Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Soy un demonio.

Alison se quedó mirando esos ojos de un inusual color amarillo. No era un tono chillón, pero sí lo bastante intenso para que resultasen extraños, aunque no por ello aterradores. Esas tres palabras habían precedido a un intenso silencio entre ambos, uno que no se atrevió a romper todavía.

Jason Baylor era un demonio.

No pudo evitarlo y dio un paso atrás.

Aunque su intención no era alejarse, ni tampoco salir corriendo, mucho menos ponerse a gritar, sencillamente aquella admisión no encajaba con la persona que tenía delante.

Lo recorrió desde el pelo negro perfectamente peinado, los ojos todavía amarillos, el traje impecable a los caros zapatos italianos.

Se había quitado la chaqueta y solo llevaba la camisa y el chaleco, pero eso no lo hacía menos humano.

Tenía las mangas recogidas, dejando a la vista los antebrazos y sus manos, con una manicura perfecta.

No había un solo centímetro de ese hombre que dijese que era un ser salido del averno o de donde quiera que viniesen los demonios.

Ni cuernos, ni cola, ni una estructura ósea diferente… Por no tener, ni siquiera tenía rasgos infernales. ¡Ese tono amarillo era demasiado bonito para infundir temor!

Arrugó un poco la nariz y sacudió la cabeza.

—No. Imposible.

—¿Disculpa?

—No puedes ser un demonio —declaró, señalándolo por entero—. Mírate. Eres… Estás… Ningún demonio vestiría a la moda e iría por ahí hecho un pincel. Eres demasiado atractivo para eso.

Jason parpadeó. El tono de sus ojos volvió a ese marrón que ya conocía. Parecía genuinamente sorprendido, descolocado incluso.

—¿Qué? —Casi escupe la palabra. Su incredulidad era palpable.

—A ver, yo no estoy muy al día de estas cosas, pero, ¿un demonio no debería ser escuchimizado?

—Escuchimizado —repitió con visible asombro.

Asintió con la cabeza.

—Sí, ya sabes. Delgado, casi muerto de hambre, y, no te ofendas, pero no me parece que tú sufras de inanición —aseguró echándole otro buen vistazo—. Tienes una complexión… perfecta.

—Gracias, supongo.

—Y se supone que los demonios son siniestros —añadió—. Y vale, sí, puede que des un poco de miedo cuando te pones en plan «voy a mandarte al infierno porque me tienes hasta los huevos», aunque… No es lo mismo.

—Me dejas sin palabras —admitió él y, a juzgar por su tono, lo decía muy en serio.

Alison hizo una mueca y le miró la cabeza.

—Y los cuernos. Los demonios tienen cuernos —gesticuló de nuevo con las manos—. Tú no tienes de eso.

—¿Ah, no?

Sacudió la cabeza y bajó la mirada hacia su cintura, inclinándose hacia un lado para señalar su trasero.

—Y tampoco tienes cola.

—Y, según tú, debería tenerla. —Su incredulidad empezaba a dar paso al sarcasmo.

—Y ojos rojos, o completamente negros —anotó, pensando en cómo describían a los demonios en los libros—. Aunque ese amarillo de antes era bastante inquietante.

—¿No me digas? —A estas alturas Jason ya se había cruzado de brazos, confirmando que no tenía nada de escuchimizado y sí mucho de hombre poderoso—. ¿A cuántos demonios escuchimizados, con cuernos, cola y ojos rojos has visto en tu vida, Alison?

—¿Te refieres a demonios, demonios?

—¿A qué otra cosa podría referirme? —Mantuvo la postura y también una postura bastante arrogante, de hecho.

—No he visto un demonio real en mi vida —admitió con un ligero encogimiento de hombros—. O si lo vi, puede que no me diese cuenta de que era un demonio. Tú acabas de decirme que lo eres y… ni se me habría pasado por la cabeza.

—¿Entonces cómo estás tan segura de su apariencia?

—Bueno, Lola me dijo que solían ser criaturas temibles, con cuernos, muy corpulentos y a menudo siniestros.

—¿Y por Lola te refieres a…?

—El fantasma que regenta mi tetería.

—La señora de pelo castaño sentada en la mesa junto a la ventana. —No era una pregunta, sino una afirmación que la dejó pasmada.

¿La había visto? ¿A Lola?

—La viste… —pronunció en voz alta.

—Por supuesto que la vi —bufó él—. No es la dama más discreta del mundo.

Sí, bueno. En eso estaba de acuerdo con él.

—¿Me estás diciendo que tu concepto de lo que debe ser un demonio viene dado por la descripción de un fantasma? —El escepticismo volvía a la carga, así como la ironía.

—Bueno, ella está muerta —mencionó, sintiendo que empezaba a hundirse ella solita en terreno cenagoso—. Tiene un concepto mucho más amplio del mundo sobrenatural del que tengo yo.

—Dime que es una broma —bufó, recorriéndola con la mirada—. Eres una bruja.

—Verde —concretó—. Lo mío son los tés, el cuidado de las plantas, esas cosas… No tengo otro tipo de poder…

—Y, por lo que veo, tampoco tienes ninguna educación sobrenatural.

—Mi educación es excelente, gracias, aunque no en esas lides —admitió finalmente—. Es solo… ¿Cómo puedes ser un demonio?

—Lo soy.

—Vestido así cuesta asimilarlo.

