Una tentación de susurros y lobos UNO
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Una tentación de susurros y lobos

Una tentación de susurros y lobos

Por Amanda Connolly

© inepub.com

UNO

E l traidor al que han empalado en el Muelle Negro aún no ha muerto.

Creo que por eso mismo lo odio, aunque a mi madre no le hubiera hecho ni pizca de gracia que pensara así.

Hace horas que sus gritos se fueron desvaneciendo hasta convertirse en quejidos y jadeos, poco después de que los primeros rayos del amanecer inundaran la ciudad.

Fue entonces cuando todos nos despertamos, al escuchar los desgarradores berridos.

Ahora, el hedor que desprende su cuerpo en la estaca ennegrecida junto a las demás personas a las que el Rey Supremo considera traidoras hace que me ardan los ojos.

Esa es su forma de asegurarse de que no haya ni un solo día en el que no recordemos el precio que se paga por hacer trueques con magia.

Cualquiera pensaría que, a estas alturas, estaríamos ya más que acostumbrados a presenciar este tipo de atrocidades.

La forma en que una niebla que nunca parece disiparse transporta la peste a través de los barrios marginales del Paseo del Muelle, a sotavento del distrito mercantil y el Castillo del Monte, que se alza imponente sobre los escarpados acantilados costeros del este.

Si pudiera, apostaría todo el dinero que nunca logro ahorrar a que la niebla también arrastra los alaridos.

Y, por supuesto, ni los nobles ni los mercaderes escuchan los horribles aullidos que resultan de la justicia del Rey Supremo.

Nosotros, en cambio, sí que los oímos, todos y cada uno de los campesinos que pasamos junto al mercado. Vivimos en el amenazante filo de esa «justicia», una justicia protagonizada por las siluetas de los traidores empalados y dispuestos a lo largo del camino que recorremos día a día.

Aunque estén muertos, verlos ahí, atrapados en las estacas, es una advertencia en toda regla y tan clara como lo era el cielo hace cinco años, antes de que consumieran toda la magia y la inagotable bruma procedente del norte empezara a arremolinarse a lo largo de la isla de Eireann y por cada resquicio de nuestra ciudad: Dyfflin.

Y, aunque el tono grisáceo de la niebla siempre me ha recordado al color de los huesos humanos, es el chasquido de los estandartes negros y rojos del Rey Supremo ondeados por el viento lo que más me perturba de todo.

Las ráfagas de viento que azotan el mar los desgarran y los agitan con tal ferocidad que me cuesta reprimir la esperanza de que alguno salga volando y acabe en las turbulentas aguas que hay más allá de los muelles.

Sin embargo, a pesar de ondear sobre puestos comerciales hechos con barro y ramas, y aunque estén ensartados en las costillas de los traidores que ya llevan un tiempo empalados en el Muelle Negro, los estandartes se niegan a ceder ante la corriente de aire.

Cada violento chasquido es un recordatorio de que el Rey Supremo no responde ante nadie, y mucho menos ante el mar o el viento.

Y tampoco lo hace ante los magos a los que desterraron hace cinco años ni ante las diosas que recorrieron esta isla antaño.

Y, por supuesto, ni siquiera escucharía a una campesina como yo.

Al pasar por delante del Muelle Negro, el estómago me da un vuelco y cierro las manos en puños, aunque las llevo ocultas bajo la holgada y harapienta capa que me cubre de pies a cabeza. Y es que, al igual que mi capa, casi todo lo que tengo le pertenecía a mi hermana mayor, Finnola.

Ahora, al observar a los traidores empalados, su voz resuena en mi cabeza.

«Ni siquiera los muertos están a salvo del Rey Supremo».

Tengo las palmas de las manos sudadas. Si Finn estuviera aquí, sería lo bastante valiente como para arrancar los colores que representan al Rey Supremo del pecho del último traidor al que han ejecutado.

Finn arrancaría el estandarte y saldría corriendo antes incluso de que alguien pudiera avisar a los guardias de la Garda; y, después, cuando nos viéramos por la noche para tomar algo, me contaría su hazaña.

Puede que solo me saque cinco años, pero tiene esa clase de valentía audaz y salvaje que yo jamás he sentido.

Finn no rehúye del peligro, sino todo lo contrario; confía en sí misma lo bastante como para luchar y vencerlo.

Yo, en cambio, tengo la certeza de que no hay ninguna causa por la que merezca la pena morir, sobre todo sin disponer de magia con la que poder equilibrar un poco las probabilidades de vivir o morir.

Quizás esa no sea la lección que pretendía enseñarnos nuestra madre, pero es la que aprendí después de que la ejecutaran. Lo único que me importa a día de hoy es sobrevivir.

Sobrevivir juntas .

La gélida brisa marina sopla con fuerza y desgarra la niebla que limita los bordes del mercado. Por un instante, todo a mi alrededor parece llenarse de luz y me imagino la ciudad tal y como mi madre juró que era hace años.

