos de sol que luchan por abrirse paso entre la niebla, surgen unas risas desafiantes y una alegría de lo más terca, y no puedo evitar que se me forme un nudo en el pecho.
A mi madre también le encantaba bailar.
Justo donde hay menos puestos y se dispersa la multitud, veo a un chiquillo con unos pantalones marrones llenos de parches que se acurruca bajo su fina capa.
Tiene la mirada clavada en el suelo húmedo, donde descansa una taza de hojalata vacía, mientras que la niña de mirada apagada que hay a su lado pide limosna.
Un dolor agudo me atraviesa el pecho como si tuviera una herida, una que solo está a medio curar. Les lanzo una moneda pequeña y la niña casi salta para atraparla.
Observo al chico, que sigue con la vista fija en el fango. Hasta que, de pronto, levanta la barbilla para encontrarse con mi mirada y un escalofrío me recorre toda la columna.
Las cuencas de sus ojos están vacías y llenas de cicatrices irregulares; la marca de los ladrones.
Las cicatrices son tan rosadas que no me cabe la menor duda de que son recientes y que, con casi total seguridad, se las han hecho los guardias de la Garda.
El chico ladea la cabeza y, al segundo, la gira bruscamente hacia los barrios marginales que hay al otro lado del mercado.
Ahí es cuando me invade el miedo.
La mayoría de los días, el mercado es un torbellino de sensaciones, con pastores de los valles interiores de Eireann que se mezclan con agricultores del norte y con mineros de los acantilados del oeste con sus minerales y piedras preciosas, además de los herboristas y los artesanos procedentes del sur y de sus calas marinas salvajes.
Sin embargo, ahora las personas atraviesan los distintos caminos del mercado, pero no en oleada, sino como un enjambre.
Como una horda.
Como una avalancha .
Los utensilios de cerámica se caen de los estantes de los puestos y se hacen añicos al chocar contra el suelo.
Escucho el chapoteo de las botas en el fango y unas voces que van en aumento y que no regatean ni lanzan improperios, sino que gritan conforme la multitud atraviesa el Muelle Negro, y todos los cuerpos se mueven al unísono a la vez que chillan y corren hacia el corazón del mercado.
Todos nos dispersamos, pero la horda, empujada por el pavor, avanza a una velocidad vertiginosa hacia todos los que estamos en el mercado y nos rodea.
Noto que algo caliente y tan duro como un buey se estampa contra mi espalda y salgo volando hacia delante.
Un rodillazo me va directo al estómago y me deja tendida en el suelo.
La empuñadura de la pequeña daga que llevo en la cintura se me clava en las costillas.
Se me corta la respiración al sentir el dolor y el barro denso del suelo se me mete en la boca.
De pronto, un pie se estrella contra mi boca y escupo un chorro de sangre sobre la tierra mojada.
Después, otro pie me aplasta la zona lumbar y un tercero choca con mi cabeza; el dolor se intensifica tanto que, por un momento, temo que me estallen los oídos.
Y, en mitad de todo el gentío, escucho dos palabras que se repiten entre los gritos de la multitud mientras lucho con todas mis fuerzas por ponerme de pie.
«La Garda».
Los violentos guardias reales del Rey Supremo.
Sin embargo, no es una patrulla de dos, tres o cuatro guardias, que es lo que solemos ver por aquí, sino un aluvión de uniformes de color negro y carmesí que contrastan con las aglomeraciones que se encuentran bajo la sombra del Muelle Negro.
Hay docenas de guardias y vienen directos hacia nosotros.
Escucho el choque metálico de sus espadas y los golpes sordos del metal contra la madera, o contra los huesos humanos. Entonces, una punzada de terror me revuelve el estómago y se extiende por mis venas.
De repente, otro cuerpo se estampa contra el mío y salgo volando por los aires, y vuelvo a acabar en el suelo pisoteada por los aluviones de personas que corren despavoridas. No hay ni un solo músculo que no me duela, pero noto que algo se enciende en mi interior. Algo feroz y desesperado.
No pienso convertirme en un cuerpo abandonado entre la bruma que cubre cada rincón de esta ciudad.
Tengo que sobrevivir.
Me tiembla todo el cuerpo y, aunque me cuesta, consigo ponerme de pie.
Lucho para resistir los empujones de la multitud que me envuelve y el estruendo de los berridos me retumba en los oídos justo cuando un guardia vestido de un amenazante rojo y negro asesta un golpe con su espada que va directo hacia mi cabeza.
El instinto posee cada nervio de mi cuerpo y consigo agarrar el mango del puñal que llevo en el costado con una mano. Entonces, me agacho y deslizo la hoja por la parte de atrás de la rodilla del guardia antes de que su espada me alcance.
