CAPÍTULO 4 #3
—Ya veo. —Su anterior animosidad decreció un poco y, cuando volvió a mirarle, casi parecía que sentía pena por él—. Ha intentado comprarle la tienda y le ha dicho que no tenía la menor intención de venderla, ¿me equivoco?
—No. No se equivoca —confirmó, volviendo a posar de nuevo la mirada sobre ella—. Es una negociadora muy dura.
—No lo sabe usted bien —aseguró, mirando de nuevo a la chica, quien le devolvió la mirada. Durante un par de largos segundos parecieron comunicarse silenciosamente, sin necesidad de palabras. Estaba claro que el comentario no estaba solo dirigido a él.
—No empieces… —El comentario de ella, apenas un susurro, confirmó sus sospechas.
—No puedes huir para siempre, Ali —le aseguró él, manteniendo aquella conversación al margen de su presencia—. La fecha está justo ahí.
Ella puso los ojos en blanco, pero no añadió nada más.
—Bueno —añadió Simon, volviéndose de nuevo hacia él—. No deseo monopolizarte toda la noche. —La besó en la sien y acto seguido lo miró—. Señor Baylor, espero que volvamos a coincidir.
—Lo mismo digo —afirmó, sosteniendo su mirada.
El hombre le echó un último vistazo a la chica, quien parecía estar a punto de fulminarlo con la mirada, y se marchó, uniéndose al momento a otro par de hombres con los que empezó a intercambiar palabras.
—Un hombre interesante… tu tío —mencionó, atrayendo de nuevo su atención.
—Y un metomentodo profesional —masculló por lo bajo, sin duda en una respuesta que no iba dirigida a él, ya que había vuelto a mirar en dirección al hombre.
—Solo me ha parecido un hombre preocupado por su sobrina.
Aquellos llamativos ojos verdes se posaron sobre él, pero no dijo nada.
—Así que, eres la heredera de Rosemont Holding y también la dueña de una tetería. —La miró de arriba abajo, intentando encajar esas dos caras de la misma mujer—. Una que abres todos los días de la semana…
—Excepto los fines de semana —confirmó ella, señalando su entorno con un gesto de la mano—. Y ya ves el porqué.
Dos vidas. Sí, veía perfectamente el porqué.
—Podrías estar haciendo cualquier otra cosa, trabajar incluso para tu propia compañía, así que, ¿por qué allí?
—¿Por qué no? —Levantó la cabeza y se mantuvo orgullosa—. Un trabajo es un trabajo, independientemente del lugar en el que se realice.
Y ella no era de las que temían mancharse las manos o pasarse varias horas al día de pie para llevarlo a cabo. Eso había podido constatarlo el mismo día que traspasó la puerta de su negocio, pero no respondía a la pregunta que le había hecho.
Deslizó la mirada lentamente sobre ella, con discreción. Intentaba encajar a la mujer que tenía ahora ante él como la que conocía y le resultaba bastante complicado. No porque no fuesen la misma, que lo era, sino porque parecía haber un abismo entre la una y la otra.
—¿Por qué ese lugar?
La notó coger aire, sosteniéndolo cuando se acercó un camarero al que le cogió una copa de vino. Solo cuando este se marchó se permitió soltarlo.
—Porque allí nadie me trata como la heredera de nada —declaró, llevándose a continuación la copa a los labios, todo ello sin dejar de mirar a su alrededor y sonreír cuando alguna persona miraba en su dirección o la saludaba—.
Solo soy Ali, la que prepara té, escucha los problemas de los clientes, discute con March porque siempre quiere sentarse en la misma mesa y se las ve con idiotas que se empeñan en ofrecer cantidades desorbitantes por un negocio que no está en venta.
Por primera vez desde que la había conocido, Jason entendió ante quién estaba y, sorprendentemente, eso le gustó incluso más.
—Alison…
—¡Jason Baylor! —exclamó alguien a su espalda—. Que el diablo me lleve si no eres tú en persona. ¿Qué haces codeándote con lo más granado de la sociedad?
La interrupción vino de uno de sus antiguos socios, un humano con el que había hecho negocios años atrás y que tenía el jodido don de la inoportunidad.
—Emmanuel. —Lo saludó con sequedad, algo que no pareció importar lo más mínimo al tipo.
—¿En dónde has estado metido, viejo amigo? —le preguntó de buen humor, solo para controlarse al ver a su acompañante—. Señorita Page, discúlpeme, estaba tan concentrado en asegurarme si estaba teniendo visiones o era realmente mi buen amigo Jason, que la había pasado por alto. ¿Cómo está, querida?
—Bien, gracias, señor Lutton. —Sonrió como lo había estado haciendo durante toda la noche, con educación, sin implicarse—. Y, por favor, adelante. Yo ya me había despedido.
Sus ojos se encontraron y vio la mentira en sus ojos, pero no la desenmascaró.
Asintió con la cabeza, haciendo así creíble su excusa, y la vio alejarse.
No tardó mucho en verse de nuevo rodeada de gente, como la heredera que todos los presentes creían que era y que, sin embargo, él sabía que debajo de ese vestido caro, del peinado y los tacones, se escondía también alguien que preparaba té e iba en zapatillas deportivas.
La misma persona, dos mundos distintos.
Algo que él podía entender perfectamente y que hacía a esa criatura aún más interesante a sus ojos.
Sabiendo que se quedaría en la fiesta un poco más, aunque solo fuese para poder mirarla, Jason atendió a su antiguo socio y procedió a soportar esa tediosa noche.