Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Jason llevaba varios minutos mirando las mismas líneas sin conseguir que la información penetrase en su mente. Era incapaz de concentrarse, tenía la cabeza en otro sitio o, más concretamente, en una mujer.

Alison.

La conversación que había mantenido con ella la tarde anterior seguía muy presente en él. Descubrir que era una bruja, ver su expresión cuando le dijo que él era un demonio, la cantidad de preguntas que habían salido de su boca.

Se había encontrado con todo tipo de reacciones ante su verdadera naturaleza a lo largo de los siglos. Miedo, rechazo, curiosidad e incluso adoración, algo que todavía le provocaba escalofríos, pero ninguna de esas personas había reaccionado como ella.

Esa bruja se había pasado los primeros minutos cuestionando la autenticidad de su naturaleza demoníaca porque no lucía como un demonio. O, más concretamente, con la descripción absurda y peliculera que los humanos tenían sobre ellos.

—Solo la puntita… —murmuró, parafraseándola.

Se había quedado pasmado. ¿Cómo no hacerlo con lo que había salido de su boca?

Incluso ella se había dado cuenta de su elección de palabras, aunque sus intentos por arreglarlo la habían llevado a hundirse más y más en su propia vergüenza.

Sonrió, no pudo evitarlo. Ahora que lo veía en retrospectiva, la situación resultaba incluso cómica.

—Menuda ocurrencia.

Sacudió la cabeza y volvió a fijarse en los papeles, pero todo lo que veía eran líneas de texto que no le aportaban nada. Estaba perdiendo el tiempo y lo sabía, no iba a concentrarse, no con toda la tormenta en su cabeza.

—¿Problemas de concentración?

Alzó la mirada y se encontró con Elvis sentado al otro lado del escritorio.

Ni siquiera lo había oído entrar, lo cual no era tan sorprendente dada su naturaleza.

El fantasma solo anunciaba su presencia a bombo y platillo cuando quería algo. De lo contrario, era completamente reservado.

—No —respondió tajante.

Su indeseado huésped enarcó una ceja y gesticuló.

—¿Tus papeles hablan entonces de puntitas ?

El fuego se encendió en sus dedos por acto reflejo, lo que hizo que el fantasma diese un respingo.

—Si provocas un incendio en un descuido y calcinas el hotel, esta vez yo no me hago responsable —declaró.

Entrecerró los ojos sobre él y apagó las llamas con el pensamiento.

—¿No tienes otra cosa que hacer? ¿Alguien más a quien molestar?

—Soy un fantasma —le recordó. Ni que pudiese pasarlo por alto—. Mis opciones laborales son limitadas.

—Tengo una perfecta para ti —le soltó—. Busca una luz brillante y, cuando la encuentres, crúzala.

Elvis puso los ojos en blanco.

—O también podría atravesar la pared y fingir que no he escuchado tu propuesta.

—Eso también serviría a su propósito.

Una lenta sonrisa curvó los labios del fantasma.

—Sí, pero ambos sabemos que no lo haré —aseguró, poniéndose aún más cómodo en su silla—. Entonces, ¿la brujita verde va a volver?

Lo miró fijamente y supo, sin necesidad de preguntarle, que él sabía perfectamente quién y qué era ella.

—Lo sabías.

—¿Qué era una bruja? —Asintió sin más—. Por supuesto. Salta a la vista.

No. No saltaba a la vista. Él no se había dado cuenta de su naturaleza hasta que ella vio a Elvis cruzando la pared y no se inmutó lo más mínimo.

—Espera, ¿me estás diciendo que no lo sabías? —El fantasma se echó hacia delante, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. Tú, el señor todopoderoso de Baylor Inn, ¿no tenías la menor idea de que estabas con una bruja?

El fuego volvió a lamer sus dedos y, esta vez, también envolvió la silla que ocupaba el fantasma.

—Joder, Jason. —Acabó levitando sobre el mueble, su figura desdibujada, menos física—. Qué manía tienes con incendiarlo todo, en serio.

—Le dijo la sartén al cazo.

—Lo mío fue accidental —resopló, flotando hacia el suelo, lejos de la silla en llamas—. Lo tuyo es una reacción directa a emociones intensas que no tienes ni puta idea de cómo gestionar.

Chasqueó la lengua y se arregló la ropa, pero no por ello cerró el pico, que hubiese sido lo suyo.

—Llevas tantos siglos sin permitir que nadie se acerque demasiado a ti —le recordó—. Y, ahora que una lo hace, no tienes la menor idea de qué hacer con ella.

Apretó los dientes y luchó con las ganas que tenía de calcinar a ese espectro.

—Alison es la única que ha conseguido no solo cruzar el umbral del hotel, sino también el de tu oficina, cuestionar tu anatomía demoníaca y salir de aquí meneando su precioso culito, el cual te encanta mirar, sin sufrir la ira infernal de un príncipe demonio —resumió sin dejarse nada por el camino—.

Y eso, amigo mío, es porque te gusta mucho más de lo que estás dispuesto a admitir.

Se quedó callado. Por más que quisiera negar lo evidente, las palabras de Elvis eran ciertas.