La magia brillaba en las olas que rompían contra el muelle, en cada brizna de hierba que se arremolinaba más allá de la ciudad, en cada hoja de un verde intenso que revoloteaba a través de una brisa suave y cálida.

Siempre nos contaba que podías sostener entre tus manos un reluciente y oscuro charco de magia después de ir a los templos para visitar a los magos y que, además, podías pedir un deseo.

Un deseo que, tal vez, se hiciera realidad.

Ahora, en cambio, la isla se está volviendo cada vez más y más fría.

De hecho, nadie ha vuelto a ver un mago desde que el Rey Supremo los desterró a todos y derribó sus templos hace ya cinco años.

Y, por si eso fuera poco, se aseguró de matar a cualquiera que estuviera del lado de los magos y que hubiera defendido su rebelión fallida; las ejecuciones en el Muelle Negro duraron semanas .

Me tapo la cabeza con la pesada capucha de mi capa y dejo escapar un suspiro. El aire es tan frío que me castañean los dientes, a pesar de que deberíamos estar casi a mitad de verano.

Me percato de varias miradas de preocupación entre las familias que hacen fila en los distintos puestos de cereales en busca de pan y harina.

Y, con solo echar un vistazo a las mesas de los mercaderes, descubro por qué: los montones de centeno, espelta y avena son mucho más pequeños de lo que suelen serlo a estas alturas del año.

Y, encima, los precios son el triple de lo que deberían.

Todos estamos al tanto de las excusas que dan los mercaderes: que no crece casi nada a causa de las bajas temperaturas y que los saqueadores están quemando los campos y los cultivos. Por eso cada vez hay menos caravanas de mercaderes.

Entonces, me doy cuenta de que el miedo se oculta tras sus miradas y que todo va a depender de las cosechas que se recojan dentro de cuatro meses.

El único motivo por el que no falta comida en nuestra casa, a pesar de los precios desorbitados, es el puesto de armas que regenta mi padre. Sin embargo, en cuanto mis ojos lo localizan en mitad de todo el caos del mercado, noto que se me congela la sangre de las venas.

No hay nadie en el puesto, ni siquiera mi hermana.

Mierda.

Intento abrir la cerradura del puesto con manos temblorosas mientras hago memoria; recuerdo que Finn me dijo que estaría aquí para cuando amaneciera.

Nuestro padre nos ha repetido la misma frase hasta la saciedad: los clientes que vienen en busca de armas baratas no quieren que los vean cuando el mercado está a rebosar de gente y los guardias de la Garda se dedican a rastrear cada esquina del lugar.

Nuestros compradores son criminales, contrabandistas, envenenadores por cuyas cabezas pagarían una buena suma de dinero y rebeldes potenciales.

Un momento. Si Finn no está aquí y tampoco estaba en casa esta mañana…

De pronto, siento que las costillas me oprimen los pulmones.

¿Dónde está?

Las persianas del puesto retumban cuando las empujo hacia atrás mientras lucho contra el creciente miedo que me invade.

Las filas de relucientes cuchillos metálicos, espadas cortas y hachas, todas con hojas afiladas y curvadas tan tentadoras como letales, son las que me dan la bienvenida en la fría oscuridad que inunda el puesto.

Ni siquiera hay una nota de Finn.

Con una mano, sobrevuelo el borde tallado del mostrador, por si acaso Finn hubiera escondido algo ahí para darme una pista de su paradero.

Con la otra, acaricio la fina cadena de plata que cuelga de mi cuello y que se pierde bajo la agrietada hebilla de cuero de la capa y entre los cordones de mi túnica verde desgastada.

El amuleto que escondo en la banda que me envuelve el pecho es un objeto pequeño: un nudo triple forjado en plata fina, apenas un poco más grande que la uña de mi pulgar.

Sin embargo, si cierro los ojos y me concentro, puedo sentir el cosquilleo de la magia, aunque cada vez menos; se está desvaneciendo poco a poco.

«No te lo quites nunca, al menos hasta que decidas que ha llegado el momento de hacerlo». Esas fueron las palabras de mi madre y le prometí que así lo haría.

En el Paseo del Muelle, lo último que quiere nadie es tener otra boca que alimentar. Tengo diecinueve años y, gracias al amuleto, me he librado de correr esa suerte en dos ocasiones, cuando el vino agrio de la taberna me jugó una mala pasada.

Un sentimiento repentino de terror hace que desvíe la mirada más allá del mercado y vuelvo a observar las amenazantes estacas del Muelle Negro que se extienden bajo la sombra del Castillo del Monte, que se alza sobre ellas.

Siempre intento no mirarles las caras a los ejecutados, y tampoco me permito pensar demasiado en quiénes serían esas personas ni en lo desesperadas que estarían para tratar de comprar vestigios de magia que se introducen de contrabando en Eireann.

Sin embargo, ahora me obligo a fijarme en todas y cada una de esas caras mientras le rezo a las Primigenias, las diosas antiguas y las primeras magas, para que ninguna sea la de mi hermana.

No pienso perder a nadie más, y mucho menos a Finn.

Sin embargo, si está ahí… Si los de la Garda la han atrapado…