CAPÍTULO 5 #2
—Perdón. —Dio un inmediato paso atrás.
¿Pero qué narices estaba haciendo? Acababan de pillarla espiándoles.
Se apartó de la puerta, quedándose prácticamente contra la otra pared del pasillo.
—Dile a Hécate que te asigne una habitación. —La voz de Jason vino acompañada de pasos, haciéndose más audible a medida que se acercaban al umbral—. Y que te ponga en contacto con nuestro sanador.
—Gracias de nuevo, milord —escuchó en el mismo instante en que ambos hombres abandonaban la habitación. Los ojos del desconocido se posaron sobre ella e inclinó la cabeza en un saludo formal—. Milady.
Se lo quedó mirando unos segundos, sin saber qué responder, pues su rostro estaba incluso peor de lo que le había parecido en un principio.
—Ve, Rob —lo instó su acompañante y el hombretón no dudó en seguir su camino, renqueando en el proceso.
Se quedaron callados hasta que él desapareció al girar al fondo del pasillo, entonces se volvió hacia su acompañante.
—¿Qué le ha pasado?
—Ha tenido un… día complicado.
—¿Un día complicado? —Señaló con el dedo hacia el lugar por donde había desaparecido el tipo—. Eso parecía más bien que le han dado una paliza de muerte. ¿No lo ha denunciado a la Policía?
—Es justo lo que acaba de hacer —replicó su acompañante, mirándola ahora de la cabeza a los pies—. Los permisos están sobre mi escritorio.
Y ahí estaba de nuevo el Jason que conocía. El tipo serio, cortante y que no se andaba por las ramas.
—Fantástico —replicó ella con el mismo tono desapasionado—. Pues veámoslos, pues.
Lo acompañó de camino a su oficina, pero no podía quitarse de la cabeza lo que acababa de presenciar.
—¿Era un huésped del hotel? —inquirió.
—Ahora lo es —respondió con sequedad.
—¿Por qué se ha dirigido a ti como «milord» ? —preguntó, levantando la cabeza para mirarlo—. ¿Es que tienes algún título nobiliario o algo así?
—Algo así.
Su respuesta la hizo enarcar una ceja.
—¿En serio? —Lo miró de la cabeza a los pies—. ¿Cuál?
—Príncipe.
Alison se lo quedó mirando unos segundos más y finalmente se echó a reír.
—Claro que sí. Y yo soy duquesa —bufó, sacudiendo la cabeza—. En fin, da lo mismo. Veamos esos documentos.
La mirada que le dedicó no supo cómo interpretarla, pero tampoco añadió nada más. Entraron en su oficina y le entregó la documentación para que pudiese examinarla.
—Necesitas firmar los permisos de modo que podamos empezar con las reformas —le informó.
—Vale, parece que todo está como debe… —confirmó, leyendo cada una de las páginas.
—Jason, acabo de ver al señor culo peludo Robert ocupando una habitación del tercer piso, ¿quién le ha pegado semejante paliza al lobo?
La voz llegó desde la puerta, levantó la cabeza de los papeles para ver quién acababa de llegar y se encontró a un tipo de alrededor de los veinticinco o treinta años, era difícil de calcular dado el atuendo que llevaba, uno demasiado elegante para la época actual y bastante pasado de moda.
Incluso su peinado era más propio de los años veinte que de ahora.
Sus miradas se encontraron y el hombre parpadeó un par de veces, como si le sorprendiese encontrársela allí. Entonces esbozó una amplia sonrisa y entró en la habitación como si nada.
—Oh, pero si está aquí tu flamante prometida.
—No es mi prometida.
—No soy su prometida.
Alison miró a su socio, pues acababan de solaparse sus respuestas.
—Pues todo el hotel piensa lo contrario —declaró el hombre, mirándola de la cabeza a los pies.
—Elvis…
—Jason, sé un anfitrión adecuado y preséntanos —pidió el hombre dando un nuevo paso hacia ella.
En el momento en que lo hizo, Alison se estremeció. Había algo extraño en él, algo que le resultaba familiar de una manera bastante particular.
—Lárgate —respondió el mentado anfitrión echando chispas por los ojos.
—De acuerdo, pues me presentaré yo mismo —declaró el hombre, inclinando la cabeza ante ella, para luego cogerle la mano y llevársela a los labios con excesiva ceremonia.
Su contacto fue frío, helado y le produjo un inmediato escalofrío que la sacudió de una forma muy particular.
—Elvis Ogerton, milady —le dijo—. Huésped permanente, fantasma profesional y principal fuente de dolores de cabeza del señor Baylor.
Sintió que se quedaba sin respiración durante una décima de segundo.
—¿Fantasma profesional? —Lo miró de arriba abajo, empezando a darse cuenta de que su atuendo puede que no obedeciese a un gusto vintage por la ropa.
