Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—No es necesario que lleguemos a tales extremos, demonio del averno —le dijo como si estuviese recitando un discurso—. Yo ya estaba aquí antes incluso de que entrases por esa puerta y te declarases propietario de este lugar, así que sé que me extrañarías si decidiese marcharme.

—¿Quieres hacer la prueba? —Señaló la puerta a modo de invitación.

El fantasma resopló, pero mantuvo su pose digna.

—Algún día me marcharé.

—Llevo oyendo eso desde mil novecientos veintisiete —le recordó.

—Quizá no tengas que seguir oyéndolo mucho tiempo más.

Le dedicó una ligera inclinación de cabeza y abandonó la habitación, atravesando la pared.

Señor, ese hombre era insufrible, aunque también era una de las pocas presencias que había conseguido aguantar a su lado durante más de una década.

Siempre había pensado que se debía al hotel y a la manera en que ese idiota encontró su muerte, pero ahora se preguntaba si Elvis no se quedaba por otro motivo.

—No. Imposible —negó en voz alta, se giró en la silla y miró hacia la ventana.

Un segundo después había abandonado la silla y contemplaba la calle desde un lateral, previendo así que nadie pudiese verle desde la calle.

El edificio residencial que había comprado años atrás quedaba justo al otro lado del pequeño espacio ocupado por la tetería. Un pedazo de tierra que al fin sería suyo.

No estaba interesado en el negocio, ni siquiera en el edificio, era la tierra lo que necesitaba.

Sus hechizos de protección de sangre necesitaban del suelo para asentarse, requerían que reclamase esa tierra como suya a fin de poder levantar unas barreras lo bastante seguras como para sostenerse a lo largo del tiempo.

Su sangre era poderosa, pero cada uno de esos hechizos por separado consumía demasiado de él. En el momento en que Alison Page firmase, al fin podría unificar el perímetro y ahorrarse muchos dolores de cabeza en el futuro.

No se había pasado esas últimas décadas protegiendo este lugar para fallar ahora. Había demasiadas personas que dependían de él y de que esa protección se mantuviese. Fallarles nunca había sido una opción.

Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

Oyó cómo se abría y notó el perfume de Hécate incluso antes de que su asistente le informase.

—Señor Baylor, su prometida está aquí de nuevo y dice que tiene una cita con usted. —El retintín en la voz de la elemental decía claramente que sabía perfectamente que no era nada ni remotamente parecido—. ¿Quiere que recoja los documentos que trae y la eche o la hago pasar?

Se volvió lentamente hacia ella e indicó su escritorio con un gesto.

—Hazla pasar, Hécate —pidió y no dudó en añadir—. Con un poco de suerte, la señorita Page trae consigo lo que necesitamos para acabar con el problema con el que llevamos lidiando todos estos meses.

—¿La ha convencido? ¿Cuándo? —La mujer parecía visiblemente sorprendida.

—Hazla pasar —insistió, dejándola con la intriga.

Asintió, salió al pasillo y momentos después, Alison Page entró por fin en el despacho.

Una vez más volvía a llevar vaqueros y zapatillas deportivas, su pelo, hoy recogido, seguía siendo un desastre. Definitivamente, aquella mujer seguía teniendo un concepto de lo más particular sobre cómo presentarse en una cita de negocios.

—Buenos días, señor Baylor —lo saludó ella, deteniéndose a mitad de la habitación con una carpeta en la mano y un vaso de café para llevar en la otra—.

Le he traído un café. Parece que tiende a mostrarse más comunicativo cuando tiene cafeína en las venas.

—Se lo dejó sobre el escritorio con suavidad—. Café solo.

Jason miró el café y luego a ella de forma alternativa, dejó escapar un resoplido y le indicó la silla frente a la mesa.

—Siéntese —la invitó, ocupando al mismo tiempo su propia butaca.

—He leído el contrato con detenimiento —le informó ella nada más tomar asiento.

—¿Y está todo a su gusto? —preguntó, viéndola dejar la carpeta sobre la mesa para luego ponerse cómoda.

—Está como acordamos que estuviesen las cosas —confirmó, empujando la carpeta hacia él con los dedos—. Ya lo he firmado. Puede comprobarlo, si lo desea.

Y fue lo que hizo. La firma aparecía al final de cada página, tal y como correspondía.

La tierra de esa parcela era legalmente suya.

—Bien —asintió, mirando los documentos, para finalmente extender el brazo sobre la mesa y tenderle la mano—. Tenemos un acuerdo, entonces.

