Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Alison atravesó las puertas del vestíbulo y salió a la calle.

—Buenas noches, señorita Page.

—Buenas noches, Arthur —correspondió al saludo del vigilante con una amable sonrisa y dejó atrás los cuatro peldaños que la separaban de la acera.

Detrás de ella se elevaba el impresionante edificio de oficinas del Rosemont Holding. El logotipo estaba impreso en sus puertas de cristal y destacaba sobre la fachada del edificio, como si quisiera decirle a todo el mundo: Aquí estoy yo.

Le echó un último vistazo y sonrió para sí antes de echar a andar.

Había elegido.

No podía decir que su elección hubiese sido completamente del agrado de su tío, pero Simon la había escuchado y, ya solo por eso, había merecido la pena dar el paso.

Ese hombre la conocía mejor que ella misma. Lo había visto en la manera en que la miró y le dijo que lo sabía, que solo había estado esperando el momento en que ella tomase la decisión.

No se había opuesto a sus argumentos, aunque sí la había confrontado con ellos, obligándola a verse a sí misma, a afrontar aquella última parte del camino. Y lo había hecho. Lo hizo hasta que todo lo que salió por su boca era lo que sentía, lo que deseaba hacer, quién deseaba ser.

No estaba renunciando a su legado, ni tampoco a su apellido, tan solo estaba eligiendo lo que quería ser en un futuro inmediato.

Y no era estar sentada detrás de un escritorio, dirigiendo una gran corporativa.

No todavía, al menos, no mientras el hombre que la había criado y se había encargado de su empresa fuese lo bastante mayor o estuviese lo suficiente cansado como para cederle el testigo.

Alison había aceptado formar parte de la directiva. Era su legado, después de todo, y no iba a desentenderse de él. Asistiría a las reuniones cuando fuese necesario, daría su parecer y aportaría sus conocimientos, pero no estaría al frente.

Como tampoco seguiría jugando a la heredera Rosemont.

Iba a ser Alison Page, simple y llanamente. Dueña de una tetería y, si Jason aceptaba la propuesta que tenía para él, quizá también su socia en una nueva iniciativa.

Quería ser parte de ese proyecto, ayudar a su gente de la forma en la que pudiera y, sobre todo, quería seguir descubriendo quién era realmente el hombre que se escondía bajo aquel disfraz de empresario serio y alma demoníaca.

Sonrió para sí, miró el reloj y decidió tomar un taxi que la acercase al hotel.

Ya era algo tarde cuando cruzó el vestíbulo, saludó al recepcionista y a uno de los huéspedes que estaban en ese momento ante la recepción y llamó al ascensor.

Su presencia en el Baylor Inn se había convertido ya en algo rutinario. Venía después de cerrar, charlaba con los huéspedes, pasaba algunos momentos con Carolina en el jardín y terminaba cenando con Jason en el salón privado.

Erin se había quejado el último fin de semana de que estaba ilocalizable durante la semana, aunque su reprimenda estaba envuelta en una sonrisa tan grande que ni siquiera podía tomársela en serio.

Su amiga no tenía la menor idea de en qué estaba metida y tampoco es que pudiese explicárselo.

Ella no sabía que era una bruja, era lo único que no había compartido con ella, pues era bastante escéptica y sabía que se lo tomaría a broma.

Había cosas que simplemente merecían la pena guardarse para sí misma, sobre todo cuando no hacían daño a nadie.

Lo difícil había sido buscar una excusa creíble para todo el tiempo que pasaba en el hotel, así que acabó optando por decirle la verdad, o al menos la parte que podía contarle.

Había vendido la parcela al dueño de la cadena hotelera y quedaba con él para hablar sobre negocios.

Ni que decir que no se lo había tragado, no después de verlos charlando animadamente, según Erin, en la fiesta de hacía un par de semanas.

Al parecer, no era la única que se había fijado en la complicidad que parecía haber entre ellos, lo que había motivado rumores sobre una posible relación entre el empresario y la heredera Rosemont.

