Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—¿Me miran porque saben que soy la dueña de la tetería o porque no acostumbras a hacerle un tour a tus invitadas? —Había una nota divertida en su voz y el hecho de que hubiese accedido a tutearle le agradaba más de lo que debería.

—Posiblemente por ambas cosas —confesó, fulminando con la mirada al último empleado, quien giró rápidamente la cabeza y apresuró el paso.

Sin embargo, no tuvo el mismo éxito con uno de sus huéspedes, que frenó prácticamente en seco y se los quedó mirando con más intensidad de la debida.

Era un hombre alto, vestido completamente de negro, de piel tan pálida que parecía translúcida. Notó que Ali le devolvía la mirada y le prestaba más atención de la debida.

—Buenos días —la escuchó murmurar por cortesía.

Su voz hizo que el tipo diese un respingo, se aclarase la garganta y le devolviese la cortesía, añadiendo una pequeña reverencia ante Jason, antes de continuar su camino.

— Milord … —musitó el hombre al tiempo que se retiraba.

Lo pronunció lo bastante bajo como para que nadie más que él lo oyese, con todo, observó que la chica volvía la cabeza para seguirlo con la mirada, como si algo en él le hubiese llamado la atención.

—Es por aquí —le recordó en voz alta, guiándola a través de otro pasillo.

Asintió e incluso le sonrió en respuesta. Era una sonrisa tibia, renuente, que no llegó a sus ojos.

—¿Va todo bien?

Ella tardó un segundo en responder, mas acabó asintiendo.

—Sí, es solo que… —Se lamió los labios—. Este lugar resulta bastante… peculiar.

—¿En qué sentido?

—Hotel peculiar, huéspedes igual de peculiares. —Se encogió de hombros—. De algún modo encajan con el ambiente… y con el dueño.

Ahora fue su turno de sorprenderse.

—¿Y eso lo dices por…?

—Porque me da que nada aquí es lo que parece —aseguró, mirándole de arriba abajo sin disimulo—. Al igual que tú.

—¿No soy lo que parezco?

Ella sonrió un poco, lo justo para que se le curvasen los labios.

—Empiezo a darme cuenta de que no —respondió antes de volver la mirada al frente y detenerse—. Ah, ¿este es el comedor?

—Sí —confirmó, invitándola a entrar en la enorme sala, pero no le quitó la mirada de encima. Lo que había dicho le llamó la atención—. Adelante.

—Vaya, es impresionante —mencionó, contemplando el lugar.

Él había estado tantas veces en esta habitación que ya no veía nada extraordinario, pero entendía que para ella tenía que ser toda una experiencia.

Hizo una seña a uno de los empleados, el cual se acercó de inmediato a ellos.

—Un té para la señorita Page —pidió y, necesitando confirmar su elección, la miró—. ¿O prefieres café?

—El té estará bien, gracias —asintió, dirigiéndose a la chica que les estaba atendiendo, la cual tuvo el buen juicio de no sorprenderse por su presencia.

—Lo de siempre para mí —le informó él a su vez, evitando así que abriese la boca más de la cuenta. Entonces se volvió hacia ella y señaló una pequeña mesa puesta para dos—. Por favor.

Mientras ella ocupaba su lugar, uno de los huéspedes que se habían levantado temprano casi tropieza con sus propios pies y se lleva la silla por delante al intentar ocupar su lugar al otro lado del comedor.

Era un verdadero milagro cómo ese imbécil había conseguido mantenerse con vida hasta llegar aquí. La discreción no era lo suyo. Lo fulminó con la mirada y tuvo que retener el fuego que ya le acariciaba la punta de los dedos, dispuesto a incinerar al mentecato.

—¿Eso es un Klimt?

El desconcierto en la voz de la chica hizo que abandonase sus ideas homicidas y le prestase atención. Estaba mirando el cuadro que había en la pared próxima a ella.

—Sí.

—¿El original? —preguntó, casi como si esperase que le dijese que no, que era una copia o algo.

—Sí, es el original —confirmó.

Ella lo señaló con un gesto.

—¿Y está aquí ?

—¿Dónde quieres que esté?

—No lo sé… ¿En un museo? —Volvió a señalar la obra con un gesto, como si eso hablase por sí mismo—. Es un Klimt .

—Y esto es un hotel. —No veía cuál era el problema—. No es el cuadro más bonito del mundo, pero a la gente le gusta verlo.

—No te parece bonito.

—No.

—Ay, Dios… —Ella se echó a reír, lo cual fue extraño y reconfortante a partes iguales—. Tienes un jodido Klimt en la pared y no lo encuentras bonito. Eres único en tu especie, Jason, en serio.

No se hacía una idea de lo ciertas que eran esas palabras, aunque no en la manera en la que ella pensaba. Eso seguro.

Ocupó su lugar en la mesa y, para su sorpresa, acabó disfrutando de ese imprevisto desayuno más de lo que había podido pensar.

La conversación de Alison no resultaba nada tediosa, tenía ingenio y era capaz de saltar de un tema a otro mientras él se limitaba a escucharla con más interés del que debería ser conveniente.

No sabía en qué momento esa mujer había dejado de ser simplemente un escollo en su camino para convertirse en una presencia que le despertaba curiosidad.

Cuando finalmente miró el reloj y anunció que debía marcharse para ocuparse de su propio negocio, Jason se descubrió pensando que esa última media hora de su vida había pasado demasiado deprisa.

Y el problema era que no estuviese encantado con ello, sino que se le pasase siquiera por la mente el desear que ojalá se hubiese quedado un poco más.