A ella le había permitido cosas que jamás habría permitido a nadie más. Había ignorado sus faltas de respeto, sus insultos desde el primer instante en que apareció ante su escritorio e incluso dejó que cuestionase su esencia demoníaca como si nada.

Había calcinado a gente por menos que eso, pero ella… Ella era un maldito enigma que no estaba más que empezando a descifrar.

Esa mujer humana era completamente distinta a todo lo que había conocido en su larga existencia.

Tenía demasiadas cosas en las que se reconocía a sí mismo, era inteligente, fuerte y una bocazas, la verdad fuese dicha, pero incluso eso le gustaba de ella.

No tenía el más mínimo respeto por su autoridad y tampoco le tenía miedo.

Incluso cuando descubrió que era un demonio, no había visto miedo en sus ojos, solo curiosidad.

—Sí, esa es la cara que quería ver.

Clavó la mirada sobre él.

—¿Qué cara?

—La de alguien que acaba de descubrir que tiene sentimientos —respondió, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Hace tiempo que sé que dispongo de ellos.

—Sí. Y generalmente son irritación y ganas de quemarme.

—Eso no es un sentimiento, es una necesidad —siseó, dejando que su lado demoníaco asomase a sus ojos.

—Trabajaremos en ella en próximas sesiones, pero ahora concéntrate en lo que acabas de descubrir —le dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Hay una bruja verde en el local de aquí al lado que te hace tilín. Y mira, todavía tienes tiempo de llamarla e invitarla a cenar..

Antes de que pudiese decir algo al respecto, Elvis atravesó la puerta, literalmente, dejándolo por fin solo.

—No haré tal cosa —gruñó por lo bajo.

Sin embargo, la sugerencia, más que desvanecerse de su mente, se quedó allí, dando vueltas con el resto de sus pensamientos.

Sabiendo que iba a ser incapaz de centrarse en nada más, recogió los papeles, los devolvió a su carpeta y abandonó el despacho. Sería mucho más útil tratando con los huéspedes que devanándose los sesos aquí dentro.

Baylor Inn era un lugar en el que nadie hacía demasiadas preguntas.

Era una regla no escrita. Quienes llegaban ante su puerta habían tenido suficientes problemas antes de cruzar como para necesitar otro interrogatorio.

Además, el propio umbral hacía la función de criba, dejando entrar a quienes realmente lo necesitaban y dejando fuera a los que solo tenían en mente causar problemas.

No todo el que escapaba y eludía la muerte lo hacía por un buen motivo. Algunos simplemente huían de su propia muerte, una que les venía persiguiendo, buscando cobrarles por los delitos cometidos, la sangre derramada y las vidas inocentes sesgadas por sus propias manos.

Esos jamás cruzarían las puertas de su hotel, mientras que otros, los heridos, los perseguidos, los que simplemente llegaban hasta allí agotados, buscando tan solo descansar o volver a sentirse seguros, eran recibidos y acogidos entre sus paredes.

Jason había sido uno de esos últimos demasiadas veces para contarlas. Escapando de la muerte por los pelos, de los asesinos que querían su cabeza y con ella su posición, siempre huyendo, mirando por encima del hombro, durmiendo con un ojo abierto sin tener un solo momento de paz para descansar.

Y él, al contrario que sus huéspedes, nunca había encontrado un lugar en el que recalar.

Para él no hubo un santuario, pues aceptar la posada de aquellos dispuestos a ayudarle los ponía también en peligro.

Nunca hubo un lugar en el que poder pasar unas cuantas horas para descansar o curarse las heridas, pues cualquier agujero en el que se escondiese, acababa siendo encontrado por los hombres que le daban caza.

No, él había tenido una vida dura, una a la que no le quedó más remedio que enfrentarse con uñas y dientes. Él debió luchar hasta su último aliento, hasta acabar de rodillas en el suelo y jadeando por aire, pero sabedor de que aquellos que lo habían perseguido no volverían a hacerlo jamás.

Eran otros tiempos, otra época y una vida muy distinta a la que llevaba ahora, pero era esa experiencia la que lo había conducido a comprar el hotel y convertirlo en lo que era hoy en día.

Un lugar en el que aquellos que eran perseguidos y asediados tuviesen un lugar en el que descansar y donde se sintiesen seguros.

La elección del hotel había sido completamente fortuita. Ni siquiera sabía por qué lo había elegido, pero cuando lo vio abandonado, con las cicatrices del incendio todavía vivas en sus muros, supo que había encontrado lo que buscaba.

Los huéspedes llegaron después, casi como si algo los atrajese hacia ese lugar y puede que lo hiciese, que el hechizo que había usado para escudar el inmueble y su propia naturaleza de los humanos y de otros seres sobrenaturales, fuese como una baliza para los que necesitaban de refugio.

El primero que llegó fue un vampiro que llevaba años escondiéndose de una familia que quería utilizarlo para saldar una deuda.

Un sacrificio de sangre, nada más y nada menos.

Estaban convencidos de que, al matarlo, la maldición que pesaba sobre ellos se extinguiría, aun cuando él no había sido el que la había lanzado.