CAPÍTULO 5
Alison colgó el teléfono y se lo quedó mirando como si en el transcurso de esa llamada se hubiese convertido en el mayor enigma de su vida.
—¿Todo bien, querida?
Levantó la cabeza y se encontró con Lola sentada en su mesa de siempre, al lado de la ventana. Un rápido vistazo al cartel de la puerta le confirmó que todavía no había abierto, pero eso nunca molestaba a la huésped que venía con la tetería.
—Parece que pronto vamos a tener obras por aquí —le comunicó, dejando atrás la barra y dirigiéndose a la puerta para girar el cartel de cerrado a abierto—. El contratista se pasará personalmente a ver la tetería y tomar nota de todo lo que tendrán que hacer.
—Será mejor que le dejes muy claro qué no tocar —apuntó Lola, con un delgado dedo algo pálido—. Esos hombres empiezan diciéndote que tienes que cambiar una caja de fusibles y al final te desmantelan el negocio entero. ¡No les dejes!
—Fui muy clara al respecto con lo que pueden y no pueden hacer aquí dentro —admitió, echando un vistazo al suelo y a las paredes—. Pero debo reconocer que no nos vendrá mal que cambien el suelo y arreglen las humedades. —Señaló un punto en concreto en una esquina—. Está volviendo a salir la mancha.
—Los vigilaré de cerca —declaró la mujer, cogiendo su taza de té y llevándosela a los labios.
—Solo no hagas que salgan corriendo como el último, ¿vale? —pidió.
Ese era uno de los principales motivos por los que no se había metido a hacer reformas todavía.
Cuando compró la propiedad y buscó a un contratista para llevar a cabo algunos arreglos, acabó recibiendo una llamada a última hora de la tarde diciendo que rechazaban el trabajo porque había algo raro en el local.
Sí, algo tan raro como la mujer sentada ante ella.
—Ese hombre tenía malas intenciones, querida, te hice un favor —apuntó con total convencimiento.
—Sí, bueno. Lo que sea. No lo espantes.
Le dio la espalda y echó un nuevo vistazo a su alrededor. El aroma del café recién hecho ya inundaba el lugar, había colocado la bollería en su lugar y estaba calentando agua para hacerse una infusión para ella.
Necesitaba bajar de revoluciones, sobre todo después del inesperado encuentro de la noche del sábado.
Lo último que esperaba era encontrarse a Jason en una de esas fiestas, pero allí estaba, de punta en blanco, como siempre, codeándose con lo más granado de la sociedad y charlando con todo el mundo.
No sabía de qué se sorprendía, después de todo, él era un empresario de éxito, incluso su tío le había echado el ojo.
Y ese era otro problema. Simon la había interrogado en cuanto tuvo la oportunidad para saber dónde le había conocido, qué clase de relación había entre ambos… Y no se quedó satisfecho hasta que le dijo que quería saber.
Su tío habría hecho carrera como detective, eso seguro.
Con todo, su vida privada era suya y solo suya, y los asuntos que tenía con Jason no eran algo que le incumbiese.
Cuando se lo había dicho, se había limitado a levantar las manos y decir «muy bien», pero ambos sabían que eso no evitaría que siguiese metiendo las narices hasta asegurarse de que no había ningún peligro para ella.
Adoraba a Simon, pero a veces le entraban unas enormes ganas de estrangularle.
—Tendré que pasarme luego por el hotel para firmar los permisos y esas cosas —le informó.
—Oh, ¿vas a ver al demonio?
Puso los ojos en blanco.
—No es tan malo. —Y, sorprendentemente, lo creía de verdad—. Podía haberme desenmascarado durante la fiesta, exponer esto y no lo hizo.
—No he dicho que fuese malo, querida —replicó ella, volviendo a llevarse la taza a los labios.
—No, solo le gritaste «demonio» a la cara —resopló y sacudió la cabeza—. Menos mal que ni se enteró.
—Sí. Menos mal —musitó y juraría que dejó escapar un resoplido de risa al respecto.
No tuvo ni tiempo de preguntar porque el carrillón de la puerta sonó dando paso a su primer cliente real de la mañana.
—Buenos días, Ali.
—Buenos días, Bella. —La recibió con una sonrisa.
—¿Hablando sola ya tan temprano? —La mujer le devolvió la sonrisa—. Deberías adoptar un gato. Son fantásticos terapeutas. Puedes contarle todo tipo de cosas y no se inmutan.
Sonrió y volvió detrás de la barra.
—Me temo que no tendría tiempo de cuidar de otra criatura —aseguró—. ¿Lo de siempre?
—Sí, por favor —asintió y fue a ocupar su mesa de siempre—. Y esta vez, ponle extra de azúcar. Lo voy a necesitar.
—A saber qué habrá pasado ahora… —murmuró Lola, aunque, como siempre, solo ella escuchó sus palabras.
***
Alison se quedó mirando la fachada del Baylor Inn unos segundos antes de entrar.
Cruzar la puerta de ese lugar era como adentrarse en otro siglo, en otro mundo, algo que se palpaba en el aire y que no creía que tuviese que ver con el aroma de las flores frescas de los jarrones.
El recibidor conservaba buena parte del esplendor de sus primeros años.
El suelo de mármol dibujaba formas geométricas en tonos oscuros y claros, mientras las paredes estaban revestidas con madera hasta media altura, rematada por molduras ornamentales.
