UNO #2
Entonces, clavo la mirada en la silueta de una figura empalada vestida de negro de pies a cabeza y con unas botas que son exactamente iguales a las favoritas de mi hermana, unas bastante pesadas y con cordones.
No.
Apenas noto la madera bajo mis uñas cuando las clavo en el mostrador.
No obstante, la figura no tiene el pelo cobrizo, como mi hermana, sino rubio, y también es más largo que la melena a la altura de la mandíbula de Finn.
Y es más bajita. Además, mi hermana tiene los hombros anchos y musculados, aunque eso no le impide ser lo bastante rápida como para escapar de la Garda cuando lo necesita.
Tampoco es que le quede más remedio, teniendo en cuenta que se dedica a traficar con las armas y con el dinero de nuestro padre por toda la ciudad.
Ya he perdido la cuenta de cuántos nombres falsos les ha dado a los banqueros del distrito mercantil. Y también es capaz de contar el dinero de cabeza, mientras que yo sigo usando los dedos para que los números no se mezclen y me bailen.
Y todo esto lo hacemos para mantener el dinero alejado de las zarpas de mi padre, porque se gastaría hasta la última moneda en emborracharse.
Finn siempre dice que ese dinero es para labrarnos un futuro juntas; ella tiene la capacidad de ver más allá, de imaginarse una vida en la que no sigamos atrapadas entre las murallas que encierran esta ciudad.
El aire gélido me llena los pulmones y vuelvo a comprobar si Finn está en el Muelle Negro, pero, por suerte, sigo sin verla. Ninguno de los cuerpos en descomposición es el suyo. No sé qué estará haciendo, pero, esté donde esté, sé que se encuentra a salvo. Me niego a pensar lo contrario.
No me imagino un mundo sin mi hermana.
Aparto la mirada y me centro en la importante tarea que tengo entre manos: atraer a los clientes.
Sin embargo, el quejido sordo del supuesto traidor que se niega a morir en la estaca me martillea la mente y me acompaña mientras trabajo, un inquietante recordatorio de que, si he conseguido sobrevivir hasta ahora, es porque tengo mucho cuidado y trato de no llamar la atención.
Y, sobre todo, porque me mantengo alejada de los rebeldes que se hacen llamar los Susurradores.
El hombre moribundo del Muelle Negro sabía a lo que se arriesgaba cuando decidió comprarles magia.
Los susurros, quizás de forma demasiado oportuna, surgieron de las sombras poco después de que la persistente niebla nos invadiera desde el norte y se asentara en la isla.
Estos susurros cuentan historias de los rescoldos persistentes de la rebelión, de un hombre con ojos como el fuego verde; un hombre que, según los susurros, desapareció de las mazmorras del Castillo del Monte en menos de un suspiro.
Entre los remolinos de niebla, se entremezclan las advertencias que hay sobre él con los nombres de los traidores capturados y torturados por la Garda y por la jefa espía, la Dama de las Sombras.
Sin embargo, en la ciudad nadie se atreve a tentar a la suerte hablando de ella .
De hecho, a veces parece que el mismísimo viento conduce nuestros secretos hasta llegar a oídos de la jefa espía de la Reina Suprema, y solo hace falta que llegue un rumor al Castillo del Monte para que la Corona envíe a los guardias de la Garda en busca de rebeldes potenciales que capturar.
Puede que la magia de contrabando que ofrecen los Susurradores funcione, pero no soy tan ingenua como para jugármela acercándome a ellos ni tratando de averiguarlo.
Conforme se va acercando el mediodía, la niebla se disipa un poco, pero nunca llega a desaparecer por completo.
Y sigue sin haber ni rastro de Finn.
A lo lejos, justo donde el Camino del Rey serpentea más allá del Paseo del Muelle, en dirección al distrito mercantil, escucho el lejano eco de unas trompetas y frunzo el ceño.
Junto con el chasquido de los estandartes y la gigantesca bandera que ondea en lo más alto del Castillo del Monte, hay señales de lo que se avecina.
De hecho, según los susurros ocultos entre las sombras de los callejones, anoche ya irrumpieron en la casa de una campesina para obligarla a participar.
Incluso los cymreanos, que proceden de un imperio al otro lado del mar Zafiro, al este, han venido para presenciar el espectáculo.
De hecho, llevan dos siglos con Eireann entre ceja y ceja, desde que nuestro primer Rey Supremo traicionó a las Primigenias para arrebatarles el poder y, tras el suceso, frenó la invasión de los cymreanos.
Ahora, cinco años después de la rebelión, todas las casas de apuestas del Paseo del Muelle hacen negocios con el tiempo que tardarán los cymreanos en unirse a nosotros por su interés en los metales que se encuentran en las profundidades de nuestras montañas del oeste.
Qué sorpresa… Un imperio creado a partir de una guerra que no tiene minas suficientes para abastecer sus propias forjas.
Los cymreanos ni se inmutarían al presenciar el sangriento espectáculo del Muelle Negro.
