Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Si bien ya conocía algunas zonas del hotel, era completamente distinto verlas acompañada de alguien que le iba explicando algunos detalles o la historia de cómo ciertos objetos habían llegado hasta allí.

Jason seguía siendo parco en palabras, no se recreaba en exceso y se limitaba a mencionar algo cuando se daba cuenta de que había llamado su atención.

Le mostró algunas de las zonas comunes que no había tenido oportunidad de ver hasta entonces.

Una biblioteca enorme, un salón donde varios huéspedes jugaban a las cartas, otro para fumadores que parecía haberse convertido aquello en Londres bajo la niebla…

Lo más curioso de todo es que el humo y el olor del tabaco no parecían salir de aquella habitación.

Descubrió que incluso tenían una especie de terraza interior llena de plantas que recibía la luz de una claraboya de cristal y varios ventanales, pero lo que sin duda la dejó sin palabras, fue la criatura que dormitaba hecha un ovillo frente al fuego de otro salón mientras dos menudas mujeres hablaban en voz baja.

No podía evitar mirarlo todo con una mezcla de desconcierto y fascinación, sobre todo cuando Jason le susurraba qué era cada uno de los ocupantes.

—Aquí se sienten seguros… —mencionó él, dejando atrás la última sala con aquella extraña criatura y las mujeres de piel azulada—. Pueden ser ellos mismos sin necesidad de ocultarse o fingir.

Sus palabras la llevaron a mirarle y vio en sus ojos lo que ambos sabían, el secreto que, en cierto modo, compartían y que hacía que aquello se quedase con ella.

Dentro de estas paredes no era ni Ali, la dueña de la tetería, ni Alison Page, la heredera de Rosemont Holding. Era solo Alison, la bruja verde que paseaba al lado de un demonio y que, para su sorpresa, algunos seguían considerándola la prometida del señor Baylor.

Por primera vez no tenía que fingir ante nadie, no debía elegir un papel, podía ser tan solo ella y eso era un inesperado regalo en sí mismo.

—Tú también puedes… —remató él, como si le hubiese leído el pensamiento o estos se hubiesen reflejado en sus ojos—. Aquí no necesitas ser nada más que lo que ya eres.

Asintió en respuesta y le sonrió, una sonrisa verdadera.

—Gracias.

Se limitó a cabecear y le hizo un gesto para que continuasen.

Su nuevo paseo los llevó a la zona trasera del hotel, a una amplia sala que parecía haber sido conquistada por las plantas.

Había enredaderas trepando por las columnas, extendiéndose bajo un techo de cristal, plantas con flores que no había visto jamás, algunas parecían incluso emitir una tenue luz.

¿Y sus colores? Eran extraños, equivocados incluso, pero igualmente hermosos, como si perteneciesen a un lugar completamente distinto.

Entró sin pensarlo. El corazón se le aceleró, la piel empezó a cosquillearle y supo que era su propia magia reconociendo el lugar, atraída por toda aquella vegetación. Casi podía escucharlas murmurar, dándole la bienvenida, pidiéndole que penetrase más hondo, que las reconociese.

—Esto es… precioso.

Jason se quedó en la puerta, dejándola disfrutar de ese pequeño instante de conexión por sí misma.

—¿De dónde han salido todas estas plantas? —preguntó llena de curiosidad, mirando de un lado a otro—. No las había visto nunca, ni siquiera sabía que existía algo como esto.

—Yo tampoco hasta que llegó Catalina —mencionó él, mirando a su alrededor—. Es una dríada oscura. Las plantas empezaron a brotar tras su llegada. Es quien cuida de este particular jardín.

Alison se agachó junto a una planta de hojas alargadas y la rozó con los dedos.

No pasaron más que un par de segundos antes de que las horas vibrasen, emitiendo un ligero sonido de carrillón, para finalmente empezar a florecer.

Diminutas flores de color rosa cubrieron las hojas hasta convertirlas en un nuevo espectáculo.

