Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Después llegó una criatura a la que habían quemado la mitad del rostro.

Y eso era la parte más amable de todo por lo que había pasado.

Su único crimen había sido rechazar a la pareja elegida por su clan, con la única intención de unirla al clan contrario para absorber su magia.

Se había negado y la respuesta de ambas familias fue apalearla y quemarla.

Aún hoy seguía sin saber bien cómo logró escapar y llegar hasta aquí, pues ella tampoco lo sabía.

Familias enteras buscando cobijo, hombres y mujeres que solo necesitaban un lugar en el que cobijarse durante unos pocos meses, criaturas que llegaban malheridas, escapando de aquellos de su propia sangre que querían asesinarlos.

El mundo sobrenatural podía llegar a ser tan cruel o incluso peor que el humano, pero cuando ambos se entrelazaban y lo único que primaba era la sed de sangre o la venganza, aquello escalaba aún más.

Al principio tan solo se llenaron unas pocas habitaciones.

Los había que se quedaban solo unos días, una o dos semanas como mucho.

Con el paso del tiempo y el correr de la voz de que existía un refugio para criaturas como ellos, aquello cambió.

La gente ya no solo buscaba un lugar en el que guarecerse, sino un hogar.

Las habitaciones se convirtieron en viviendas permanentes, algunos de los huéspedes pasaron a ocupar puestos como empleados y acabó comprando el edificio al otro lado de la tetería para alojar a las familias.

El Baylor Inn dejó de ser simplemente un hotel y se convirtió en el hogar de unos pocos y en el refugio de muchos.

Aquí no se les cobraba a los huéspedes, aunque sí aceptaban donativos de aquellos que deseaban contribuir. No se comerciaba con favores y los tratos estaban absolutamente prohibidos.

Como demonio de alto rango, sabía muy bien cómo influenciaban los tratos y lo que podía obtenerse de ellos. Él había estado atrapado en uno durante mucho tiempo y liberarse de él le había salido lo bastante caro como para no querer volver a arriesgarse con uno.

Si alguien llegaba hasta el hotel en busca de protección, lo último que necesitaba descubrir era que debía pagarla con su libertad.

La puerta del ascensor se abrió y salió al vestíbulo. No llegó a poner un pie fuera cuando Hécate se acercó a él con una carpeta en las manos.

—Mi príncipe —lo recibió con una ligera inclinación de cabeza, haciéndolo rechinar los dientes.

—¿Cuántas veces más he de decirte que no me llames así, Hécate?

La elemental de fuego puso los ojos en blanco y se corrigió a sí misma.

—Señor Baylor —pronunció ahora, para añadir seguidamente—. La señorita Page ha llamado.

Aquello consiguió que le dedicase toda su atención.

—¿Cuándo?

La mujer señaló la recepción.

—Acaba de colgar —le informó—. Le pasé la llamada a su oficina, pero obviamente ya no estaba en ella.

Asintió.

—¿Qué quería?

—Prevenirle de que se pasará esta tarde después de cerrar.

—Prevenirme.

—Fueron sus palabras, milord, no las mías.

Entrecerró los ojos sobre la mujer, a esta le trajo sin cuidado cualquier posible amenaza de su parte.

—Bien —acabó por decir, antes de continuar su camino.

Dejó atrás el vestíbulo y continuó por uno de los pasillos que se adentraban en las áreas comunes del hotel.

Correspondió a algunos saludos con un gesto de la cabeza y se detuvo momentáneamente ante la puerta abierta de la pequeña enfermería.

Su sanador, un nigromante que había llegado al hotel del mismo modo que muchos otros, estaba recogiendo gasas y vendas ensangrentadas, sin duda procedentes de alguna curación.

No le sorprendió lo más mínimo cuando las dejó dentro de un enorme cubo de hierro y pronunció el conjuro que las hizo arder.

Era por seguridad. La sangre era un bien preciado y la manera más rápida, para algunos brujos y criaturas capaces de usar la magia de convocación, para herir a aquellos que buscaban protección.

—Un par de costillas rotas, algunos cortes y el ego magullado, nada que uno de su clase no pueda afrontar a la larga —le informó sin volverse siquiera—. Sobrevivirá y podrá volver ahí fuera a recuperar lo que han quitado. La próxima vez pensará con la cabeza y no con la polla.

—Esperemos y sea capaz de hacerlo —resopló.

Kaiser se volvió entonces hacia él. Sus ojos eran negros como el carbón, solo la pupila era un poco más clara, como si quisiera destacar. Como siempre, iba con una túnica negra bastante holgada que ocultaba toda la piel tatuada que había debajo.

—Si no lo hace, perderá la polla y a su familia —chasqueó, entonces señaló con un gesto hacia el pasillo—. La chica albina que llegó anoche al fin ha despertado.

—¿Cómo se encuentra?

—Saldrá de esta —afirmó—. Está en el salón azul. Deberías ir a verla y decirle… Bueno, lo que sea que les dices a todos. A ti te creen.

No dijo nada, se limitó a asentir y continuó por el pasillo hasta la segunda puerta de la izquierda. Estaba entreabierta, había luz dentro y, cuando la empujó con suavidad, vio a la hembra sentada junto a la ventana.