De hecho, siendo sincera, creo que han visto cosas mucho peores.
A sus nobles se los conoce por envenenarse entre ellos por cada mínimo inconveniente y por clavar los cuerpos putrefactos de sus rivales en los fuertes que conquistan.
—Pronto habrá más aún —murmura una mujer canosa al pasar por el puesto mientras echa un vistazo fugaz a la figura que sigue gimiendo en el Muelle Negro. Después, se detiene a observar nuestras armas—. Sobre todo ahora que hay tantos nobles aquí.
Tiene razón.
Se me revuelve el estómago.
El Ensayo está a punto de empezar, un concurso en el que las hijas de las familias nobles de Eireann combaten a muerte para convertirse en la siguiente Reina Suprema.
Mantengo el rostro impasible y le muestro a la mujer una selección de nuestras armas: un par de dagas, unos cuchillos tan pequeños que caben en la palma de la mano y otro que mide lo mismo que mi antebrazo.
El metal brilla, pero no durará mucho. Mi padre utiliza aleaciones baratas para fabricar sus armas, pero solo un ojo experto se daría cuenta.
Hay un hombre justo detrás de la mujer que tose y asiente en señal de acuerdo.
—La traición es contagiosa y se propaga como la peste. Lo último que necesitamos ahora es recordarles a los nobles y al Rey Supremo lo lejos que llegamos la última vez.
La mujer le dedica una sonrisa burlona y me fijo en el destello voraz de sus ojos llorosos. Y también percibo una especie de anhelo que hace que se me forme un nudo en la garganta cuando la mujer chasquea la lengua ligeramente.
—Esas nobles desgraciadas… Matándose entre ellas sin piedad por hacerse con el poder y por casarse con un príncipe…
—Tienen que renunciar a sus herencias para poder competir, ¿qué esperas que hagan si no?
—La cabeza calva del hombre se agita en señal de negación—.
Son herederas de los condados que pertenecen a los Siete Pozos.
Ahora que han drenado la magia, han perdido todo su valor.
Pero ¿qué me dices de todas esas tierras, las cosechas, los comercios…
? Desde luego, a mí no se me ocurriría renunciar a todo eso para jugarme la vida por una corona.
—Bah, nunca has tenido huevos para hacer una buena apuesta —le recrimina la mujer tras soltar una carcajada.
Noto un sentimiento de amargura que hace que me arda el pecho.
Tiempo atrás, nuestra isla estaba gobernada por las diosas: guerreras, poetas, madres y escribas.
Los remolinos negros y brillantes de magia flotaban sobre la tierra y fluían a través de los Siete Pozos y bajo el mismo suelo que pisábamos.
Si existiera la posibilidad de recuperar esa magia, de revivir los Siete Pozos y la magia que los envolvía, ¿habría alguien lo bastante valiente como para asumir el riesgo que eso conlleva?
Los nobles dejaron que el Rey Supremo vaciara los Siete Pozos tras la rebelión que tuvo lugar hace cinco años y que ejecutara a todos los magos que encontraron los guardias de la Garda.
Es más, hace veinte años, poco antes de que yo naciera, los nobles también permitieron que desterrara a la Mártir, la líder de todos los magos de la isla.
Ni que decir tiene que todos los magos que seguían con vida tras el destierro de la Mártir y las ejecuciones a raíz de la rebelión fueron lo bastante prudentes como para huir.
Sin embargo, no se fueron solos, sino que se llevaron a sus caoranachs, unas serpientes con alas que se alimentaban de magia, la cual estuvieron extrayendo de los Siete Pozos durante siglos.
De hecho, los caoranachs se vinculaban a los magos más poderosos.
Ahora, en cambio, no queda nada en ninguno de los Pozos, que eran las fuentes de magia de la isla.
Por eso vivimos con la esperanza de que, algún día, la Mártir vuelva para salvarnos a todos. Eso contando con que siga viva después de veinte años de exilio.
¿Conocerá alguien su paradero?
Respiro hondo y reprimo un escalofrío conforme la pareja se aleja. En el puesto de al lado, los hilos de tonos grises y plateados de la bruma se arremolinan entre los sacos de salvia y romero, que sirven de amuleto para combatir el mal de amores y los engaños.
El repentino y alegre sonido de una gaita me llama la atención.
Es tan constante y obstinado a pesar de la gélida brisa veraniega que me es imposible concentrarme en el trabajo, así que cierro el puesto con llave y me dedico a seguir el sonido.
Con cada paso que doy, trato de buscar a mi hermana entre la muchedumbre.
El bullicioso mercado está repleto de personas que bailan y de cuerpos que se mueven al ritmo de la música.
Alguien marca el ritmo con una cuchara de madera mientras golpea con los pies en el suelo, y otra persona canta sobre una tierra lejana con estanques oscuros y un heredero perdido hace mucho tiempo.
La gente se va poniendo por parejas para bailar: hombres y mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres.