CAPÍTULO 10
—¿Ya has hablado hoy con tu prometido?
—No es mi prometido.
—Claro que lo es. Lo declaraste a los cuatro vientos cuando entraste en ese hotel reclamando a tu demonio.
—No es mi demonio.
—No, claro que no. Porque no se te caen las bragas hasta los tobillos cada vez que entra por la puerta, ni se te queda esa mirada de pánfila soñadora cuando se marcha.
—Te diría que te graduases la vista, Lola, pero resulta que… ¡Oh, sorpresa! Estás muerta.
—Llevo muerta desde mil novecientos diez, querida, no me descubres nada nuevo —se carcajeó la fantasma—.
Tú, por otro lado, no eres una mujer precisamente ciega.
Incluso eres más inteligente que la media, así que si me dices que no te has percatado de lo que sientes por él, es posible que me dé un ataque de risa, de esos de los que no te recuperas.
Puso los ojos en blanco ante la especialmente irritante charla de la fantasma.
Hoy había llegado temprano a la tetería. Quería comprobar que las reformas que quedaban por hacer hubiesen quedado como debían. Habían trabajado en la tetería todo el fin de semana, el único que había sido incapaz de escaparse de sus otras obligaciones.
Era impensable que faltase a la fiesta de su propia empresa. Simon se lo había dejado muy claro, si quería seguir con su año sabático, así lo llamaba él, tendría que atender todos y cada uno de sus compromisos los fines de semana.
Estaba agotada. No había podido dormir bien, incluso durante la maldita fiesta había tenido la cabeza en otra parte…
En su tetería. Y no se trataba solo del local.
Estas últimas dos semanas habían supuesto un antes y un después para ella.
Por primera vez sentía que encajaba en un lugar, que no tenía que cuidar sus palabras o reprimir lo que llevaba dentro cada vez que se encontraba cerca de alguna planta.
Ni siquiera estaba segura de cómo había empezado todo aquello, pero ahora dividía su tiempo entre la tetería y el Baylor Inn. El pasarse por el hotel después de echar el cierre para tomarse un café o incluso cenar con Jason se había convertido en una especie de ritual.
Ese hombre la intrigaba. Y lo cierto es que Lola tenía razón, había algo en él que le gustaba más de lo que debería.
La química entre ellos era palpable. El deseo siempre estaba presente, pero ninguno de ellos parecía dispuesto todavía a ceder ante él.
Y eso también estaba bien para ella, su vida era lo suficientemente complicada ahora mismo como para añadir un sexy y atractivo demonio a la ecuación.
Además, el verse casi cada día con él le estaba permitiendo conocer al hombre detrás del empresario.
Desde luego, el término demonio tenía una connotación muy distinta en lo que a él se refería.
Lo veía en la manera en que hablaba a los huéspedes, en la que ellos le buscaban en busca de consejo o para compartir con él algún avance.
Alison había terminado siendo también parte de esas noticias. Nadie se cohibía porque estuviese presente, por el contrario, solían saludarla, preguntarle qué tal le iba el día e incluso los había que alababan sus tés.
Sí. Aquella había sido una idea peregrina, pero acabó materializándose en una realidad.
Cuando Jason le dijo que no sabía si los huéspedes se pasarían por su tetería ahora que esta formaba parte del círculo de protección, había pensado en acercársela ella misma.
Así que había hecho acopio de algunos de sus tés favoritos y los había traído al hotel.
Desde ese momento, sus mezclas siempre estaban disponibles en el comedor, el aroma de las hierbas solía inundar el lugar por las tardes y había otro tipo de paz.
«Tienes un don, bruja verde. Tus infusiones están sanando heridas que mis ungüentos no pueden siquiera alcanzar».
Esas habían sido las palabras que le había dedicado Kaiser, el sanador del hotel, y que Jason había confirmado con un leve asentimiento.
Y aquello la había hecho sentirse realmente útil. Por primera vez en su vida, sentía que podía hacer algo que mereciese la pena, que ayudase a alguien más.
El Baylor Inn también la estaba ayudando a ella, se dio cuenta.
Entre sus paredes podía ser quien era, sin necesidad de máscaras, sin esconderse, podía abrazar su herencia mágica, una que parecía florecer igual que las plantas que ayudaba a cultivar, como si siempre hubiese estado allí a la espera de que le permitiese crecer.
Tenía mucho que agradecerle a Carolina. La dríade oscura la había recibido en su jardín cómo los brazos abiertos y le había enseñado a escuchar su propio don, a usarlo de una manera en que no lo había hecho hasta el momento.
Era su nueva maestra en las artes verdes, alguien lo bastante paciente como para lidiar con su propia impaciencia, lo que la convertía en la profesora perfecta.
Al final, que Jason hubiese puesto tanto empeño en comprarle la tetería, había derivado en algo bueno para ambos.
—¿Qué? ¿Te has percatado ya o necesitas otro par de minutos más de retrospección?
Las palabras de la fantasma la sacaron de sus pensamientos.
Hizo una mueca y entrecerró los ojos sobre ella.
—¿Quieres hacer el favor de dejar de chincharme? —resopló—. No estoy interesada en tener una relación con un demonio.
—Tarde, querida. Llevas en una desde el momento en que cruzaste la puerta de su hotel y lo reclamaste delante de todo el mundo —le aseguró, ocupando su mesa de siempre—.
Podría ser peor. Podría no gustarte en absoluto, que le oliese el aliento o que no supiese qué hacer con lo que le cuelga entre las piernas, pero me da que no será el caso. Se lo ve bastante potente.