Ella le estrechó la mano y el contacto fue suficiente para que ambos se quedasen inmóviles durante un par de segundos, antes de separarse.

—Bueno, ¿es todo, entonces?

—Lo es.

Alison asintió y, durante un breve instante, pareció casi… ¿Decepcionada?

—¿Esperaba una ceremonia o algo?

Una irónica mueca empezó a curvar los labios femeninos.

—No, ni remotamente.

—¿Entonces?

—¿Entonces?

—Parece… decepcionada.

La manera en que abrió los ojos, parpadeó y luego se echó a reír lo confundió.

—Ni remotamente —aseguró de buen humor—. Digamos que acabo de darme cuenta de que ya no tendré que recibir cada semana a uno de sus abogados. Empezaba a convertirse en una costumbre verlos desfilar por mi local y decirles que no.

—Estará aliviada, entonces.

—Puede…

Jason la observó detenidamente. Había algo distinto en ella aquella mañana, una ligereza que no estaba ahí la semana pasada, cuando entró en este mismo despacho.

Esta vez no había venido a pelear, sino a terminar con el largo asedio que había concluido con el contrato firmado que tenía sobre el escritorio. Estaba aliviada, sin duda, pero eso también hacía que su atención se enfocase en otras cosas.

—Le gustan las cosas antiguas, ¿no?

La pregunta lo hizo enarcar una ceja.

—¿Y por antiguas quiere decir…?

Hizo un gesto con la mano, abarcando el lugar.

—Su hotel. Tiene una elegancia particular, con ese glamour de los años veinte —mencionó—. Ha hecho un buen trabajo con la restauración, cruzar sus puertas es como regresar a aquella época.

—Algunos lugares merecen la pena conservarlos tal y como fueron en sus momentos de esplendor.

Esos ojos verdes se encontraron con los suyos y vio cómo sus labios se curvaban lentamente.

—Mire por dónde en eso estamos completamente de acuerdo —admitió. Se levantó de su asiento y se colocó la tira del bolso en el hombro, dejando clara su intención de marcharse—. Avíseme cuando quiera empezar con las reformas para poder estar disponible.

Jason se levantó también y, antes de poder refrenarse a sí mismo, ya había rodeado el escritorio y se dirigía hacia ella.

—¿Tiene prisa por marcharse, señorita Page?

La pregunta pareció tomarla por sorpresa.

—Tengo que abrir la tetería. —Lo dijo como si pensase que era evidente.

Miró el reloj de muñeca y luego a ella.

—Todavía tiene una hora hasta entonces. —Era muy consciente de sus horarios, aunque no tanto de qué narices estaba haciendo—. Desayune conmigo.

—¿Disculpe? —Su sorpresa aumentó, lo cual quedó palpable en la manera en que abrió un poco más los ojos.

—Se ha presentado en mi oficina a una hora muy temprana —justificó su invitación—. Apuesto a que solo le ha dado tiempo de tomarse un café. Venga conmigo, considérelo un desayuno de negocios o una forma de agradecerle su buena disposición.

—¿Mi buena disposición? —dejó escapar un pequeño resoplido irónico—. Interesante manera de verlo.

—¿Acepta?

—Media hora —acordó, sujetando la correa del bolso—. Es todo lo que le daré hoy, señor Baylor.

—Jason —la corrigió—. Ya que vamos a ser cordiales vecinos y socios, considero que deberíamos empezar a tutearnos.

Se limitó a asentir sin demasiado entusiasmo.

—¿Vamos? —La invitó a abandonar la habitación.

Salieron del despacho y ya empezó a arrepentirse de lo que había hecho.

¿En qué narices estaba pensando al invitarla a desayunar? Lo que tenía que hacer era sacarla del hotel, pero en vez de dirigirse hacia la recepción y atravesar las puertas, acabó conduciéndola hacia el comedor.

Ali caminaba en silencio a su lado, mirando discretamente a su alrededor. No parecía asombrada por la decoración o el lujo, tan solo curiosa.

—La decoración es exquisita —mencionó cuando llegaron al final del pasillo—. Es como verse sumergido en otra época.

Lo era, sin duda. Ese era el espíritu del Baylor Inn, el adecuarse a la época original, aunque con las comodidades de la era moderna.

Se cruzaron con algunos empleados y también con un par de huéspedes, todos ellos sorprendidos al ver a aquella humana caminando a su lado por el hotel. Algunos lo disimulaban mejor que otros, sin embargo.