Con todo, lo que quiera que hubiese entre Jason y ella no tenía nada que ver con los ecos de sociedad, ni con las personas que eran fuera del hotel o de la tetería, y le gustaba que fuese así.

Siempre había intentado mantener esa parte de su vida lo más privada posible y pensaba seguir haciéndolo.

No era alguien que desease salir en las revistas o en los periódicos por algo que no fuese estrictamente profesional.

Si querían fotografiarla en un evento del holding o hacerse eco de alguna de las causas filantrópicas en las que participaba públicamente, no tenía problema alguno en prestarse a ello, pero jamás había dejado que su vida privada saliese a la luz de esa manera y no iba a empezar ahora.

—Erin va a alucinar cuando le cuente lo de hoy —murmuró para sí, pensando en que tendría que llamar a su amiga e invitarla a comer el sábado para ponerla al tanto de su reciente decisión. Conociéndola, sabía que la apoyaría al cien por cien.

Las puertas del ascensor se abrieron, salió al pasillo y escuchó la voz de Jason. Hablaba en voz baja, con suavidad y, al escuchar una respuesta femenina, supo que debía tratarse de alguno de los huéspedes.

Y no estaban solos, pues Kaiser apareció desde el otro lado del pasillo y, al verla, asintió con la cabeza. El nigromante llevaba consigo su botiquín, lo que quería decir que posiblemente se trataba de un nuevo ingreso.

Alison no quería molestar, pero algo en la voz femenina la hizo avanzar y, antes de darse cuenta, se encontró ante el umbral de la puerta, viendo a Jason arrodillado ante una niña de unos ocho o diez años, si es que los tenía.

Estaba sentada en una silla frente a él, tenía la piel de un enfermizo tono azul grisáceo, con evidentes hematomas y cortes en los delgados brazos.

Los pies asomaban por debajo del ruedo de algo parecido a una túnica y parecían ensangrentados.

Como si sintiese su presencia, la niña volvió la cabeza cómo un rato en su dirección, mirándola con aterrados ojos amarillos.

Ver su rostro le provocó una punzada en el estómago.

Lo tenía hinchado, amoratado, con un enorme corte en la mejilla.

Su pelo era una masa de mechones inconexos, cortados a tijeretazos, como si alguien lo hubiese hecho a propósito, y entre ellos sobresalían unos pequeños cuernecitos que se curvaban hacia atrás, pegados a la cabeza.

La niña no era humana. Era un demonio.

Una inesperada y caliente rabia la llenó al ver el estado de la criatura.

¿Cómo se atrevía alguien a hacerle algo semejante a una niña?

—Alison…

Jason pronunció su nombre, pero lo ignoró, se acercó lentamente a la niña, quien no le quitaba los ojos de encima, y acabó acuclillándose a su lado. No la tocó, se quedó allí, sonriéndole con calidez, en silencio, hasta que vio que el cuerpo de la niña empezaba a relajarse poco a poco.

Entonces pronunció un par de palabras con voz rasgada, casi rota, aunque no tenía idea de qué idioma era ese. Antes de que pudiese decir una sola palabra en repuesta escuchó a Jason hablando en ese mismo idioma, su voz suave, casi parecía una melodía.

La niña abrió entonces los ojos como platos, mirándola de nuevo y volvió a pronunciar algo, una sola palabra: «Mirasi».

—¿Qué…? —susurró, mirando a Jason, cuyos ojos estaban ahora sobre ella.

—Princesa —tradujo él—. Es la palabra de su dialecto para «princesa».

—Eres su prometida ante la comunidad, así que, eso te hace su princesa, supongo —añadió Kaiser, quien se había puesto unos guantes de látex y estaba sacando lo necesario del botiquín abierto sobre la mesa.

—Kaiser… —La advertencia en la voz de Jason sobresaltó a la niña.

—No la has rechazado, sire , así que… —Se encogió de hombros y la miró—. Has llegado en el momento justo, querida. Tu presencia la ha calmado, ¿te importaría quedarte mientras la atiendo?

