CAPÍTULO 9
—Entonces, ¿tú también vives aquí?
Cenar con Jason Baylor era lo último en lo que había pensado cuando dejó su tetería, pero aquí estaba, sentada a su mesa, en un pequeño salón íntimo y puramente masculino.
Y, sorprendentemente, se sentía cómoda.
El beso había contribuido a ello, poniendo las cosas en su sitio.
Había sido liberador. Era como si la tensión en la que ambos habían estado navegando se diluyera y, de repente, pudiese incluso respirar mejor.
Una tensión que tenía nombre propio y que ninguno de los dos parecía interesado ya en seguir manteniendo a raya. El deseo complicaba a menudo las cosas, sobre todo cuando había negocios de por medio, pero en este caso Alison sabía que las había simplificado.
Un demonio y una bruja, un hotel que hacía la función de refugio para seres sobrenaturales con problemas o que simplemente necesitaban ocultarse durante un tiempo...
Lo que comenzó como el típico caso de «quiero comprarte la propiedad, pon el precio» había derivado en esto, dos personas sentadas a una mesa con mucho más en común de lo que podría haberse imaginado jamás.
—Digamos que Jason Baylor, el empresario, posee una casa al otro lado de la ciudad —respondió, mirándola de esa manera tan suya—.
Yo soy el que vive aquí. Tengo mi propia ala del hotel, lo cual me proporciona la privacidad que necesito y, al mismo tiempo, me permite estar presente para encargarme de los nuevos ingresos.
—Te has implicado por completo en este lugar.
—No era una pregunta. Había podido darse cuenta de ello mientras le enseñaba el lugar y hablaba con alguno de los huéspedes.
Él no era un extraño, no era alguien que solo aparecía de vez en cuando para arreglar algo y luego seguía con su vida. Su implicación era absoluta.
—Es mi hotel. Son mis huéspedes, mi responsabilidad —declaró con rotundidad—. Jamás la dejaría en manos de otra persona.
Asintió en silenciosa comprensión.
—Es asombroso cómo puede cambiar la perspectiva que tienes sobre alguien una vez que conoces lo que hay detrás de lo que se ve a simple vista, ¿no te parece? —mencionó—. Hace dos semanas te veía como un empresario insoportable que quería comprarme la tetería costase lo que costase.
—Y ahora me ves como un demonio insoportable que se salió con la suya al comprarte la parcela en la que está ubicado tu negocio, ¿me equivoco?
Alison empezó a sonreír.
—Digamos que ya no me pareces tan insoportable —admitió, entonces añadió—. Y que entiendo tu insistencia en conseguir mi parcela.
—Necesitaba mantener la efectividad de la protección del hotel y del edificio residencial que lindan con tu tetería —confirmó—.
El hechizo de protección consume mucha energía y tu propiedad me obligaba a dividirlo en dos.
Adquirir la parcela me permitía poner todo el terreno bajo una sola protección.
Mayor eficiencia y, sobre todo, seguridad.
—¿Quieres decir que mi tetería también está dentro de esa… er… protección?
—Lo está —confirmó—. Pero no afectará en nada a tu local, ni a su rendimiento habitual. No estás dando cobijo a seres sobrenaturales.
—Bueno, tengo un fantasma.
—Lola.
—Sí, Lola —asintió, entonces hizo una mueca al darse cuenta de algo—. Aunque, dada la proximidad del hotel, no me sorprendería si hubiese tenido clientes no humanos y no me hubiese dado ni cuenta.
—Ninguno de mi hotel. —Negó con la cabeza—. Al menos, hasta ahora.
—¿Quieres decir que eso podría cambiar a partir de ahora? —se interesó—. ¿A causa de la ampliación de la protección?
—Es factible —aceptó—. Aunque puede que, si tu clientela aumenta de repente, tenga también que ver con los rumores que siguen corriendo por el hotel.
No tuvo ni que decirle a qué rumores se refería, los conocía muy bien.
—Si llego a saber que decir en la recepción que era tu prometida iba a levantar tanto revuelo, les habría dicho que era un inspector de hacienda o algo así.
Jason sonrió de soslayo y su sonrisa le pareció de lo más sexy.
—Eso posiblemente habría conseguido el efecto contrario, que te cerrasen la puerta en las narices y te prohibiesen acercarse siquiera a la entrada —respondió y juraría que su tono era burlón.
—¿Tienes problemas con el fisco?
—Pago mis impuestos como cualquier otro ciudadano.
Alison le respondió con una sonrisa y señaló el plato que tenía ante ella.
Les habían servido la cena hacía un rato y tenía que admitir que la comida del hotel era excepcional.
—La pasta está deliciosa —mencionó.
—La prepara uno de los huéspedes. —La sorprendió con aquella revelación—. De hecho, hay varios que se ocupan de la cocina. Les dije que no tenían que hacerlo, pero es su manera de contribuir y de sentirse útiles. No es fácil estar mano sobre mano, aun cuando puedes darte el lujo de hacerlo.
