Una taza de té para el demonio EPÍLOGO
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EPÍLOGO

—Y pensar que entré por esa puerta diciendo que era tu prometida sin saber realmente lo que eso significaba —chasqueó la lengua—. Podrías habérmelo dicho entonces.

Su prometido esbozó esa particular sonrisa suya y le entregó una copa de cristal negro con un aromático vino.

—¿Y me habrías creído?

—Probablemente me habría reído a morir y luego te habría llamado embustero —admitió, levantando su copa en un silencioso brindis—. En serio, los demonios tenéis una manera muy rara de encontrar pareja. Solo he tenido que reclamarte como mi prometido para que fueses completamente mío.

—Pude haberte rechazado.

—Pero no lo hiciste —apuntó, dándole un toquecito con el dedo sobre el chaleco—. ¿Por qué?

—Tu alma olía demasiado bien.

Alison dejó escapar una risita. Probablemente hace un año aquello la habría preocupado, pero después de conocer al demonio que tenía ante ella, sabía que sus palabras eran prácticamente una declaración de amor.

Jason era mucho más de lo que pensó aquella tarde en la que entró en su despacho.

El hombre frente a ella no solo era un magnífico empresario, sino que tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho.

Bajo esa apariencia seria, elegante y algo oscura, su demonio era un hombre empático, que se preocupaba por los demás hasta el punto de hacer lo que hiciese falta para mantenerlos a salvo.

Y el Baylor Inn era sin duda la mejor muestra de ello.

Miró a su alrededor, el salón principal estaba lleno de invitados, pero esta no era una fiesta como a las que seguía asistiendo de vez en cuando. Ya no era la heredera Rosemont, sino Alison Page, bruja verde, empresaria, copropietaria del Baylor Inn y prometida de Jason Baylor.

Y no había sido nunca más feliz con ello.

El hotel se había engalanado para su fiesta de Halloween. Una decoración dramática, con una estética más elegante que comercial, pues la manera en que toda aquella gente tenía de celebrar aquella noche en particular era muy distinta a la que se daría en cualquier otro lugar.

Hoy era una noche para el recuerdo, para los reencuentros, para celebrar la vida. Era el momento en el que el mundo de los vivos y el de los muertos se encontraban, y en el que el Baylor Inn se convertía en un lugar seguro para dichas reuniones.

Este era ahora su mundo, uno en el que se sentía integrada, en el que no era otra cosa que Ali o la prometida de un príncipe demonio.

Era la bruja verde del Baylor Inn, tenía incluso una plaquita que lo afirmaba, un regalo de los huéspedes del hotel, y la propietaria de la tetería más visitada del mundo sobrenatural.

Sus nuevos clientes se habían unido a los de siempre, creando amistades inesperadas y diría que incluso algún romance. No tenía idea de cómo iba a salir aquello, pero confiaba en que les fuese bien.

Al final había tenido que contratar a alguien más, y quién mejor que uno de los huéspedes del hotel.

Había empezado colaborando con ella, echándole una mano de vez en cuando y, cuando se enteró de que tenía pensado contratar a alguien, se ofreció a hacerlo y no había nadie en quien confiara más para gestionar su tetería que en Carolina.

Para la dríade oscura, salir del hotel suponía enfrentarse al mundo, a sus miedos, a todo lo que había dejado atrás y que la había llevado, medio moribunda, ante las puertas del Baylor Inn.

Pero lo había hecho, por ella misma y por su futuro, encontró el valor de dar ese paso y ahora parecía más viva que nunca entre las paredes del Marguerite´s Tea.

—Ey, tortolitos. Tenéis que probar el bizcocho de calabaza que ha hecho Hécate. —Elvis apareció de la nada, como siempre, aunque hoy su forma era más corpórea que nunca, incluso tenía otro color—. No tenía idea de que esa elemental supiera cocinar.

—Lo hace. Y muy bien además —confirmó ella.

—A Hécate se le dan bien muchas cosas, motivo por el que está a cargo del hotel —añadió Jason.

Y es que ese era otro de los nuevos cambios que habían hecho en ese último año.

La elemental de fuego había ascendido a gerente, lo cual les dejaba tiempo a Jason y a ella misma para encargarse de lo verdaderamente importante: la gente a la que acogían.

—El de chocolates y nueces está aún mejor —interrumpió una voz que conocía bien.

—No tienes idea de cocina, mujer.

—Ni tú tienes paladar, imbécil.

—Eres irritante.

—Le dijo la sartén al cazo.

Jason le rodeó la cintura con el brazo, tirando de ella hacia atrás y apartándola para que los dos fantasmas pudiesen tener su cotidiana discusión en paz.

—¿Siempre se han llevado así? —preguntó, echando un último vistazo para ver a Lola apuñalando a Elvis en el pecho con el dedo.

No era la primera vez que la fantasma de la tetería se aparecía en el hotel.

Había cruzado en el último Halloween y desde entonces solía venir a tocarle las narices a Elvis.

—Parece que tienen una historia común, aunque nunca he querido saber cuál —aseguró su prometido.

—¿Una historia en común?

Asintió.

—El hotel y la tetería siempre han ocupado el mismo lugar —señaló lo obvio—. Y ninguno de los dos ha cruzado…

—¿Estás insinuando que ellos…? —Volvió a mirar hacia los fantasmas, pero ya no los vio. Ambos habían desaparecido—. Oh. ¿Dónde…?

—No quieres saberlo —la atajó él.

Se miraron y vio el brillo en sus ojos amarillos. El único rasgo demoníaco que se permitía mostrar en público, aunque ahora sabía que no era el único que poseía en su verdadera encarnación.

—¿Me estás diciendo que han…?

Su encogimiento de hombros la dejó pasmada.

—¿En serio? —Se llevó una mano a la boca, para contener una carcajada.

—Lo cierto, es que no me importaría hacer lo mismo —aseguró inclinándose sobre ella, para acabar susurrándole al oído—. Larguémonos, Ali.

Se rio, pero todo su cuerpo se estremeció de anticipación.

—¿Y la fiesta? —mantuvo la conversación solo entre ellos.

—Ellos la disfrutarán más que nosotros —aseguró, cogiéndole la mano y besándole los dedos—. Vamos, mi amor. Hagamos nuestro propio Halloween.

Se derritió al escuchar esas dos palabras en sus labios, unas que latían en su propio corazón.

—Como desees, mi demonio.

Miraron a su alrededor, se cogieron de las manos y dejaron el salón del hotel sin hacer ruido.