CAPÍTULO 11
Jason miró la pantalla del teléfono sobre su escritorio después de que esta se iluminase.
Había un mensaje entrante y, nada más reconocer el remitente, lo abrió.
Alison le avisaba que llegaría.
En estas dos últimas semanas se había pasado por el hotel casi a diario.
Era como si la cena que habían compartido hubiese abierto las puertas a una confianza que iba creciendo día a día, a un entendimiento mutuo que, más allá de la palpable corriente de deseo que había entre ambos, también se daba en forma de conversación.
Y él no era el único que estaba disfrutando de su presencia. Sus huéspedes se habían beneficiado de sus visitas, sobre todo desde el instante en que se le ocurrió que sería una buena idea acercar la tetería al hotel, sobre todo para aquellos que no se atrevían todavía a abandonar sus puertas.
Ella había entendido mejor que nadie las necesidades de las personas que habitaban entre estas cuatro paredes y simplemente había actuado en conciencia.
Nunca se le pasó por la cabeza que un simple té podría cambiar las cosas, pero no se trataba solo de una infusión de hierbas, sino del poder de la bruja que había detrás de los preparados.
Uno que estaba creciendo bajo las enseñanzas de Carolina, quien parecía haber acogido bajo su ala a su «prometida».
El mundo sobrenatural podía ser realmente terco cuando se trataba de ciertas declaraciones. Para los huéspedes del hotel, Alison le había reclamado como su pareja al presentarse como su prometida, así que, eso es lo que era para todos ellos.
Y, aunque le costase admitirlo, también lo era para él.
Al principio se empeñó en negarlo, en rechazar de plano lo que a todas luces no era más que una maniobra de la chica para entrar en su territorio, aunque la realidad para su especie era muy distinta.
Si ella lo reclamaba públicamente, se convertía automáticamente en su pareja hasta que él la rechazase o eligiese a alguien y la pusiese en su lugar.
Jason no había hecho ninguna de las dos cosas.
Sí, había dicho por activa y por pasiva, al que quisiera escuchar y al que no, que ella no era nada para él. No era su prometida en el sentido que le daba la mujer, en el que le darían los humanos. Pero no la había rechazado públicamente ante los suyos.
Y no lo había hecho porque desde el principio su alma le llamó la atención.
Había visto algo en ella, algo que despertaba su hambre y que no encajaba del todo con una simple humana. Pero es que no lo era, Ali era una bruja verde, algo que ahora sabía y que hacía que se sintiese como un idiota por no haberlo visto entonces.
No es como si ella lo hubiese ocultado, simplemente, sus dones no eran tan evidentes como para haberlo notado, saboreado incluso.
No sabía bien qué hacer con todo aquello, la verdad, solo que si las cosas seguían escalando como hasta ahora entre ellos, una noche de estas el postre no sería un pedazo de tarta de arándanos, sino esa mujer debajo de él.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y respiró hondo.
No se hacía ningún favor evocando ese tipo de pensamientos, no cuando la deseaba como lo hacía.
Y sabía que no era el único que se estaba conteniendo, que jugaba a este juego de extraña seducción.
Era como si ninguno de los dos se atreviese a dar el paso, porque en cuanto lo hicieran, era muy probable que no hubiese vuelta atrás.
Se tomó un minuto entero para tranquilizarse y, entonces sí, recuperó el teléfono y respondió a su mensaje con un simple «OK».
—¿Escribiéndole mensajes a tu amorcito?
Levantó la cabeza justo a tiempo de ver a Elvis atravesar la pared para luego dejarse caer en una de las sillas frente al escritorio.
Dejó el teléfono con cuidado, pues ya empezaba a sentir el cosquilleo en sus dedos que iniciaría las llamas con las que no le importaría quemarle el culo a ese espectro.
—¿Qué quieres?
—Soy el mensajero. No mates al mensajero. —Levantó ambas manos—. Me mandan de cocinas a preguntar qué menú deseas para la cena de esta noche. Te recomiendan cordero o pescado.
Cerró los ojos por puro agotamiento.
Aquel era otro de los cambios que habían estado teniendo lugar en el hotel o, más concretamente, en cocinas.
Desde que Alison cenaba con él, los huéspedes con habilidades culinarias parecían querer lucirse con algún nuevo plato, así que siempre había algo distinto y, tenía que admitirlo, delicioso para sus cenas.
—Lo que sea. A Alison le gustan ambas cosas.
—Oye, mírate. Ya conoces los gustos de tu futura esposa.