El guardia cae sobre su otra rodilla y deja escapar un fuerte rugido a la vez que me fulmina con una mirada letal.
—Estás muerta. —Lo dice como si fuera una promesa y lo acompaña de una sonrisa despiadada, aunque no consigue volver a levantarse.
Antes siquiera de que se mueva hacia mí, tomo el puñal que llevo en el cinturón y se lo clavo en el pulmón izquierdo con fuerza.
El guardia empieza a jadear y se lleva las manos al pecho para arrancarse el puñal, pero, en cuanto lo saca, cae de bruces sobre el suelo embarrado.
El arma está tan cerca que de él que no me atrevo a recuperarla, a pesar de que sus jadeos se convierten en leves silbidos y su piel adquiere un tono grisáceo.
Cuando empieza a toser sangre, me doy cuenta de que la gente está volviendo a agolparse a mi alrededor.
Mierda.
De buenas a primeras, un largo puñal atraviesa la garganta del guardia y la sangre tiñe el fango de color carmesí. Un brazo tapado por una capa se aparta de forma brusca cuando el guardia se lleva las manos a la garganta y, después, se deja caer de nuevo antes de quedarse inmóvil para siempre.
Unos ojos verdes y tan intensos como el fuego, ocultos tras una pesada capucha, se clavan en los míos.
La melena oscura cae sobre la cara sombría del desconocido y estimo que no debe sacarme muchos años.
Justo cuando me fijo en la barba incipiente que tapa su mandíbula, contemplo la inquietante y ramificada cicatriz que la atraviesa, como si fuera un pequeño relámpago.
Tiene las mejillas salpicadas de sangre, pero se nota que está seca y tirante, como si fuera de hace horas.
—La próxima vez, apúntale a la garganta. Así lo matarás antes —murmura sin apartar la mirada escondida bajo la capucha de su capa negra y…
De pronto, un brazo me obliga a darme la vuelta y me encuentro con un borrón de cuero sudoroso y pelo cobrizo.
—¡Maeve! —Finn me levanta con una mano y, con la otra, envuelve la empuñadura de su espada favorita: Macha. La llamó así por la diosa de la guerra, una de las Primigenias. La conmoción hace que se le crispe el rostro, como si fuera ella la que está herida.
No sé qué es peor: mis pintas o lo mal que me encuentro.
Noto que me sube la bilis por la garganta al oler la sangre y me tapo la boca con la mano para reprimirla conforme mi hermana se agacha para recoger el puñal que sigue junto al cuerpo sin vida del guardia y me lo guarda en la funda que llevo en la cadera.
Finn carga con casi todo el peso de mi cuerpo y mira por encima de mi hombro.
—Vamos, tenemos que irnos de aquí.
Cuando me giro para mirar al desconocido de la capucha negra, ya no está. Ha desaparecido con la misma rapidez que un susurro empujado por el viento.
Cierro los ojos con fuerza y me aprieto contra mi hermana.
No quiero ver nada de lo que hay a nuestro alrededor. Ni la sangre. Ni la muerte. Ni la violencia. Y, ahora que Finn está conmigo, puedo permitírmelo.
Voy con la mirada clavada en mis botas y en el barro que pisan cuando entreveo el destello de una hoja por el rabillo del ojo, y escucho el silbido de una espada justo cuando Finn ahoga un grito y me agarra por los hombros con ambas manos.
Entonces, me empuja contra una pared de rocas duras y, tras el impacto, el crujido resuena en mi cabeza y un dolor agudo me invade al mismo tiempo que una espada golpea el lugar exacto en el que estaba un segundo antes.
Mi cabeza se llena de luces brillantes y rechino los dientes hasta que me duelen las raíces. De repente, veo doble, de modo que el guardia que se alza sobre nosotras con la espada levantada para asestar su segundo golpe se divide en dos.
Finn eleva su espada y traza un arco sobre su cabeza a la vez que deja escapar un grito justo antes de dejarla caer con fuerza en el hombro del guardia, que se desploma conforme se tapa la espeluznante herida.
Mi hermana saca la espada del cuerpo del hombre, limpia la hoja en el cuerpo inerte que hay detrás de ella y me obliga a seguirla por los barrios marginales que hay más allá del mercado.
Por un momento, me da la impresión de haber visto una capa negra en lo alto del tejado que tengo delante. Parpadeo un segundo, pero es tiempo suficiente para que la figura desaparezca.
En ese momento, Finn niega con la cabeza y suelta una risita.
—Vaya, vaya, parece que al final los problemas han dado contigo .