La primera impresión que daba al mirarla era que se trataba de una humana delgada y alta, con largo pelo blanco, pero una vez te acercabas, empezabas a ver las escamas que le cubrían las manos y parte del rostro.

Movió la cabeza con suma lentitud. El moratón contrastaba con su piel perlada con toques iridiscentes. Tenía los ojos acuosos, aunque no por las lágrimas, eran parte de su naturaleza. El color era como el del mar embravecido, un reflejo sin duda de su propio espíritu.

Una venda le envolvía la garganta, así como las manos, y sabía que debajo de la larga falda también había más vendajes.

Se miraron durante largos segundos sin decir una palabra. No eran necesarias, ella podía ver en sus ojos lo que buscaba y, a juzgar por la ligera sonrisa que le curvó los labios y el asentimiento que le dedicó, acabó encontrándolo.

—Gracias, mi príncipe, por rescatarme.

Se acuclilló a su lado, sin tocarla, solo lo bastante cerca como para que sintiese su presencia.

—Ojalá hubiese podido hacerlo antes.

Ella negó con la cabeza y extendió la mano voluntariamente hacia él. Sus dedos largos estaban completamente amoratados. Era un verdadero milagro que no los hubiese perdido. Lo tocó en el brazo, con sutileza, pero no le hacía falta más para llegar a él.

—Ahora todo está bien —murmuró con voz raspada.

Puso con cuidado la mano sobre la de ella, rozándola apenas.

—Ahora estás a salvo, Luceria —le aseguró, pronunciando su nombre—. Nadie volverá a tratarte de esa manera.

Asintió lentamente.

—Lo sé —confirmó, llevando de nuevo la mano sobre su regazo—. Gracias, mi príncipe.

Jason le dedicó un leve gesto de asentimiento y se retiró, dejando a la nereida a solas con sus pensamientos y su recuperación. Cerró con suavidad la puerta, dándole más privacidad y, continuó con su camino a lo largo del hotel.

Habló con huéspedes que llevaban entre esas paredes desde hacía algunos años, hasta los que simplemente llevaban un puñado de días.

Escuchó a quienes necesitaban hablar y se sentó al lado de los que solo querían una compañía silenciosa.

Conocía la historia de todos y cada uno de ellos, ya bien porque se la hubiesen contado directamente o porque la hubiese averiguado por su cuenta.

A veces era necesario para poder ayudarles, sobre todo en estos tiempos modernos, pero siempre mantenía una estricta privacidad sobre ello a fin de preservar sus vidas y aquello que los había conducido hasta aquí.

—¿ Milord ?

—¿Sí? —respondió a una joven que había llegado hacía un par de semanas con sus hijos pequeños.

—¿Es verdad que vuestra prometida es humana?

Su prometida. La mentira de Alison había corrido como la pólvora por el hotel y, aunque había intentado desmentirla por activa y por pasiva, saltaba a la vista que no estaba teniendo demasiado éxito. Y sabía exactamente de quién era la culpa.

Iba a conseguir un maldito exorcista y arrancar a ese jodido fantasma del hotel de una vez por todas.

—No prestes atención a los rumores esparcidos por un fantasma. La señorita Page no es nada mío. —¿Y por qué parecía molestarle eso?—. Y sí, es humana. Una bruja verde.

—Oh, una bruja verde. —Los ojos de la mujer se abrieron ligeramente—.

Hacía tiempo que no escuchaba de ellas. Hijas de la tierra, así es como las llamaban antiguamente.

Eran portadoras de buenos augurios. Deberíais conservarla, mi príncipe.

Nadie más que vos os merecéis que os pasen cosas buenas por todo lo que hacéis por nosotros.

Correspondió a sus amables palabras con un gesto de la cabeza y miró a sus hijos. Dos niños de no más de cinco o seis años.

—¿Los chicos se encuentran bien?

—Pueden jugar, milord —le dijo ella con voz queda, marcada por la emoción—. No habían podido hacerlo hasta ahora. Nunca los había visto más felices y eso, también os lo debemos a vos.

Se volvió hacia ella y negó con la cabeza.

—A mí no me debéis nada —le aseguró—. Espero que la felicidad que han encontrado por fin, los acompañe durante el resto de sus vidas.

—Que así sea, mi príncipe. Que así sea y que vos lo veáis.

Jason se limitó a mirar una última vez a los niños y dejó a la familia para dirigirse ahora hacia los ascensores de aquella planta.

—Y aquí estás.

Ni siquiera se molestó en detenerse cuando Elvis apareció cruzando la pared.

—Te estaba buscando.

—Ya me has encontrado, ahora lárgate.

—De verdad, tus modales son peores con cada hora que pasa —chasqueó el fantasma.

—Ya sabes qué debes hacer para no sufrirlos: Esfumarte.

Pulsó el botón para llamar el ascensor y esperó paciente.

—Debería hacerlo. Ahora mismo. Y así te quedarías sin saber que tu adorable prometida, de culo perfecto, lleva un rato dudando ante la puerta principal —canturreó—. Bajaré a recibirla mientras tú te acicalas. Nos encontrarás en el salón principal.

Y, por una vez en su jodida vida, Elvis se esfumó.

—Maldito fantasma… —siseó, apuñaló el botón con el dedo y entró en el cubículo como una exhalación.

De repente, tenía demasiada prisa por reunirse con Alison Page.