Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Jason Baylor era un demonio.

Bien. Simple. No se trataba de un hombre con mal carácter, ni de un millonario excéntrico, solo era un demonio filántropo que había convertido uno de sus hoteles en una especie de refugio para criaturas sobrenaturales.

Levantó la cabeza y miró el cartel que daba nombre al inmueble. Las puertas estaban abiertas, como invitándola a entrar, a meterse de cabeza en algo que no le concernía y que, sin embargo, tampoco era capaz de dejar pasar.

Si fuese alguien sensato, se mantendría lo más lejos posible del Baylor Inn y de su dueño, pero aquí estaba, ante su puerta, dispuesta a verle de nuevo.

Y la culpa era de Lola.

Esa irritante fantasma se había reído en su cara cuando le había dicho que el dueño del hotel era un demonio. ¡La desgraciada ya lo sabía! De hecho, confirmó lo que Jason había mencionado sobre el refugio y también le aseguró que estaba ante un hombre decente.

«Puede que sea el único demonio decente que existe en este cochino mundo, querida».

La fantasmagórica mujer le había asegurado que con él estaría a salvo, que no debía tenerle miedo y que confiase en sus propios instintos de bruja.

Si tan solo los tuviese.

Lo suyo era preparar infusiones y hacer crecer plantas, no tenía ningún otro don ni poder sobrenatural. Era la bruja verde, no la Bruja Escarlata .

No había pegado ojo en toda la noche y ello se había reflejado en lo distraída que había estado durante el día. Había decidido cerrar un poco antes, pues si volvía a confundirse una vez más con un pedido, sus clientes acabarían dándose cuenta de que le pasaba algo.

Y, claro que pasaba. El hombre que le había comprado la parcela y que iba a sufragar los gastos de las reformas… ¡Era un demonio de alto rango!

«Es el mandamás. Ya sabes, el que tiene el poder y también la corona.

Un príncipe de los Bajos Fondos, aunque sin reino, me temo.

Ahí abajo todo se rige por castas y la suya es de las primeras en el escalafón de poder.

Como te dije, es un buen hombre, una anomalía en su mundo, lo cual se rumorea fue el motivo por el que acabó siendo desterrado».

Jason era mucho más de lo que le había dicho y, al mismo tiempo, también había pasado por más cosas de las que parecía.

Lola no había sabido darle detalles, para ella todo aquello eran rumores que le habían llegado de una u otra manera.

Así que, si quería descubrir qué había de verdad, tendría que ir directamente a la fuente.

Y aquí estaba. Aunque al menos esta vez se le había ocurrido llamar primero para ponerle sobre aviso.

Desde luego, él no representaba la imagen que tenía sobre los demonios.

«Niña, los únicos demonios que conoces son los de las películas».

Cómo se había reído Lola cuando le dijo que le había preguntado si tenía cuernos o cola.

Llegó a pensar que a la fantasma le iba a dar un ataque, aunque era poco probable, puesto que ya estaba muerta.

«Pagaría por haber visto su cara, lo juro. Ay, señor, qué bueno. Solo a una bruja inexperta como tú se le ocurre pedirle a un demonio que le enseñe los cuernos o la cola».

Bien. Ahora sabía que su bochorno había sido todavía mayor del que había pasado, pues comprendía el significado que dicha petición tenía para un demonio.

«Querida, prácticamente le has pedido que se quitase la ropa y se mostrase en pelotas ante ti». Todavía recordaba las carcajadas de la fantasma esa misma mañana. «Contemplar la forma real de un demonio, sobre todo si está en el mundo humano, es una cuestión de máxima confianza e intimidad».

Con razón la había mirado de aquella forma mientras le insistía una y otra vez que le enseñase parte de su anatomía demoníaca.  Sí. No le cabía la menor duda de que había quedado a la altura del betún en su completa ignorancia sobre el mundo sobrenatural.

Y, sin embargo, aquí estaba otra vez, dispuesta a enfrentarse de nuevo a ese capullo arrogante y seco, con una irritante facilidad para conseguir que ella se sintiese observada incluso cuando no decía una sola palabra.

El mismo que había construido un refugio para aquellos que no tenían otro lugar al que acudir.

—De acuerdo. Has llegado hasta aquí, así que entra de una maldita vez —se dijo a sí misma y empezó a subir las escaleras.

Si de día el edificio era imponente, en cuanto empezaba a anochecer y las luces de la fachada se encendían, con esos grandes ventanales y la piedra oscura de la fachada, adquiría una apariencia propia de otra época.

Atravesó las puertas y volvió a sentir esa extraña electricidad. Era igual que atravesar una delgada tela de araña, aunque la sensación duraba poco.

El vestíbulo estaba prácticamente vacío, el mismo recepcionista de la otra vez levantó la cabeza al verla y sonrió.

—Buenas noches, señorita Page.

—Buenas noches —correspondió a su saludo—. ¿El señor Baylor está…?

No llegó a terminar la frase, pues vio aparecer a alguien por el rabillo del ojo.

Aunque más bien, debería decir que lo vio aparecerse .

—Bajará enseguida, querida. —Elvis Ogerton, el hombre-fantasma que había visto atravesando la pared de la oficina de Jason el día anterior, avanzaba hacia ella con una amplia sonrisa—. Me alegra que al fin te hayas decidido a entrar.

