CAPÍTULO 4
Jason Baylor no tenía ninguna intención de asistir a aquella fiesta.
De hecho, tenía bastantes cosas mejores que hacer un sábado por la noche que ponerse un traje y aguantar conversaciones insustanciales.
Fingir interés por personas que, en su mayoría, solo conocían su nombre porque aparecía asociado a una larga lista de hoteles y otros inmuebles, no entraba dentro de sus intereses, pero había compromisos que incluso él debía cumplir.
Y esta charada era uno de ellos.
El salón estaba abarrotado de gente vestida para la ocasión, con copas de champán en las manos y sonrisas cuidadosamente estudiadas.
Él no había probado ni una sola gota de la suya. Había aprendido hacía tiempo que en determinadas reuniones era mejor parecer ocupado que disponible.
—Señor Baylor. —Giró ligeramente la cabeza al escuchar su nombre y respondió con un asentimiento a uno de los hombres que se acercaban hacia él.
Lo conocía. Había cerrado algunas transacciones con él el año anterior y no podía haberse alegrado más de perderle de vista.
—¿Cómo está? —le preguntó el tipo, recorriéndole con disimulo, como si quisiera asegurarse de que su traje seguía siendo de marca y su camisa de la más alta calidad.
—Mucho mejor desde que ha dejado de hablarme de sus problemas —le soltó él. Su tolerancia había bajado a nivel cero en cuanto lo vio.
El hombre soltó una carcajada que no supo si era sincera o incómoda, aunque tampoco tenía interés en averiguarlo.
Esto era lo que esperaba encontrarse en una noche como la de hoy.
Personas hablando de negocios, de inversiones, de nuevos proyectos y de quién había conseguido la mesa más exclusiva en el último restaurante de moda.
Era una forma de ver, de tantear posibles negocios y colaboraciones… Nada que pudiese interesarle demasiado.
Si estaba aquí, era solo para cumplir, para dejarse ver, nunca mejor dicho.
A los humanos les gustaba jugar a este juego de las apariencias, aunque algunos de ellos no tuviesen ni dónde caerse muertos después de que abandonasen la fiesta.
Deslizó la mirada sobre el amplio salón y se llevó la copa a los labios, mojándoselos tan solo, dándole la espalda de esa manera al incordio humano que seguía allí de pie. No supo qué fue lo que lo llevó a clavar la mirada en el otro lado de la habitación, pero acabó posando los ojos sobre ella.
Estuvo a punto de desecharla al instante, sin embargo, algo en aquella criatura lo hizo detenerse sobre su figura más de la cuenta.
Quizá fuese el vestido, o el estiloso peinado años veinte que lucía la sedosa melena negra.
Quizá era su manera de moverse o el que todo el mundo pareciese apartarse ligeramente a su paso sin que ella tuviese que pedirlo.
Podían haber sido muchas cosas las que lo habían hecho detenerse sobre ella, pero fueron sus ojos verdes, unos que no se había sacado de la cabeza en días, los que la delataron.
Jason dejó de escuchar al hombre que tenía delante, pues la señorita Page acababa de entrar en el salón. Aunque no se parecía en nada a la mujer con la que había desayunado a principios de semana.
No llevaba vaqueros, ni zapatillas deportivas, ni el pelo recogido de cualquier manera.
No parecía haber salido de debajo de un puente, ni haber comprado la ropa en el rastrillo.
La mujer a la que contemplaba ahora vestía un elegante vestido negro que se ajustaba a su cuerpo con una naturalidad que hizo que Jason tuviera que recordarse a sí mismo que debía apartar la mirada.
Si tan solo pudiese hacerlo.
El pelo negro le caía suelto sobre los hombros, en perfectas ondas, y llevaba unos discretos pendientes de diamantes que fácilmente costarían más que esa dichosa tetería.
No había nada exagerado en su aspecto, pero tampoco lo necesitaba. Era una criatura elegante, que se movía con seguridad, como si estuviese perfectamente cómoda en aquel ambiente.
¿Pero qué coño…?
—¿Señor Baylor?
Jason volvió la atención hacia el hombre que seguía hablando, aun cuando él no había escuchado ni una sola palabra de lo que le decía.
—Disculpe —respondió por inercia, mas seguía desviando la mirada hacia ella.
Una particular sonrisa le curvó los labios, como si acabase de descubrir algo interesante.
—Le preguntaba si conoce a la señorita Page —añadió el tipo, señalando hacia la mujer con un gesto de su copa.
—¿Page? —Se permitió mirarla de nuevo.
—Alison Page —completó su acompañante, corroborando con aquellas palabras que sus sospechas eran certeras. No se la había imaginado. Era ella.
—Sí —respondió con más sequedad de la esperada incluso por él—. Nos conocemos.
Ignoró la ceja enarcada y la obvia curiosidad en los ojos del hombre y observó a la mujer durante unos segundos más.
Se movía con gracia, asintiendo, escuchando mientras su interlocutora le hablaba. Un camarero se acercó a ella y la vio coger una copa de vino con los dedos, mientras respondía a algo que le decía la mujer mayor con la que charlaba.