—A veces, precisamente porque no tienes la necesidad, es cuando surge el interés —admitió ella—.
Yo podría, perfectamente, pasarme el día sin hacer nada.
Sentarme a ojear revistas, pasarme media mañana en el salón de belleza y el masajista…
Sin duda, a mi tío le haría más ilusión que verme trabajar desde primera hora de la mañana a última de la tarde en la tetería.
De hecho, preferiría que pasase mi jornada laboral detrás de un escritorio, atendiendo a los asuntos de la empresa, pero… no estaba preparada para ello.
—¿Por qué la tetería? —se interesó él—. No es el lugar en el que esperaría ver trabajar a la heredera de uno de los holdings más importantes del país.
—No, supongo que no —admitió, mas ese había sido parte del hecho de que disfrutase tanto haciéndolo—.
El Marguerite´s Tea fue el lugar en el que se conocieron mis padres.
Mi madre conservaba una fotografía de ambos de jóvenes en una mesa de ese local.
Yo no lo recuerdo bien, era muy joven cuando murieron, pero mi tío me dijo que era el favorito de ella.
Movió el tenedor por el plato, como si estuviese reuniendo no solo la comida, sino también sus recuerdos.
—Empecé a visitarlo hace algo más de un año y fue cuando me enteré de que los dueños iban a jubilarse y cerrar el lugar.
—Se encogió de hombros—. Les hice una oferta de compra y la aceptaron, así que la tetería pasó a ser mía.
Conservé el nombre del local porque era el que conocía todo el mundo, el que conocían mis padres y el resto…
Bueno, creo que ya lo sabes, porque llevas los últimos seis meses intentando que te la vendiese.
—Te adelantaste —admitió él, haciendo girar el tallo de la copa entre los dedos—. Llevaba tiempo con la idea de comprar el terreno, pero cuando quise hacerlo, alguien ya se había hecho con él.
—Esa sería yo.
—¿Así que lo compraste para preservar su recuerdo? —preguntó, llevándose la copa a los labios—. El de tus padres.
—Pensé que sería una manera bonita de tener un pedacito de ellos y, al mismo tiempo, un lugar que fuese completamente mío —confesó—.
No era la heredera Rosemont la que adquiría la propiedad para aumentar su patrimonio.
Era yo, Ali. La que solo quería vivir, aunque fuese durante unos cuantos meses, lejos de todo lo que ha significado ese nombre.
—¿Unos cuantos meses?
Asintió con la cabeza.
—Un año —respondió con un largo suspiro—.
Un año para hacer lo que quisiera antes de entrar a formar parte oficialmente del holding.
Ese fue el trato al que llegué con Simon.
Llevo toda la vida preparándome para sucederle, he estudiado una carrera, hecho un máster, hice todo lo que se esperaba de mí a fin de continuar con el legado de mis padres algún día.
Pero eso también hizo que dejase de lado quién soy en realidad y las cosas que yo quería hacer.
—Y elegiste la tetería.
—Elegí ser Ali —declaró con total seguridad.
Jason se la quedó mirando unos instantes en silencio, entonces preguntó:
—¿Te arrepientes?
Sacudió la cabeza en una enérgica negativa.
—Ni un solo día.
—¿Aunque tengas un plazo para regresar?
Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Hice una promesa y voy a cumplirla —confirmó decidida—. Pero eso no quiere decir que vaya a abandonar la tetería.
—No te imagino haciéndolo —admitió él con convicción—. Ese lugar ya es parte de ti.
Lo era. Una parte de la que disfrutaba, que la hacía sentirse plena. No renunciaría a ella. No sabía cómo se las arreglaría para compaginar ambas cosas en el futuro, pero no dejaría el único lugar en el que se podía permitir ser ella misma.
—Así es —corroboró ella—. Lo es. Puede que sea más mío que muchas de las cosas que están a mi nombre.
En ese pequeño local he descubierto más sobre mí misma que en todos estos años acudiendo a fiestas, a inauguraciones, estudiando en el extranjero…
—Se encogió de hombros—. Y conste, no estoy renegando de esa otra parte, también forma parte de mí, de quien soy… mas no es quien quiero ser.
—¿Y quién quieres ser, Alison?
Una pregunta para la que puede que al fin tuviese respuesta.
—La persona que tuvo las suficientes agallas para atravesar la puerta de un hotel y decirle cuatro cosas al capullo arrogante que encontró detrás de un escritorio —respondió con una pequeña sonrisa—.
Y que está justo aquí sentada, charlando con ese mismo hombre como si fuese algo que hiciese toda la vida.
Puede que no sepa mucho del mundo sobrenatural, que sea una bruja verde novata, pero me gustaría seguir viniendo y pasando tiempo contigo.
—¿Ya no soy un capullo arrogante?
— Um … Bueno, ahora que sé que eres un demonio, entiendo que la arrogancia debe ir en tus genes.
Él dejó escapar un resoplido de risa.