—¿Vestido cómo? —Se miró a sí mismo, como si tuviese algo malo.

—Como si fueses un empresario o el dueño de un hotel —señaló lo obvio.

—Da la casualidad de que soy ambas cosas, Alison —replicó con notable ironía, para finalmente sacudir la cabeza y soltar un pequeño resoplido—. No deberías escuchar estupideces que salen de la boca de un fantasma.

—¿Hablas por experiencia propia? —Se cruzó de brazos. Ella no era la única que hablaba con un fantasma, al parecer—. Te recuerdo que alguien acaba de cruzar la pared para salir.

—Como acabo de decir, no deberías escuchar las estupideces que salen de la boca de un fantasma. —Y aquello, sin duda, iba dirigido a Elvis.

—Sí, bueno. —Se encogió de hombros—. Han sido esas estupideces las que me han puesto al día de lo que existe, presumiblemente, al otro lado del velo.

—¿Presumiblemente?

—No puedo decir que las haya visto todavía —admitió. Y, siendo sincera consigo misma, tampoco tenía interés en hacerlo. Su vida ya era bastante complicada como era, sin tener que añadirle sucesos paranormales.

Hola, soy Alison Page, heredera de Rosemont Holding, regento una tetería durante la semana y hablo con fantasmas en mis ratos libres.

Sí, ya veía lo bien que quedaría eso en los titulares de los periódicos.

—¿Cómo es posible? —La miró de arriba abajo, como si le pareciese imposible.

—No me enteré de que tenía sangre de bruja hasta la adolescencia —admitió—. Mi madre no tenía aquelarre y falleció antes de poder transmitirme sus conocimientos. He, digamos, ido aprendiendo sobre la marcha.

—Eso es absurdo.

—Dijo el demonio . —Lo señaló con un dedo—. Uno que no tiene cuernos, ni una larga cola, ni la piel roja.

Entrecerró los ojos sobre ella y sacudió la cabeza.

—Soy un demonio de alto rango —resopló—. Los de mi tipo compartimos una fisonomía muy parecida a la humana.

—Parecida no quiere decir igual —resolvió, prestándole ahora toda su atención—. ¿Quieres decir que esto no es lo que eres habitualmente?

—Quiero decir que hay características propias de mi clase que prefiero mantener ocultas cuando estoy entre humanos.

—¿Y entre esas características hay cuernos y una cola?

La fulminó con la mirada y ella acabó levantando ambas manos a modo de rendición.

—Es difícil hacerte a la idea de que algo existe realmente cuando no sabes cómo es o cuando la única imagen que tienes de ello es la que sale en los libros o en las películas —admitió con sinceridad—.

Pero tranquilo, veo que el tema de los cuernos y la cola es algo delicado para ti, así que no volveré a tocarlo.

—No es delicado, es… —Se quedó a media frase, como si no supiese qué decir—. Joder, ¿cómo es posible que seas una bruja?

—Herencia biológica —le soltó ella—. No la pides, te viene de serie. Es como lo de ser rubio o pelirrojo, tener ojos azules o verdes, cuernos o no…

—Dijiste que no ibas a tocar el tema de los cuernos.

—Tienes razón. Lo dije. —Hizo una mueca—. Lo siento. Me está costando centrarme. No todos los días se encuentra uno con un tío de más de metro ochenta y porte elegante, vestido como un empresario, que aun encima es un demonio.

—Ni tampoco a una bruja que dice haber aprendido lo que sabe sobre nosotros de boca de un fantasma —murmuró, pasándose la mano por el pelo con gesto cansado—. Esto es una anomalía de campeonato.

—¿Puedo preguntarte si los otros que son como tú tienen… ya sabes, eso que prometí no pronunciar? —Se había obsesionado con el tema de los cuernos, pero es que no podía sacarse la imagen de la cabeza.

Sus ojos adquirieron de nuevo ese brillo amarillo al posarse sobre ella y supo, sin necesidad de palabras, que estaba perdiendo la paciencia con ella.

—No hay más como yo —respondió con más calma de la que anunciaba su expresión—. No de mi gremio.

—¿Los demonios os dividís en gremios?

—Sí.

—Y dices que tú eres el único del tuyo.

—Así es.

—¿Es por eso que no tienes cuernos?

—¡Por todos los infiernos! —acabó siseando—. Mi encarnación demoníaca tiene cuernos, ¿de acuerdo? Ahora puedes, por favor, dejar el tema ya.

—¡Lo sabía! —exclamó, satisfecha consigo misma por haber insistido—. Lola dijo que todos los demonios teníais cuernos…

—Tu fantasma no tiene la menor idea de nada…

—Te sorprendería toda la información que posee esa mujer —afirmó.

Había sido testigo de ello de primera mano—.

Gracias a ella he aprendido más sobre mí misma como bruja en este último medio año de lo que había podido averiguar por mi cuenta.

Lola me ha ayudado donde nadie más podía hacerlo y, solo por eso, está invitada a té durante el resto del tiempo que yo esté al frente de la tetería.

—Dijiste que tu madre había fallecido…

Asintió.

—No es un secreto. Creo que la noticia salió en todos los periódicos en aquella época —confirmó—. El matrimonio Rosemont, así es como los llamaban, fallece en un trágico accidente en los Alpes. Tenía seis años cuando mi tío Simon se hizo cargo de mi tutela.

—Una edad muy temprana para perder a una madre.