Una taza de té para el demonio CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Jason Baylor tenía clara una cosa. El que no había trabajado alguna vez en un hotel, no tenía la menor idea de lo que significaba realmente habitar en el infierno.

Y viniendo de un demonio de alto rango como lo era él, era mucho decir.

No había salido ni el sol cuando su asistente lo llamó a la recepción del Baylor y se encontró con el primer problema del día.

Los huéspedes deberían estar besando el suelo por el que se movían y no estar dando por culo desde tan temprano. Pero, no. El concepto de «¿te das cuenta de que sigues vivo?» no era suficiente para ellos, necesitaban el pack completo.

—No ha parado de aullar en toda la noche, lord Baylor. ¡En toda la jodida noche!

Miró a su asistente, quien tenía la tablet en la mano y ya hacía algunas anotaciones.

—Ayer fue lunes y hubo luna llena —le informó la elemental de fuego, como quien anuncia que va a llover—. No es la mejor combinación de todas.

—No, no lo es —admitió, volviéndose hacia el hombrecillo que había presentado la queja—. Dale al señor Vitriale una habitación en la tercera planta, allí podrá descansar sin que nadie lo moleste.

La mirada de su asistente no podía ser más evidente.

—¿Estás seguro?

—De lo que estoy seguro es que no quiero pasarme la mañana escuchando gimotear a un huésped —replicó, levantando la mano en el mismo instante en que el aludido iba a abrir la boca. Lo miró de soslayo y vio cómo apretaba los labios al momento, sus ojos abriéndose de par en par—. Largo.

—Sí, milord.

No se marchó con mayor rapidez porque no le daban las piernas.

—¿Cuándo van a aprender a llamarme «señor» ? —resopló.

—Es difícil deshacerse de los viejos hábitos, mi príncipe —declaró la elemental, sin mirarle siquiera. Jason lo dejó pasar solo porque sabía que lo hacía a propósito—. La huésped de la ciento cuatro ha pedido que nadie entre hoy en su habitación, tiene problemas de «control de temperamento».

—Avisa al personal de limpieza para que no hagan hoy esa habitación.

Ella asintió, anotándolo también.

—¡Señor Baylor!

—Mire, ahí tiene a una que sí le llama como usted quiere —apuntó su asistente, señalando a la mujer que venía dando saltitos desde el otro lado de la estancia.

—Milord, tiene que subir inmediatamente al segundo piso —le dijo la recién llegada, llevándose ambas manos a las caderas—. El huésped de la última habitación, la que está junto a las escaleras , huele a muerte .

—Vaya por Dios, ¿otra vez con quejas al pobre señor Candem? —chasqueó su asistente—. Para un huésped que no molesta a nadie, todos tienen siempre alguna queja sobre él.

—En realidad siempre es la misma queja —le recordó, mirándola de soslayo.

—No creo que puedas hacer nada al respecto —confirmó.

—No pensaba hacerlo —concordó y se volvió a la huésped—. Le subiremos un ambientador de rosas.

—¿Otro?

—¿Prefiere que sea de pino? —sugirió su compañera.

La huésped dejó escapar un pequeño bufido y enseñó unos dientes que dejarían temblando a cualquier dentista.

—Brisa marina. Y no acepto otro.

Con eso, dio media vuelta y se fue moviendo las caderas de modo exagerado.

—Esta aún no se ha acostumbrado a estar en tierra.

—Puede volver a puerto cuando quiera, yo no la retendré —aseguró él, inclinándose un poco para mirar la pantalla del dispositivo digital—. ¿Alguien más se ha levantado con ganas de dar por culo?

—Ninguno del que debas preocuparte. Ya están todos advertidos de que, si no están a gusto en el Baylor, pueden irse en el momento que así lo deseen —le dijo y sonrió de esa manera tan particular—. Como era de esperarse, han cerrado el pico y vuelto a sus habitaciones.

—Excelente —asintió—. ¿Tenemos algún huésped nuevo?

—Solo uno y ya habló con él anoche —le recordó—. Se ha encerrado en su habitación y no ha vuelto a dar señales de vida. Estaba demasiado acojonado.

—Yo también lo estaría de estar en su piel —chasqueó—. Nadie quiere tener a la Cacería Salvaje persiguiendo su culo, créeme.

—Amén a eso —confirmó ella—. Por cierto, ¿el exorcista ordenado que pidió? No podrá venir hasta la próxima semana. Cosas del Vaticano.

—Demasiado tiempo. —Hizo una mueca y sacudió la cabeza—. Contacta con el de siempre. Que venga ya. Con un fantasma dando por culo en el hotel tengo más que suficiente.

—Sí, señor —confirmó su asistente—. Si no necesita en estos momentos, me ocuparé de arreglar unas cosas en la recepción.

—Tómate el tiempo que necesites —confirmó—. Estaré en mi oficina.

—Sí, mi príncipe.

Jason puso los ojos en blanco y echó un fugaz vistazo a su alrededor, antes de emprender la retirada.

El día no había hecho más que comenzar y sabía que pronto tendría al menos un par de furibundos individuos llamando a su puerta y exigiéndole que les entregase a quien quiera que estuviesen buscando.

Sí, bueno. Mala suerte. Nadie que se acercase al umbral del edificio con intención de hacer daño a uno de sus huéspedes llegaría siquiera a atravesarlo. Su invocación había hecho que tanto el hotel como el edificio residencial del otro lado estuviesen protegidos contra esa clase de individuos.