—En serio. No entiendo cómo puedes hablar de esa manera habiendo nacido hace más de un siglo.
—Porque observo y escucho —aseguró con un ligero encogimiento de hombros—. La vida sería terriblemente aburrida si no, Ali. ¿Te imaginas? Toda una eternidad hablando como una mojigata cuando las mujeres al fin os habéis liberado del corsé y de la represión sexual.
—Una fantasma feminista, genial —resopló y se metió detrás del mostrador—. ¿Quieres un té?
—El de siempre, querida —confirmó, mirando hacia la ventana que daba al exterior—. Presiento que hoy va a ser un gran día.
—Eso es lo que dices cada mañana.
—¿Y acaso me he equivocado alguna vez?
Optó por no contestar. A veces era mejor dejarla hablar hasta que se cansase.
Llenó la tetera de agua y la puso a calentar.
Esperaba tener que hacer una limpieza profunda después de las obras, pero todo estaba completamente limpio.
Los suelos habían sido completamente sustituidos, ya no rechinaban y la madera que los cubría era muy similar a la original.
Tanto, que prácticamente no se le notaba la diferencia.
Las humedades también habían desaparecido y las paredes tenían ahora una capa de pintura que encajaba muy bien con el aspecto del lugar.
Se habían cambiado algunas mesas, pero manteniendo el mismo estilo que tenían las que se habían quedado.
El interior seguía siendo el que conocía, tal y como había pedido desde un principio.
Miró hacia la puerta principal. Era el cambio más notable, al igual que la fachada, mas incluso así seguía teniendo ese aspecto acogedor que caracterizaba al Marguerite´s Tea.
—Cuatro meses… —murmuró, contabilizando mentalmente el tiempo que le quedaba de presunta libertad—. No sé cómo haré para poder compaginar esto con la empresa. Tendré que contratar a alguien para que esté aquí durante la semana.
—Esto no será lo mismo sin ti —mencionó la fantasma—. Tú eres su alma, Alison. Este lugar ha revivido gracias a ti.
—Se lo prometí, Lola —dejó escapar un suspiro—. Me he preparado toda mi vida para ello. Sabía que antes o después acabaría haciéndome cargo de la empresa. Es mi legado.
—¿Pero es lo que te hace feliz? —Las palabras de la fantasma fueron certeras como una flecha.
—Es mi deber —respondió, dándose cuenta de que había una inseguridad que no había estado antes en su voz, una duda que se había ido instalando en estas últimas semanas y que, sin embargo, no era nueva—.
Es la empresa de mi familia. Mis padres la levantaron con esfuerzo y mi tío la ha estado administrando hasta que pueda ocupar su lugar.
—¿Y ese lugar tiene que ser ocupado precisamente ahora? —Desde luego, la mujer no se estaba dejando nada para sí misma.
—No me estás ayudando, que lo sepas —bufó.
Ella se rio por lo bajo.
—Al contrario, es lo que he estado haciendo desde que cruzaste esa puerta por primera vez —aseguró con su habitual serenidad—. Y lo has hecho bien, Ali. Has elegido tu camino, lo que deseas ser… Ahora depende de ti seguir transitando por él o desviarte hacia nuevos senderos.
Abrió la boca para decir algo, pero la tetera eligió ese momento para empezar a silbar.
Resopló, tanto por la interrupción como por las palabras de Lola.
Cuando se decidió a comprar el local y hacerse cargo de él, lo hizo más por una necesidad sentimental que por una comercial. Se había visto a sí misma en aquel lugar, gestionándolo, preparando tés, pero si era sincera consigo misma, no creyó que acabaría pasando cada día de la semana en ese lugar.
Su plan era contratar a alguien para que se hiciese cargo del lugar a media jornada, de ese momento ella dispondría también de algo de tiempo libre.
Sin embargo, en el momento en que se puso detrás de la barra y empezó a conocer a los clientes, a charlar con ellos, a disfrutar preparando las mezclas de té, su idea inicial se esfumó y acabó dedicándose por completo a la tetería.
Y es que allí podía ser solo Ali, la chica que servía tes, cuidaba de las plantas y aprendía más sobre su legado gracias a un cliente fantasma.
Lola le había abierto las puertas a un mundo que era suyo, uno en el que no se sentía una extraña, sino parte de algo…
Al igual que había hecho Jason con el Baylor Inn.
Sí. Puede que hubiese llegado al Marguerite´s Tea como una manera de preservar un pedacito del pasado de su madre, para sentirse, de alguna forma, más cerca de su progenitora.
Pero tras siete meses al frente de la tetería, aquel lugar se había convertido en algo más, en algo suyo y no estaba segura de poder dejarlo.
—Mierda —masculló.
—¿Te has quemado, niña? —preguntó Lola, desde su mesa.
Sacudió la cabeza.
—No, estoy bien —respondió. Cogió una taza, añadió la infusión que siempre tomaba su clienta y vertió el agua caliente sobre ella. Dejó la barra y le llevó la bebida caliente a la mujer—. Aquí tienes, Lola.
—Gracias, querida —asintió, pero no miró el té como otras veces, se la quedó mirando a ella—. Sí. Ya veo que ahora sí vas a estar bien.
Sonrió y, ahora sí, bajó la mirada hacia la taza.
La fantasma no dijo una palabra más, aunque tampoco hacía falta.
Ambas sabían que acababa de tomar una decisión.