—Nunca dejas de sorprenderme.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Bueno —respondió, dejando la copa sobre la mesa—. No hay mucha gente que me sorprenda de esta manera.
Sus palabras eran sinceras y su mirada poseía un claro interés. No hablaba por hablar, solo estaba siendo sincero, como lo había sido hasta el momento,
—Supongo que no debe ser nada fácil sorprender a un demonio —mencionó, recorriéndolo con la mirada—. Así que, mini punto para mí.
Enarcó una ceja, pero sus labios seguían mostrando esa particular sonrisa suya.
—¿Más vino? —sugirió, tomando la botella y señalando su copa.
—¿Por qué no? —asintió y vio como la iba rellenando hasta la mitad—. Gracias.
Afirmó con la cabeza y rellenó su propia copa.
—Hace tiempo que aprendí que es mejor no dejar que alguien te sorprenda. —Su comentario fue del todo inesperado, sobre todo después de haber admitido que ella lo había hecho—. Sobre todo cuando su intención no es tan… agradable y sí considerablemente mortal.
—¿Eso fue lo que te llevó a comprar el hotel? ¿Para poder ocultarte tú también?
Su sonrisa se hizo un poco más cínica y su mirada, cuando la alzó de su copa, era mucho más intensa.
—En realidad, lo hice para tener que dejar de hacerlo —confirmó, recostándose contra el respaldo—.
Cuando te pasas toda la vida escapando, ocultándote e intentando sobrevivir, dejas de saber por qué lo haces.
Se convierte en un mecanismo automático, un modo de subsistencia, más que de vida.
Yo decidí que no iba a seguir huyendo, así que me planté y sencillamente di la cara.
—¿Ante quién?
—Ante los que querían mi cabeza en una pica, mis huevos en un collar y otras partes de mi anatomía en otro tipo de situaciones igual de interesantes —declaró como si estuviese hablando del tiempo y no de algo mucho más oscuro y peligroso—.
Mi gremio es bastante… veleidoso. Dependiendo de la casta o de la familia, puedes encontrarte con verdaderos pacifistas o con criaturas desdeñosas, egoístas y envidiosas que tienen una preocupante inclinación hacia el asesinato.
Digamos que el que fuese el último de mi propia casta no hizo que se sintiesen muy inclinados a dejarme vivir.
—¿Por qué?
—Porque era un grano en el culo para muchos de ellos. —Se encogió de hombros sin más—. A veces solo necesitas haber nacido en una familia concreta y con cierto pedigrí para que te pongan automáticamente en su lista negra.
—Eso no es suficiente para que alguien le desee la muerte a otra persona.
—En mi mundo lo es.
Alison se quedó en silencio, procesando no solo sus palabras, sino el convencimiento con el que las dijo.
—Durante mucho tiempo no tuve ningún lugar al que llamar hogar —continuó—. Cada vez que creía que estaba a salvo, terminaba descubriendo que no era así de la manera más dura y cruel posible.
Hizo un gesto a su alrededor con la mano.
—Yo estuve en su piel. Sé lo que es verse perseguido hasta la extenuación, tener que dormir con un ojo abierto para evitar que le corten la garganta —aseguró con voz dura—.
Así que decidí hacer algo para evitar que otras personas pasasen por lo mismo que yo.
Sé que no puedo salvarlos a todos, pero cada individuo que cruza las puertas del hotel es una presa menos ahí fuera.
—Y para eso sirve la protección. —Finalmente comprendía la importancia de esta—. Para mantener a raya a quienes buscan hacer daño.
—Sí —confirmó—. Empezaba a hacerse un poco tedioso tener que… deshacerse de cada imbécil que venía a mi puerta con exigencias y amenazas.
Deshacerse.
Tenía claro que aquello no era una forma elegante de decir que les había enseñado la puerta.
La verdad, prefería no preguntar.
Era obvio que Jason se había ganado cierta reputación, solo había que ver con qué deferencia lo trataba la gente de allí.
Alison tomó su copa de vino y le dio un buen sorbo.
—Como te dije, tu tetería queda ahora también bajo esa misma protección —mencionó él, mirándola casi como si quisiera adivinar qué pensaba tras lo que acababa de escuchar de su boca—. Nada de lo que pase en el hotel os afectará al negocio o a ti. Tienes mi palabra.
Dejó suavemente la copa sobre la mesa y se encontró con su mirada.
—Te creo —le dijo y lo hacía de verdad—. Con lo que he visto hoy aquí, con lo que tú mismo me has contado, no tengo motivos para dudar de tu palabra o de tus intenciones. Eres un buen hombre, Jason, y este lugar es lo mejor que podías hacer por toda esa gente.
—Gracias.
Asintió y señaló el carrito auxiliar que continuaba en el mismo lugar en el que lo había dejado el empleado que había traído la cena.
—¿Postre?
Sus ojos se encontraron una vez más y esta vez, cuando respondió, lo hizo de manera que sus palabras podían interpretarse también como una promesa.
—Estoy deseando probarlo…