—No, claro que no. Me quedaré el tiempo que necesites —admitió, prestándole toda su atención al nigromante. Entonces se volvió hacia Jason y preguntó en voz baja—. ¿Quién le hizo esto?

—Alguien que ya no está con vida. —Su respuesta debería haberla estremecido, sobre todo por su tono y la mirada que asomó en sus ojos, tan amarillos ahora como los de la niña, pero solo pudo sentir alivio.

—Bien —aceptó. Y lo decía en serio. Cualquiera que se atreviese a hacerle algo como eso a una niña, de la raza que fuese, merecía morir.

Su acompañante se relajó también al escuchar su respuesta.

—¿Cómo se llama? —le preguntó, volviéndose hacia la niña, que seguía mirándola como si fuese algo extraordinario.

—Clarisse. —Al escuchar su nombre, la niña miró a Jason. Este le dijo algo entonces en su propio dialecto, entre lo que creyó entender se había pronunciado su nombre.

—Ali. —Se volvió a la niña, señalándose a sí misma—. Me llamo Ali.

—Ali —repitió la pequeña, antes de dar un respingo. Kaiser estaba limpiándole las heridas del brazo.

—¿Puedes cogerle la mano? —preguntó Jason con suavidad—. Noto tu poder en el ambiente, ya ayudará a mantenerse relajada.

Asintió y le tendió la mano. No tomó la suya, no cuando la veía tan frágil que no sabía si la lastimaría.

La pequeña miró su mano y luego a ella, entonces, con lentitud, posó la suya sobre la de ella y Alison se sorprendió por lo fría que estaba su piel.

—Está helada.

—Pronto estará bien —mencionó Kaiser.

Durante los próximos minutos, mientras el sanador hacía su trabajo, Jason le explicó quién era la niña y cómo había llegado hasta el hotel.

La había traído la misma persona que la había rescatado de su maltratador, el mismo que, aunque Jason no lo hubiese dicho con palabras, parecía haber sido el que se había encargado del desgraciado.

Clarisse era una mestiza y, según su acompañante, eso era ya un crimen en sí mismo para ciertos sectores de las castas demoníacas.

Por lo que había podido averiguar Jason, la niña no tenía padres, ni siquiera los recordaba.

Había pasado su corta vida con un familiar, el cual se había cansado de ella con el resultado que tenían delante.

Se le heló la sangre al escuchar el relato. Había escuchado todo tipo de historias sobre la gente que vivía en el hotel, pero esta era la primera vez que veía las consecuencias en primera persona. Y era una niña. ¡Una niña!

Estuvo con ellos hasta que la pequeña Clarisse se quedó dormida en la misma silla. Kaiser decidió llevársela entonces con él, iba a encargarse personalmente de vigilarla y asegurarse de que descansaba.

—¿Estás bien? —La pregunta de Jason la sacó de sus cavilaciones.

Se habían trasladado al salón de siempre, aunque ninguno se había interesado por la cena.

Ella se había quedado junto a la chimenea, dejando que el calor la desentumeciera después de lo que acababa de presenciar.

—¿Esto es a lo que te enfrentas cada día? —preguntó, su mirada fija en las llamas.

—¿No es a lo que os enfrentáis también los humanos? —le respondió con otra pregunta—. La maldad no es algo que exista solo en el mundo sobrenatural, aunque algunos actos puedan ser incluso más despiadados a causa de la naturaleza de aquellos que los perpetran.

Ladeó lentamente la cabeza hasta encontrarse con su mirada marrón. Sus ojos volvían a ser humanos.

—Tienes razón.

Y la tenía. Los humanos podían ser igual de crueles e incluso aún más.

—Lamento que tuvieses que ver…

Negó con la cabeza, interrumpiéndole.