—Así es —asintió con una particular sonrisa antes de soltarla y dar un paso atrás.
—Ignórale. Es lo que hago yo la mayor parte del tiempo —declaró Jason, pero la dureza en su voz y la fulminante mirada que le lanzó al hombre decía claramente que quería estrangularlo.
—Y precisamente por eso, tu prometida será una mucho mejor compañía —aseguró el hombre, dirigiéndose de nuevo a ella—. Le has conquistado. No ha dejado de hablar de ti desde el mismo día en que apareciste en esta misma habitación.
—Elvis, si quieres seguir como huésped del hotel, será mejor que te largues ya —lo avisó Jason, dejando claro que de no hacerlo, lo sacaría él. A patadas, si era necesario.
—¿Has encontrado ya la manera de echarme? —le preguntó el hombre, genuinamente interesado—. ¿Qué será esta vez? ¿Exorcismo? ¿Agua bendita? ¿Esas llamitas tuyas?
Alison los miró a uno y a otro con creciente interés. Era la primera vez que veía a Jason a punto de perder los papeles, aunque las palabras de Elvis tampoco es que pudiesen pasar desapercibidas.
—¿Exorcismo?
—Lo intentó con un sacerdote ordenado, pero no funcionó —aseguró el hombre como si acabase de hablarle del tiempo—. Soy de esa clase de huéspedes de los que intentas deshacerte y no puedes. Tengo un contrato para toda la eternidad con este hotel.
Un nuevo escalofrío le bajó por la columna y supo que no se trataba solo de sus palabras. Cada vez tenía más claro que el hombre no estaba bromeando y eso significaba que alguien había abierto una puerta que debería haber seguido estando cerrada para ella.
—Ya veo… —murmuró, recorriéndolo una vez más con la mirada.
—Si ya has terminado de incordiar, Alison y yo debemos acabar de concretar algunos asuntos. —Señaló los papeles de la mesa a modo de explicación.
—Sí, sí. Ya me voy —resopló el hombre, volviéndose de nuevo hacia ella—. Querida, ha sido un verdadero placer conocerte al fin. Por favor, ven a vernos más a menudo, aunque no lo diga, le encanta tenerte por aquí.
—Elvis… —siseó Jason.
—Ya me voy… —replicó este, dirigiéndose ya hacia la puerta—. Ya me estoy yendo… —añadió, solo para cambiar de dirección en el último momento—. Ya me fui.
Y atravesó la pared.
No como alguien que deja un boquete. La atravesó como si no existiese, como si no fuese corpóreo, sino un…
—Fantasma… —musitó. Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, pero no se movió, ni siquiera apartó la mirada de aquella pared.
Pasó un par de largos segundos mirando aquel muro tangible, revestido de madera y, solo cuando asimiló el hecho, se permitió volverse hacia el hombre que quedaba en la habitación.
Jason apretaba la mandíbula mientras fulminaba la misma pared con la mirada, visiblemente molesto.
— Um , ¿tú también has visto eso?
Esos claros ojos marrones se encontraron con los suyos y vio en ellos la respuesta.
Por supuesto que lo había visto y, a juzgar por su expresión, no le sorprendía lo más mínimo.
Jason tenía un fantasma en el hotel y era muy consciente de ello, así que solo había una pregunta que pudiese hacerle al respecto.
—De acuerdo, ¿a qué aquelarre perteneces?
Si algo había aprendido en los últimos años de su vida era que no todo el mundo podía ver fantasmas. De hecho, la mayoría ni siquiera llegaban a hablar con uno, a menos que este tuviese algo que decir o la persona que lo viese tuviese alguna relación con el mundo sobrenatural.
—¿Aquelarre? —La confusión inicial que acompañó a su respuesta empezó a dar paso a una inesperada comprensión a medida que la miraba como si fuese la primera vez que la veía—. Eres… una bruja.
Ante cualquier otra persona se haría la loca, incluso se reiría o bromearía con la palabra, pero el hombre que tenía delante acababa de entender qué era ella.
—Soy herborista —le soltó, dejando claro que no estaba dentro de ningún tipo de magia extraña—. Una bruja verde. ¿A qué aquelarre…?
Negó con la cabeza, interrumpiéndola.
—No pertenezco a ningún aquelarre. —Fue tajante con su respuesta—. No soy uno de vosotros, Alison.
—¿No? —Frunció el ceño, ladeó la cabeza y sugirió—. ¿Eres médium ?
El bufido que escapó de sus labios fue suficiente respuesta.
—Ni lo uno, ni lo otro —declaró, caminando hacia ella. Se detuvo justo a su altura, se inclinó hasta que sus miradas estuvieron a la misma altura y entonces lo vio. Sus ojos abandonaron ese tono marrón claro y adoptaron un color más amarillo—. Soy un demonio.
Y esa era la última admisión que esperó escuchar saliendo algún día de esa sensual boca.