El Baylor Inn ocupaba uno de los edificios más antiguos de la zona.

Había sido construido a finales del siglo diecinueve y reformado a principios del veinte.

Él lo había comprado poco después del incendio que sufrió en la década de los veinte.

El lugar había quedado completamente arrasado y su dueño había sido incapaz de recuperarse de ello.

Debió tener algún problema con el seguro o alguna cosa similar, ya que el inmueble pasó a uno de los bancos de la ciudad y, finalmente, a sus manos.

Ni siquiera hoy sabía qué era lo que le había llamado de ese lugar, pero aquí estaba.

Había conservado todo lo que se podía conservar de la estructura original, restaurado el interior tal y como había sido en su época y le había devuelto el alma que un día había tenido, así como su esplendor.

La fachada seguía manteniendo aquel aire clásico con grandes ventanales y piedra oscura, molduras ornamentadas y una entrada demasiado imponente para el tamaño del edificio.

Mientras que el interior mezclaba el lujo moderno con elementos que llevaban allí mucho más tiempo que cualquiera de sus actuales huéspedes.

El hotel tenía historia, mucha más de la que cualquier transeúnte que pasease por la calle y cruzase delante de él podría llegar a conocer jamás.

—Espero que el exorcista al que has llamado no venga por mí, porque va a perder el tiempo.

Resopló al escuchar la voz de Elvis. Extraño era que no hubiese aparecido en cuanto mencionó su nombre.

—Ya deberías saberlo, llevas casi un siglo intentando deshacerte de mí, sin mucho éxito, por cierto —le recordó el fantasma.

—Todavía mantengo la esperanza de que llegue el día en que veas la puta luz y la atravieses —admitió dejando atrás aquel área del hotel y dirigiéndose a la zona privada en la que estaba su despacho—. Es cuestión de tiempo.

—Buena suerte con eso, Jason —le dio unas palmaditas que prácticamente se deslizaron sobre él.

Decidió ignorarlo, algo que a veces solía darle resultado, pero hoy no parecía ser una de esas veces.

—¿Qué quieres? —le preguntó, entrando por fin en su oficina.

El fantasma flotó hasta acomodarse en uno de los sillones frente a su escritorio.

—Comprobar si sigues teniendo buenos modales o los perdiste todos.

—¿Qué? —Se dejó caer en su propia silla, haciéndola crujir.

Elvis echó el pulgar sobre el hombro.

—La he visto.

—¿A quién?

—Desde una de las ventanas de arriba —especificó, señalando esta vez hacia el techo.

—¿Ya estás espiando de nuevo a los del edificio de enfrente?

—No, a tu prometida.

Tardó exactamente medio segundo en saber a quién se estaba refiriendo.

—No es mi prometida.

—Eso no fue lo que dijo cuando entró y ya sabes lo que significa.

—Dijo lo que creyó que le conseguiría un encuentro conmigo y le funcionó.

—Pues tendrás que explicarles eso a los que ya han empezado a rumorear y hacer apuestas sobre si te casarás con ella o te la merendarás.

Genial. Justo lo que le hacía falta, que el hotel se llenase de rumores y corrillos sin sentido.

—¿No tienes nada mejor que hacer en estos momentos?

—Pues no.

—Llevas noventa y nueve años aquí, Elvis —le recordó, abriendo el cajón de su escritorio y sacando algunos papeles—. ¿No te parece que va siendo hora de que encuentres algo que hacer?

—Noventa y ocho —le corrigió—. Y tú sigues siendo una fuente inagotable de entretenimiento.

Levantó la cabeza lo justo para fulminarlo con la mirada.

No tenía ni tiempo, ni ganas de discutir con él.

Había aprendido hacía tiempo que no había forma de ganar una discusión a un muerto, así que lo mejor que podía hacer era ignorarlo y esperar que se aburriese lo suficiente para ir a vagar a otro lugar.

Se dedicó a examinar los papeles que tenía delante. Una copia de los documentos que había facilitado a la señorita Page.

Ali.

Ni siquiera sabía por qué la había llamado así.

Para él tendría que seguir siendo la señorita Page, mas algo en esa criatura de aspecto desaliñado seguía despertando algo más que curiosidad en él.

—No esperabas que ella despertase tu interés, ¿verdad?

Levantó la cabeza lo justo para encontrarse con la mirada fantasmal clavada en él.

—¿Quién?

—Tu humana.

—No es mía.

—Le miraste el culo.

—No tienes idea de lo que has visto —bufó, negando lo evidente.

—Puede que esté muerto, Jason, pero sigo teniendo ojos en la cara y tú, demonio libidinoso, le miraste el culo a esa chica —declaró y se cruzó de brazos, desafiándolo a decir lo contrario.

Jason cogió el bolígrafo, solo porque podía apretarlo, al contrario que el cuello de ese maldito espíritu entrometido.

—Sigue por ese camino y me encargaré personalmente de que revivas tu muerte —declaró, levantando la mano libre y jugando con las llamas entre los dedos.

Elvis dio un respingo y acabó atravesando la silla hacia atrás. Se enderezó, tiró de su chaleco y de la chaqueta y levantó la cabeza en un intento de parecer ofendido.