Abrió la boca y volvió a cerrarla. Las llamas emergieron en torno a la silla, dejando el mueble intacto y chamuscando un poco al fantasma.
—¡Joder, Jason! —Saltó como un resorte.
Odiaba admitirlo, pero ese fastidioso fantasma tenía razón y eso también le sorprendía.
Había empezado a conocer los gustos de Alison, así como cada uno de sus gestos.
Sabía cuándo callaba algo, cuándo se moría de ganas de preguntarle algo, pero no se atrevía, o lo que significaba el hecho de que se apartase el pelo, con suavidad, remetiéndolo detrás de la oreja. Un signo de nerviosismo.
Siempre había sido un hombre observador, era lo que lo había mantenido vivo hasta ahora. A ella, sin embargo, la contemplaba más por puro placer que para intentar adivinar cuál sería su próximo movimiento.
—¡Apágalo! ¡Apágalo! ¡Joder, apágalo!
Elvis seguía dando saltitos, intentando liberarse de las llamas que le roían los pies y le subían por las piernas.
Consumió las llamas con un solo pensamiento, lo que hizo que el fantasma dejase escapar un largo suspiro.
—Hay que ver cómo te pones cuando te dicen aquello que no quieres oír —rezongó el fantasma, alisándose la ropa.
—Mantén la boca cerrada y no acabarás chamuscado. —Una medida de lo más sencilla.
—A estas alturas ya deberías saber que soy de verborrea fácil —chasqueó, para volver a ocupar a continuación la silla que había abandonado—. Entonces, ¿cordero o pescado? Tengo que pasarle la nota a la cocina.
—Que nos sorprendan —bufó, dejando la elección en manos de los chefs.
—Vale. Pero luego no te quejes si os sirven algo raro y de dudosa procedencia —le dijo, alisándose el chaleco—. Esos linguini del martes pasado eran… de lo más particulares.
Puso los ojos en blanco.
—Porque no eran ni linguini ni eran la cena. —De verdad, necesitaba un exorcista con urgencia. Uno que consiguiese expulsar a este idiota del hotel—. Era el preparado que hizo Carolina para las plantas. Abono, Elvis. Abono.
—Ya decía yo que tenía un regusto terroso.
Optó por no responder, por ignorarlo y volvió a su tarea. Tenía bastantes documentos sobre la mesa como para entretenerse hasta que llegase Alison.
—Bueno, ¿cuándo piensas decirle a esa maravillosa bruja verde tuya que estás colado por ella?
—Elvis, lárgate. —Ni se molestó en levantar la cabeza.
—Es curioso cómo los humanos no son capaces de darse cuenta de algo tan evidente —insistió el fantasma con incontinencia verbal—. Pero ni de lo tuyo, ni de lo de ella. Si no lo has notado, ya te lo digo yo, ella también bebe los vientos por ti…
Dejó que las llamas envolviesen sus propios dedos a modo de advertencia, mas el fantasma siguió con su monólogo.
—Es tan, pero tan evidente. Nos hemos dado cuenta todos los que estamos en el hotel.
De hecho, ya empiezan a correr apuestas sobre cuándo anunciaréis la boda.
Yo he sugerido que hiciesen una de cuándo vais a caer en la cama de una puñetera vez, porque cada vez que estáis juntos saltan chispas.
En serio, debes de tener las pelotas azules, ¿no? Porque tanta contención…
El fuego estalló, envolviéndolo por completo, ahogando su cháchara y sustituyéndola por gritos de «joder, que me quemo».
Esta vez, sin embargo, no necesitó apagarlo, pues Elvis hizo lo que debería haber hecho desde el primer instante, esfumarse de la habitación.
—No aprende —resopló para sí, apagando el remolino de llamas que quedaban tras de sí.
Cualquiera pensaría que, después de haber incendiado el hotel y ser pasto él mismo de las llamas, tendría un poquito más de respeto por alguien que tenía un acceso total al fuego infernal, pero ese fantasma parecía disfrutar de él más de lo que quería admitir.
Sacudiendo la cabeza, apartó al espectro de su mente y volvió a centrarse en lo que tenía delante. O intentarlo al menos, pues la verborrea de ese imbécil se había instalado en su mente como un bucle interminable en torno a una sola frase.
¿Cuándo piensas decirle a esa maravillosa bruja verde tuya que estás colado por ella?
—Mierda… —masculló, mirando los papeles que tenía ante sí sin verlos realmente.
Al parecer, iba a tener que aceptar que Elvis tenía razón y que, todavía no sabía cómo, era posible que se hubiese enamorado de la dueña de la tetería.