—Señor Ogerton —lo saludó, alternando la mirada entre el recepcionista y el fantasma. El primero no parecía en absoluto sorprendido, de hecho, seguía manteniendo esa amable sonrisa.

—Oh, llámame Elvis —pidió con una pequeña risa—. El señor Ogerton era mi padre. Un bueno para nada, la verdad sea dicha. Vamos, te acompañaré al salón.

No le quedó otra que seguir al fantasma cuando este empezó a andar.

Y, sí. Caminaba. El hombre que la guiaba a través del hotel era completamente sólido, puede que estuviese un poco pálido, pero eso era lo único que delataba su condición sobrenatural.

Si ayer había admirado la arquitectura y la decoración del lugar, hoy la veía con otros ojos, al igual que a la gente con la que se cruzaban y que, en la mayoría de los casos, la miraban con curiosidad o le dedicaban una amable sonrisa.

Se cruzaron con una mujer que vestía de una manera muy elegante y puede que un poco anticuada, pero eso no le restaba un ápice de belleza. Estaba junto a un hombre alto de piel excesivamente pálida, cuyos ojos parecían tener un brillo extraño.

Algo la hizo apartar inmediatamente la mirada, como si supiese que era mejor no cruzarla con él.

No mucho después se cruzaron con un hombre de aspecto completamente normal, estaba sentado junto a la ventana, leyendo el periódico del día. Tan solo levantó la cabeza al verlos, saludó con un gesto y volvió a su lectura.

No había nada extraño en él y, sin embargo, sabía que no era lo que parecía.

Estaban a punto de llegar al final del corredor cuando vio salir al hombre que había visto hablando con Jason la noche anterior.

Robert. Su nombre era Robert.

Parecía algo más recuperado, lo cual era asombroso dado el estado que había presentado tan solo el día antes.

—Buenas noches, señorita —lo saludó con un gesto y continuó su camino.

—¿Ya se encuentra bien? —No pudo evitar preguntar, lo que hizo que el tipo se detuviese y mirase hacia atrás algo sorprendido al principio. Esbozó una sonrisa que aumentó su apostura y asintió.

—Mucho mejor, gracias por preguntar.

Le dedicó un gesto con la cabeza y siguió su camino.

—Veo que ya conoces a una de nuestras últimas incorporaciones —mencionó Elvis, extendiendo el brazo en un gesto para invitarla a entrar en un elegante salón.

—Anoche. Jason estaba hablando con él cuando llegué —admitió.

—¿Y no te ladró? Jason, me refiero —preguntó genuinamente interesado.

—¿Ladrarme?

—Supongo que no, de lo contrario no te habrías quedado, ¿no? —Parecía haberse respondido a sí mismo—. Adelante, ponte cómoda. Nuestro demonio favorito bajará enseguida. De hecho, es posible que esté volando hacia aquí como si le hubiesen metido un cohete por el culo.

Enarcó una ceja ante su elección de palabras, pero el fantasma ya estaba cerrando las puertas del salón.

—Disfruta de tu estancia, Alison querida. —Dicho eso, atravesó las puertas que previamente había cerrado, sobresaltándola.

Alison sacudió la cabeza y miró a su alrededor.

Era un espacio precioso, más íntimo que el gran vestíbulo, con sofás de terciopelo, lámparas cálidas y una enorme chimenea encendida.

Se acercó a una de las ventanas y comprobó que desde allí podía verse parte de la calle y, más allá, su tetería. La proximidad de su local le resultó curiosamente reconfortante y, por primera vez, se preguntó por qué los huéspedes del hotel nunca habían entrado por su puerta.

—Quizá no les guste el té —murmuró para sí.

O puede que tuviesen demasiado miedo a abandonar el único lugar que les proveía de cobijo.

Se quedó pensando en ello mientras contemplaba la vista a través de la ventana, hasta que volvió a escuchar el sonido de las puertas. No tuvo más que darse la vuelta y ahí estaba él.

Jason vestía con traje oscuro, camisa impecable, corbata y llevaba esa expresión seria en el rostro, como siempre.

Un hombre. Eso era lo que estaba viendo, lo que siempre había visto. Ni cuernos, ni cola, ni ojos amarillos, solo el atractivo empresario hotelero de intachable reputación y reconocida fama.

Y, sin embargo, debajo de todo eso ahora sabía que había un demonio.

—Buenas noches —lo saludó él.

—Buenas noches —correspondió a su saludo—. Espero no interrumpirte en tus… asuntos.

La puerta se cerró detrás de él mientras avanzaba hacia ella.

—No. No has interrumpido nada.

Se quedaron mirándose durante unos segundos, como si ninguno supiese bien cómo continuar esa conversación.

Ella fue la primera en apartar la mirada. Había sido decisión suya venir, el acercarse a él y, sinceramente, no sabía siquiera el porqué.

—Pensé que sería mejor avisarte de que venía, por si necesitabas esconder algún cadáver o algo antes… —dijo lo primero que se le pasó por la cabeza y, a juzgar por la breve sonrisa que tironeó de los labios masculinos, era exactamente lo que necesitaban para romper el hielo.

—Todo un detalle de tu parte —replicó con esa ironía que conocía bien.