—Yo no —aseguró con rotundidad—. Ojalá no existiesen este tipo de situaciones, pero existen. Cerrar los ojos a la realidad no es la forma en la que se solucionan las cosas, es necesario mantenerlos bien abiertos a fin de poder combatir esta clase de abusos.

—Lo es —confirmó él, acercándose hasta quedarse a su lado.

—Hoy he ido a hablar con mi tío —mencionó, levantando la cabeza hacia él—.

Necesitaba decirle que he tomado una decisión con respecto a mi vida, a mi futuro…

y que no está detrás de un escritorio, ni en una oficina del holding.

Al menos, no por ahora. No voy a desligarme de la empresa, formaré parte de la junta directiva, pero no voy a ponerme al frente, no cuando tienen un magnífico presidente que puede seguir haciéndolos crecer en los venideros años.

—Entonces, ¿has elegido la tetería?

Asintió con la cabeza.

—He elegido la tetería y me he elegido a mí misma —concretó, poniendo en palabras lo que deseaba, lo que necesitaba por encima de todo—.

Ya es hora de que me permita ser quien quiero ser y esa es la Alison que he descubierto en estas últimas semanas aquí, contigo.

De hecho, venía a hacerte una oferta al respecto.

—Una oferta —parecía tan sorprendido como intrigado.

—Sí. Y te advierto que voy a venir una y otra vez hasta que la aceptes —le aseguró, dejando que la tensión de la última hora se diluyese.

Jason esbozó una pequeña sonrisa ante el claro recordatorio a su propia insistencia.

—De acuerdo, señorita Page, dispara —la invitó a ello—. ¿Cuál es la oferta que quieres hacerme?

—Quiero ayudarte con el refugio —declaró, poniendo sobre la mesa su propuesta—. He podido comprobar por mí misma lo que este lugar significa para tus huéspedes. No es solo un hotel de lujo, ni tampoco un lugar de paso, es una luz de esperanza. Y quiero formar parte de ella.

—Entiendo.

—Estaría dispuesta a asociarme contigo —le dijo, acercándose a él—. Soy una bruja verde bastante competente, además, tengo formación en gestión, conocimientos empresariales y experiencia en atención al cliente. Sería un activo de lo más valioso, te lo aseguro.

—No me cabe la menor duda de ello —admitió él.

—Me gustaría ayudarte, Jason. —Fue muy sincera—. Y también me gustaría saber si esto… lo que quiera que sea que hay entre nosotros… puede conducirnos a algún lugar.

—¿Estás segura de eso, Alison? —La miró a los ojos al preguntárselo—. No soy humano, soy un demonio…

—Y yo soy una bruja verde que tiene una tetería, recibe consejos de un fantasma y… puede que esté medio enamorada de un demonio —admitió por primera vez en voz alta—. Ya ves, ninguno de los dos somos perfectos, Jason.

Él sonrió de esa manera tan suya y llevó la mano a su mejilla, rozándole la piel al tiempo que le apartaba el pelo de la cara.

—No dejan de sorprenderme las cosas que tenemos en común.

—¿Cómo por ejemplo?

—Es posible que yo también esté… medio enamorado de una bruja —le dijo y escucharle le provocó un escalofrío de placer—. Y eso es nuevo para mí.

—También para mí —confesó ella—. Pero… me gustaría ver a dónde nos lleva.

—Y a mí —confirmó, rozándole la mejilla con el pulgar.

—Entonces, ¿aceptas mi oferta, Jason Baylor? —Se acercó más a él, acortando por completo la distancia que los separaba.

—Sería un necio si no lo hiciera, señorita Page —aseguró, hundiendo los dedos en su pelo y tirando suavemente de su cabeza hacia atrás—. Un demonio inteligente, jamás diría que no a su prometida.

—Idiota —se rio.

Se besaron, lentamente, sin prisas, como si quisieran asegurarse de que este acuerdo entre ellos quedaba sellado para siempre.

—Entonces, ¿eso es un sí? —susurró contra su boca.

—Sí, Ali. Es un sí.

Y su beso se lo dejó claro.