—Vaya, parece que le caigo bien —sonrió, volviéndose hacia Jason, cuya mirada estaba fija en ella.

—Eso parece.

Siguió contemplándola incluso después de que se apartase de la planta y saludase una por una a cada una de las criaturas vegetales del lugar. Todas y cada una, a su manera, reaccionaron a su presencia y a su magia.

—Nunca había visto nada tan hermoso antes —aseguró ella, aspirando el aroma de una nueva flor que acababa de brotar.

—Yo tampoco.

Pero él no miraba la flor, ni tampoco el jardín, la miraba a ella.

Allí, con el hombro apoyado en el marco de la puerta y postura relajada, Jason solo la miraba a ella.

—Espero estés hablando de las flores —lo señaló.

Él sonrió y dejó su apoyo para entrar también en el jardín.

—En realidad estaba hablando de ti —admitió con su habitual sinceridad.

—De mí.

Asintió, deteniéndose a tan solo unos pasos de distancia.

—He visto a la Alison de las fiestas, a la Ali de la tetería, pero esta es la primera vez que veo a la verdadera Alison —aseguró manteniendo todavía el contacto visual—. Y creo que es la que más me gusta de todas tus encarnaciones.

—¿La bruja?

Negó con la cabeza, recorriéndola lentamente con la mirada.

—La que no se esconde —especificó, dejándole claro que la había visto de verdad. A ella.

Acortó la poca distancia que los separaba y levantó la mano, apartándole suavemente un mechón de pelo que se le había soltado de la coleta.

—Eres la más tentadora de todas. —Su voz bajó una octava, haciéndose más gruesa, más sensual.

El beso llegó sin avisar. Podía haberse apartado, le dio tiempo para ello, pero no quería hacerlo. No quería perder la oportunidad de saber cómo sería besarle, cómo sería ser besada por él.

Sus labios se encontraron y quedó claro desde el primer roce que ninguno de ellos iba a contenerse. No fue un beso suave o tierno, sino una muestra del deseo subyacente que existía bajo su piel, uno que se emparejaba a la perfección con el propio.

Se respiraron, más que besarse, se reconocieron el uno al otro como si hubiesen pasado media vida buscándose y, cuando al fin se separaron, ambos parecían igual de sorprendidos por ello.

Los ojos de Jason habían adoptado ese tono amarillo suave que no acababa de cubrir por completo su iris, jugando todavía con el marrón que conocía bien.

Se rozó el labio inferior con la punta de la lengua, como si todavía pudiese degustarla, como si intentase encontrar la respuesta a una pregunta que ni siquiera se había planteado hasta ahora.

—Eso ha sido… —articuló él.

—¿Intenso? —sugirió, sosteniéndole todavía la mirada.

—Sí —asintió, solo para añadir a continuación—. Y perfecto.

Lo había sido, ¿verdad?

De una manera extraña y sorprendente, ella también lo había sentido como algo perfecto.

Y eso era lo verdaderamente peligroso, no el que fuese un demonio, no el que fuese un capullo arrogante, sino que la mezcla de ambos, el hombre que se escondía detrás de ambos, fuese alguien perfecto para ella.

—Esto no formaba parte de nuestra negociación… —murmuró, sonriendo casi por instinto—. No estaba en ninguno de los puntos que tratamos.

—No, no lo estaba —confirmó él, devolviéndole la sonrisa a su manera—. Pero no significa que no pueda estarlo a partir de ahora.

—¿Una nueva negociación?

—Podemos empezar con algo más sencillo —le dijo, manteniendo su tono de siempre, aunque con algo más de calidez—. Una cena.

—¿En el hotel?

Asintió.

—Donde puedas ser quien eres en realidad.

Porque aquí podía serlo, ¿verdad? Aquí podía ser simplemente ella, sin nombres, sin apodos, solo ella.

—Bien. Una cena, entonces.

Esta vez, cuando Jason le tendió la mano, no solo se la tomó, sino que no se soltó de ella, pues él no se lo permitió.