Las lámparas de techo, de cristal y metal dorado, proyectaban una luz cálida que hacía brillar los detalles de la estancia sin restarle solemnidad.
Se pasó las manos sobre la chaqueta, alisándola, sintiéndose repentinamente fuera de lugar con sus sencillos vaqueros y deportivas. Incluso los empleados parecían estar más en consonancia con el lujoso edificio, llevando esos impecables uniformes, que ella.
Sacudiéndose de encima la absurda sensación y haciéndola a un lado, se dirigió hacia la recepción que se encontraba al fondo.
El largo mostrador de madera oscura y superficie de mármol pulido atraía la mirada, al igual que la pared cubierta de paneles de madera que enmarcaba el antiguo reloj del hotel, todavía en funcionamiento después de tantas décadas.
El chico de la otra vez seguía en su puesto, levantó la cabeza y su rostro cambió al verla. Esta vez, sin embargo, no la miró como si fuese un mosquito.
—Buenas tardes —saludó. Había esperado a cerrar la tetería para acercarse al hotel y encontrarse con Jason.
El recepcionista se enderezó y le dedicó la más radiante de las sonrisas.
—Buenas tardes, señorita Page —la saludó con calidez, algo que no ocurrió la primera vez que vino aquí a preguntar por su jefe—. ¿En qué puedo ayudarla?
Luchó por no enarcar una ceja ante semejante cambio de actitud y optó por aprovecharlo.
—Quisiera ver al señor Baylor, si es posible —pidió.
—Por supuesto —asintió el hombre, quien no dudó en salir de detrás de la recepción y señalar con un gesto para que la acompañase—. El señor Baylor está en su oficina. En el primer piso.
Dejaron atrás las grandes butacas de terciopelo, las pequeñas mesas auxiliares y los sofás dispuestos alrededor de la alfombra de motivos geométricos y se dirigieron hacia los ascensores.
Las puertas, de latón envejecido, tenían grabados ornamentales que contrastaban con el negro brillante de la madera. Todo parecía pertenecer a otra época, pero nada resultaba viejo. Jason había conseguido conservar la esencia del edificio sin renunciar a las comodidades de un hotel moderno.
El hombre llamó al ascensor y esperó hasta que las puertas se abrieron, la hizo pasar y pulsó el botón de la primera planta, quedándose él fuera.
—Al fondo y a la derecha —le recordó con amabilidad y una sonrisa que empezaba a parecerle ligeramente inquietante.
—Gracias —murmuró justo cuando las puertas empezaban a cerrarse.
Dios. Este lugar era raro, pero no tanto como sus empleados.
Esperó paciente mientras la maquinaria se ponía en marcha y la subía a la primera planta. En cuanto las puertas se abrieron, dejó el ascensor y siguió el camino que ya conocía.
No había llegado ni a la mitad del recorrido cuando escuchó las primeras voces:
—Van a matarme. ¡Me harán pedacitos! —La voz era masculina y, a juzgar por su tono, bastante desesperada—. Su sire no perdonará una traición semejante. ¡Querrá mi jodida cabeza!
Alison se detuvo en seco. La voz venía de las puertas abiertas un par de pasos más adelante.
—Elian lleva décadas pidiendo cabezas y, hasta ahora, no ha tocado ni una sola de las que se han hospedado bajo mi techo.
Reconoció al momento la segunda voz. Era la de Jason.
—Pero si me quedo aquí, traeré mi problema ante vuestra puerta, milord . —Escuchó la contestación del hombre. Su desesperación era evidente.
—Cualquiera que venga al hotel con algo más que intención de hablar, se quedará en la puerta, Robert —confirmó su nuevo socio—. Mi oferta sigue sobre la mesa. Tómala o déjala. Es tu decisión.
Avanzó con cuidado hasta que estuvo frente a las puertas y vio a Jason de pie junto a un hombre corpulento, muy corpulento, de hombros anchos y que permanecía con la cabeza gacha y las manos apoyadas sobre una mesa con varias sillas.
Parecía una especie de sala de estar, igual de elegante y lujosa que el resto del hotel.
—He huido —murmuró el tipo, dejando caer la cabeza hacia delante con gesto derrotado—. ¿En qué clase de hombre me convierte eso?
—En uno vivo, Rob, en uno vivo —respondió Jason, posando la mano sobre el hombro del tipo. Entonces bajó la voz y empezó a hablar en un idioma extranjero, no lo reconoció, pero tenía una cadencia antigua, europea, diría.
Su tono era calmado y suave. No había escuchado nada parecido saliendo de él. Incluso su postura era distinta, acompañando a la del hombre. Puede que no entendiese ni una sola palabra, pero juraría que lo que quiera que le estuviese diciendo era para darle ánimos.
—Gracias, milord —dijo el hombre, ladeando ahora la cabeza, lo que le permitió ver un rostro magullado—. Os juro que os devolveré el favor.
Ali jadeó, no pudo evitarlo. Al tipo le habían dejado la cara como un mapa. Tenía cortes, moratones y juraría que restos de sangre.
El sonido hizo que ambos se volviesen al unísono y, durante un breve instante, juraría que los ojos del desconocido eran de un vibrante amarillo. Un parpadeo después, sin embargo, eran oscuros. Puede que siempre lo hubiesen sido.
—Alison… —Jason se enderezó.