CAPÍTULO 8 #2
Dejó escapar un resoplido y lo miró de soslayo ahora.
—No he dejado de darle vueltas a lo que pasó anoche, a lo que me dijiste, a… todo esto —admitió señalando la habitación con un gesto—. Y cada vez que creo entender algo, descubro que no es así. Y también que debería haberme cortado un poquito con ciertas preguntas.
—¿Solo un poquito?
Había algo parecido a la risa en su voz y, cuando levantó la cabeza para mirarle directamente, se lo encontró recorriéndola con la mirada.
—Supongo que anoche ambos descubrimos cosas del otro que no sabíamos —mencionó él y, verlo admitir algo así, la tranquilizó.
—Alguno más que el otro —aseguró. Desde luego, para ella había sido como descorrer una cortina y ver todo lo que había detrás. Y mucho de ello seguía siendo todavía un misterio—. De hecho, eso fue por lo que quería… encontrarme contigo.
Él asintió y señaló un par de butacas junto al fuego.
—¿Quieres un café? —le preguntó, para luego añadir casi con sorna—. ¿Té? —Entonces señaló la licorera sobre un mueble—. ¿Algo más fuerte?
—Creo que aceptaré algo más fuerte —admitió. Tenía la sensación de que lo iba a necesitar.
—¿ Whisky o jerez?
—Jerez —eligió.
Jason le sirvió una pequeña copa con jerez y se sirvió a sí mismo un par de dedos de whisky antes de ocupar su lugar frente a ella.
—Deduzco que tienes entonces un montón de preguntas que necesitan respuesta —mencionó, llevándose el vaso a los labios.
—Sí, unas cuantas —admitió, probando el licor y añadiendo a continuación—. Sobre el hotel.
—Por supuesto —aceptó.
—Y sobre sus huéspedes —añadió, señalándolo con la copa, como si quisiera dejar claro que también entraba dentro del grupo.
—Lo entiendo.
Alison hizo entonces una pausa, para finalmente rematar.
—Y sobre ti.
Vio que aquello no se lo esperaba. Enarcó una ceja con evidente curiosidad.
—Sobre lo que eres, quiero decir —añadió rápidamente—. Y prometo no volver a tocar ciertos temas.
—¿En serio? —La ironía en su voz estaba más que justificada.
—Prometo intentarlo.
—Eso ya me parece más creíble.
Volvió a darle un sorbo a su bebida. Uno pequeño. No parecía tener prisa por terminársela, más bien parecía necesitar tener algo en las manos a lo que prestar atención.
—¿Te molesta que esté aquí? —La pregunta salió de su boca casi como un pensamiento.
—No. En absoluto. —Negó con contundencia—. Mis puertas están abiertas para todo el mundo.
Y ella parecía ser parte de ese «todo el mundo».
No sabía por qué, pero eso la decepcionó un poco. Era como si quisiera ser algo más para él, después de todo, ¿no eran algo así como una especie de socios ahora mismo?
—Entonces, el hotel es una especie de refugio para los de tu clase —mencionó, buscando la forma de iniciar aquella conversación.
No había mentido al decir que necesitaba respuestas.
Quería entender lo que pasaba, quería entender quién era entonces el hombre al que hasta ahora había visto solo como un capullo arrogante.
—Sí, lo es —corroboró él.
—Vi al hombre de anoche. Robert. Tenía mucho mejor aspecto.
—Los licántropos se curan pronto.
—¿Va a quedarse?
Jason cruzó una pierna sobre la otra y asintió.
—Durante todo el tiempo que quiera o necesite —confirmó—. Todos los que vienen al hotel en busca de refugio lo obtienen. Y pueden quedarse o irse, nadie les retiene aquí. Es su decisión.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
Frunció el ceño y se inclinó hacia delante.
—¿Y cómo sabes que la gente que viene es de fiar?
Quiero decir, a ese hombre le habían dado una paliza, ¿cómo sabes que no había un motivo detrás?
—preguntó y de inmediato añadió—. A ver.
No estoy justificando lo que le hicieron, me parece deplorable, pero ¿acaso sabías quién era antes de venir aquí?
¿Le conocías? ¿Tiene antecedentes? ¿Y si es peligroso?
Jason miró el vaso que tenía en la mano y le respondió.
—Si Robert no hubiese sido alguien que realmente necesitase ayuda, que se la mereciese, no había traspasado la puerta del Baylor Inn —le dijo, levantando ahora la mirada—. El hotel tiene una protección que mantiene fuera a aquellos que pudiesen causar algún problema.
—Una protección.
—Sí —confirmó—. Una protección de sangre. Nadie que venga con malas intenciones o con ánimo de dañar a la gente que hay en su interior puede traspasar las puertas del hotel.
—Vaya. Eso es… interesante.
—Y útil —concretó él—. Lo último que quieres es que aquella gente que viene aquí buscando un lugar en el que ocultarse y descansar, en el que sanar sus heridas, se vea expuesta a la necedad y la ira de otros. Sobre todo cuando son inocentes.
—¿Y si no lo son? —inquirió—. ¿Cómo sabes realmente quién es inocente y quién no? Lo que para uno puede estar bien y ser correcto, para otro puede ser todo lo contrario.
—No soy un juez, Alison, no es mi papel el juzgar a la gente, solo les ofrezco un lugar en el que cobijarse cuando todos los demás se lo han negado —declaró con más firmeza de la que esperaba en él. Era casi como si hubiese tocado una fibra particular, ¿personal, quizás?