Sonrió, pero no era la sonrisa que había visto en ella antes. No era la que le había dedicado en el hotel, era distinta, más segura y controlada, la sonrisa de alguien acostumbrada a moverse en un mundo de cinismo y apariencias.
Entrecerró los ojos sobre ella y la vio, ese alma brillante y cálida que la rodeaba como un luminoso aura.
¿Qué hacía ella allí?
Como si el destino viniese en su ayuda con una respuesta, vio a uno de los hombres más poderosos del país acercándose a ella, enlazándole la cintura y dándole un beso fraternal.
Una inesperada punzada de celos le corrió por las venas, encendiéndolo, solo para desvanecerse cuando se calmó lo suficiente para apreciar el parecido entre ambos.
—La heredera de Rosemont Holding es una mujer difícil de pasar por alto, ¿no cree?
Rosemont Holding.
Por supuesto. El hombre a su lado era Simon Page, el magnate.
Sus caminos se habían cruzado en alguna ocasión, pero siempre en fiestas y reuniones como estas.
El hombre era el presidente de una de esas empresas familiares que llevaban generaciones moviendo cantidades obscenas de dinero sin necesidad de aparecer demasiado en los medios.
Y Alison era su heredera.
No recordaba si era hija o sobrina. No solía prestarle demasiada atención a los cotilleos, pero había oído hablar de la heredera Rosemont y de cómo se la consideraba una de las mujeres más poderosas del momento.
Sonrió ante la ironía de todo aquello.
La mujer que había pasado meses discutiendo con sus abogados por una pequeña parcela de terreno, la que llevaba una tetería pequeña y bastante cutre, la chica que se había presentado en su despacho con vaqueros, zapatillas deportivas y el pelo como un nido de pájaros, era en realidad una de las mujeres más ricas del país.
—Sí, sin duda lo es —respondió tardíamente a la pregunta de su acompañante y, sin mediar palabra o despedirse, dejó la copa sobre una bandeja cuando pasó el camarero y caminó directo hacia ella.
Su acompañante había sido reclamado y, tras dedicarle algunas palabras, le guiñó el ojo y dejó que lo atrajesen a un nuevo corrillo.
Eso la dejó a ella sola y, volviéndose de nuevo hacia la mujer con la que había estado manteniendo una conversación, solo que sus ojos verdes nunca llegaron a posarse sobre ella.
Porque se encontraron con los de él.
Sorpresa. Pánico. Diría que incluso dejó de respirar durante unos segundos.
No esperaba encontrárselo allí y, sobre todo, no pensó que él llegaría a encontrársela a ella.
¿Cómo podría? La Alison Page que conocía no era más que una simple empleada de una vieja tetería.
La inicial palidez en el rostro de la chica dio paso a un bonito sonrojo sobre las mejillas cuando se plantó delante de ella.
La vio tragar, casi como si hubiese acumulado demasiada saliva y necesitase darle salida, pero no retrocedió ni tampoco fingió que no le hubiese visto o reconocido.
Se enderezó sutilmente e incluso lo saludó con un gesto de la cabeza.
—Señor Baylor, qué particular coincidencia encontrarle aquí —lo saludó ella, su voz suave, amable, pero algo distante. Con todo, no le cabía duda de que seguía siendo la misma que conocía bien—. No le tenía por alguien que frecuentase este tipo de ambiente.
—Alison. —Le cogió la mano, cosa que la hizo respingar, y se la llevó a los labios, rozándole los nudillos—. No suelo hacerlo, pero a veces uno descubre cosas interesantes en lugares inesperados.
La tuteó a propósito, dejando claro que la había reconocido.
Estaba nerviosa, podía notarlo en la rigidez de su cuerpo, en la manera esquiva en la que parecía mirar a su alrededor, como si quisiera asegurarse de que no contaban con oídos indiscretos.
—Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo —musitó contra su mano, antes de dejarla ir.
Se mordió un poco el labio inferior. La vergüenza le tiñó momentáneamente la mirada y ahí estaba de nuevo la Ali que conocía, la chica con la que había desayunado.
Tenía que concederle que era rápida rearmándose, pues dio un paso atrás, cuadró los hombros y plantó esa sonrisa que ya le había visto dedicar a otros invitados en sus labios como si nada.
—¿Estás buscando entonces nuevos horizontes de negocios? —preguntó, tuteándole a su vez, pero manteniéndose dentro del papel que, al parecer, estaba representando esa noche—. ¿Nuevos inversores, quizás?
—He venido solo a dejar que me vean y recuerden que algunos de los presentes todavía me deben dinero —le soltó sin más. Su sorpresa fue genuina, para luego mudar en esa secreta diversión.
—Así que lo de intimidar no va dirigido únicamente a dueños de pequeños comercios —replicó ella en voz baja, con una irónica curvatura sobre sus labios.
Él se inclinó sobre ella, de modo que sus rostros se encontrasen lo bastante cerca como para compartir una conversación íntima.
—No me pareció que estuvieses intimidada el día en que te presentaste en mi hotel haciéndote pasar por mi prometida —le recordó—. Ni un poquito.
—Ese día no era yo misma —respondió en el mismo tono, mirándole a los ojos.