Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—¿Y quién eras entonces, Alison? —preguntó mirándola de la cabeza a los pies sin disimulo alguno—. ¿Esta mujer? ¿La heredera de un holding?

—No creo que te interese quién soy o dejo de ser —murmuró, desviando de nuevo la mirada, solo para cerciorarse de que no tenían oídos indiscretos pendientes de ellos. Entonces volvió a posar la mirada sobre él—. Lo que te interesaba, ya lo has conseguido.

Le habría gustado darle la razón, pero por algún motivo no podía.

Sí, había conseguido el terreno y con ello ya había arreglado lo que necesitaba.

Las barreras eran ahora más fuertes que nunca y ningún imbécil se atrevería a traspasarlas sin sufrir las consecuencias de sus actos.

Pero había algo con lo que no había contado.

Ella. No esperaba que una simple mujer humana hubiese despertado su curiosidad y su hambre de la manera en que lo hacía ella.

Porque sí, Alison Page también había despertado un hambre muy particular y que hacía que se relamiese cada vez que estaba cerca de ella. Su alma lo atraía igual que un banquete dispuesto sobre una mesa, algo que no le había sucedido en cientos de años.

El caso es que no quería devorarla, al menos no en el sentido demoníaco de la palabra, quería mucho más y eso era un jodido problema.

—Quizás sí y quizás… puede que haya encontrado algo más de mi interés.

Se llevó las manos a las caderas, solo para dejarlas caer al darse cuenta del movimiento y acortar un paso entre ambos.

—No te venderé mi tienda —siseó, sus ojos chisporroteando por pura irritación.

—No me interesa tu tienda —se inclinó un poco más, pero evitó sus labios y acabó susurrándole al oído—. Lo que me interesa… eres tú.

La sorpresa no fue solo para ella. Su expresión bien podía competir con la suya propia al escucharse decir aquello en voz alta, mas, de una manera bastante extraña y rocambolesca, era la verdad.

Esa humana le interesaba y no tenía la menor idea de por qué, pero… así era.

—¿Qué te has fumado? —preguntó ella, dando un paso atrás.

Entonces se detuvo, entrecerró los ojos y abrió un poco los labios, como si hubiese llegado a la conclusión por sí misma—.

Oh, ya. Por supuesto. Supongo que descubrir quién soy realmente es un premio demasiado jugoso como para dejarlo pasar, ¿no?

Enarcó una ceja ante su errónea conclusión y sacudió la cabeza.

—No podría importarme menos que te vistas con vestidos caros o vaqueros rotos —admitió, encogiéndose de hombros—. No me interesa tu posición ni tu dinero, tengo suficiente con el mío propio, créeme.

Lo miró de la cabeza a los pies, pero no parecía todavía convencida de sus palabras y, la entendía mejor de lo que pensó que llegaría a entender a una mujer.

Mucha era la gente que se acercaba a él por poder y dinero, humanos y no humanos. Aunque estos últimos sabían perfectamente a quién se presentaban. Resultaba agotador lidiar con ello día sí y día también, sobre todo cuando tenías algo que ocultar.

—No somos tan distintos, Alison —admitió para su propia sorpresa—. No eres la única que tiene dos caras.

Vio por el rabillo del ojo quién se acercaba a ellos y puso inmediata distancia entre ambos, adoptando de nuevo esa imagen formal.

—Y, siendo sincero, no tengo la menor idea de por qué me interesas, pero así es —concluyó en voz baja, justo antes de que el recién llegado irrumpiese en su conversación.

—¿Todo bien por aquí, querida?

Simon Page era un hombre de unos sesenta años con una muy buena planta. Su mirada verde alternó entre ambos antes de clavarse en él con la muda advertencia que un padre haría a cualquiera que pensase que estaba molestando a su hija.

—Sí, sí. Bien —respondió ella, recomponiéndose rápidamente. Su sonrisa fue automática, pero ni siquiera entonces le llegó a los ojos—. Me he encontrado con el señor Baylor y estábamos charlando.

El hombre lo recorrió de la cabeza a los pies sin disimulo alguno, entonces lo miró a la cara y entrecerró los ojos.

—Nos conocemos, ¿no es así?

—Nos hemos cruzado alguna que otra vez en fiestas como esta —confirmó y, siguiendo su instinto, le tendió la mano al hombre—. Jason Baylor.

—Por supuesto. Sabía que se me hacía conocido —admitió y estrechó su mano con bastante fuerza, lo que no dejaba de ser una advertencia más—. Es el propietario de la cadena hotelera Baylor Inn.

—El mismo —respondió, devolviéndose el apretón a modo de «mensaje recibido».

—Simon Page. —Le dio finalmente su nombre, soltándole solo para acercar más a Alison a él, lo que contribuyó a que la chica lo fulminase con la mirada—. No sabía que conociese a mi sobrina, señor Baylor.

—Tenemos negocios en común —respondió, mirándola a ella ahora.

—Jason posee el hotel que está pegado a mi tienda —mencionó ella en voz baja, deseando que aquella conversación no trascendiese—. Hemos estado hablando sobre el local y la posibilidad de unificar criterios.

El hombre miró a su sobrina como quien estudia un raro espécimen y se limitó a soltar un pequeño bufido que, en su opinión, contenía también algo de hilaridad.