Lola había dejado caer que este hombre que estaba ahora delante de ella había tenido una vida difícil, ¿pero qué significaba eso exactamente para un demonio?
—Todos son mayorcitos para saber lo que hacen y que si no se comportan una vez están dentro de estas paredes, no tengo el menor reparo en echarlos fuera —concluyó—. No me tiembla la mano al hacerlo.
No. No creía que lo hiciese. Ese hombre exudaba autoridad, tenía un aire de total seguridad, de los que sabían que hacer y cómo hacerlo. Tal y como había asegurado, no creía que le temblase la mano a la hora de ejecutar sus propias normas.
—Eres realmente poderoso, ¿verdad? —No dejó de mirarle—. Y no me refiero a el dinero, ni a las propiedades. Es algo más, algo que emana de ti, supongo que debido a lo que eres. No sé cómo no me había percatado antes de ello.
En realidad, sí lo había hecho. Solo que no había sabido cómo clasificarlo, pero ahora que sabía qué era, las piezas encajaban en su lugar.
—Soy quién soy, nada más y nada menos que eso —le dijo y su respuesta no podía ser más ambigua.
—Lola me dijo que dentro de la jerarquía de los demonios, de sus castas, tú tendrías el papel de un Gran Señor o de un Príncipe —murmuró, deslizando ahora la mirada sobre él—. Por eso se dirigen a ti como «milord», ¿no?
—Me llaman muchas cosas y ninguna de ellas me importa demasiado —zanjó con firmeza, dejando claro que no pensaba hablar sobre ello—. Aquí soy solo Jason o señor Baylor. No aspiro a nada más.
—Bueno, no aspirar a ello no quiere decir que no sigas siendo lo que quiera que seas —replicó. Frunció el ceño y añadió—. Sin embargo, no esperes que yo te llame alteza, príncipe o algo por el estilo.
—Preferiría que no lo hicieses —resopló, dándole un nuevo sorbo a su bebida—. Para ti deseo seguir siendo Jason.
No creía que el comentario fuese dirigido a ella, pues más bien parecía una reflexión propia, pero no pudo evitar sentir cierto alivio.
—Mejor, porque no se me dan nada bien las reverencias.
Él dejó escapar entonces un breve resoplido de risa y, durante un breve instante, su expresión se suavizó, sus ojos se arrugaron y vio una verdadera sonrisa en sus labios.
Y, señor, qué guapo estaba cuando sonreía.
Era incluso más imponente, si es que eso era posible.
—¿Y qué se te da bien, Alison? —preguntó, observándola por debajo de las pestañas.
—Preparo un té espléndido —replicó, sonriendo a su vez—. Y tampoco se me da del todo mal hacer café.
Él sonrió de nuevo, esta vez durante algo más de tiempo.
—¿Por qué un hotel? —Sentía verdadera curiosidad—. ¿Por qué esta ciudad?
Jason ladeó un poco la cabeza y respondió con total sinceridad.
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Estaba disponible, el lugar no está mal…
—Podrías haber adquirido un castillo o algo así. —Desde luego, le pegaba más.
—Un castillo —repitió casi con diversión—. Demasiado mantenimiento, ¿no crees?
—Sí, puede que un poco —admitió, manteniendo la sonrisa—. Pero sería mucho más impresionante y discreto, supongo.
—Y demasiado solitario —chasqueó él, señalándola con el vaso—. Me perdería esas divertidas fiestas de sociedad a las que asistimos.
¿Jason Baylor acababa de hacerle una broma?
Dios, no podía evitar que empezase a gustarle cada vez más esta versión de él.
—Algo imperdonable —asintió, arrancándole una pequeña risa.
—El hotel es mucho más discreto y no resulta extraño ver a gente entrando y saliendo de él —explicó finalmente—. Y gasta menos en calefacción.
—Y eso es de lo más importante.
—Más de lo que podrías pensar —confirmó él—. Algunos de los huéspedes tienen necesidades especiales y no siempre es sencillo cubrirlas.
—¿Cómo por ejemplo?
—Tienes un vampiro en la recepción, un fantasma que atraviesa paredes, un par de criaturas marinas en el tercer piso y ahora también un licántropo que requerirá de un alojamiento especial para las noches de luna llena…
—enumeró con la sencillez de quien está acostumbrado a lidiar con todo aquello como si fuese lo más normal del mundo—.
Es más sencillo gestionarlo en una gran ciudad que en una aldea en medio de los Cárpatos.
—Punto para ti.
Jason se limitó a levantar el vaso en un silencioso brindis de aceptación y beberse a continuación lo que le quedaba de la bebida.
—Haces que todo parezca sencillo, demasiado normal, incluso —comentó ella, volviéndose a mirar por la ventana, observando la tetería al otro lado.
—Porque lo es —le dijo, dejando el vaso sobre la mesilla auxiliar, para levantarse a continuación—. No sencillo, pero sí intento que sea normal.
Alison levantó la cabeza y enarcó una ceja al ver que le tendía la mano.
—Ven, te lo mostraré.
No se lo pensó, aceptó su mano y dejó que tirase de ella hasta ponerse en pie.
Quería conocer lo que él había creado en aquel lugar, lo que significaba para Jason, su mundo.
—De acuerdo —aceptó, acompañándole fuera del salón y caminando junto a él a lo largo del corredor.